YODONA
Moda

David Bailey, el ojo que despertó a la moda: la Fundación Marta Ortega Pérez trae a España al fotógrafo que hizo reír a la reina Isabel

La primera retrospectiva del retratista de la moda en movimiento, responsable de que las sesiones fotográficas abandonaran el estudio, inaugura etapa en el Muelle Baterías, que desde este año acogerá también muestras en verano.

Actualizado
David Bailey, el ojo que despertó a la moda: la Fundación Marta Ortega Pérez trae a España al fotógrafo que hizo reír a la reina Isabel
DAVID BAILEY

Durante sus noches en Singapur, David Bailey dormía con Picasso. Desde un póster con funciones de cabecero, el malagueño le vigilaba el sueño. En lugar de una mujer en traje de baño o lo que sea que hubieran podido infiltrar en las habitaciones que proporcionaba la Real Fuerza Aérea a sus efectivos desplazados, el británico había coronado su descanso con una reproducción del pintor cubista. Picasso, apunta Marta Ortega en el catálogo de David Bailey's Changing Fashion, la exposición inaugurada por la fundación que lleva su nombre, era "su héroe". Años después, de vuelta en el continente Europeo, a Bailey le propusieron fotografiar al artista. El británico declinó la invitación. Habría corrido el riesgo de quebrar la ilusión que reviste a los ídolos.

Si, con la cámara en la mano, Bailey debía romper algo, serían las normas de la moda. El fotógrafo derrumbó las paredes de los estudios. En la década de los 60, el británico rescató a las modelos de los fondos de los color liso. Para su primer encargo para la edición estadounidense de la revista Vogue, recorrió junto a la modelo Jean Shrimpton las calles de Nueva York. Andaba, apunta Tim Barlow, comisario de la exposición, detrás del momento decisivo del que hablaba Henri Cartier-Bresson. Con menos de 25 años, se comenzó a revelar como lo que, añade, era: "un fotógrafo radical" que perseguía el azar para convertirlo en su instrumento de trabajo. Las instrucciones que recibía, y aún recibe, se diluyen. No admite sugerencias de los editores de moda. "Ni de nadie", remata su hijo Fenton. Acepta solo las mimbres del proyecto. "De verdad, no es una persona arrogante", interviene Barlow. "Pero si contratas a David Bailey para que haga unas fotos, lo dejas en sus manos".

En el Muelle Batería de La Coruña, incluso los oídos quedan pendiente de los designios del fotógrafo. Desde Galicia, se puede llegar a la londinense calle de Brownlow Mews montado en un hilillo musical. La playlist que a diario suena en el estudio de David Bailey se reproduce en el corredor de hormigón al aire libre que conduce a la exposición. A las trompetas de Miles Davies y Chet Baker les hacen eco los chillidos de las gaviotas. De vez en cuando, Los Rolling Stones. El toque irreverente, añade Barlow, es clave en la obra de Bailey. "Se toma la moda en serio, pero no se lo toma todo demasiado en serio. Al fin y al cabo, es moda". En casa de Bailey traía el pan a diario. Su padre se dedicaba a la sastrería: cortaba patrones para Burberry. La observación había calado en su lente. Como si Sorrentino supervisara los pespuntes de la exposición, en el barrio en el que Bailey creció sitúan la búsqueda del paisaje urbano del londinense, que durante su infancia correteó entre los edificios que los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial habían derruido en el East Side.

DAVID BAILEY

La dislexia, apunta Barlow, también lo forzó a transformar las imágenes en su instrumento narrativo. En los 60, Bailey renuncia al hieratismo que había observado en Billy Brandt e Irving Penn, quien, a su parecer y pese a la admiración, era un fotógrafo "de naturaleza muerta". Las piernas se convirtieron en herramientas para trazar figuras geométricas que se componen con naturalidad. La pieza estrella de la exposición, Box of Pinups, enmarca a músicos y celebridades en espacios recortados por sus propios cuerpos. Mick Jagger, Patti Smith o Andy Warhol juegan frente a la cámara. Antes, Jean Shrimpton salta y sonríe. Sus modelos están liberadas de la severidad estática de la fotografía de moda de las décadas anteriores. En la fotografía de un vestido de novia de Balenciaga, confeccionado en seda, la capa y el velo combaten el hieratismo con un pliegue leve de la seda. El giro de la modelo se congela y una mano asoma. En la fotografía, señala Barlow, queda capturado el equilibrio en que hacía pie Bailey: mientras persigue una imagen comercial, las líneas tontean con el arte abstracto.

La fotografía en blanco y negro domina la muestra. En el binomio cromático, razona Fenton, Bailey encontraba una formaba de despojarse de distracciones. Alcanzaba la esencia de la fotografía. En casa, cuenta, las imágenes despistaban a los niños. Su hermana Paloma llegó a preguntar a David si así, bicolor, estaba pintado el mundo cuando era niño. El color inundó el estudio de Bailey en los años 70, cuando en sus viajes a Brasil o Calcuta para Vogue encontró los paisajes que había visto describir a los exploradores victorianos. ". Lejos del estudio, la moda era el anzuelo para mostrar los lugares que exploraba con la cámara.

En la coda de la exposición, dos vitrinas transportadas desde su estudio, repletas de gafas de pasta y bibelots de Disney, se enfrentan a una colección de retratos firmados en la última década. La Fundación Marta Ortega Pérez se convierte, entonces, en casera de Joaquín Cortés, Jerry o la reina Isabel de Inglaterra, que sonríe con los dientes a la vista. Fenton estuvo presente en aquella sesión de 2014. Cuando la monarca se presentó en el estudio, a Bailey le sorprendieron las perlas que la enjoyaban. Le preguntó si eran de verdad. La reina rió. "Espero que sí". Clic.