Si tiene alguna pregunta sobre Marte, Jim Bell es una de las personas más adecuadas para responderla. Este científico planetario y profesor en la Universidad del Estado de Arizona ha estado muy involucrado en las misiones marcianas de la NASA desde los años 90. Y aunque también ha participado en el desarrollo de otras naves robóticas que han explorado cometas o la Luna, el ex director de la Sociedad Planetaria de EEUU confiesa que siente pasión por el planeta rojo.
"Me fascina por una combinación de elementos. Si ves fotos de Marte, parece un lugar familiar, te recuerda a la Tierra, pero al mismo tiempo es muy hostil, muy frío, y su atmósfera es muy delgada. Hoy en día no hay oxígeno ni agua en su superficie, pero hace mucho tiempo era mucho más parecido a la Tierra. Y comparado con Júpiter o Neptuno está cerca, tardas entre seis meses y un año en llegar, así que podemos mandar muchas misiones, una tras otra, basándonos en el resultado de la misión previa, y construir un programa para buscar pruebas de vida en el pasado y un entorno que sea habitable, que es lo que han hecho tanto la NASA como la Agencia Espacial Europea (ESA)", relata durante una entrevista.
El encuentro con este diario tiene lugar en Puerto Naos, en la isla de La Palma, donde participó esta semana en Starmus, el mayor festival de ciencia y música: "Yo vivía en un lugar con un cielo muy oscuro como en La Palma. Bueno, no tan oscuro, porque esto es increíble. Pero con el telescopio que me regalaron mis padres cuando tenía 12 años aprendí a conocer y amar el cielo", recuerda Bell, que asegura estar "muy emocionado" por poder visitar durante este viaje El Roque de los Muchachos del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), uno de los observatorios astronómicos más importantes del mundo.
Aquellas primeras observaciones astronómicas que hacía de niño en Coventry (Rhode Island) con su primer telescopio y los programas de Carl Sagan cimentaron una pasión por el espacio que nació viendo por la tele a los astronautas en la Luna -tenía siete años cuando concluyó la última misión Apolo, en 1972-. "Recuerdo verles desde casa conduciendo el rover (vehículo robótico) por la Luna, para mí fue muy inspirador. Y como en esa época mi país intentaba ganar la Guerra Fría contra los soviéticos, era una gran noticia y muy emocionante".
Años después, él mismo tendría un papel muy destacado en la construcción de los míticos rovers que han ido explorando Marte en las últimas décadas. Los gemelos Spirit y Opportunity -lanzados en 2003- estaban diseñados para trabajar durante tres meses pero duraron muchos años: casi 15 en el caso de Opportunity, que sucumbió a una gran tormenta de polvo en 2018, mientras que Spirit exploró Marte durante seis años, hasta que quedó atrapado en una zona arenosa). Actualmente están activos en el planeta rojo Curiosity, que llegó en 2012, y Perseverance, desde 2021. Y ambos están en buena forma. "Es difícil predecir cuánto va a durar un instrumento, pero una vez llegan al espacio, si empiezan a funcionar bien, suelen trabajar durante mucho tiempo; pasa también con los satélites de comunicaciones. Otras veces tienen problemas en cuanto llegan. Así que hemos sido muy afortunados con los rovers marcianos".
Pero para que estos ingenios robóticos puedan explorar y hacer asombrosos descubrimientos con sus laboratorios portátiles, antes hay que lograr que amarticen con éxito, algo muy complicado. Tanto, que a la fase de entrada en la atmósfera marciana, descenso y aterrizaje se la conoce como los "siete minutos de terror". ¿Cómo vive esos momentos críticos en los que se juegan toda la misión? "Es muy estresante, al igual que el lanzamiento. Trabajas durante años en tu preciosa máquina y la pones encima de una bomba. Tiene que llegar sana y salva y después, aterrizar en la superficie. Siempre esperas que las cosas van a ir bien porque todo el mundo ha hecho el máximo número de pruebas posible. Pero la única prueba real tiene lugar cuando lanzas. Una vez se lo describí así a mi familia: ves despegar el cohete o aterrizar al vehículo y te apetece cantar y bailar, pero al mismo tiempo, te entran ganas de vomitar porque estás muy nervioso", describe el investigador, que ha participado también en algunas misiones que fracasaron. "Una se estrelló en Marte, y otra que iba a explorar cometas explotó en la órbita terrestre. Le aseguro que no es nada divertido".
Mientras la humanidad consigue resolver los obstáculos para que algún día los astronautas viajen a Marte, los rovers están abriendo paso, buscando huellas de vida en este planeta, agua y explorando la viabilidad de construir una futura colonia humana. "Sabemos con certeza que Marte tenía agua y era mucho más parecido a la Tierra hace unos 3.400 millones de años, al inicio de la historia del Sistema Solar. Tan pronto como la Tierra se enfrió lo suficiente como para que se formaran los océanos, la vida surgió; tal vez ocurrió lo mismo en Marte, no lo sabemos porque desafortunadamente, las posibles pruebas de ello no son visibles en la superficie. Si hubo vida en Marte, probablemente era simple, bacterias unicelulares".
Cada vez que Curiosity taladra un agujero o Perseverance recoge una muestra, dice Bell, "podrían descubrir algo increíble, alguna evidencia de una célula, un fragmento de ADN o alguna otra molécula que sólo puede ser hecha por la vida tal como la conocemos. No ha sucedido todavía, pero cada vez nos acercamos más", asegura.
Por ejemplo, en marzo se anunció el hallazgo de las moléculas orgánicas más complejas halladas hasta la fecha gracias a Curiosity. Pese a que son muy muy antiguas, de hace unos 3.700 millones de años, se han conservado. "Los autores del estudio han sido muy cuidadosos y subrayan que no son una prueba de que haya habido vida, pero sí que son las moléculas más complejas que se han encontrado", afirma.
El agua, explica, puede permanecer en el subsuelo de Marte, pues se cree que buena parte de la que había probablemente se perdió porque no había un campo magnético. "Sabemos que existe agua en el subsuelo de los polos helados, en altas latitudes. Si perforáramos allí, podríamos extraer testigos (muestras) de hielo, como hacemos en la Antártida o en Groenlandia, que nos darían información sobre la historia climática del planeta. Y esa agua sería crítica para las futuras misiones tripuladas a Marte".
"La superficie es muy hostil a las moléculas orgánicas, a cualquier molécula en realidad. Hay una atmósfera muy delgada, radiación de alta energía todo el tiempo, casi no hay agua y aún así estas moléculas pueden sobrevivir. Y hay que tener en cuenta que podrían no ser biológicas, pues hemos visto moléculas parecidas, largas cadenas de hidrocarburos, en meteoritos que vienen del espacio profundo", matiza el científico, que explica que su teoría es que "a mayor profundidad, se podría acceder a material aún más aislado de la hostil superficie".
Asimismo, no descarta que pueda existir vida actualmente en este inhóspito mundo, en las profundidades del subsuelo, o en algunas lunas del Sistema Solar exterior: "Depende de cuánta agua haya, de si es líquida o de qué fuentes de energía sean accesibles. No es una locura pensar en la existencia de vida en el subsuelo profundo en varios lugares de nuestro sistema solar. Antes era una locura pensar en ello, pero ahora quizá sea plausible. La dificultad es llegar allí, acceder al subsuelo profundo".
Si no hay más retrasos, la ESA lanzará en 2028 la misión Exomars con el rover Rosalind Franklin, con un taladro que permitirá perforar el subsuelo marciano hasta 1,7 metros de profundidad. "Es mucho más de lo que cualquier vehículo ha perforado en Marte", pero para encontrar esa posible vida actual, dice Bell, habría que penetrar en el subsuelo mucho más, "cientos de metros o cientos de kilómetros".
Por ello, las misiones actuales se centran en buscar huellas de vida en el pasado. Si las bacterias unicelulares que creen que pudieron existir hace miles de millones de años siguen ahí, expone, "deben de estar en el subsuelo, donde aún podría haber agua caliente y estancada. En la superficie las huellas son probablemente muy sutiles, firmas químicas de isótopos minerales que hay que extraer con experimentos muy cuidadosos. Podemos hacer algunos de esos experimentos con los módulos de aterrizaje y los vehículos de exploración en Marte, pero esos laboratorios no son ni de lejos tan buenos como los de la Tierra. Por eso queremos traer las muestras".
Precisamente la pionera misión robótica Mars Sample Return, diseñada para recoger muestras del suelo marciano y traerlas a la Tierra para analizarlas, es una de las amenazadas por el tijeretazo que la Administración Trump planearía hacer en en el Departamento de misiones científicas de la NASA, de hasta un 47% para 2026, según documentos internos que han salido a la luz en la últimas semanas.
"Es muy alarmante. En EEUU, la Administración presidencial propone ideas para el presupuesto del siguiente año, y lo que se ha filtrado ahora son los documentos no oficiales, que proponían grandes recortes presupuestarios. La documentación oficial llegará en las próximas semanas. Veremos si eso sigue ahí. Ciertamente ha habido mucha resistencia a este tipo de recortes en muchas agencias diferentes", explica Bell, que aclara que "se trata en realidad de una propuesta de recortes, porque en EEUU, el presidente no hace el presupuesto, sino el Congreso, que a veces está de acuerdo con el presidente y otras no", afirma.
En su país, ya se están movilizando para frenar esa propuesta de recorte: "Mucha gente que, como yo, trabaja con organizaciones como la Sociedad Planetaria de EEUU, estuvimos hace unas semanas en Washington hablando con miembros del Congreso y sus comités sobre la importancia de la NASA, la importancia de la exploración, de la colaboración internacional, y de los compromisos que hemos contraído con otros países, y que otros países han contraído con la NASA. Y creo que los congresistas entienden que la NASA es la mejor marca que los estadounidenses tenemos en el mundo. Yo creo que lo es. En los aeropuertos y en muchos países ves a gente llevando camisetas de la agencia, porque es una proyección del poder blando americano y de las aspiraciones, de las cosas increíbles que la gente puede hacer", expone.
Y todo esto, añade, proviene de la financiación del Congreso. "El Congreso estima, por ejemplo, que de cada dólar que entra a través de los impuestos, el 0,4% va a la NASA. Es una cantidad muy pequeña pero hay trescientos y pico millones de estadounidenses que contribuyen así que obtienes 20.000 millones de dólares al año para hacer cosas increíbles", explica. "¿Por qué merece la pena para el contribuyente estadounidense? Porque hacemos descubrimientos, reescribimos libros de texto, y lideramos el mundo en este campo", defiende.
El científico confía, no obstante, en que finalmente no se produzcan esos recortes en los programas científicos de la NASA, y que sean compatibles con el objetivo marcado por Trump durante su discurso de investidura de enviar una misión tripulada a Marte. Es lo que más desea el propietario de SpaceX, Elon Musk, al frente del Departamento de Eficiencia del Gobierno de EEUU. El millonario pretende lanzar rumbo al planeta rojo una de sus naves Starship, sin tripulación, dentro de dos años, y en esta década, una nave con astronautas.
¿Es posible hacerlo?, preguntamos a Bell: "He aprendido en la última década a no apostar nunca contra SpaceX. No apuestes en contra de SpaceX porque hacen cosas increíbles", asegura. "Hay muchos obstáculos tecnológicos que superar antes de que las naves Starship estén listas para ir a la Luna, por no hablar de Marte. Pero es bueno que trabajen en ello. Personalmente creo que necesitamos recordar cómo vivir y trabajar en una superficie planetaria. Visitamos la Luna brevemente hace 50 años, ahora la tecnología y la intención es totalmente diferente ahora, no se trata simplemente de plantar la bandera y volver corriendo, al menos en la Luna. La intención es averiguar cómo permanecer allí a largo plazo, hacer algo de ciencia", señala.
Con el tiempo, señala este especialista, "la Luna se convertirá en parte de la esfera económica de la Tierra, y habrá razones comerciales para estar en la Luna, el turismo, los recursos... Así que todo eso que creo que va a pasar, pasará. Y la frontera, al menos para la NASA, es Marte".
Según este geólogo planetario, sí es posible enviar una misión tripulada a Marte sin volver a la Luna: "Depende de cuánto tiempo quieras quedarte, de lo que quieras hacer allí y de cuáles sean tus objetivos. China habla de hacer misiones rápidas, plantar la bandera y volver. Creo que sería más beneficioso para nosotros aprender a permanecer en el espacio durante mucho tiempo".
Para que los astronautas puedan llegar sanos y salvos a Marte, habrá que protegerlos de la radiación espacial y suministrarles todo lo necesario durante un viaje de ida que durará medio año al menos: "Necesitarán oxígeno, agua, comida, cosas que hacer para no matarse. Ya sabe, un autobús escolar durante seis meses. Hay un montón de problemas psicológicos y fisiológicos que necesitan ser solucionados antes".
¿De qué dependerá llegar a Marte? ¿Es una cuestión de dinero? "Creo que es una combinación de dinero, de interés político, de interés por parte de los ciudadanos y del deseo de conseguirlo", resume. "La razón principal por la que EEUU fue a la Luna en los 60 fue demostrar la superioridad de la democracia sobre el totalitarismo, y parte de esa motivación existe hoy en día, pero también lo es la pura inspiración para los niños y otras naciones. Hay también una motivación económica, porque hay problemas tecnológicos que deben ser resueltos, y solucionarlos nos ayudará a resolver otros problemas en la Tierra".
Bell cree que si de verdad hay un compromiso, los humanos podrían caminar por Marte en los años 30. "Tardaríamos una década, probablemente. Desde que el presidente Kennedy dijo en 1961 que íbamos a llegar a la Luna pasaron ocho años hasta que lo logramos, sin tecnología ni un plan previo. Y ahora tenemos mucha tecnología y mucha experiencia, pero tendría que ser una prioridad nacional e internacional porque no debemos hacerlo solos. Deberíamos unir nuestros recursos, unir nuestro dinero y nuestras neuronas. Y esto es ahora difícil por la situación política mundial", reconoce.
Respecto al reparto de fondos para misiones de la NASA, admite sentir emociones encontradas: "Por supuesto, me gustaría que los astronautas vayan a Marte, pero también que hubiera más robots para estudiar científicamente el planeta y que traigan muestras de vuelta. Si el coste es que la NASA no haga nada más, o que ninguna otra ciencia importante puede tener lugar en EEUU porque todo el dinero debe gastarse en ese único objetivo, no sé si haría ese cambio, creo que no", reflexiona.
De momento, habrá que conformarse con seguir conociendo Marte a través de los ojos de los robots y de algunas películas: "En mi opinión, The Martian es la que que más se acerca a la realidad. No al 100%, pero diría que al 80%", opina sobre el film protagonizado por Matt Damon. "Algunas cosas se han exagerado y son ciencia ficción, pero algunas de las tecnologías que aparecen eran muy razonables, y también es realista el aislamiento que sentirán los astronautas", dice Bell, que señala no obstante que las tormentas de arena no son como se muestran en la película. "Aunque Marte es muy ventoso y hay grandes tormentas de polvo, debido a que la atmósfera es tan delgada, los vientos no tienen esa fuerza para mover o derribar cosas. Hablé sobre ello con Andy Weir [autor del libro The Martian ,que fue adaptado para hacer la película]. Me dijo que lo sabía pero que necesitaba mostrar una lucha del hombre contra la naturaleza. El impacto de un meteorito cerca sería más realista pero no lo hemos experimentado y no sabemos lo que se siente, pero sí sabemos cómo se siente un vendaval. Pero bueno, es lógico y me parece bien porque es una película de ciencia ficción".





