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Julio de 2023. Sin llevar el casco con el que Fremantle y Atresmedia, productoras de Mask Singer, trasladan a los concursantes secretos, pero casi con el mismo nivel de seguridad, quien escribe estas líneas y un cámara de EL MUNDO se cuelan en la fábrica del mayor secreto que hay actualmente en televisión: el taller donde se preparan las máscaras que esta noche serán las protagonistas de la cuarta edición de Mask Singer: adivina quién canta.
Nadie, absolutamente nadie, más que unas 10 personas, sabe quiénes ocuparán esas máscaras, que comenzaron a fabricarse a mediados de junio de 2023 y que verán la luz más de un año después. Es lo que se suele llamar la magia de la televisión, eso que el espectador nunca ve, pero sin lo cual sería imposible realizar programas como Mask Singer. Y es que ni siquiera las personas que trabajan en este taller, situado en la localidad madrileña de Fuente del Saz, conocen para quién están fabricando el doble corazón o el oso panda.
"Para probar los trajes se busca una persona con características físicas similares a las medidas que nos han pasado. Tienen que ser personas muy asépticas", confiesa Juan Ardura, el responsable del taller de la empresa Artefacto, la fábrica de Mask Singer.
En realidad, existen dos talleres, uno en España —precisamente Artefacto— y otro en Portugal, que trabajan simultáneamente. Lo que a estos talleres llega son los bocetos y diseños de Raúl Madrid y Cristina Rodríguez, los diseñadores encargados de dibujar lo imposible y hacerlo posible. Es como un mapa que lleva hasta el tesoro, pues los dos diseñadores lo único que trasladan al taller son sus dibujos y las medidas, nada más. A partir de ahí, es el arte de Artefacto el que se pone en marcha y hace el resto.
Huele a poliespán, a pintura, a corcho, a pegamento; huele a una clase de manualidades en cualquier colegio, pero no son manualidades, es un milagro artístico. ¿Alguien se puede imaginar lo complicado que es crear un vestuario sin saber para quién va esa vestimenta? Pero es que en Mask Singer todo es así. "Fabricamos los zapatos enormes y luego vamos ajustando porque lo que nos llega son medidas estándar", confiesa Ardura. Lo dicho, completamente a ciegas.
La producción que hay detrás de Mask Singer es impresionante. Para que los famosos que se van a poner las máscaras puedan probar los trajes, se les traslada en coches de incógnito, con sus rostros cubiertos por un casco de moto, hasta el plató donde se graba cada programa. Allí se les instala en una especie de búnkeres, unos camerinos de los que solo pueden salir con el casco puesto. Una única persona de producción es la que les prueba la ropa de sus máscaras y toma apuntes para que después, en el taller, vayan ajustando. Lo prioritario es que salgan lo menos posible de esos búnkeres, y para ello se les da todo lo que necesitan para vivir: comida, bebida, un aseo, un servicio, sillones para que puedan descansar...
"Son horas, horas y más horas de grabación, de montajes, de ensayos, de las grabaciones de los temas en el estudio..."
Un día de grabación es digno de una película de espías y traiciones. A las diez de la mañana empiezan a ensayar con Francis —el marido de Pastora Soler—. Con las máscaras puestas, al no ver prácticamente nada -sólo ven un poco por la boca de la máscara-, es un equipo muy reducido de producción quien les va indicando cómo deben moverse por el escenario. Durante todo este tiempo se les distorsiona la voz para que nadie pueda identificarlos. "Son horas, horas y más horas de grabación, de montajes, de ensayos, de las grabaciones de los temas en el estudio...", afirman desde Fremantle. Ahora bien, el trabajo ha comenzado mucho antes, justo en el momento en que al taller le llegan los dosieres con las indicaciones sobre la filosofía del personaje que tienen que construir.
"Me baso mucho en el dibujo inicial, aunque cuando lo trasladas a la realidad siempre se pierde algo y por eso siempre volvemos al dibujo", confiesa el responsable del taller. A su lado, una compañera está rematando la cabeza del oso panda —pesa más de dos kilos—. Han construido todo desde cero, desde la chaqueta que lleva hasta las muñequeras y la capucha. El problema es que no son unas máscaras para alguien que va a estar estático y sin moverse, son máscaras con las que tienen que bailar, a las que tienen que dar vida y con las que se suda lo que nadie se puede llegar a imaginar, incluso hasta el punto de provocar vahídos.
Por eso, el equipo de Juan Ardura siempre busca los materiales que menos pesen, los más ligeros y los más frescos. Tarea casi imposible, que lleva a que Juan se recorra decenas y decenas de tiendas, y busque y rebusque en Internet. Tras la primera edición, al darse cuenta de que el calor que pasaban los invitados dentro de las máscaras era insoportable, se le ocurrió la idea de introducir una especie de ventiladores que refresquen un poco "el infierno que pasan ahí dentro". Con cada edición buscan mejorar, pero no es fácil. "Sudamos tinta", reconoce.
En la planta de abajo del taller se hace toda la parte de la estructura de las máscaras y también las características del rostro: pelo, nariz, boca, ojos. Cuatro impresoras 3D trabajan a destajo. Se hacen pruebas de colores para elegir el color de pelo que llevará la máscara de troll. ¿Morado, rosa, verde, una mezcla de los dos? El taller prueba y envía de vuelta esas pruebas a los diseñadores, que son los que tienen la última palabra.
"El dosier de Cristina (Rodríguez) es muy amplio para poder elegir, y hay que tener muy en cuenta qué se puede comprar", asegura Ardura. Y si algo no lo encuentran, lo fabrican. Ese es el trabajo de la segunda planta del taller. Entre innumerables trajes de otros programas y películas está la pared de las telas, de los brillos, de las joyas, de los pequeños detalles. Aquí no es solo construir una estructura, sino darle una vida, y esa vida se da eligiendo todo sin que nada quede al azar.
¿Cuánto puede costar construir una de estas máscaras? Ardura no quiere entrar en detalles, pero baratas no son. Una máscara sencilla (si es que las hubiera) puede rondar los 10.000 euros. Una máscara doble, como el corazón que se verá en esta edición o los alienígenas de la pasada, incrementa el precio. Las telas son caras, pero el trabajo también. Son muchas horas, muchos mensajes, muchos volver a empezar... "No pueden parecer trajes de niño", sentencian desde el taller.
En julio de 2023 las máscaras aún no estaban finalizadas. Empezaban a tener forma, a tener algo de vida, pero quedaba trabajo. Un trabajo al que dedican entre seis y ocho meses, y que verá la luz esta noche en el primer programa de Mask Singer de su cuarta edición. Todos los programas son grabados, pues "sería imposible hacerlo en directo", afirman desde la productora. Y es que si en el taller las medidas de seguridad son extremas, en las grabaciones lo son todavía más.
En cada grabación acuden 100 personas del público, a las que se expulsa en el momento en que se descubre la máscara, siendo sustituidas por miembros del equipo
No son solo los cascos o los búnkeres en los que se mantienen escondidos los famosos, es todo el proceso de grabación. Los programas se graban durante tres semanas, a dos programas cada semana. En total, cada día de grabación son 10 horas ininterrumpidas.
Las cifras ponen la piel de gallina: un día entero para la grabación de una gala, cinco días para el montaje del plató, dos días de descanso, cuatro días más de montaje y, a partir de ahí, dos semanas de ensayos.
En cada grabación acuden 100 personas del público, a las que se expulsa en el momento en que se descubre la máscara, siendo sustituidas por miembros del equipo y luego rellenado digitalmente. En el plató únicamente está un cámara, después un realizador y un maquillador. Al público que está durante toda la gala, menos en el momento de descubrir la máscara, se le entrega un móvil a la entrada con el que tienen que votar a la máscara que quieren desenmascarar. De ahí que nunca haya filtraciones. Solo cuatro miembros de la productora y los jueces saben quién hay debajo de cada máscara.
Javier Calvo, Javier Ambrossi, Alaska y Ana Milán son los investigadores de esta edición, y tendrán que adivinar quién se encuentra bajo cada máscara. La cantante Alaska y la actriz Ana Milán se suman así al panel de investigadores de Mask Singer tras haber sido máscaras en la tercera edición del formato.
"Es curioso, pero cuando el famoso entra en una de las máscaras se transforma. Nosotros no sabemos quiénes son, pero cuando se descubre, lo decimos muchas veces, se ha mimetizado con el traje. Y eso es el éxito de nuestro trabajo", concluye Ardura.





