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Ni vestido de noche ni tacones ni ropa interior roja: yo lo que quiero es terminar el año corriendo la San Silvestre

En la San Silvestre Vallecana -hablo, obviamente, de la popular- puede que lo de menos sea correr, porque la prueba que se sacó de la manga Antonio Sabugueiro mientras tomaba unas cervezas con dos amigos allá por la década de los 60 del pasado siglo se ha convertido en la mejor fiesta de Nochevieja del mundo

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Ni vestido de noche ni tacones ni ropa interior roja: yo lo que quiero es terminar el año corriendo la San Silvestre
GTRES

Fue mi estreno en el cada vez más concurrido universo de las carreras y siempre será, junto a los maratones de Nueva York y Lanzarote, mi favorita por motivos que solo se pueden comprender si se ha participado alguna vez en ella. En la San Silvestre Vallecana -hablo, obviamente, de la popular- puede que lo de menos sea correr, porque la prueba que se sacó de la manga Antonio Sabugueiro mientras tomaba unas cervezas con dos amigos allá por la década de los 60 del pasado siglo se ha convertido en la mejor fiesta de Nochevieja del mundo. "Todo empezó como una especie de broma. Estábamos Carlos Roa y Manolo Fernández y yo tomando unas cañas en la cafetería Bellaluz de la calle Monte Igueldo de Vallecas y les dije que ya estaba harto de organizar un cross en la Casa de Campo y de volver a casa a cenar hasta arriba de barro, que por qué no montábamos una carrera sobre el asfalto. Y eso hice. La primera edición, en 1964, costó 5.000 pesetas", me contó el propio Sabugueiro en la primera entrevista que le hice hace ya unos cuantos años.

Lo que, seguramente, el fundador de la 'Sansil' jamás podía haber imaginado durante aquella tarde en Bellaluz es que, décadas más tarde, su modesta carrera de barrio iba a congregar, cada 31 de diciembre, a más de 40.000 personas para recorrer los 10 kilómetros que separan el Santiago Bernabéu del Estadio de Vallecas ni las emociones que iba a hacer aflorar en cada una de ellas. Porque, aunque suene algo ñoño decirlo, la Vallecana se corre más con el corazón que con las piernas. Durante esos 10.000 metros que transcurren entre Chamartín y Vallecas, uno siente como ese Madrid frenético que nos trae a todos locos se detuviera por arte de magia (la de los compañeros de Last Lap, sus organizadores) para entregarse en cuerpo y alma a un multitudinario jolgorio de gritos, cánticos y exaltación de la alegría.

Solo quienes hemos participado alguna vez en ella, sabemos lo que se siente al bajar por una Avenida de la Ciudad de Barcelona abarrotada de familias y de niños a la caza de efímeros choques de manos con unos corredores que, probablemente, ni conocen ni volverán a ver en su vida. O el esfuerzo que supone ascender ese puerto de primera que es, en realidad, la Avenida de la Albufera, un acto heroico al que difícilmente se podría enfrentar una gran mayoría de runners -entre la que me incluyo- sin el incomparable gel energético que suponen los ánimos del vecindario. O lo que pasa por la cabeza de los corredores cuando, tras recorrer los últimos metros de la carrera envueltos en un intenso aroma a asado de Nochevieja, encaran la recta final. Es en ese preciso momento cuando desfilan ante nosotros las imágenes que más hondo nos han calado durante el año que se va, las caras de las personas que amamos -las que están y también las que se fueron-, lo que dejamos atrás y a lo que nos aferramos como si nos fuera la vida en ello. O experimentar la brutal explosión de emociones que supone cruzar la línea meta con un único deseo en mente: que el nuevo año traiga salud a nuestros seres queridos (que el resto ya lo manejaremos nosotros como buenamente podamos). Porque la 'Sansil' no es una carrera. Es una catarsis. El mejor ritual de buena suerte en el que se puede confiar. Por eso, nunca me cansaré de decirlo: aunque Antonio Sabugueiro no pudiera ni imaginárselo cuando se la inventó en aquel bar de Vallecas, la San Silvestre es la mejor fiesta de Nochevieja del mundo.