«Parece ser que nuestro presidente, Miguel Ángel Oliver, ha hablado con Aramburu. ¿Cuál habrá sido su primera palabra? ¿Le habrá dado el pésame?». El pasado 19 de noviembre un nuevo terremoto sacudió la redacción de la Agencia EFE, referente mundial de la información en español. Apenas cinco días después de publicar una noticia falsa, la supuesta colisión de un helicóptero contra la Torre de Cristal de Madrid, se le colaba un nuevo error, replicado rápidamente por distintos medios: difundió una alerta informando del fallecimiento del escritor y articulista Fernando Aramburu.
Pero nadie «llamó al muerto», máxima grabada en fuego para los periodistas de la agencia. «Hay bastante malestar. Viene de estos lodos: hay demasiados intereses y se ha perdido la esencia del trabajo y del oficio. Es un cúmulo de cosas, es darle credibilidad a otros medios o redes que no tenían que servir para eso. Y se ha disgregado la redacción: ya no cabemos en el mismo sitio. Ya no se habla, es un entorno mudo. No hay teléfonos físicos encima de las mesas», dice un representante sindical.
En el caso de Aramburu, se tomó por cierta una cuenta falsa en la red social X (antes Twitter) que afirmaba ser la Editorial Tusquets y publicaba el tuit «Última hora. Fallece por infarto el escritor Fernando Aramburu. Sigue nota oficial». EFE publicó el primer teletipo con la muerte del escritor a las 13:02 horas. Fue replicado dos veces en un minuto por la propia agencia, que a las 13:13 horas emitía otro teletipo en el que informaba a sus abonados -se calcula que su audiencia diaria es de 250 millones de personas- de que «quedaba anulada la noticia del fallecimiento». El proceder es el típico de Tomasso Debenedetti, el rey de las fake news que en los últimos años ya ha matado, con más o menos éxito, a Vargas Llosa o J. K. Rowling.
«En buena parte de la agencia se ha cogido esa dinámica y se fundamenta en estas cosas. Y luego si se te cuelan falsos perfiles y todo eso... Jodidos vamos. Matamos a Aramburu porque el recién nombrado director de cultura, que es un nombramiento de facto no publicado de un capitoste sindical, vio el tuit falso y le dijo a otra persona que lo publicara. Y éste obedeció. Probablemente no estaba ni en la redacción. Se prestó, sin seguir los plazos que establece el libro de estilo, ni las reglas del oficio, las básicas. Y así vamos. Se está perdiendo todo, la gente está desencantada: mucha jerarquía, mucha tontería. Existe un sentimiento de pena. Veremos a ver qué sucede con las reuniones convocadas por el presidente. Algo saldrá de esto, pero no se si cortarán cabezas o se hará una catarsis general», dice el sindicalista.
Los trabajadores consideran que se «nota que los caprichos se pagan caros». «Es un descrédito histórico. Pero es lo que tiene enchufar a inútiles», resume un trabajador que lleva una década en la agencia. «Cuando entré en EFE a hacer las prácticas lo primero que me dijeron es que antes de mandar un texto tenía que contrastar la información con al menos dos o tres fuentes. Creo que es algo que los redactores, o al menos la mayoría de nosotros, llevamos a rajatabla. Publicar una información con X como única fuente es un suicidio y deberían depurarse responsabilidades», explica otro trabajador, indignado por un manual que se ha hecho llegar a los directores titulado Consejos para no caer en bulos.
Crónica ha tenido acceso al mismo, en el que se especifica detalles como «En X el check azul es de pago y cualquiera puede adquirirlo» o «mira el número de seguidores». «Parece de broma, porque el buen oficio suple sobradamente a las prevenciones que propone», critican desde la agencia.
«Quizás parte del problema es que para promocionar actualmente en EFE se tiene más en cuenta la adscripción política que la capacitación profesional. Así, en los últimos tiempos se han asignado responsabilidades a personas con pocos escrúpulos y mucho servilismo frente a aquellos a los que deben el puesto», expone el trabajador. Desde uno de los sindicatos coinciden. «Aquí se promueve a gente incompetente, lo sabemos. Por su afiliación sindical como por su dependencia política y de los grupos de presión económicos. El director de Información tiene bajo su yugo a tres ayudantes que no son capaces de inculcar las mínimas normas de lo que es este oficio, del contraste de toda la información». El 14 de noviembre también se publicó el fallecimiento en Sevilla del periodista Sebastián García Casado, que murió en 2019.
Hace dos meses, CCOO emitía un comunicado en el que criticaba el «gatopardismo» de Oliver, que «simula la apariencia de movimiento y cambio pero prima el inmovilismo», destacando el nombramiento de la nueva jefa de Internacional. «Nos resulta incomprensible que se le "premie" a pesar de contar con un balance de gestión contable y organizativo negativo», decía el texto, que destacaba que su labor al frente de Economía «le ha costado cerca de 100.000 euros a la empresa» tras la denuncia «por represalias» de tres trabajadoras.
Oliver y el Consejo de Redacción han salido en defensa de la profesionalidad de los redactores de EFE con dos comunicados. Pero el sentir general es que «no es suficiente». «No se critica a los que instan a sus subordinados a informaciones con intereses espurios. Como decía Kapuscinski, las malas personas no pueden ser buenos periodistas», remata el redactor.



