Desde su laboratorio en el Instituto Maimónides de Investigación Biomédica de Córdoba (IMIBIC), Antonio Rivero Juárez sigue muy de cerca los pasos que está dando un virus zoonótico al que, hasta hace poco, nadie prestaba atención: el de la hepatitis E de la rata.
El del andaluz fue el primer equipo que alertó de la existencia de decenas de casos de infección por este patógeno que, hasta 2018, se pensaba que no podía afectar a los humanos. Hoy, gracias a su trabajo, se sabe que el también denominado Rocahepevirus ratti es una causa emergente de hepatitis aguda que debería tenerse más en cuenta en las consultas.
«A día de hoy se han detectado 68 casos en el mundo, 20 de ellos en España, pero creemos que en realidad son muchos más y que podría estar detrás de casos de hepatitis de origen desconocido cuya causa no se llega a identificar», explica Rivero, quien hace hincapié en que este virus «tiene una relevancia desde el punto de vista de la Salud Pública que debe tomarse en mayor consideración. Las evidencias nos dicen que debería incluirse en el cribado de las hepatitis agudas y crónicas».
Tal y como indica su nombre, las ratas son el hospedador principal de este virus del que todavía es mucho lo que se desconoce. No solo su prevalencia es aún una incógnita; tampoco se sabe a ciencia a cierta cuáles son las vías de transmisión que le permiten llegar a los humanos o qué dinámicas de manifestación sigue.
Poco a poco, el equipo de Rivero está tratando de sacar a la luz el verdadero perfil del patógeno. Y, en ese camino, su primer paso fue destapar su camuflaje. «En nuestro grupo de investigación siempre hemos trabajando con el virus de la hepatitis E, un virus causante de hepatitis clásico. Nos fijamos en que había una serie de casos de pacientes que tenían un cuadro muy similar a este virus, pero no daban positivo en el diagnóstico y nos pusimos a investigar. En una muestra de unos 200 pacientes de toda España identificamos los primeros tres casos», señala el científico, coinvestigador principal del grupo de Virología Clínica y zoonosis del centro científico cordobés.
Tras ese primer éxito, los investigadores quisieron seguir tirando del hilo y desarrollaron una herramienta serológica que permite detectar la presencia de anticuerpos contra el virus, es decir, hace posible detectar si un individuo ha estado en contacto con el patógeno en el pasado.
Con esa arma en la mano, llevaron a cabo un estudio en una muestra de unos 1.000 pacientes con VIH y descubrieron que el 1% tenía anticuerpos, lo que demostraba que había tenido algún tipo de contacto con el virus a lo largo de su vida.
Ese porcentaje englobaba a un número considerable de personas, por lo que el equipo quiso ampliar la investigación y analizar si también había afectados en un grupo de individuos que se encontraban en situación de exclusión social, entre los que había, por ejemplo, personas sin hogar. Los científicos partieron de la hipótesis de que, por sus condiciones de vida, en ese colectivo, el riesgo de haber estado en contacto con el Rocahepevirus ratti era más alto que el de la población general. No se equivocaron. La prevalencia de positivos que arrojó el estudio fue del 4%.
«Entonces, nos dimos cuenta de que la existencia de anticuerpos contra el virus era más frecuente de lo que podía parecer en un primer momento y dimos el siguiente paso: estudiar la presencia del virus en las ratas», señala Rivero, que hace unas semanas expuso la situación global del Rocahepevirus ratti en el congreso que la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC) celebró en Málaga.
Se pusieron manos a la obra y, en colaboración con ayuntamientos de toda España, los científicos hicieron un muestreo de ratas de distintas ciudades, coincidiendo con la implementación de distintas campañas de desratización.
Los resultados mostraron que aproximadamente el 30% de las casi 600 ratas analizadas en distintos puntos del país presentaban el virus en su organismo. El patógeno lleva milenios conviviendo con los roedores y se estima que consiguió dar el primer salto a los humanos, convirtiéndose en zoonótico hace aproximadamente un siglo.
Al analizar la secuencia genética de los virus presentes en los animales y compararlos con las secuencias identificadas en infecciones humanas, los investigadores vieron que eran similares, «que estaban relacionados», señala Rivero.
Según explica, puede establecerse una línea filogenética clara entre el patógeno que afecta a las ratas y el que es capaz de provocar una hepatitis en los humanos, aunque los científicos todavía no tienen claro cómo se produce el contagio, cuál es exactamente la vía de transmisión. «Sospechamos que la transmisión se produce por contacto directo con superficies contaminadas con heces de ratas», explica Rivero. El equipo ha hecho estudios sobre la excreción del virus en los animales y ha comprobado que se elimina por las heces, por lo que esta vía de transmisión es plausible.
De cualquier manera, los científicos también plantean otra línea alternativa de contagio. «De todos los afectados a nivel mundial, solo uno de ellos es consciente de haber estado en contacto con ratas. Un paciente de Hong Kong fue el único que dijo haber visto ratas en su casa. Por eso nos planteamos también si podría haber otro animal susceptible de contraer la infección que pudiera estar actuando como amplificador», señala el investigador cordobés.
Los científicos pusieron entonces sus ojos sobre el cerdo, el hospedador principal del virus de la hepatitis E, el 'primo hermano' del Rocahepevirus ratti que tradicionalmente ha infectado a los seres humanos y que el equipo de investigadores conoce bien por los estudios previos sobre el patógeno que ha llevado a cabo.
Para intentar dilucidar el papel de este animal en la transmisión del virus, llevaron a cabo un primer estudio en una población de 400 cerdos estabulados en diferentes granjas de la provincia de Córdoba. En esas mismas explotaciones ganaderas analizaron la presencia del patógeno también en ratas. «Y lo que vimos es que el cerdo era susceptible, se podía infectar por el virus de la hepatitis E de la rata. Las características del virus presentes en los cerdos en los que se detectó el patógenos eran iguales a las de los roedores que se encontraban alrededor».
Un equipo alemán emuló después los resultados en modelos experimentales y mostró que el virus replicaba y se eliminaba en las heces del cerdo, por lo que era posible que esa fuese una vía alternativa de transmisión. «Eso es precisamente lo que estamos evaluando ahora. Todavía no tenemos claro si es una vía de contagio porque una cosa es que el cerdo se pueda infectar con este virus y otra que pueda transmitirlo», aclara Rivero, que no ceja en su empeño por destapar todas las características y la historia natural del virus emergente.
«Sabemos que cursa de forma asintomática en muchos pacientes y que en un porcentaje considerable solo produce un cuadro leve, con un aumento de las transaminasas hepáticas. Pero también hay evidencias de que en un porcentaje de pacientes que estimamos que está en torno al 10% se produce una hepatitis grave, un cuadro severo». Esta situación puede provocar alteraciones de la función hepática y conducir incluso a la muerte, señala Rivero. En una serie de 250 pacientes con hepatitis de origen desconocido, los científicos identificaron 40 casos de hepatitis E de la rata, tres de los cuales fallecieron por fallo hepático agudo o complicaciones de patologías previas.
Medidas de control
De todos los agentes que son capaces de provocar infecciones víricas que producen una inflamación en el hígado, denominados con las letras A, B, C, D y E, el nuevo patógeno se parece sobre todo a su pariente más cercano, el E, pero también comparte algunas características con otros de ellos, como los virus B o C, más tendentes a provocar cuadros hepáticos crónicos y más graves. «Hemos visto que en algunas circunstancias, este virus sí tiene un mayor riesgo de provocar una hepatitis crónica, por ejemplo en pacientes trasplantados o con VIH», señala el investigador.
En su opinión, por todos los datos que han recabado, que evidencian que el Rocahepevirus ratti es un virus emergente, es necesario tomar medidas para identificarlo y controlarlo. «El primer paso es mejorar el diagnóstico», sostiene Rivero. «Hemos descrito un algoritmo para que los diferentes servicios de Microbiología puedan implementarlo y usarlo para detectarlo. Eso sería fundamental tanto para detectar los casos como para identificar su relación con otros síntomas, porque creemos que este virus también puede producir manifestaciones fuera del hígado, como problemas neurológicos», señala.
Por el momento, el diagnóstico «únicamente se está haciendo en el contexto de investigación y, a nivel de asistencia, en algunos centros de Andalucía, pero creemos que debería incluirse en la cartera de servicios de más hospitales», expone. «Lo ideal sería hacer la prueba en cualquier caso de hepatitis cuyo origen es desconocido y ha dado negativo a las pruebas para todos los virus causantes de hepatitis que se conocen», añade Rivero. Además, también es fundamental estudiar medidas para intentar minimizar el riesgo de transmisión. «Sabemos que con los roedores tenemos que convivir en nuestro día a día, pero hay que establecer medidas para intentar minimizar los riesgos de entrar en contacto con el virus».
El virus de la hepatitis E de la rata sigue viviendo en la sombra, lamenta el investigador. Solo se han reportado casos en un puñado de localizaciones, como España, Francia, Canadá o Hong Kong, lo que contrasta «con la amplia circulación evidenciada en roedores en todo el mundo». Es importante sacarlo a la luz, concluye. Y que deje de ser una amenaza silenciosa para la salud pública.




