La cesta de la compra cada vez es más cara y que sea saludable resulta todavía más inalcanzable para el bolsillo medio. Uno de los obstáculos más frecuentes a la hora de añadir productos en el carrito es el precio. En los últimos cinco años, la factura alimentaria se ha disparado: hoy es un 38,5% más cara que hace un lustro, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Sin embargo, no todos los productos se han encarecido por igual: los frescos y no procesados se han disparado mucho más que sus alternativas ultraprocesadas.
Este dispar comportamiento de los precios provoca que, a la hora de elegir en el lineal del supermercado, el comprador se decante con más facilidad por un producto preparado y listo para consumir, que puede que cueste no más de cinco euros, en vez de adquirir por separado los ingredientes que lo componen para cocinarlo en casa, cuya factura puede llegar a triplicarse, si incluimos el precio de las proteínas, las verduras, el aceite, la energía o el tiempo de cocinado.
«Es más natural la segunda opción, por supuesto, pero hay factores socioeconómicos que inclinan la balanza hacia la primera», afirma Miguel Ángel Lurueña, especialista en Tecnología de los Alimentos, divulgador científico y autor del libro Que no te líen con la comida (Destino). «No nos damos cuenta de que el daño de no comer sano no es directo ni inmediato».
Lurueña explica así que las cifras de enfermedades crónicas suban casi al mismo ritmo que el consumo deultraprocesados y el precio de los alimentos frescos. Este grupo de productos, en el que se incluyen carnes, pescados o verduras, fueron un 7,2% más caros en julio que hace un año, lo que supone una de las mayores tasas interanuales de toda la Unión Europea. Mientras tanto, los productos ultraprocesados se encarecieron a un ritmo cinco veces inferior: apenas un 1,3%. Además, si se analiza su inflación acumulada desde 2019 vemos que es una tendencia consolidada: los alimentos frescos se han disparado un 43,2% y los segundos, un 33,7%. Es decir, un diferencial acumulado de casi 10 puntos.
Diferentes coyunturas económicas han impulsado ese crecimiento sostenido de los precios en el supermercado. Desde la pandemia a la guerra de Ucrania, pasando por los nuevos marcos geopolíticos, van influyendo en una elección de consumo que ya venía transformándose por cambios sociales a largo plazo, como la incorporación femenina al mercado de trabajo o la creciente búsqueda de la comodidad. «Hay que decirlo, la mujer ya no es la cocinera de la familia, la responsable de la alimentación en el hogar», dice Lurueña. «Y eso está bien, pero a la vez se ha perdido el gusto por la elaboración de los menús y se carece del tiempo para llevarlos a cabo».
El resultado es que el consumo de productos ultraprocesados se ha triplicado en España en las últimas tres décadas. Todo gira ahora en torno a los productos rápidos de preparar o, directamente, listos para consumir. «Somos testigos de cómo los lineales dedicados a este tipo de productos ha aumentado un 50% entre 2022 y 2024», dice Maira Bes-Rastrollo, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra (Unav), investigadora del Instituto de Investigación Sanitaria de Navarra (IdiSNA) y de CIBEROBN, quien pone el acento en el alejamiento progresivo de los «patrones de la dieta mediterránea», que nos protegen frente al desarrollo de enfermedades crónicas.
Bes-Rastrollo es una de las autoras principales de la serie publicada hoy en la revista médica The Lancet que, bajo el título Alimentos ultraprocesados y salud humana, ha reunido las aportaciones de 43 expertos internacionales en salud pública y nutrición. Su objetivo es subrayar el avance de estos productos en los patrones alimenticios globales ante la amenaza que suponen para la salud.
La comida que nos vuelve más enfermos
Un ejemplo de esto lo encontramos en las características de la sociedad española al comienzo de este siglo. Pese a las complicaciones de los registros en salud, las cifras dibujan una población menos enferma entonces que en la actualidad. En 1990, se estimaba que un 7% vivía con diabetes; hoy el porcentaje se duplica, hasta llegar al 14,8%. Si nos vamos a los números que registran la obesidad, también hemos empeorado: en 1987 la sufría un 7,3%, hoy también es el doble, un 15,2%.
Y eso no queda ahí: en el caso del cáncer de colon, uno de los tumores con más relación con nuestro menú cotidiano, las cifras son poco alentadoras: de diagnosticar 19.166 casos en 2003 hemos pasado a los más 44.500 previstos para este año. Pero no nos olvidemos del impacto en la psique: hoy un 5% de la población refiere algún episodio de depresión.
«La evidencia científica de las investigaciones certifica que los alimentos ultraprocesados modifican nuestro patrón alimenticio y afectan a la salud», insiste Bes-Rastrollo, quien matiza que nuestro país «partía de un nivel muy bajo» en este apartado. Así, desde 1990 a 2010 se ha pasado de un 11% a un 31,7% de kilocalorías provenientes de este tipo de alimentos dañinos para la salud. «En el caso de los más pequeños, ese porcentaje todavía aumenta más hasta el 40%», recalca la experta.
Esto último no hace «sino adelantar patologías de adulto al niño», insiste Bes-Rastrollo. Aquí las cifras nos dibujan un presente que predice un futuro oscuro: actualmente, según el estudio Aladino, un 36,1% de los menores españoles tiene un exceso de peso (20,2% sobrepeso, y 15,9% obesidad); y en las predicciones para 2050 nos situamos en el top 10 de países con altos ingresos con impacto en las nuevas generaciones desde los 5 a los 25 años.
La serie de The Lancet también señala los incrementos en otros países que partían de cifras favorables. Es el caso de China, donde han pasado del 4% al 10% de consumo de procesados. También México y Brasil: ambos han crecido de un 10% a un 23% en los últimos 40 años.
Dejar que de cada 100 kcal ingeridas una tercera parte proceda de ultraprocesados desemboca en dietas en las que hay un exceso de comida, una mayor exposición a sustancias químicas y aditivos nocivos y una mala calidad nutricional: demasiado azúcar y grasas poco saludables frente a muy escasas fibra y proteínas. «Debemos hacer hincapié desde la infancia en la educación nutricional, pero también en la culinaria», aduce Lurueña como contrapunto a este tipo de cultura que «absorben los niños desde pequeños».
Medidas contra los fabricantes
Carlos Monteiro, profesor de la Universidad de Brasil y otro de los autores de la revisión, pone el foco en los fabricantes: «Este cambio en la alimentación está impulsado por poderosas corporaciones globales que generan enormes beneficios al dar prioridad a los productos ultraprocesados, con el apoyo de una amplia campaña de marketing y presión política para frenar las políticas de salud pública eficaces que promueven una alimentación saludable».
Bes-Rastrollo, catedrática de la Universidad de Navarra, subraya cómo los ultraprocesados se disfrazan para atraer al público. «Tienen una alta palatabilidad, son buenos y sabrosos», admite. «Van acompañados de mensajes que engatusan: libre de azúcares añadidos, con fibra extra, con proteínas... Y están listos para consumir, ahorran tiempo y no requieren destrezas en los fogones».
Con estas tres premisas, ¿por qué elegir los ingredientes por separado y no juntos? «Porque la inclusión de químicos, aditivos y estabilizadores es nociva en el corto plazo, pero aún no conocemos el efecto poso que puedan tener con el paso del tiempo», subraya Bes-Rastrollo. «También nos exponemos a más químicos procedentes de los envases en los que viene, o incluso se cocinan». Aquí basta con poner el ejemplo de las bandejas o los platos que se calientan en el microondas con solo pinchar varias veces el plástico que los recubre. «Nos referimos a los disruptores endocrinos, los cuales estudiamos para ver qué cambios producen hoy y a largo plazo», añade la catedrática de Navarra.
propuestas y soluciones
Por eso, uno de los artículos de The Lancet hace hincapié en las políticas públicas. La profesora Camila Corvalán, de la Universidad de Chile, expone que «para hacer frente a este reto, es necesario que los gobiernos den un paso al frente y adopten medidas políticas audaces y coordinadas». Como ejemplo enumera varias posibles iniciativas: «La inclusión de indicadores de los alimentos ultraprocesados en las etiquetas de los envases, restringir la comercialización e imponer impuestos a estos productos para financiar un mayor acceso a alimentos asequibles y nutritivos».
¿Cómo se actúa frente a la política alcista de los precios de los frescos? Preguntada en la rueda de prensa previa a la publicación de las investigaciones, Corvalán sugiere la vía impositiva: «Debemos considerar la posibilidad de gravar con impuestos algunas de las categorías de alimentos ultraprocesados que sabemos que no son saludables, que no reportan ningún beneficio para la población».
La recaudación de estas sumas, detalla la experta chilena, iría destinada a subvencionar el acceso a alimentos mínimamente procesados, especialmente para la población vulnerable. «Nos estamos marcando un objetivo para los programas de adquisición; es decir, programas financiados por los gobiernos», apunta Corvalán. «Tenemos muy buenos ejemplos, por ejemplo, procedentes de México, y el programa escolar en el que han tenido éxito».
En España también tenemos ejemplos prácticos. Desde el Ministerio de Consumo, Pablo Bustinduy ha apostado, a través de un real decreto, por la mejora de los productos en los comedores escolares: más frescos, de proximidad y sin bollería.
La catedrática de Navarra, por su parte, asegura que diversos estudios «han observado que la dieta mediterránea es la más saludable, pero también la más cara». Y, por el contrario, los ultraprocesados son baratos. «En resumen, son ideales para nuestra sociedad acelerada», en la que confiamos más en la airfryer que en los pucheros de toda la vida.



