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Ser hermano mayor no determina cómo es tu carácter, pero sí lo condiciona. Si bien no existen estudios científicos que sostengan lo primero, sí hay evidencias de lo segundo (recogidas en la centenaria 'Teoría del orden de nacimiento', del psicólogo Alfred Adlerser), en tanto que el entorno, la genética y la educación influyen en la construcción de la identidad. Y, claro, la posición que ocupamos entre los hermanos forma parte, precisamente, de ese entorno desde el instante mismo en que nacemos, y nos acompaña durante toda la vida.
Los primogénitos son niños, adolescentes y después adultos que reúnen unas características similares, siempre alrededor de rasgos como la responsabilidad, la seriedad, la independencia y la autonomía, entre otros. Los padres, ¿los educan de modo diferente al resto de sus hijos? Los psicólogos dicen que sí, puesto que los adultos no se relacionan con su primer hijo igual que con los demás. La inexperiencia, el temor y la incertidumbre por el cambio vital tiñen el vínculo con los primeros hijos como no lo hacen con los sucesivos. Y también, no nos olvidemos, el hecho de que el primer hijo vive durante un tiempo con dos pares de ojos pegados al cogote. Los siguientes raramente gozarán (o sufrirán) esa atención exclusiva.
Los atributos con los que los primogénitos van forjando su carácter, ¿son positivos para su construcción personal? ¿Son niños que maduran muy rápido? ¿Demasiado responsables? A este perfil debemos añadir el componente de género, en virtud del cual las niñas que son hermanas mayores incorporan ese 'bonus track' propio de la socialización femenina, como la asunción de los cuidados y la protección a los que vienen por detrás en la familia.
Aunque, como decimos, la ciencia no tenga pruebas concluyentes y rotundas, socialmente hay pocas dudas de lo que podría llamarse el síndrome de la hermana mayor. Un tuit cualquiera, como este publicado hace un par de años, lleva 322.000 'likes' y puede servir de termómetro. Dice así: "¿Eres feliz o eres el hermano mayor y también una niña?". Es decir, aquí hay un melón.
¿A qué se refiere esta tuitera? Ana Trinxet, pedagoga y experta en Orientación neuroeducativa; Maribel Gámez, psicóloga y psicopedagoga en el Centro de Psicología Aplicada Maribel Gámez; y Alejandra Melús, experta en Primera infancia y acompañamiento emocional, definen así los rasgos comunes de los hermanos mayores:
- Responsable
- Empático
- Cauteloso
- Prudente
- Líder, con confianza y seguridad en sí mismo
- Extrovertido
- Más serio, menos dado a la broma
- A veces, autoritario e inflexible
- Exigente y perfeccionista
- Independiente
- Competitivo
La hiperresponsabilidad de las niñas
Ser mujer, además, añade leña al fuego. "En el caso de las niñas, pueden darse conductas de hiperresponsabilidad respecto a sus hermanos más pequeños, realizando funciones que no son propias de su edad. A veces esto ocurre en ambientes donde los padres dejan sin cubrir las funciones parentales que les corresponderían", amplía Gámez.
De estas cuestiones habla la periodista mexicana Katia Rejón que, según admite, la primera vez que cuidó a alguien solo tenía tres años. En el post 'Las hermanas mayores cuidamos sin saber qué era cuidar', hace un ejercicio de introspección y dice cosas como esta: "Me di cuenta de que una hermana no era compañía, sino responsabilidad". En efecto, se confirma el melón, debido, según Trinxet, no sólo a la construcción social sino también al desarrollo cerebral de las mujeres: "El cerebro de hombres y mujeres tienen una 'programación' diferente. El suyo es más grande, pero el nuestro tiene más conexiones entre sus dos hemisferios, lo que nos hacer más empáticas".
Andrea tiene 15 años. Su hermano gemelo, mucho más rebelde, sólo le hace caso a ella. Si sus padres le piden ducharse hará caso omiso a la petición, pero si lo hace ella... La cosa cambia. Muchas veces es su faro en la niebla y sus 'charlas' son claramente más eficaces que las que 'le sueltan' sus progenitores. Pero, ¿puede tener consecuencias a la larga para ella? María nos ofrece ese salto acelerado a través de su experiencia como hermana mayor. Tiene 43 años y reconoce que proteger a su hermano pequeño durante la infancia sí la ha llevado a "regañarle maternalmente" más de una vez. Y confirma a la psicóloga Maribel Gámez: "A veces creo que la responsabilidad se me va de las manos. Me cargo de lo que no es mío, para que ese peso no recaiga en mi entorno más próximo", reconoce.
Las consecuencias (buenas y malas) en su salud mental
Coinciden las expertas en que las características que comparten los primogénitos no son buenas ni malas 'per se'. No obstante, ese par de ojos que no se quitan del cogote y a los que aludíamos antes pueden desembocar en una alta exigencia y presión sobre los primogénitos: "Pueden verse afectados si perciben que no son capaces de satisfacer lo que se espera de ellos", explica Melús.
Así, son como siempre los adultos los que tienen la sartén por el mango. Por eso, no deben cargar sus espaldas con grandes expectativas y tampoco sobreprotegerlos: "El pequeño debe poder probarse a sí mismo para no generar una baja autoestima", añade Gámez.
Ojo que el impacto en la salud mental puede ser positivo. Son modelo y referencia para sus hermanos menores, por lo que desarrollan más capacidad de liderazgo y de toma de decisiones; son generosos; y están acostumbrados a una autonomía e independencia que les permite "resolver problemas y conflictos con más facilidad en unas situaciones en las que sus hermanos, quizá, necesiten apoyo extra", continúa Alejandra Melús.
Los hijos 'parentalizados'
Síndrome de la hermana mayor entronca con los conocidos como hijos 'parentalizados', aquellos que por distintas circunstancias tienen que cumplir un rol adulto desde niños. Se cruzan discapacidades, adicciones y circunstancias vitales en cierta manera disfuncionales que arrojan un resultado complejo. Maribel Gámez sostiene: "Ningún hijo o hija debería ser mediador entre unos padres que se separan, ni cuidar de un adulto porque haya caído en una adicción. Se les está robando una etapa de la vida, en la que tendrían que estar jugando y vivir como los niños que son".
Estas situaciones generan en los hijos sentimientos de impotencia, rabia, miedo y frustración, puesto que tienen que enfrentarse a escenarios para los que no están preparados. "A la larga, son niños con carencias afectivas que les pasarán factura en sus relaciones interpersonales futuras, además de que pueden generar baja autoestima y poca capacidad para relacionarse con sus semejantes", concluye Ana Trinxet.



