- ¿En verdad fue independentista? En su libro apenas hay rastro de esa fe.
- Fue una fe adolescente, de cuando empiezas a salir con tus amigos. La enmarco mucho en ese momento de juventud, cuando lo que más quieres es ser aceptado por el grupo y, sobre todo, por el grupo de amigos. Me parecía lógico ser independentista porque era la inercia que se llevaba. Creo que tiene más gracia explicar cómo salgo del independentismo, porque no es lo habitual: cómo alguien que perteneció a la generación más independentista sale de ello.
- ¿Era hija de la masa?
- Hija de la masa y del sistema. Era hija de haber estudiado en la escuela pública catalana y catalanista. También veía TV3 todos los días. Mi idioma materno es el catalán. Yo era monolingüe de facto en catalán porque, además, soy de pueblo, de un pueblo nacionalista [Argentona]. Este era mi hábitat. Tenía el carnet de socio del Club Super3, que es el programa infantil más importante y el que más promueve la lengua catalana entre los niños.
- Es curioso cómo su abuela paterna, andaluza, no hablaba bien el catalán pero en casa sólo sintonizaba TV3.
- Mi abuela paterna murió antes del procés y siempre pensé que, si no, se habría vuelto independentista pese a haber nacido en Granada. Tengo recuerdos de ir a casa, estar mi abuela cocinando, cambiar yo el canal, poner Tele 5 o Antena, 3 y mi abuela salir de la cocina y preguntar qué estaba pasando, qué ha cambiado aquí. El ecosistema mediático-mental de mucha gente es que no sale de TV3, Catalunya Ràdio, RAC1... Para ellos España es como una realidad muy ajena.
- Por lo que he leído en el libro, dudo si fue 'indepe' políticamente hablando, si se puede hablar de otra manera.
- Creo que también, sí. En los primeros años de Universidad, estaba bastante politizada. Aunque... lo sentía más con el tema lingüístico, esta cosa de notar que la lengua catalana era mía y que había que defenderla. Aunque si tenía que hablar en castellano para que me atendieran antes, no tenía ningún problema en hacerlo. Ahora que lo pienso, quizá no era una cuestión política, pero era un amor a mi cultura y a mi lengua, porque es lo que me habían inculcado en el colegio.
- ¿Era un amor, dios nos perdone por la distinción, más al nacionalismo cultural que al independentismo?
- Como tengo unos valores muy claros del liberalismo político, a mí nunca me ha gustado el nacionalismo, ni siquiera la palabra. No era ni político ni cultural, era un acto de amor hacia mi gente. O sea, al fin y al cabo, si tu gente piensa de una manera... De aquello, de mis tiempos independentistas, no me queda casi nada, pero una reminiscencia que sí tengo es el Barça. Y eso que a veces, racionalmente, he preferido que perdiera, porque me parecía que tenía mucho vínculo con el tema político. Pero cuando gana estoy contenta porque pienso en la gente de mi pueblo que es del Barça y sé que eso forma parte de sus pocas alegrías que tienen en la vida. Me he ido quitando de todo el independentismo, pero de esto no.
- Pregunta veraniega, Laura: ¿se enamoraría ahora de un independentista?
- Me enamoraría de un independentista, pero como soy una pesada y una insistente trataría de convencerlo de que se equivoca.
- ¡Convencerlo no será convertirlo!
- Es que no soy una conversa, no me he pasado ahora al nacionalismo español.
- Entonces podría haber amor.
- Sí, claro podría haber amor, uno no elige de quién se enamora. Pero, por mi carácter, estaría todo el rato intentando de convencerlo de que se equivoca. Pero no me enamoraría para cambiar su opinión, eh. En Cataluña se cree que España odia la lengua catalana y que hay una política en su contra. Luego te das cuenta de que el Rey de España o la Princesa Leonor hablan mejor catalán que Rufián, pronunciando las vocales neutras mucho mejor, así que quizás no hay esta animadversión.
- ¿Hay líderes nacionalistas con prosa o prosodia catalana horribles?
- La mayoría de líderes nacionalistas. Otros dirigentes que han militado en Ciudadanos o que han estado en el proyecto fundador, como Xavier Pericay o Ferran Toutain, son filólogos de lengua catalana y son mucho mejores en el catalán que los políticos nacionalistas.
- La palabra traición denota falsedad. ¿Así se sentía?
- Sí, claro, por eso no me he definido nunca como nacionalista. Con las consultas de Arenys de Munt [la primera consulta sobre la independencia que se celebró en Cataluña, en 2009], que después se propagaron por todos los pueblos de Cataluña, cuando llegó a mi pueblo, yo me fui a la plaza a celebrar el resultado electoral y, cuando sonó el himno de Els Segadors, mi piel... No me gustó. Y es una cosa que me ha acompañado toda la vida: los actos así de masa, de efervescencia colectiva, me suelen tirar mucho atrás. Sí, claro, yo a veces ya me sentía falsa en este sentido, en el sentido de decir: ostras, a mí esto no me gusta. O ir a una conferencia de Núria Cadenes, que es una historiadora hipernacionalista, y pensar: madre mía, ¿de verdad que ahora tenemos que defender el imperialismo catalán?
- En cambio, asistió a la manifestación del 8 de octubre de 2017.
- Sí, también me pasó un poco lo mismo. A esa mani no fui con la bandera española, fui con la europea. Y fui con un sentido cívico. Este relativismo de que todo es lo mismo no es verdad, a veces hay que comprometerse. No fui con la bandera española porque no suelo hacerlo y, además, yo nunca hablé ahí de ilusión: para mí no era una cuestión sentimental, era una cuestión política. Y ese es el problema cuando se hace política con los sentimientos, que al final la gente va a este tipo de manifestaciones y solo se queda con la emoción que siente. No, es mejor hacerlo como un acto político de protesta o para visualizar que tú estás defendiendo la ley y el Estado de Derecho.
- No es sexy el Estado de derecho.
- Exacto. Entiendo que la ley y el Estado de derecho no emocionen, pero yo es lo que defiendo. En política intento ser racional.
- ¿Desde qué edad tiene sentimiento político?
- Desde muy joven. Con 11, 12 años ya le preguntaba cosas a mis padres. Y luego ya me discutía.
- ¿A qué partidos ha votado?
- Yo he llegado a votar... Es que no sé si contestar a esto. Digamos que he votado a los partidos del bipartidismo, a los dos. No recuerdo si llegué a votar independentismo, supongo que sí... En alguna elección no voté, algo que me parece una estupidez, pero son cosas que haces de joven. Una persona que cree en la democracia representativa tiene que votar.
- ¿Pilar Rahola tiene derecho a decidir?
- ¿A decidir sobre qué? Tiene derecho a dar su opinión, pero también a dejar que los demás la demos, que a veces me consta que ha intentado censurar a gente y a personas simplemente porque no son de su ideología o cuerda política. Es la periodista que más me censuraba ad hominem. Incluso una vez me chilló antes de entrar en TV3. Es gente que pasa la línea política y del respeto, y que considera que tú no eres una persona que puede discrepar de su ideología, sino que eres un adversario o incluso un enemigo. Con otros independentistas esto no me ocurría.
- Una vez reniega, qué es lo que más le impacta.
- Lo que me sigue sorprendiendo es la obediencia que hay de los catalanes independentistas hacia los líderes independentistas. O sea, la falta de fiscalización, da igual lo que pase, huele que es culpa del Estado español.
- ¿Está "normalizada" Cataluña?
- La situación ha mejorado, quien diga que no, miente. La gente que hemos estado en primera línea en los años complicados vemos que ahora hay un "descanso", y esto lo apreciamos mucho los que estamos en Cataluña, porque, a veces, en Madrid siguen con la guerra, pero es que desde Madrid es muy fácil seguir la guerra. El desgaste personal y emocional es mucho más elevado si estás ahí que si estás al calor de la capital. Evidentemente con un Gobierno del PSC las cosas han mejorado, aunque haya asumido parte de la agenda nacionalista, pero es verdad que en otras cosas no se puede decir que Salvador Illa sea lo mismo que Artur Mas, ni que de Puigdemont, ni que Torra. También creo que la situación ha mejorado por el efecto de la cárcel, o sea, ahora saben que no son impunes.
- Hay quien le diría que la amnistía o los indultos demuestran lo contrario.
- La amnistía les puede envalentonar, pero sigue siendo delito hacer una secesión en el Parlamento y sigue siendo ilegal hacer un referéndum, por lo tanto, si vuelven a vincularse a los mismos actos van a volver a tener unas consecuencias judiciales.
- "Ser catalana de pura cepa es ser un poco estrecha", dice refiriéndose a sí misma. O riéndose de sí misma.
- Esto hay que enmarcarlo en la época del instituto. A grandes rasgos, estaban las catalanohablantes, que éramos mucho más niñas, con un ideal de belleza catalán que pasa por ser muy austero, y luego estaban las castellanohablantes, que muchas de ellas venían de otras regiones de España y estaban mucho más avanzadas, se cuidaban más estéticamente, no les daba tanta vergüenza, y eran, en este sentido, más libres. Quizá porque tenían otros referentes fuera del catalanismo.
- ¿Pero esa estética austera qué es? ¿La estética de la CUP?
- La CUP sería una derivada, pero sobre todo llevar un pelo que no esté sofisticado, de no llamar la atención un poco, una belleza austera, pulcra, reservada, quizás también como somos los catalanes en este sentido. Pero también te digo en una época sobre todo de instituto. Sobre lo que ha dicho del humor, era o reír o llorar, porque yo evidentemente tengo muchos recuerdos malos de esa época, pero ni me gusta el victimismo en ningún tipo de ideología, ni en el feminismo, ni en ninguna; y dos, no quería ser un pelmazo para los lectores, entonces creo que he logrado hacerlo de forma divertida, sabiendo que había momentos en que me caían las lágrimas.
- ¿Su ideología actual es ir en contra de todo? Un poco como el reverso tenebroso del wokismo o algo así.
- Hay gente que me dice: "Laura, si todo el pueblo fuera españolista, sería independentismo". Y es también una forma de ironizar sobre una tendencia que tengo. Pero yendo siempre a la contra, aparte de gratuito, también te puedes equivocar, porque no siempre la mayoría está errada. Intento no ir siempre a la contra de forma gratuita.
- Dice en el libro que lo que marcó el fin de su vocación indepe fue la racionalidad. Qué etéreo.
- Hay gente que me ha criticado por esto, porque supongo que se piensa que la vida es un cuento de hadas y que yo ahora me tendría que volver españolista y amar los símbolos de España y no sé qué, pero esto a mí no ha ocurrido. Simplemente quiero España, es mi país, y procuro que le vayan bien las cosas en la medida que yo pueda hacer algo. Pero creo que en política hay que ser racional. Y que los sentimientos son todos legítimos. También es legítimo sentirte catalanista. Pero como tengo una perspectiva pesimista de que las cosas en política es más fácil que vayan a peor que a mejor, pues considero que hay que votar con esta mentalidad racional: si todos nos dejamos ir por los sentimientos, pues Europa tampoco existiría. La Unión Europea también es un proyecto que tiende al racionalismo después de dos guerras mundiales. Entonces, ¿cómo no voy a ser consciente también de todo esto? A veces las sociedades avanzadas nos creemos, que el riesgo de violencia no existe, y sí que existe, y las civilizaciones son una capa súper fina que enseguida se puede resquebrajar, se puede romper y que salgan los instintos más primarios.
- Le sorprendía que los revolucionarios indepes no hacían uso de la violencia.
- Tuvimos mucha suerte con esto, la violencia siempre fue de baja intensidad. Hubo episodios, pero no se puede decir que fuera lo mismo que lo que pasó en el País Vasco durante los años de plomo. Mi chico es italiano y, cuando venía a Cataluña, decía que si esa tensión se diera en Italia acabarían todos pegándose. Supongo que tiene que ver que el movimiento independentista tiene un componente pequeñoburgués, de gente muy acomodada, que no va a arriesgar ni la uña para la independencia de Cataluña. Y esto hay que decirlo también, porque cuando se declaró la independencia en el Parlamento, el 27 de octubre, había cuatro gatos para defenderla. La gente no estaba dispuesta ni a acampar una semana para la independencia. Yo opino que si no estaban dispuestos a llegar muy lejos es porque quizás tampoco viven tan mal, al fin y al cabo.
- Viene a describirlos como unos revolucionarios sistémicos pijos. ¿Es faltona con aquellos con los que compartió ideas?
- Bueno, yo creo que en los años de más tensión, como en 2017, lo fui. Además, de porque tengo un punto provocador, porque también estábamos en una situación en que la polarización nos afectó a todos. Pero en el libro, por ejemplo, he intentado hacer un esfuerzo de conciliación, de pensar que están equivocados, pero no tratarles mal.
- No ha querido saldar cuentas con aquellos que sí le han tratado mal.
- No, no soy vengativa. Siempre lo gestioné bastante bien para reconducirlo, para que nunca se rompiera una amistad. Podríamos enfadarnos, pero no llevarlo a un extremo de que fuera irreconciliable. Ahora tengo como un poco la sensación de victoria, en el sentido de, ostras, al final, se ha demostrado que la independencia no era posible, y que son ellos los que se sienten un poco desengañados. Yo, en cambio, no, porque yo les he dicho lo mismo desde 2012 a ahora.
- ¿Hasta cuándo vamos a estar hablando de Cataluña? Es como el narcotráfico en Galicia.
- Si todavía hablamos de Franco, ¿cómo no vamos a seguir hablando de Cataluña al menos una década más?
- ¿Votaría en un referéndum legal sobre la secesión?
- Tendría que votar por cojones.
- ¿Sí o no?
- Pues supongo que votaría que no. Pero oye, no sé. [Ríe].
¿Cuál es la pregunta más impertinente que le han hecho y qué respondió?
Vivo en Madrid pero viajo mucho a Cataluña por trabajo y familia. Y una vez publicado el libro me preguntaron si podría volver a mi pueblo. Vamos, pues yo espero que sí, pero la verdad la pregunta me sorprendió y me inquietó.

