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Ni la formación ni la experiencia profesional blindan contra el cansancio diario. Ana Aznar (Madrid, 26 de septiembre de 1981), psicóloga infantil, admite que aplicar la teoría en casa no siempre es fácil. Hija del ex presidente del Gobierno José María Aznar y de la ex alcaldesa de Madrid Ana Botella, reconoce que también ella se enfrenta a las limitaciones de una vida activa, como fundadora y CEO de REC Parenting y madre de cuatro hijos. Actualmente vive en Roma y es profesora adjunta en la Universidad John Cabot.
"Todos tenemos momentos mejores y peores. No existe el padre perfecto ni la madre perfecta. Y tampoco sería bueno para los hijos vivir en un ambiente así. Los niños tienen que ver que nos equivocamos, que pedimos perdón y que lo intentamos hacer mejor al día siguiente. Eso es la vida", sostiene. Investigadora, conferenciante y autora, acaba de publicar su primer libro de divulgación, Educar también es decir no. Cómo poner límites a tus hijos con amor (Ed. Vergara), donde aboga por una crianza más realista.
Tras protagonizar una boda muy mediática en 2002, vive alejada del foco mediático (hasta ahora, claro) y con un propósito. "Estudié Psicología gracias a mi madre. No sabía muy bien qué hacer y fue ella quien me lo sugirió. Encontré mi vocación y soy muy feliz con ella", revela con entusiasmo. A través de ejemplos cotidianos y reflexiones, defiende que "decir no es el mayor acto de amor y respeto que se puede regalar a los hijos para que crezcan sanos y felices", en lugar de fragilizarlos en un intento de protegerlos en exceso.
- Titulas el libro Educar también es decir no. ¿Consideras que actualmente existe una dificultad generalizada para establecer límites en la crianza, quizá porque podemos pasar poco tiempo con los hijos?
- Sí, pero es curioso, porque si miras los estudios, nos dicen que hoy en día los padres pasan más tiempo con sus hijos que los padres de generaciones anteriores. Incluso aquellos que trabajan fuera de casa. Y aun así tenemos la sensación de que pasamos poco tiempo con ellos.
- ¿Podría estar relacionado con el sentimiento de culpabilidad de los padres, derivado del ritmo de vida acelerado y la falta de conciliación laboral y familiar?
- Vivimos un momento en el que la crianza se ha vuelto muy intensiva. Pensamos que tenemos que estar todo el tiempo con los niños, hacer todo tipo de actividades con ellos, y que si no estamos constantemente presentes, lo estamos haciendo mal. Eso genera mucha culpa. Además, con el tema de los límites, muchos padres crecieron en familias muy autoritarias y han querido irse al extremo contrario, al modelo de padre amigo, permisivo, que no pone límites. Ahora tenemos que volver a un punto intermedio y darnos cuenta de que se puede tener autoridad sin ser autoritario.
- ¿Y de qué manera podemos contrarrestar ese sentimiento de culpa que nos invade?
- Yo abogo mucho por repensar la culpabilidad en la crianza. Es un sentimiento que nace cuando haces algo malo a alguien. Si yo ahora te grito a ti, o grito a un hijo mío, he hecho algo malo y está bien que me sienta culpable.
Pero la mayoría de las veces los padres —y sobre todo las madres, que son las que más culpa sienten, y eso lo dicen las estadísticas— sentimos culpa cuando estamos trabajando y no con el niño, cuando estamos con el niño y no trabajando, o cuando estamos cuidando a un familiar enfermo y no con el niño. En esos casos no deberíamos sentir culpa, sino tensión o sobrecarga, porque tenemos muchas cosas en el aire y no llegamos a todo. Si cada vez que sentimos culpa nos preguntamos qué hemos hecho mal, y no encontramos nada, entonces no es culpa. Hay que apartarla conscientemente de nuestra mente. Si practicamos este ejercicio de forma sistemática, conseguiremos educar con menos culpa. - ¿Podría ser que, paradójicamente, el mayor conocimiento sobre psicología infantil, gestión emocional, apego seguro y la importancia de la infancia esté generando aún más presión en los padres?
- Has dicho dos cosas muy interesantes. Por un lado, sabemos que cuando los padres tienen información sobre crianza y educación, crían con más confianza y disfrutan más. Pero hay un punto en el que hay que parar: una cosa es tener información y otra tener demasiada, que es cuando entramos en bucle. Y luego está la idea de cuánto determina la infancia. La idea de que la infancia lo determina todo no es cierta, aunque la hayamos comprado: no determina nuestra vida.
- Pero sí hay condiciones mejores y peores para criar, ¿no?
- Yo lo pienso como una partida de cartas. El que nace con una mano mala lo tendrá más difícil, pero eso no significa que su vida esté determinada al fracaso. Y el que nace con una buena mano no tiene garantizada una vida fácil. La infancia influye, pero no determina, y entender esto quita mucha culpa a los padres y ayuda a criar con más tranquilidad.
- Los padres llegan agotados a casa, como reconoces, otros niños ya tienen móviles en clase, y a veces no sabes cuándo poner el límite sin sentirte un extraterrestre. ¿Cómo ves el acceso a las pantallas con las evidencias que hay sobre los perjuicios del uso temprano?
- Las pantallas son el gran caballo de batalla de la generación actual de padres. Generan mucha ansiedad. Yo no creo que haya que prohibirlas, porque están aquí y los niños van a convivir con ellas. Igual que educamos para la vida real, tenemos que educar para la vida digital. Con el móvil, cuanto más tarde, mejor. Pero más que centrarnos en la edad, deberíamos preguntarnos si el niño está preparado y si nosotros también lo estamos para añadir un factor de estrés a la relación, porque lo es.
- Más allá de las horas que pasan frente a las pantallas, ¿qué otros aspectos deberíamos tener en cuenta los padres para evaluar si el uso que hacen nuestros hijos es saludable?
- También es importante no solo cuánto tiempo pasan con la pantalla, sino qué hacen con ella. No es lo mismo una hora chateando con amigos que una hora viendo pornografía. Y hay que ver qué dejan de hacer por estar con la pantalla: dormir, hacer deporte, ver amigos. El objetivo es encontrar un equilibrio entre pantallas, deberes, familia, amigos y deporte. No es fácil, pero es a lo que hay que aspirar.
- ¿Y cómo ves que desde algunos gobiernos se empiece a regular este acceso a las pantallas, sin dejar toda la carga a los padres, como está haciendo Francia?
- Todo esto es un experimento, porque no sabemos qué va a pasar. Es un intento de regular algo muy nuevo. En principio no me parece mal, pero hay que ver qué ocurre y si se cumple.
- Como psicóloga, ¿cuáles son las preocupaciones más frecuentes entre los padres que te encuentras en consulta?
- Los padres de hoy sienten mucha culpa y angustia. No saben si lo están haciendo bien o mal, tienen miedo a tomar decisiones. Padres que dicen que no saben qué hacer con su hijo, que no consiguen entenderse con él, que pierde el control o no está motivado. Hay de todo, pero sobre todo predominan la angustia parental y los problemas de disciplina.
- Una situación que pone muy nerviosos a los padres es una rabieta en público. ¿Cómo deberían actuar?
- Una rabieta en un niño de dos o tres años, cuando ya ha empezado, es muy difícil de parar porque el niño no razona. Mi opinión es quedarse cerca, evitar que se haga daño y, cuando se tranquilice, darle un abrazo y distraerle.
En el fondo, lo pasamos peor por lo que pensamos que los demás opinan. Los padres se sienten muy juzgados. Hay que intentar pensar que a la mayoría nos ha pasado y centrarse en el niño, no en las miradas. - Hoy en día, tenemos miles de estímulos sobre crianza. Para informarse sin llegar al agobio, ¿cuál sería el punto medio?
- Fiarse de profesionales con formación y experiencia en salud mental. No seguir a miles de personas. Elegir a unos pocos en los que confíes y hayas contrastado. Hay muchas opiniones en redes sociales, pero no todas valen lo mismo. Las experiencias personales son eso, experiencias, no evidencia científica. Hay que aprender a diferenciar y dar valor según de quién venga la información.
- Cuando hablamos de alimentación y límites, ¿cómo se puede conseguir un enfoque coherente teniendo en cuenta que participan la escuela, los abuelos y personas de diferentes generaciones con ideas distintas?
- Hay que establecer pautas saludables desde el principio y recordar que los niños aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. Si quieres que tengan una relación sana con la comida, tú tienes que tenerla. Lo mismo con las pantallas: no sirve decir que "en la mesa no hay móvil" si tú lo tienes en la mano. Los buenos hábitos se enseñan con el ejemplo.
- Tus palabras en una entrevista previa, donde señalaste que "a los hijos de dos hombres les puede ir mejor en la vida que a los hijos de padres heterosexuales", provocaron una considerable controversia. ¿Qué quisiste transmitir con esa afirmación y por qué crees que generó tanta reacción?
- Lo que dice la evidencia es que lo importante no es la estructura familiar, sino la calidad de las relaciones. Lo que perjudica a un niño es vivir en un ambiente de conflicto permanente. Eso es lo que yo he dicho y lo que dice la ciencia.
- ¿Qué hay de cierto en que antes el profesor tenía autoridad y ahora son los padres los que protestan?
- Eso se ve. Igual que en las familias hemos pasado del autoritarismo a la permisividad, en la escuela también. Está bien acercarse a los niños, pero no quitarle la autoridad al profesor. Hay que escuchar a tu hijo, pero no desacreditar al docente delante de él. Los profesores pasan muchísimo tiempo con los niños y su profesión no está suficientemente reconocida. Su salud mental debería ser una prioridad.
- Se habla mucho de una menor tolerancia a la frustración en los niños actuales. ¿Estamos criando en una jaula de cristal?
- Sí. Estamos sobreprotegiendo a los hijos y eso es un error, porque aprenden de los errores. Los niños necesitan equivocarse, frustrarse y aprender a levantarse. Nosotros acompañamos a los hijos, pero no les solucionamos todo. Si nunca se frustran, les abocamos al fracaso, porque la vida está llena de problemas y no siempre estaremos ahí. Es como aprender a andar: primero les llevas de la mano, luego sueltas poco a poco.
Educar también es decir no. Cómo poner límites a tus hijos con amor
Está editado por Vergara y se puede comprar aquí.
