No sabe en qué vuelo viajará, ni a qué punto del planeta, ni si tendrá que pernoctar en un hotel, en un coche o en una tienda de campaña. Tampoco cómo llegará a las playas, ni cómo se alimentará. Todo eso tendrá que resolverlo sobre el terreno. «En unos días llega una tormenta grande al sur del Índico. Quizá haya 24 horas de olas gigantes. Aún no he decidido si afrontarlo desde Indonesia o la costa de Australia. Si elijo esta última opción, tendré que conducir durante tres días por el desierto», cuenta el surfista Natxo González mientras calcula mentalmente las horas que tiene para decidirse. Así es la gestión de la incertidumbre para un surfista profesional de olas gigantes. Si hay una borrasca pavorosa golpeando la costa en algún lugar de los siete mares, hay una alta probabilidad de que Natxo González esté allí. El tiempo apremia.
«La adrenalina y la pasión me pueden llevar a viajar a Fiyi para surfear un día determinado. O sea, te metes dos días de viaje para meterte en el mar 24 horas y volver. Estoy acostumbrado a esa vida de no saber dónde voy a estar en dos o tres días en adelante. No tengo una maleta hecha porque nunca es la misma maleta para todos los sitios. Incluso la tabla cambia dependiendo del lugar», subraya este campeón del mundo de olas gigantes, el único en conseguir la calificación de 10 sobre 10 sobre la legendaria ola de Nazaré, el santuario del surf portugués.
«No hay nada que te ancle más al presente que el surf. Es el aquí y el ahora. Las borrascas suceden en un momento determinado y no puedes planear más allá de unos días en adelante. Una ola pasa una vez, en un punto del mapa y luego se desvanece. Tienes que disfrutar al límite la ola perfecta cuando la coges porque no se volverá a repetir, y esa sensación hace que te sientas vivo», dice González, que aparca unos días su actividad de deportista de élite para pasar por el festival Wheels and Waves de Biarritz para presentar la nueva línea de relojes Breitling, uno de sus patrocinadores.
Sin embargo, este camino también tiene sus peajes: «Hay veces que llegas a los sitios y estás muerto de cansancio. En los aviones trato de dormir lo que puedo, pero es cierto que a veces nos jugamos la vida con el cuerpo tan enfocado y tan cargado de adrenalina que no sientes el sueño y al final se te acaba olvidando. Pero cuando la borrasca se acaba se te viene todo el cansancio de golpe. Has sufrido tanto estrés que a veces te lesionas sólo por esa relajación final. Me pasó cuando defendía el campeonato del mundo en Hawai. Salí de allí en silla de ruedas».
Natxo compite en una categoría que no usa la moto de agua para escalar las olas, sino que debe hacerlo a remada. O sea, nadando, peleándose con el mar, lo que favorece el agotamiento antes siguiera de subirse a la tabla. Unas veces estas olas están en mares cálidos; otras se localizan en aguas gélidas de Islandia o Siberia. Natxo usa una aplicación de Google Earth para rastrearlas por todo el planeta. Algunas de las mejores del mundo las ha encontrado él. «Nadie desvela esos sitios. Si lo hiciera, privaría al siguiente de vivir la aventura que yo viví para dar con él. La mayoría de esas olas vírgenes están en África, que es un continente en el que el surf no ha llegado con la misma fuerza que a Europa, pero también creo que las mejores olas del mundo, las más largas, ya están descubiertas. Yo he pasado mucho tiempo viajando por Namibia, Angola, Gabón, Ghana, Senegal, Mauritania, el Sáhara... Hay olas que funcionan sólo en tres momentos al año y jamás las hemos desvelado».
No obstante, los muros de agua que le encumbraron son los mismos que casi acaban con su vida. Tuvo su primer accidente serio en Puerto Escondido (México) en 2021. «Ese día pensaba que iba a hacer la ola de mi vida. Me metí dentro del tubo, iba con una tabla muy larga a gran velocidad», explica Natxo, dibujando con las manos la trayectoria, «Pero el tubo se cerró y el muro de agua me impactó en la cara. Yo sufrí tal golpe que padecí mareos y vértigos durante un mes entero. Pero como este es nuestro trabajo, uno sigue».
"Hubo un momento en el que ya solo quería estar bien y poder salir a tomarme un café con un amigo"
Natxo pasó un tiempo con secuelas que poco a poco fueron remitiendo. Volvió al agua y a la competición de alto nivel tras dos meses de recuperación. Pero a su regreso a Nazaré llegó su segundo gran accidente: «Años antes de ese segundo golpe conseguí coger la que se considera la ola más perfecta de la Historia, un 10 perfecto, a remada, con la que gané el Campeonato del Mundo. En la edición de 2021 vi cómo se formaba otra gran ola como aquella y pensé que podía volver a surfearla. En ese tipo de olas sólo hay una manera de salir, y es coger el tubo hasta el final. Busqué una línea de entrada pero... entonces me di cuenta de que esa ola no iba a cerrarse en un tubo. Decidí salir recto para huir de ella, pero me cayó en la espalda».
Pensemos en una muralla de agua de cinco pisos de altura cayendo con violencia sobre una persona. Como sucede con la muerte por intoxicación de gas, la falta de oxígeno bajo el agua lo predispuso lentamente a la muerte sin oponer resistencia. Hasta que una moto de agua acudió en su rescate. «Pensé que me había roto la columna. Me giró la quinta vértebra y salí mareado... Estuve tres días sin visión, con fuertes dolores de cabeza y vómitos. Anímicamente, me sentí golpeado. Al mover la cabeza tenía la sensación de que se me movía el cerebro dentro de la cabeza».
Natxo tuvo una contusión cerebral, un mal sobre el que aún no sabemos gran cosa, pero que en el caso de los deportistas de élite supone casi un tabú. «Ocho meses después entré en una situación muy oscura. Ya no tenía fuerzas para salir de mi casa, ni siquiera para moverme de la cama o para ver la luz del sol. Llegue a estar cuatro o cinco meses encerrado en casa. Para mí, algo tan cotidiano como freír un huevo se convirtió en una misión imposible. Lo peor de esta lesión es la incertidumbre. No sabes qué daño cerebral tienes ni si te vas a curar. Visité muchos médicos y ellos me decían que yo tenía una depresión, pero era algo físico. Le di mis informes a un especialista que era bastante bueno. Estudió mi caso y me dijo: ‘Natxo, me he leído todo tu caso. Es muy grave y tienes que dejar de surfear ya y acudir a un psicólogo para afrontarlo’. Mi cerebro se cerró en banda». Cualquier otro hubiera colgado la tabla, pero él se resistió a aceptar ese diagnóstico.
«Llamé a Red Bull, que es mi espónsor, y les dije que si me querían dejar de patrocinar, que yo ya no estaba preparado para hacer mi trabajo. Ellos me preguntaron qué es lo que necesitaba. Lejos de abandonarme, me llevaron a los mejores médicos especializados en contusión cerebral».
Natxo recuerda con especial cariño cómo la marca le tendió la mano y le financió un tratamiento que se desarrolló entre Austria y Suiza, en uno de los mejores centros especializados en contusiones cerebrales. «Después de todo lo que había escuchado, los médicos empezaron a hablarme de un montón de movidas. Yo no sabía si me estaban diciendo la verdad o si realmente sabían de lo que hablaban o era todo palabrería. Pero de repente, cuando llegué, allí había una especie de queso dividido en porciones y cada una de ellas ilustraba los síntomas de una lesión cerebral. Yo tenía un trozo de esa tarta, y, ahí me tranquilicé, dije: ‘Alguien ya ha pasado por esto mismo antes’».
El proceso de recuperación fue largo. Natxo tardó un año en volver al agua. «Hubo un momento en el que ya no me importaba el surf. Yo solo quería estar bien y poder salir a tomarme un café con un amigo», recuerda. Durante ese periodo, la falta de energía le aisló por completo. «No quería hablar con nadie, me volví más apático». Asegura que su proceso fue posible gracias a una combinación de tratamiento médico y fuerza de voluntad. Esa determinación, explica, le vino del contacto diario con la naturaleza y, sobre todo, con el mar. «La pesca me salvó la vida», admite. «No podía subirme a un barco por los mareos, pero me iba andando con la caña hasta un peñón y allí pasaba horas. Era lo único que me calmaba».
Durante este episodio de su vida, Sofía, su pareja, fue su mayor apoyo: «Es la que más sabe de todo lo que me ha pasado. Me ha visto en mi peor momento», reconoce Natxo. Con su familia fue más reservado: solo contaba lo imprescindible por miedo a preocuparles. «Ya sufren bastante sabiendo a lo que me dedico. Mi padre siempre se ha involucrado de lleno, me acompañaba a comprar los chalecos especiales que llevamos los surfistas y me grababa desde la orilla. Pero a mi madre le costó más. Aunque al final, una madre siempre es una madre. Mis padres han guiado toda mi carrera».
Gracias a la recuperación, volvió poco a poco a hacer surf, pero le costó tres años de lucha. «Ahora me encuentro muy bien», dice sonriendo. «Este invierno me he enfrentado a olas enormes en Irlanda. Se me han pasado muchas cosas por la cabeza, pero he superado unas barreras mentales muy fuertes. Estoy de nuevo al máximo nivel. La vida me ha enseñado a vivir. Dicen que los surfistas de olas gigantes estamos locos, pero yo ahora me considero un surfista muy profesional, muy calculador, no voy a subirme a la tabla a lo loco. Un error con una ola de estas tiene siempre consecuencias. He aumentado mi paciencia y mi experiencia, que es algo esencial para esta categoría. Ahora sé más que antes».
Con una paciencia infinita, Natxo enseña a cuarentones novatos, que no han surfeado en su vida, a ponerse de pie sobre la tabla en la playa de Biarritz. Como es experto en leer el mar, siente las olas aproximarse a la costa antes que nadie. «La próxima ola es tuya. Túmbate en la tabla y espera. Cuando yo te diga, te subes», comenta sin perder el buen humor. Y entonces, tal como había dicho, llega la ola y uno tiene la oportunidad de sentir, por primera vez, lo que él lleva sintiendo desde los siete años. «Es muy difícil de explicar lo que experimentas cuando te metes en el tubo de la ola. Siento puro éxtasis. Dura segundos, pero me siento elevado. He tenido lesiones graves, pero sigo afrontando todo esto con esas ganas y ese hambre de seguir empujando mis propios límites y coger las olas más grandes del mundo. Me da igual lo que la gente diga, ese es mi objetivo personal. Considero que tengo una mente muy fuerte. Al final, el surf es un deporte individualista y todas las etapas de tu vida profesional las atraviesas solo».
Natxo rompió su hucha, llena de las viejas pesetas, para comprar su primera tabla de segunda mano, con desperfectos, pero llena de ilusión. Había reunido el dinero sin ayuda de sus padres, aunque al llegar a la caja descubrió que le faltaba el equivalente a 20 euros. Su padre tuvo que prestárselos. «Comencé en el mundo del surf con una deuda y eso no se me olvidará nunca». Hoy, patrocinado por los mejores, busca las olas más terroríficas del mundo, da la vuelta al planeta si es necesario y se sube a la tabla mientras lee el mar a la espera de cabalgar un muro de agua. Quizá la frase que mejor define su pasión recobrada.
«Sigo soñando con coger la ola de mi vida», concluye.




