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Ajustadas gafas y bastones tras la subida hasta los 2500 metros del Cap de Baqueira, empieza la bajada. Giro, tras giro, el descenso discurre en negociar las curvas y evitar el menor derrape. Dejar fluir las tablas, que los cantos corten la nieve, es el mandamiento del esquí moderno que está grabado en la mente. El carving ayuda, pero hay muros en los que es más que complicado cumplirlo. El disimulo de tirar una foto atenúa el fuego en los muslos. El final de la pista se anima con una música que se escucha a lo lejos. Deprisa, fuera los esquíes que queda libre una mesa. Repantigados con una copa de champán en la mano bajo la caricia del sol invernal, mientras nos abren una docena de ostras se hace difícil pensar en calzarse de nuevo las tablas. El turismo blanco más cool y hedonista ha sacado forfait de temporada en la nieve española.
"Nuestra oferta gastro se ha sofisticado y cada vez es más amplia. Ha sido un proyecto a largo plazo, que hemos puesto a punto las últimas temporadas", señala a EL MUNDO Pep Casasayas, jefe de Comunicación de Baqueira Beret. Igual que sucede en el resto de las grandes estaciones españolas, en el Valle de Arán antes que decidir por qué pista se baja, a la hora de la comida el dilema está en cuál lugar elegir.
"Decidimos darle personalidad a cada zona. Se pensó en el tipo de clientes y también en las diferentes clases de dietas; han aparecido los menús vegetarianos, veganos y libres de gluten", explica Laura Montañés coordinadora de Restauración de Baqueira Beret.
En Formigal, el otro coloso de la nieve del lado sur de la cordillera pirenaica, sucede lo mismo. "Al final se trata de complementar el deporte con la gastronomía. Hemos pasado de tener un par de bocaterías y una chocolatería a una oferta lo más variada posible" asegura Brian Tolosa, director de Restauración del Grupo Aramón.
En la estación aragonesa han echado el resto en la restauración, asociándola con otras experiencias. "En Formigal tenemos cincuenta puntos gastronómicos y en el conjunto del Grupo Aramón alcanzamos los setenta", afirma Tolosa. Una constelación que incluye snacks, bocaterías y foodtrucks para comida rápida, una trattoria, cafeterías, asadores, bares y la escogida Terraza Boutique Sarrios by Veuve Clicquot, insuperable escenario donde reina el maridaje del champán galo con la minigastronomía local de pinchos gourmet.
Sin salir de la estación oscense, La Glera es otra posibilidad para sibaritas. A esta cabaña perdida en la montaña, a más de 2000 metros de altitud, se accede en máquina ski ratrack y esquiando. El potaje montañés, migas y carne a la brasa regados con escogidos caldos hacen el resto.
Con estrella Michelin
Con Las Mugas Formigal va un paso más allá y aúna los placeres del paladar, con un alojamiento privilegiado y el deporte blanco. A este grupo de singulares iglús situados a 1800 metros de altura se llega al atardecer. Disfrutar de una cena elaborada por el chef Toño Rodríguez, una estrella Michelin, es preámbulo de una noche cerca de las estrellas. Al amanecer, aguarda el desayuno antes de regresar a las pistas.
Las estrellas gastro también brillan en Baqueira. A pie de pista, el activo Nandu Jubany, una estrella Michelin, ofrece una cocina de inspiración nikkei y sudamericana tamizada con aires catalanes. Desterrada tal vez para siempre la época del bocata en la mochila, la estación aranesa lleva años apuntada al carro de espacios tan selectos como el Moët Chandon Lounge y el restaurante 5J. No menos atractivo es disfrutar de un chuletón de carne a la brasa a una altitud donde solo viven las chovas. "El restaurante 2200 va como un tiro. Allí arriba se venden más chuletones que en la Borda Lobato, al pie de la estación", asegura Montañés.
En el turismo de invierno hoy se lleva tomar una copa en mitad de la nieve, escuchar la música que pincha el dj de turno y degustar una comida, selecta o contundente, rodeados de un panorama apabullante. Mil y una posibilidades apetecibles que hacen que algunos clientes no suban a las pistas a esquiar o, cuanto menos, no solo para esquiar.
"Es la cultura que tenemos: el sol, la terracita, comer bien... Es algo que también aprecian los clientes internacionales. Cada vez somos más conocidos fuera de España por atractivos que van más allá de lo puramente deportivo, como nuestra oferta gastro" concluye Casasayas.
La restauración como un plus para el disfrute del deporte blanco es inevitable, pero no puede olvidarse su papel como importante generador de recursos económicos en los valles deprimidos de montaña. "En Formigal, Cerler y en el resto de estaciones del Grupo Aramón utilizamos productos autóctonos. Es algo que por su calidad agradecen nuestros clientes, pero que también es un apoyo importante para la gente de los valles y causa menor impacto ambiental" explica Tolosa.
Acaba la jornada de esquí y llega la última bajada. Habrá que ir pensando donde se puede cenar para recuperar fuerzas. Este sí que es un problema y no pelearse con el carving.
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