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La historia de los pijos en España: "En ciertos círculos, la ostentación es una horterada. Ser tacaño y despreciar el exceso es la tormenta perfecta: disfraza la racanería de elegancia"

En Quiero y no puedo, la periodista Raquel Peláez repasa los dos últimos siglos de la historia de España en busca de la esencia del pijo nacional. Su secreto, destilado, es el de los artistas y las cadenas de moda: aprender a imitar.

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Isabel Preysler, encarnación de la aspiración social e influencer original desde los años 70.
Isabel Preysler, encarnación de la aspiración social e influencer original desde los años 70.Getty

Dice el tópico que omnia mors aequat. O sea, que la muerte a todos nos iguala. Pero aunque el tren de la Parca conduzca a los humanos al mismo destino, es decir, al aparato digestivo de la fauna cadavérica, el camino que toma se amolda a su pasajero. El viaje de los ricos, apunta Raquel Peláez, autora de Quiero y no puedo: una historia de los pijos de España, procede de "muertes más extravagantes que caerse de un andamio. La clase ociosa practica deportes como la motonáutica, como fue el caso de Stefano Casiraghi, que murió en una regata de offshore, y por eso mi compañera Vera Bercovitz solía decir en la redacción que los accidentes de los pijos son más espectaculares". Las clases altas, escribe, disfrutan de confrontarse al paso del tiempo y la velocidad, en sus manos, se convierte en una de sus estrategias predilectas para desafiar los compartimentos en los que reloj y horarios convierten los días. La velocidad, "que nada tiene que ver con la prisa", se conforma, así, como un símbolo de estatus que en España echó a rodar durante los años cincuenta, cuando las motos y los coches, hasta entonces de divisar por carreteras repletas de socavones, se asociaron a la libertad moderna de las ciudades. Allí, una década más tarde, el levantamiento del embargo económico comenzaría a consolidar la base sobre la que, para Peláez, se levanta el concepto de lo pijo: la adhesión a un universo de símbolos a través del consumo.

Carmen Martínez-Bordiú, nietísima de Franco, con el diseñador Karl Lagerfeld.
Carmen Martínez-Bordiú, nietísima de Franco, con el diseñador Karl Lagerfeld.Getty

Si la enciclopedia simbólica no se ha heredado, se podrá comprar. Para bordar en la pechera de la camisa la palabra "pijo", puede pagarse una entrada. O una salida. La situada en el bolsillo. En la sociedad de mercado, explica la periodista, el aspecto de las diferencias se emborrona con la emulación de los hábitos de consumo de quienes reciben, a través de la tómbola familiar, las costumbres de la alta burguesía. Por ejemplo, la democratización de la moda ejerce sobre unos y otros el efecto al que aspira el uniforme escolar: plancha las marcas sociales que el ojo podría detectar en un primer vistazo. Las cadenas de fast fashion, con su inspiración extraída de la pasarela y sus precios amables, permiten que las tendencias de las élites se cuelen en los vestidores de todos los pueblos, barrios y ciudades. Convierte la apariencia física en un juego de espejos. Tras la mirada inicial, el ojo, más o menos instruido, revisará los flecos de la sutileza. Podrá diferenciar la impostura de la naturalidad, lo afectado de lo espontáneo, la aspiración de la certeza. Podrá, en definitiva, detectar lo cursi. Peláez, entonces, traza el origen de la petulancia social. En la industrialización española la periodista sitúa una revolución de la apariencia. La cursilería se hace carne en los salones forrados de terciopelo, encaje y porcelana en los que los personajes de las novelas de Benito Pérez-Galdós tejen triquiñuelas para lograr una invitación al Teatro Real mientras en sus cocinas, para toda la familia, solo resisten unos huesos de jamón ya pelados y una onza de chocolate. Las revistas que filtraban los acontecimientos sociales del Madrid de la época, desarrolla, se erigían entonces como delatores de quienes rebosaban pretensiones. La presencia de aquellos que procuraban practicar la escalada social cuajándose los vestidos de puntillas o aderezándose los apellidos se señalaba mediante el desdén: todos ellos, apuntaban los cronistas, tenían nombres que "no conseguían recordar".

La tenista Lilí Álvarez, una de las primeras deportistas españolas, o sea, pijas.
La tenista Lilí Álvarez, una de las primeras deportistas españolas, o sea, pijas.

Quienes los recordaban eran los que se quedaban atrás. El que contempla a un conocido hacer trekking por los ambientes sociales lo observa convertirse en su pijo de oficio, asignado y personal. La pijeza, por tanto, Peláez la encuentra cambiante y subjetiva, al margen de criterios categóricos, dependiente del contexto y de las vivencias previas del que juzga. Todos, concluye entonces, podemos ser el pijo de alguien. "Insisto en eso quizás por mi propia experiencia, desde una visión formada por lo que yo he vivido, por estar en contacto con gente de diferentes tipos de renta y de distintas posiciones sociales. Yo soy de Ponferrada, un sitio de 60.000 habitantes, en una cuenca minera donde hubo mucho dinero, donde encontrabas clubes en los que se producía un ensayo de ese mundo simbólico que he visto más en serio cuando llegué después a Madrid. Lo que llamas pijos en tu ciudad natal es una tontería en comparación con lo que llaman pijo quienes están cerca del poder".

Es más sufrido ser pija que pijo. Hacia ella hay menos compasión. Incluso la palabra tiene connotaciones más despectivas: hace que asumas que es tonta y vaga

Raquel Peláez, autora de 'Quiero y no puedo'

Pero el pijo absoluto, el pijo de todos, no se disuelve en el relativismo de clases. Aquellos son depositarios del habitus de los linajes nobles, de familias engarzadas en la alta burguesía, de matrimonios atornillados de forma histórica para constituirse como empresas que garantizan una "inquebrantable transmisión patrimonial". Bajo sus techos, señala la periodista, la ostentación se reprueba. Los logos no manchan los bolsos, los coches biplaza no se encajonan en sus garajes, la tarjeta de crédito no chorrea antojos. De la cocina no desfila cada semana el caviar. Algo detectó Peláez cuando la condesa de Romanones la recibió en casa con motivo de una entrevista. En la mesa, la cena de cualquiera con solo media hora libre para prepararla: salmón al horno y verduras. "Es que, por otra parte, existe una relación de lo pijo con la frugalidad. Al final del libro, en el diorama, una chica que da su testimonio explica cómo las familias bien interpretan como horror las bodas con wedding planner donde la ostentación rija el acontecimiento. En ciertos círculos donde la estructura para una buena vida es un a priori, no es necesario el agasajo desmedido. La ostentación y la abundancia descontrolada son una horterada. Ese marco mental casa muy bien con una economía doméstica donde el dinero se mide mucho. Ser tacaño y considerar de mal gusto el exceso es la tormenta perfecta: se disfraza de elegancia la racanería". La confianza que garantiza la posición socioeconómica libera al pijo original, en cierta medida, del consumo-espectáculo. "Proceden de estructuras muy rígidas. Aun así", apostilla Peláez, "el consumo es importante en nuestra forma de construir imagen y de subsistir. El individuo y lo que cada uno tiene para sobrevivir se ha convertido en algo más importante de lo que fue en los 60 u 80. Ahora mismo, con la desconfianza hacia el rol del estado, lo que posee cada uno se presenta frente al prójimo como una forma de recordarle que no estás indefenso, como un mecanismo de supervivencia. La gente que lea esta libro vive en el mundo de los símbolos y trabaja en el sector servicios, en economías por ahora liberales, donde el límite de derecha e izquierda es difuso. Por eso es difícil atribuir lo pijo a determinadas ideologías, ligarlo a un voto concreto. La sociedad de mercado nos iguala mucho a todos. Como la democracia".

El orgullo pijo existe. El cayetanismo es un mecanismo de contestación al estado, un método de autodefensa

Raquel Peláez

Y lo patriarcal, que "también les afecta. Si aceptamos pijo como pertenecer a una clase alta conservadora, tiene muchísimas dosis de esclavitud. Pero siguen siendo muy machistas. Es más sufrido ser pija. Que haya que casarse o "casarse bien" es un tipo de esclavitud. También ellas tienen más techos de cristal. Entrevisté a Xandra Falcó y me contó lo complicado que era para ella abrirse paso en el mundo vinícola. Me decía que muchas le preguntaban para qué trabajaba tanto. Y la palabra pija tiene connotaciones mucho más despectivas que pijo. Hace que asumas automáticamente que la persona de quien se habla es tonta, estulta, vaga. Hacia la pija, además, hay menos compasión porque contra ella se unen dos elementos: el odio de clase y la misoginia. Un ejemplo fue el caso Nevenka. Ella estaba ligada al Partido Popular del 'todo va bien', a la derecha pádel. Ahora hay bastante transversalidad en la causa feminista. Las luchas identitarias están ya por encima de eso".

Marta Chávarri, una de las primeras 'it-girls' españolas y homóloga indiscutible del estilo de Carolyn Bessette-Kennedy.
Marta Chávarri, una de las primeras 'it-girls' españolas y homóloga indiscutible del estilo de Carolyn Bessette-Kennedy.Gtres

Por debajo queda la conciencia de grupo. La ausencia de amenazas ahorra posiciones defensivas. El bienestar de los círculos sociales que se autoabastecen, pequeños y endogámicos, alivian la urgencia de una autopercepción irritada, lista para atacar. "El pijiloco en concreto suele ser así, aunque al mismo tiempo en el subconsciente existe una conciencia de quién es. El orgullo pijo existe. El cayetanismo es un mecanismo de contestación al estado, un método de autodefensa y una manera de decir 'aquí, sálvese quien pueda'". Si no hubiera gobernado la izquierda durante los últimos años, ¿ese sentimiento habría despertado políticamente en las caceroladas de Núñez de Balboa o en la autodeclarada pijeza de Taburete? "Yo creo que sí. El fenómeno es bastante transnacional y en España hay una aversión al estado más agravada de lo que le corresponde por el contagio de las tendencias globales".

Lo pijo en tu ciudad natal es una tontería en comparación con lo que llaman pijo quienes están cerca del poder. Todos somos el pijo de alguien

Raquel Peláez

Otras corrientes actuales, abanderadas sin ambages por la izquierda, se acoplan al principal activo que Peláez detecta en el pijo: el ocio. El debate sobre la semana de cuatro días laborables persigue, en teoría, la reconquista del tiempo libre de los trabajadores. Anda tras la equiparación con quienes no recurren al transporte público para llegar a la oficina. Buscan, razona, que los horarios no expropien a los trabajadores de sus días. "Cuando nació la economía industrial, los hombres vivían explotados por las máquinas. Aprovecharlas para conseguir más tiempo para nosotros mismos es una política con un objetivo clarísimo que debería marcarse toda la humanidad. No tiene que ver con ser pijo o no, sino con darle sentido a la experiencia humana". Que, como quien se despierta sin alarma, no haya, en definitiva, que subyugarse al reloj.