La Guardia Civil llevó a cabo en febrero un operativo en las provincias de Pontevedra y Madrid que concluyó con la detención de siete presuntos «influencers yihadistas» dedicados a la difusión de propaganda extremista en redes sociales. Según la Benemérita, los arrestados, uno de ellos con miles de seguidores, elaboraban «vídeos y publicaciones sobre el entrenamiento físico, en modalidades como la calistenia o la defensa personal», en los que «camuflaban consignas y nasheeds (canciones religiosas musulmanas) con un fuerte poder adoctrinador en el ideario yihadista, al ser empleado material multimedia oficial de la organización terrorista Daesh para esos fines».
El despliegue, que contó además con el apoyo de la inteligencia marroquí y Europol, volvió a dejar al descubierto una silenciosa pero peligrosa tendencia: la utilización de contenidos deportivos como vehículo para la radicalización.
Este fenómeno no es aislado ni improvisado. Lo que a simple vista podría parecer una rutina de entrenamiento más en redes sociales, en realidad se enmarca dentro de una tendencia más profunda que ya tiene nombre propio: salafitness. El término fue acuñado por el investigador sénior del Programa sobre Extremismo de la Universidad George Washington, Sergio Altuna, para describir a creadores de contenido que fusionan el rigor del ejercicio físico —especialmente la calistenia— con el salafismo, una interpretación conservadora dentro del islam que busca regresar a las prácticas y creencias de los primeros musulmanes.
Es, entonces, una mezcla entre flexiones y pasajes del Corán. Barras con «Allahu Akbar» entre repeticiones. Sentadillas con dietas halal. La religión y el ejercicio físico como escudo contra las tentaciones y distracciones.
"Un terreno fértil de radicalización"
En conversación con Crónica, Altuna señala que el salafitness es tan «fascinante como complejo, porque hace confluir la religión —y concretamente, una manifestación muy conservadora o fundamentalista en la mayor parte de los casos— con el ejercicio físico, el rigor de la calistenia y la cultura digital... Pretende fomentar una sensación de grupo elegido, de grupo especial, que está cumpliendo una misión y que, al fin y al cabo, se encuentra transitando la delgada línea entre la firmeza, el rigorismo religioso y el extremismo».
En su artículo publicado en el Instituto Hudson, el investigador señala que las recientes detenciones en España de los «influencers de salafitness», muestran la «facilidad con la que se puede cruzar la línea entre la superación personal y la radicalización. Aunque, obviamente, no todos los practicantes salafitness abrazan ideologías extremistas, la naturaleza insular y la rigidez ideológica del movimiento crean un terreno fértil para la radicalización, especialmente cuando se combinan con el poder persuasivo de las redes sociales».
Terreno fértil, porque algunos de estos creadores de contenido, como explica Altuna en su estudio, emplean retóricas como la de «defender la ummah» y «ser parte de un ejército», junto con la glorificación de la resistencia física, lo que puede llevar a una malinterpretación de sus intenciones y, en algunos casos, a la radicalización de sus seguidores (muchas veces marginados).
«No es que vayan a ser ellos directamente reclutadores para organizaciones terroristas, sino que el mayor impacto lo consiguen en personas que se encuentran construyendo una identidad... Estos perfiles jóvenes, en ocasiones desarraigados, con retos en materia de identidad y pertenencia muy grandes, pueden entender estas ideas de forma incorrecta. Pueden transitar muy rápido, radicalizarse», añade Altuna.
El fenómeno se ha extendido por Europa, llegando a España, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica y Países Bajos. El medio neerlandés Nieuw Rechts publicó hace unos meses un reportaje en el que advertía sobre Enes Kürat, líder del grupo fitness Full Force, por presuntamente fomentar la creación de un «ejército ideológico».
Según el artículo, el influencer musulmán había manifestado en varias publicaciones su deseo de inspirar a los jóvenes a «purificar» sus intenciones y «unirse a su ejército». En Instagram, Kürat negó las acusaciones y afirmó que sus palabras habían sido malinterpretadas.
El deporte como medio de captación
No es la primera vez que la actividad física se entrelaza con el radicalismo. Según el estudio, un número significativo de personas que asistían a clubes de deportes de combate en la región del Cáucaso —que abarca partes de Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Irán, Rusia y Turquía— terminó uniéndose a organizaciones yihadistas en Siria e Irak.
«Dos ejemplos claros de esta dinámica son los hermanos Tsarnaev, de ascendencia chechena, que perpetraron el atentado en la maratón de Boston (ambos practicaban MMA) y el refugiado nacido en Chechenia, Abdoulakh Anzorov, que había formado parte de un club de MMA predominantemente checheno en París y decapitó al profesor de secundaria francés Samuel Paty en 2020», asegura el artículo.
En Suiza, varios integrantes de una mezquita —posteriormente clausurada— fundaron un gimnasio que promovía las artes marciales bajo una interpretación estricta del islam. El lugar no solo ofrecía entrenamiento, sino que también se convirtió en un punto de captación: ocho de los participantes partieron del país para unirse al Estado Islámico.

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La combinación entre religión y entrenamiento físico no es exclusiva de una sola ideología. De hecho, a lo largo de la historia se ha repetido en distintos movimientos radicales, como grupos supremacistas blancos, milicias cristianas nacionalistas y otros colectivos extremistas. Pero el salafitness es digital. Sus referentes tienen miles de seguidores y el fenómeno ha comenzado a trasladarse a espacios cerrados.
«Han empezado a aparecer gimnasios segregados donde no hay música ni imágenes y suena continuamente el Corán», comenta Altuna. «Pasar del espacio digital al físico es muy preocupante, porque ahí ya ciertamente el control de los mensajes evade el escrutinio de fuerzas y cuerpos de seguridad. Y aunque no sea per se terrorista o radicalizador, ciertamente crea problemas en tanto estos espacios difunden un mensaje contrario, digamos, a los principios democráticos de tolerancia, de coexistencia en nuestras sociedades».
