ESPAÑA
España

Los paisajes únicos que dejan las borrascas: Gran Canaria, convertida en el norte de España

La inusual sucesión de lluvias durante este invierno ha dejado el interior de Gran Canaria con una vegetación pocas veces vista. Es hora de disfrutarlo

Vista del sur de Gran Canaria desde la Degollada de las Yeguas.
Vista del sur de Gran Canaria desde la Degollada de las Yeguas.RAFAEL CARMENA
Actualizado

Un viajero del espacio recibió una lección bien hermosa que durante décadas ha decorado diarios, carpetas y ahora perfiles de Instagram: "lo esencial es invisible a los ojos". En ese extraterrestre (el de Saint-Exupéry, no el de Spielberg) piensa uno cuando viaja en estas fechas a Gran Canaria y observa el pecado venial que cometen miles y miles de turistas en la isla: centrarse en los atractivos playeros de la costa, ya sea Maspalomas, ya sea la capital, y no aprovechar la explosión singular, insólita, podría decirse incluso histórica, de tonos verdes y floridos con los que se ha vestido el interior con las pertinaces lluvias de este invierno. Borrasca tras borrasca han cubierto de un manto vegetal los barrancos como el de Guayadeque, muy cerca del aeropuerto, y también viejos volcanes y cansadas cumbres.

Hay que aprovechar el sorprendente furor de la naturaleza que ha travestido el interior de Gran Canaria en escenarios propios de la Cordillera Cantábrica y animarse a coger el coche, elegir una buena playlist (de los Sabandeños a Quevedo, allá cada cual) y curvear para subir y bajar barrancos. El premio, las vistas, en plural.

No se trata de hacer un ranking de lugares a visitar, sino de ir carreteando con más ganas de descubrir que planificación. Desde Las Palmas, no queda lejos la caldera de Bandama, un cono volcánico ya jubilado que ahora está cubierto de una vegetación entre la que se insinúan senderos que descienden a la base, donde aún se ve una pequeña construcción que ocupaba hasta hace unos años un cabrero.

La carretera y el sentido común llevarán a la Cruz de Tejeda, un puerto desde donde se observa buena parte del interior de la isla, como la cumbre del Pozo de las Nieves, que roza los 2.000 metros. Aquí está el Parador Nacional, donde los clientes se bañan en la piscina climatizada al aire libre con vistas a inmensos barrancos, al Roque Nublo y al Roque Bentayga; los visitantes disfrutan de las vistas desde la terraza y los senderistas inician su ruta hasta Tejeda, reconocido como uno de los Pueblos más bonitos de España, de casas bajas y encaladas, mirando siempre al vértigo del valle, con huertas imposibles en algunas terrazas, pinos canarios y almendros.

Vistas del valle desde Fagajesto, Gran Canaria.
Vistas del valle desde Fagajesto.J. L. M. V.

Si estos dos pueblos tienen más turistas de los que nuestro espíritu con ansia de calma precisa, una buena opción es alejarse unos pocos kilómetros y hacer un alto en Artenara. Allí, asomarse al mirador para acompañar a don Miguel de Unamuno a contemplar el horizonte. Una escultura del escritor mirando al Roque Bentayga, del artista local Manolo González, recuerda su excursión por la isla a principios en 1910. Tal vez, en esta primavera adelantada, el pensador vería similitudes paisajísticas con su Vizcaya natal.

Llegará el momento de detenerse a comer, a descubrir sabores, que viene a ser lo mismo. Tampoco en la mesa hay que dejar de ser curioso. La tienda-restaurante Antonio Pinocha (Fagajesto) es una de las inevitables casas de comidas en el interior. En unos estantes se vende harina de millo, aguacates y dulces; por la ventana asoman los pinos que descienden hacia el valle, y junto a la acera suenan los chasquidos metálicos de las Harley Davidson de moteros que hacen un alto en el camino. Y tanto los locales como los extranjeros se sumergen en la gastronomía grancanaria, del gofio a la cabra, del queso a la garbanzada, pasando por el cordero frito, acompañado todo de pan de matalahúva.

Iglesia de Nuestra Señora del Pino, en Teror, Gran Canaria.
Iglesia de San Mateo.RAFAEL CARMENA

Con el estómago lleno, todo rueda cuesta abajo. Hay que aprovechar el día para dar un paseo por lo que podría considerarse la capital turística del interior, Teror, con su aire colonial, las fachadas pintadas de tonos añil, yema... adornadas con piedra vista y trabajados balcones de madera... Por momentos, no es sencillo distinguir si uno está en Canarias o en alguna ciudad de la América colonial. Incluso un rincón guarda una estatua de Simón Bolívar. La referencia del pueblo es la iglesia esbelta de Nuestra Señora del Pino, centro de peregrinación, con una impresionante araucaria a sus pies. Y alrededor, los fines de semana se pueden comprar productos artesanos, miel, queso...

Quienes sientan morriña de playa, desde el interior hay que poner rumbo a Fataga, un pequeño y pintoresco pueblo que destaca por sus casas encaladas, recogidas y apretadas entre sí, en un entorno de barrancos, palmerales y chumberas. La carretera hacia el sur recuerda a los paisajes de las road movies de Hollywood. Y para ver atardecer, un alto en la plataforma circular de la Degollada de las Yeguas, desde donde contemplar coladas de lava de hace más de 11 millones de años hoy moteadas de vegetación. Al sur, las dunas de Maspalomas. Pero eso ya es otra historia.

NACHO G. ORAMAS