EUROPA
Escapada

Innsbruck: cuando el jardín de tu casa es el Tirol

La capital de los Alpes tiroleses conjuga la historia del corazón austriaco con el ocio en la montaña y los deportes de invierno.

Los Alpes, desde las casas que miran al río Inn, en Insbruck.
Los Alpes, desde las casas frente al río Inn, en Innsbruck.J. L. M. VADILLO
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Seguro que si pudiéramos, todos tendríamos una piscina a la puerta de casa. O una tirolina para ir de la habitación a la cocina. Tal vez un parque de bolas a la salida del trabajo. No somos tontos. Está bien desear que lo que más te divierte se encuentre lo más cerca posible. Pues eso es una realidad para los habitantes (y visitantes) de Innsbruck, una ciudad mediana pero animada, el tercer destino turístico de Austria: en apenas 20 minutos a la redonda tienen 13 estaciones de esquí. Y lo que conlleva para quienes no se entusiasman con los deportes de invierno: montañas majestuosas que ofrecen un paisaje espectacular con sólo alzar la vista mientras se toma un café en una plaza céntrica, rutas para caminar y excursiones alpinas a 15 minutos del casco antiguo. Lo que cualquiera considera un lujo.

Este tamaño medio hace que lo más recomendable sea conocerla y recorrerla a pie, aunque dispone de tranvía y autobuses urbanos que conectan bien cada rincón.

En cuanto pisamos el centro de la ciudad, nuestros pasos, o los ajenos, nos conducen inevitablemente al Tejado de Oro, el punto simbólico del casco histórico, en un edificio erigido entre el gótico y el renacimiento, que aún contiene en el baño de sus tejas unos tres kilos del metal precioso. Bajo él, no hay que perderse los culos de Innsbruck, una broma de los artesanos locales, que dejaron varios monigotes enseñando las nalgas como si se burlaran de los paseantes. No muy lejos (hay que insistir, nada está realmente lejos) merece una visita la catedral de Santiago, barroca, destruida en la II Guerra Mundial y que alberga un tierno retrato de la Virgen con mirada cómplice al Niño, de Lucas Cranach, reproducida en mil rincones de la ciudad. También merece la pena el Museo Popular del Tirol, con un claustro en su interior y las imponentes estatuas de bronce que rodean la tumba del emperador Maximiliano, como las que representan a Felipe el Hermoso y Juana I, la Loca.

En general, el encanto de la Innsbruck urbana está en sus edificios históricos bien cuidados, en sus comercios decorados con gusto y en sus casas de color pastel que se asoman al río Inn, con aguas turbias y encabritadas.

Después de familiarizarse con la ciudad, el siguiente objetivo debe ser la montaña. Sea cual sea el perfil del visitante, deportista, sedentario, sibarita o contemplativo, es imprescindible subir a Nordkette. Pero que no cunda el pánico. Para pasar de los 500 metros de altitud de la ciudad a los 2.332 hay un funicular con teleférico que conecta desde las calles centrales en un cuarto de hora. Este transporte incluso ofrece la posibilidad de encargar un picnic y recogerlo en la penúltima estación, donde espera un restaurante.

Vista de Innsbruck desde el Nordkette.
Vista de Innsbruck desde el Nordkette.J. L. M. V.

Una vez en la cumbre, incluso antes que saciar el hambre, uno absorbe hasta el último destello del sol en la nieve, el contraste de colores con la roca negra de los picos y el verde de los bosques alpinos. A los pies, un barranco de vértigo acaba en el valle, con la ciudad encajada entre esta cordillera y la siguiente. A la espalda, las montañas que delimitan la frontera con Alemania. Una vista de 360 grados de las que dejan con la boca abierta. Parece imposible que 15 minutos antes estuviésemos entre el tráfico y los comercios. Ahora todo es calma y grandiosidad. Aquí se puede recargar las pilas con los embutidos y quesos del picnic o tomar alguna de las rutas de trekking y el geotrail, un camino con cinco estaciones que muestra restos de arrecifes de coral. Porque, por inverosímil que parezca a nuestros ojos, estos picos formaron en su día parte del lecho marino que cubría lo que ahora es Austria.

Justo enfrente de esta cordillera está el trampolín de saltos, con su emblemática torre retorcida diseñada por Zaha Hadid. No hay que dejar de acercarse a este famoso tobogán (sus saltos más conocidos son los del 3 de enero, no confundir con los del 1 de enero desde Garmisch, en Alemania, muy cerca de la frontera austriaca) sólo porque no viajemos en invierno. Sin nieve también hay saltos de exhibición e incluso competiciones gracias a su alfombra verde de césped artificial. Lo cuenta Martin Nagiller, de 40 años, ex profesional, quien recibe los aplausos y felicitaciones de quienes lo han visto lanzarse a más de 90 km/h por el trampolín y deslizarse hasta la rampa de frenado al fondo de la pista. Más allá del vacío, la ciudad. No se explica la macabra casualidad de que lo primero que vean de Innsbruck los saltadores desde la tablilla donde aguardan su turno sea... el cementerio, pero así es.

El triángulo perfecto de naturaleza y aire libre que ha empezado por Nordkette y pasado por el trampolín se cerraría con una escapada a Mieminger Plateau, un altiplano a media hora en coche o bus de la ciudad en el que es fácil imaginar que Heidi se instaló con Pedro al cabo de unos años, donde se dedicó a cuidar de sus vacas, ovejas y pastos para vender quesos a los turistas mientras disfrutaba viendo el trigo mecerse por el viento a los pies de las montañas. Así es Mieminger Plateau, una llanura donde echar el día paseando de pueblo en pueblo (a pocos kilómetros de distancia), recorriéndolo en bici y degustando los productos de la tierra que venden los agricultores y ganaderos en locales abiertos desde las 7.00 hasta las 9.00 y donde nadie atiende el negocio: el cliente se sirve y paga con tarjeta o incluso apunta su compra en una libreta y recoge el cambio.

De vuelta a la ciudad, es buen momento para reponer fuerzas y conocer la variada oferta gastronómica del Tirol. Para hacerse una idea general es buena opción sumarse a alguno de los food tours locales, con el Markthalle (abierto sólo de 7.00 a 12.00) como punto de partida, donde los productores venden directamente sus quesos, frutas y licores. A partir de ahí, otros pequeños comercios tradicionales, como la Tiroler Speckeria, con sus jamones ahumados y otros embutidos; la histórica panadería Kröll o los dulces del Munding Konditorei, una confitería clásica abierta desde 1803 con su máquina de café en servicio desde 1961. Desde la entrada a este local se puede disfrutar de una de las mejores vistas de los Alpes.

Uno de los dulces típicos de Innsbruck.
Uno de los dulces típicos de Innsbruck.J. L. M. V.

Entrando ya en materia, los platos típicos tiroleses son el Tiroler Gröstl (con ternera, huevo y patatas) y el Kasspatzln (pasta con queso y cebolla horneada). Es difícil acabar el día hambriento. También sediento. Porque, a diferencia de los estereotipos, el Tirol va mucho más allá de la cerveza. Los abstemios tienen el agua de las montañas, de la que los naturales de Innsbruck presumen más que los madrileños de la de su Canal de Isabel II. O el refresco de arándanos, ligeramente carbonatado y de sabor suave y poco dulce. Quien pasa a las bebidas con alcohol, puede atreverse con una cata de vinos en la vinoteca Weinhaus Tirol, con degustación de referencias tirolesas, austriacas e internacionales. O pasar directamente a los cócteles del Maria Theresia, un clásico recientemente renovado.

Un recuerdo que brilla más que la nieve de la montaña

Ya sólo faltaría echar un ojo en los centros comerciales o en las tiendecitas locales para llevarnos algún recuerdo o un dulce. Muchos prefieren hacer una corta excursión a la tienda donde comenzó la historia con más brillo del comercio mundial: el universo Swarovski. Cerca de Innsbruck (hay autobuses lanzadera para ir y volver por 11 euros) está la fábrica (no visitable), la tienda principal y el museo de esta firma, que cada día se llena de grupos de compradores compulsivos.

Realmente, aunque uno no se deje engatusar por el brillo de sus cristales, la visita al museo es una de las paradas que merecen la pena, con instalaciones actualizadas y obras de artistas como Keith Haring o Salvador Dalí.

Insbruck, Museo Swarovski.
Homenaje de Swarovski al Mago de Oz, los chapines de rubíes.J. L. M. V.

Dónde dormir

Hotel Nala Individuell, a cinco minutos a pie del centro. Decoración ecléctica, cómodo y tranquilo. Las mejores habitaciones, las que dan al jardín interior. Habitación doble desde 151 euros/noche en julio.

Cena tirolesa

Una de las atracciones más auténticamente guiris y tirolesas (curiosa mezcla) es vivir una cena con espectáculo en el Tiroler Abend, de la familia Gundolf. Imposible salir de allí sin dar palmas y entonar, o intentarlo, cantos tiroleses.

Innsbruck card

Un consejo: si vas a estar dos días en la ciudad, la Innsbruck card es tan importante como la Visa. Sólo con la subida a Nordkette y la visita a Swarovski ya está amortizada. Y todos los transportes públicos están incluidos.

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