Escarmentado por la década tenebrosa del procés, el poder económico catalán se siente muy cómodo con Sánchez en La Moncloa e Illa en la Generalitat. Recientemente, un importante ejecutivo de banca me comentó que los dos pueden agotar tranquilamente sus mandatos, a pesar de su fragilidad parlamentaria, o convocar elecciones en el momento en que los sondeos les favorezcan.
Un escenario de plácida hegemonía socialista que, sin embargo, presenta algunos puntos débiles y amenazas latentes que podrían hacer que Cataluña -siempre sujeta al repentino vendaval de rauxa y sentimentalismo-se transforme en una amenaza para la continuidad de Sánchez en el poder.
Un primer foco de conflicto son los socios de Junts. El PSOE y el PSC tratan de contentarlos con periódicas cesiones de competencias -como la de inmigración- y gestos simbólicos, como la destitución del director de la oficina de la Generalitat en Perpiñán (otro chiringuito) que osó afirmar lo evidente: no existe el delirio nacionalista de la «Cataluña Nord». Pero estas cesiones resultan insuficientes ante la galopante crisis existencial que vive el partido neoconvergente.
Junts se halla en tierra de nadie: sus votante más independentista se aproxima a la Aliança Catalana de Orriols -cuyo discurso xenófobo expresa en público lo que Junts piensa en la intimidad-, mientras que sus votantes más moderados han encontrado en el neopujolismo de Illa un cómodo refugio.
Esta sangría de votos por ambos flancos ha provocado que algunos sectores de Junts cuestionen el modelo de gobernanza del partido, con Puigdemont ordenando caprichosamente desde Waterloo y sin un liderazgo claro ni en el Parlament ni en el Congreso. «Todas las cesiones de competencias que celebramos al final las acaba gestionando Illa», es un lamento general.
La ausencia de rumbo preocupa especialmente al núcleo más fiel a la familia Pujol: los Madí, Mas, Giró, Trias, que considera, imprescindible volver a las coordenadas ideológicas de la antigua Convergència, dejarse de trumpismo a la catalana y ocupar el «espacio central». Una refundación del pujolismo que solo es posible apartando a Puigdemont de la primera línea, una vez que este verano el Tribunal Constitucional de Conde-Pumpido cumpla las órdenes de Moncloa y lo amnistíe. Ya de vuelta en Cataluña, y sin el argumento victimista del «exilio», su prejubilación resultará mucho más factible.
El segundo frente que puede complicar la vida a Sánchez es la OPA del BBVA al Banco Sabadell. Con el regreso de su sede a Cataluña, Josep Oliu ha apostado por evitar la «mordida vasca» politizando la operación y agitando una de las obsesiones históricas de la burguesía catalana: tener un banco propio.
La reacción de la Generalitat y de la mayoría de partidos -incluido el PP, amén de sindicatos y patronales- en contra de la OPA ha propiciado que la opinión pública la contemple como un ataque a la soberanía financiera. Un 155 bancario. Este clima invita al Sabadell a confiar en que el Gobierno eleve tanto las condiciones de la OPA que haga desistir al BBVA. Si eso no es así, Sánchez deberá gestionar el enfado de aquellos sectores económicos catalanes que hoy son su principal apoyo.
Por último, la debilidad de Illa también puede agitar el oasis catalán de Sánchez. Pese a la bondad con la que es tratado por la prensa local, se muestra incapaz de aprobar sus primeros presupuestos. Además, la dinámica de mercadeo entre Sánchez, Junts y ERC condena a Illa al papel de comparsa y «españoliza» su relación con estos dos partidos, imposibilitando un pacto de gobierno del PSC con Junqueras.
De momento, Illa puede seguir en la Generalitat, pero de manos atadas y sin capacidad real para gobernar, siempre y cuando la situación económica no se complique.

