- Fendi celebra 100 años de historia en el desfile de otoño-invierno de 2025-26 de la Semana de la Moda de Milán
- Un Gucci otoño-invierno 2025-26 de transición inaugura los desfiles de la Semana de la Moda de Milán
En La Specialittà todos los hidratos susceptibles de aparecer en una carta pueden elaborarse sin gluten. Las pandillas de veinteañeros con trenzas de colores vestidos de cuero negro cantan a Katy Perry mientras un Cristo crucificado de metro y medio los vigila. Adriana Lima, como ellos, tenía que reponer energía. Se ha pasado toda la semana trotando por las pasarelas de Milán.
En Fendi, la brasileña lució un vestido de piel acanalado, ceñido a la cintura de forma que la silueta dibujara un símbolo del infinito. Tras la retirada de Kim Jones, su director creativo, la firma romana celebraba 100 años de historia con un repaso por los recuerdos de Silvia Venturini Fendi, encarnación de la quinta generación de la familia, que, en tonos empolvados que se electrizaban como "un atardecer en Roma", jugó con el pelo de oveja rasurado para construir acabados que se asemejaban al del zorro o la marta. Con encajes de Chantilly, la figura femenina, combada y opulenta, recuperaba el equilibrio.
En Prada, el shearling escalaba también por abrigos, chaquetas y chubasqueros. El pelo ovino, suave y brillante, enmarcaba una colección en la que Miuccia Prada y Raf Simons se preguntaban por la feminidad contemporánea. En su respuesta, libertad en el movimiento y pragmatismo: patrones sesenteros amplísimos, faldas con cinturas de efecto saco, melenas revueltas y el mocasín coronado como el zapato rey.
Plano fue también el calzado de Emporio Armani, en el que las modelos, sonrientes, desfilaron con bluchers blancos y negros cubiertos con tachuelas. En su invierno, de nuevo la sensatez: chaquetas y pantalones de terciopelo en los que el brillo se ocupan de celebrar el movimiento. El guiño a los naipes, icono del diseñador, se repartió en cinturones, blusas de seda y bómbers.
El pasado se convirtió en futuro también en Gucci, donde sus colores históricos renacieron sobre vestidos de terciopelo y gasa protegidos por el Horsebit, o bocado de caballo, símbolo de la casa. Saltó la alerta: no fueron los suyos los primeros pantalones de talle bajo que se verían durante la semana.
Max Mara asumió de nuevo la misión de materializar la armonía. Con brochas burdeos, verde cacería, gris y beis, las superposiciones en trajes y abrigos se ajustaban al cuerpo con cinturones de doble vuelta. El frío, en su propuesta, encontraba grandes enemigos: las modelos caminaban con leotardos de canalé.
Tod's también protegió a su mujer. En grises, cremas y naranjas, los abrigos, con solapas más estrechas que en las últimas temporadas, recortaban la figura de maneras casi geométricas. Sus gabardinas de piel, fina como la seda, se curvaban para confirmar la minuciosidad de la artesanía por la que Carla Bruni sostuvo en sus manos una maxiaguja durante una hora de performance.
El cuerpo se agitó en Dolce&Gabbana. De la pasarela a la calle, en su sentido estricto. Unos minutos después de que una asistente retocara los labios a Naomi Campbell, sentada en la primera fila, y de que otro le repasara la melena con un cepillo, las modelos se encaminaron a la puerta de viale Piave, 24, donde la dj Victoria de Angelis las animaba a bailar. Con abrigos de animal print y vaqueros amplios, el encaje y los broches propios de la casa se renovaron en busca de "lo cool", o sea, de una seguridad personal despreocupada.
En la pasarela de Milán, mientras las técnicas contemporáneas buscan aliviar la peletería, a la mujer se le pregunta de nuevo quién es. El próximo otoño, será alguien que, ¡albricias!, se abriga, se adueña de su comodidad, y, entre flecos, texturas, siluetas lúdicas y detalles de pedrería, se divierte en el destierro del minimalismo. En la renuncia a ser un lienzo para los demás.




