AMÉRICA
Gran viaje

Por qué todos quieren ir a San Miguel de Allende, la joya bohemia y colonial de Guanajuato

Año tras año, esta urbe meca de creadores y ricos exiliados es elegida por los viajeros como un destino irrenunciable. Vemos por qué.

La calle Aldama de San Miguel de Allende, con la Parroquia de San Miguel Arcángel al fondo.
La calle Aldama de San Miguel de Allende, con la Parroquia de San Miguel Arcángel al fondo.SHUTTERSTOCK
Actualizado

San Miguel de Allende ha sido mil veces descubierta. Escritores, muralistas, actores, toda una tribu creativa de estudiantes y de turistas culturetas, de mecenas del arte, de amantes de la buena vida, de exiliados riquísimos, de buscadores de la esencia mexicana, todos han caído rendidos una vez y otra desde comienzos del siglo XX hasta hoy ante esta ciudad del estado de Guanajuato, en el corazón del país. Y pese a tanta fama, tanto duende, la joya colonial sigue ganando adeptos de todas las esquinas del globo.

En 2024 ha sido elegida como la mejor ciudad turística del mundo por los lectores de la estadounidense Travel & Leisure. No es la primera vez. Desde que la Unesco la ungió con el título de Patrimonio de la Humanidad en 2008, San Miguel de Allende es inmortal.

De un solo vistazo se entiende por qué: sus calles estrechas y empedradas, sus casonas de colores caldero, mostaza y bermellón, su majestuosa catedral rosa, sus animadas plazas y jardines invadidos de jacaranda y buganvilla hacen de esta ciudad con casi 500 años de historia una postal arrebatadora y llena de paradas interesantes, como vamos a ver. Es casi imposible dar dos pasos en San Miguel sin detenerse en alguna de sus tiendas de artesanía o sin que llame la atención un café o una cantina. Y se descarta del todo dar dos pasos más sin que aparezca un patio donde atronan los pájaros, un callejón donde canta el mariachi o un parque donde cada banco es una charla y cada charla un secreto bajo la tupida sombra de un laurel de Indias que, más que un árbol, parece una vegetal escultura.

Banderines de papel picado añaden aún más color, si cabe, a las calles de San Miguel.
Banderines de papel picado añaden aún más color, si cabe, a las calles de San Miguel.SHUTTERSTOCK

Las artes de Dickinson

San Miguel fue fundada en 1542 por un monje franciscano español, Fray Luis de San Miguel. Lo de Allende vino luego, como homenaje al héroe nacional Ignacio de Allende, que lideró el ejército insurgente para el movimiento de independencia en 1810. Ahora bien, toda esa bohemia acumulada tiene su origen en la primera mitad del siglo XX. Y tiene nombre y apellidos propios. El de Stirling Dickinson, el primero de esa colonia de artistas extranjeros que moldeó San Miguel. Fue en 1937, cuando este estadounidense de Chicago enloquecido por México vio por primera vez la parroquia de San Miguel Arcángel, icono de la ciudad, y extasiado decidió que se quedaba para siempre.

Dickinson dirigiría la escuela de Bellas Artes fundada por el peruano Felipe Cossío del Pomar que atraería a muchos compatriotas creadores, y, más tarde, haría lo propio con su sucesor, el célebre Instituto Allende, que hoy es parte de la Universidad de Guanajuato. La ciudad, por su parte, suma más de cien galerías de arte y cuenta con varios museos imprescindibles, como la Casa del Mayorazgo de la Canal, un despampanante palacio barroco con exposiciones temporales todo el año, y el Centro Cultural Ignacio Ramírez 'El Nigromante', antiguo convento con un claustro delicioso donde sentarse a tomar algo, además de salas exposiciones y murales importantes, entre ellos el de David Alfaro Siqueiros, aunque quedara inacabado. Ya a 15 minutos del centro, la antigua fábrica textil La Aurora es un centro de arte y diseño que reúne galerías, estudios de creadores, restaurantes y tiendas de interiorismo donde deambular y perderse con gusto unas horas.

El café del claustro del antiguo convento convertido en el Centro Cultural.
Arriba, artesanía local en El Nigromante. Abajo, el café del claustro del antiguo convento convertido en el Centro Cultural.M.G.H.

entre hoteles boutique

Todos esas semillas artísticas que Dickinson y otros sembraron en la primera mitad del siglo XX rindieron sus frutos en la segunda. San Miguel continuó atrayendo a una clase acaudalada, sobre todo procedente de EEUU y de Canadá, interesados en la conservación de su patrimonio y otros proyectos, muchos inmobiliarios, otros turísticos. Hoy, un 10% de la población de sus 200.000 habitantes es extranjera.

La aparición de hoteles boutique hace también de San Miguel un lugar apasionante para el viajero sibarita y aficionado al arte. Un ejemplo es la Hacienda El Santuario, colmada de historia y decorada con más de 1.300 piezas de arte popular. Cuenta además con una tienda de las típicas aguas frescas, La Samaritana, capaz de crear más de 180 sabores diferentes. Y un bar de mixología mexicana, La Sanmiguelada, que no decepcionaría ni a Jack Kerouac, ni a Allen Ginsberg ni a Neal Cassady. Porque en los 60 los Beat también descubrieron San Miguel. Ginsberg leyó su poesía en el Instituto Allende, mientras Kerouac y Cassady le daban al tequila en la cantina La Cucaracha. Fueron sólo unos días, aunque Cassady regresaría años más tarde. Fue aquí donde encontró la muerte a los 41 años.

El bar de mixología mexicana, La Sanmiguelada.
El bar de mixología mexicana, La Sanmiguelada, en la Hacienda El Santuario.M.G.H.

La catedral rosa

La Cucaracha sigue en pie, pero la noche de San Miguel tiene muchos otros atractivos. Para quemar las últimas horas del día lo mejor es quedar en el Jardín Principal, o Jardín, a secas, frente a la catedral rosa que embelesó a Dickinson. Esta se empezó a construir en 1709 y hoy sigue acaparando todas las miradas. Aunque a su lado, la Torre del reloj es también una joya para los sanmiguelenses. Este reloj traído de Francia a finales del siglo XIX sigue dando la hora gracias a un vecino, Daniel Vázquez, que heredó de su padre la tarea de darle cuerda cada semana.

Cuando las agujas marquen la hora de cenar, no se preocupe, desde aquí, todo está cerca. Si busca modernidad y glamour, Carajillo y Sollano 18 son dos restaurantes con espectaculares azoteas. Si busca lo de siempre puede poner rumbo a Los Milagros, uno de los lugares más tradicionales de la ciudad o, lo que es lo mismo, los mejores tacos de camarones que vaya a probar en su vida.

Un ilustrador trabaja en uno de los puestos del mercado de artesanía Ignacio Ramírez.
Un ilustrador mientras trabaja en su puesto del mercado de artesanía Ignacio Ramírez.M.G.H.

Hay otras formas de explorar el alma de San Miguel. Una es adentrarse en el mercado Ignacio Ramírez, el universo de flores, carnes, hierbas mexicanas, frutas, verduras y artesanías de mil colores hechas por los sanmiguelenses, donde el forastero llenaría mil veces el carro de la compra. Es un lugar imprescindible, con los puestos de toda la vida. Y con precios, hay que decirlo, más razonables que los de las tiendas de diseño que pueblan las calles principales de la urbe.

La vida en el Rancho Xotolar

Otra experiencia para recordar es la que ofrece el Rancho Xotolar, a unos pocos kilómetros de la ciudad. En este paraje de nopales y garambullos, al costado del sitio arqueológico Cañada de la Virgen, una familia recibe al visitante para compartir un día de trabajo en el campo y dar un paseo a caballo imborrable, ataviado con sombrero de ala ancha, por supuesto.

Cabalgata entre nopales y garambullos en el Rancho Xotolar, a las afueras de San Miguel.
Cabalgata entre nopales y garambullos en el Rancho Xotolar, a las afueras de San Miguel.M.G.H.

Estamos en el rancho de los Morín Ruiz y hay mucho que hacer. Pero antes, le invitan a un café de olla recién hecho en el fogón de leña. Mientras saboreamos esta bomba en tacita de barro, los hermanos Morín muestran la casa donde crecieron, enseñan al turista cómo ordeñar el ganado y a hacer queso ranchero. La cabalgata no requiere experiencia. La mañana se va al paso, al trote y al galope, incluso en el caso de los menos diestros. Se bajan cañones, se esquivan (o no) los nopales y se cantan rancheras a viva voz. No vale nada la vida, diría José Alfredo Jiménez, pero el desayuno que propone Luisa Morín, la cocinera de la familia, lo vale todo. Gorditas de queso y salsa picosa, tacos de nopales con patatas... entre otros sabores del todo genuinos.

Enoturismo en Guanajuato

Conviene sacudirse el polvo para visitar el Viñedos San Lucas, también interesante de conocer. Este es el Guanajuato del vino, otra vertiente cada día más de moda. Hay cerca de 45 casas vinícolas en el estado y esta es una de las más novedosas. Aunque su secreto es más viejo que el mundo: la mala vida, los suelos pobres... En definitiva, lo que les gusta a las vides. Hasta 14 variedades se han adaptado a este terroir donde además se cultivan olivos y lavanda. Esa trinidad (aceite, vino y aceite esencial de lavanda) es muy europea, dirán. Es otra forma de atraer al forastero. San Lucas es un bellezón con negocio inmobiliario propio. Pero tiene también un restaurante frente a la viña para que el viajero pueda asomarse y descubrir, como el resto, todos los encantos de esta joya colonial.

Viñedos San Lucas, con plantación de lavanda incluida.
Viñedos San Lucas, con plantación de lavanda incluida.M.G.H.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar. San Miguel de Allende se enclava a 256 km de la capital del país. Desde España lo mejor es volar al aeropuerto de Santiago de Querétaro o al de León/Del Bajío.

Dónde dormir. En la Hacienda El Santuario (www.haciendaelsantuario.com). Casona colonial convertida en hotel boutique lleno de arte y antigüedades.

Más información. En la web de Turismo de Guanajuato guanajuato.mx

Puedes seguir a El Mundo Viajes en Facebook, X e Instagram