Tras las llamas, las cenizas y la devastación que ha dejado la oleada de incendios de agosto, llega la hora de analizar lo sucedido, lo que se hizo mal, lo que no se hizo y lo que se debería hacer para intentar evitar otro verano negro como éste. "La gestión forestal tiene que ser una prioridad del país, independientemente de quién gobierne. Necesitamos un plan estratégico a muy largo plazo y con los recursos necesarios", reclama Sergio Vicente Serrano (Zaragoza, 1973), profesor de Investigación del Instituto Pirenaico de Ecología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
"Además de aumentar el riesgo de incendios, el abandono de las zonas rurales y la dejadez en la gestión de las masas forestales tienen un gran impacto en los recursos hídricos, de los que no vamos precisamente sobrados en España. Los bosques consumen mucha agua, por mucho que nos digan que atraen agua en forma de precipitación. Y estamos observando que los ríos están disminuyendo por ese incremento de bosque", advierte este geógrafo con el que vamos a hablar del futuro, pero también del pasado.
Porque, como relata este experto internacional en sequías, cambio climático y recursos hídricos, los geógrafos como él tratan de interpretar el territorio desde una perspectiva integral: "Ponemos en conjunto el sistema físico y los aspectos medioambientales, socioeconómicos y demográficos. Sin todos esos factores, y sin la historia, es decir, sin comprender cómo se han aprovechado los paisajes a lo largo del tiempo, no podríamos entender los paisajes de ahora", argumenta este científico, ganador del Premio ACES-Margarita Salas 2025 en la Categoría de Ciencias Químicas y Medioambientales. Estos galardones promovidos por la Asociación de Científicos Españoles en Suecia (ACES) serán entregados el 24 de octubre en Estocolmo, y están patrocinados por la Fundación Margarita Salas, la Fundación Ramón Areces y la Embajada de España en Suecia.
"Algunos geógrafos estamos más especializados en unas cosas que en otras. Yo soy climatólogo, pero no veo la climatología desde la misma perspectiva que un físico de la atmósfera, por ejemplo.Tratamos de ver las conexiones entre el clima y sus múltiples implicaciones y conexiones", cuenta el investigador, que fue coautor del Sexto Informe de Evaluación del IPCC, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático vinculados a la ONU.
Estamos a las afueras de Zaragoza, en el Campus de Aula Dei, en una de las dos sedes -la otra está en Jaca- de este instituto de investigación cuyos orígenes se remontan a 1942, cuando se fundó en Jaca la Estación de Estudios Pirenaicos.
El despacho que Sergio Vicente ocupa desde 2006 se encuentra en un edificio de aires coloniales que perteneció a Tomás Castellano, que fue ministro de Ultramar a finales del siglo XIX, en los gobiernos que sucesivamente presidieron Antonio Cánovas y Marcelo Azcárraga: "Todo este terreno era su finca de recreo. Plantó un arboreto con especies exóticas y un bosque de bambú que se ha mantenido durante un siglo", repasa mientras posa para el fotógrafo. Cuando la finca pasó al CSIC en los años 40, el edificio colonial se habilitó como residencia de investigadores y en 1990 se estableció aquí la sede de Zaragoza del Instituto Pirenaico de Ecología.
El campo de estudio de este centro del CSIC se ha ido ampliando año tras año y en la actualidad abarca áreas como glaciarismo, hidrología, biodiversidad, ecología de bosques, temas forestales, climatología y reconstrucción del clima a larga escala. Entre las herramientas para monitorizar el clima que ha desarrollado Sergio Vicente destaca un indicador de sequías que se ha convertido en una referencia para monitorizar estos fenómenos extremos y que han transferido a la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).
En su ordenador proyecta un mapa de España que muestra el estado de sequía el 5 de septiembre, el día de la entrevista. La mitad oeste, casi todo el sur del país y zonas de Cataluña, Aragón y la Comunidad Valenciana están marcadas en rojo y en dos tonos de naranja, colores que indican, respectivamente, que están extremadamente secas, muy secas o secas respectivamente.
Esta herramienta, llamada SPEI (siglas en inglés de índice de precipitación y evapotranspiración), se actualiza cuatro veces cada mes y recoge datos históricos desde 1961: "Si analizamos los últimos 12 meses, vemos que desde septiembre de 2024 hemos tenido un año, en general, muy húmedo. Pero si miramos los últimos tres meses, ha habido unas condiciones bastante secas, fundamentalmente debido a un incremento muy importante de la demanda atmosférica que ha estado motivado, sobre todo, por unas olas de calor muy prolongadas y muy severas que han hecho que las temperaturas sean muy elevadas. Y lo que hace esto es incrementar mucho el estrés en la vegetación y los cultivos", cuenta el científico, que muestra cómo "la zona que más ha estado afectada por el estrés climático es donde se han producido los principales incendios este verano".
En el capítulo de los fuegos forestales, precisa, se puede hablar de muchos componentes, pero hay dos principales: "Uno de ellos es el componente climático, porque se han producido cuando la vegetación tenía un mayor estrés. Las condiciones que favorecieron su ignición y propagación fueron temperaturas muy altas, humedad relativa muy baja y un cierto viento. No es casual que las alertas se hayan producido fundamentalmente durante los días de olas de calor, y que se hayan podido extinguir en mayor medida cuando la meteorología ha sido más favorable".
El segundo factor fundamental es la presencia de combustible en todas nuestras masas forestales: "En nuestro instituto se ha trabajado mucho desde los años 60 en las consecuencias del abandono rural sobre los usos del suelo", señala el investigador, que lamenta la politización que se está haciendo de los incendios forestales. "Ahora mismo casi todo se politiza, y hay grupos políticos que están diciendo que no se limpia el monte por culpa de los ecologistas o por razones parecidas que se alejan mucho de la realidad", sostiene.
"La realidad es que a partir de los años 50, España cambió su modelo socioeconómico. Un país fundamentalmente rural y agrario se transformó en un país fundamentalmente industrial y urbano, y eso provocó un éxodo rural masivo, sobre todo, desde las zonas que productivamente no podían competir. Nadie iba a seguir cultivando bancales ni a mantener rebaños trashumantes porque desde un punto de vista económico y social no se podía mantener y no era rentable", expone.
Como consecuencia de ello, "la gente se marchó, causando una despoblación generalizada, sobre todo en las zonas de montaña media mediterránea. Cuando abandonas esas zonas, la vegetación natural empieza a colonizar y además, la colonización es muy rápida», hasta el punto de que España se ha convertido en el tercer país de la UE con más superficie forestal, sólo superado por Suecia y Finlandia. "Esto se debe fundamentalmente a que, debido a ese abandono, tenemos un bosque que ha colonizado de forma generalizada todos nuestros montes. Tradicionalmente la gente usaba leña para calentarse y tenía ganado que consumía la vegetación. Pero ya no hay quien quiera estar las 24 horas del día con las ovejas en el campo, aunque haya dirigentes políticos que dicen que no se limpia el monte y no se mete ganado".
El científico considera que "hay muchísima demagogia sobre la gestión forestal y los incendios, sin un conocimiento claro de lo que implica". Así, afirma que "no podemos pretender limpiar todo el monte español con la intensidad que sería necesaria, porque a los tres años vamos a tener el mismo sotobosque. Y no puedes desbrozar todo un país cada año. Es inviable desde un punto de vista económico; la única viabilidad sería que entrara una presión ganadera adecuada para que controle la vegetación, porque harían falta rebaños con muchas cabezas de ganado".
"Si queremos mantener esto vamos a necesitar más pastores y no vamos a tener pastores españoles que se vayan al monte. La gente en África tiene mucha experiencia manejando el ganado, viven de ello pero si dijéramos que vengan unos cuantos miles de personas a gestionar nuestros bosques con cabezas de ganado, que igual no es una mala idea, probablemente habría algunos que se nos tirarían a la yugular", apunta.
Asimismo, destaca "que hay comunidades autónomas que están llevando a cabo políticas muy buenas" y La Rioja es un ejemplo paradigmático: "Tiene un programa de desbroce para fomentar el pastoreo. La ganadería se está recuperando, fundamentalmente con vacas a las que ponen GPS y las sueltan en el monte para no estar con ellas todo el día". Estas medidas, asegura, han tenido un impacto muy positivo en la prevención de incendios forestales, aunque admite que "estamos hablando de una comunidad autónoma muy pequeña".
Por otro lado, añade, la transición desde una ganadería extensiva a intensiva y la proliferación de macrogranjas "está causando la pérdida de comunidades de pastos que se han creado gracias al pastoreo durante centenares y miles de años. Esto supone una merma de la biodiversidad, que estemos consumiendo una carne de peor calidad y que aumente la contaminación por tener el ganado estabulado y por importar piensos para alimentarlo".
Otra medida que menciona es mantener paisajes más diversos. "Que convivan bosques de diferentes tipos y bosques con pastizales", propone. "Además de ser una medida que ayude a evitar la propagación de incendios, con esto se consigue más diversidad desde el punto de visita de la biodiversidad".
La gestión del agua es otro asunto fundamental, pues a pesar de que España puede acumular más de 50.000 hectómetros cúbicos en nuestros embalses, la demanda de agua no deja de crecer. "Como demuestran los documentos históricos, las sequías son consustanciales a la historia de España, que es un país con una pluviometría muy variable. Tenemos años húmedos, años secos, y a veces esos años secos se acumulan, como pasó en la década de los 90. El problema es que a la variabilidad natural del clima, se añade que estamos alterando todo el sistema climático por las emisiones de gases de efecto invernadero. Ahora hay episodios de sequía más severos por el incremento de las emisiones, que hacen que la demanda atmosférica sea superior y se evapore más agua. Y a esto se suma que los bosques consumen más agua y el incremento de la agricultura de regadíos, que se han doblado desde los años 50".
Para hacer frente al cambio climático y limitar el aumento de temperatura, explica, se puede actuar en la adaptación y en la mitigación. "La mitigación implica reducir emisiones de gases de efecto invernadero, que es algo que se está haciendo en Europa. En un país como el nuestro, es de sentido común apostar por las renovables, pero desde el apagón hay críticas a este tipo de energía. Habrá que invertir en que los sistemas sean estables y robustos", señala.
Estamos, reitera, ante aspectos complejos que "no se pueden abordar con el cortoplacismo político" sino "como estrategia a largo plazo para luchar contra el cambio climático, contra los incendios forestales e intentar aprovechar zonas que han sido abandonadas, fomentando actividades que permitan a la gente ganarse la vida", defiende. "Tiene que haber una gestión integral del territorio y del paisaje, no lo puedes separar". El coste de no actuar, asegura, es mucho mayor, como hemos visto este verano: "Han muerto personas y se han perdido muchas casas, además del alto coste de los sistemas de vigilancia y de su extinción".




