La danza, históricamente, ha estado cargada de simbolismo. El que baila lo hace para celebrar, rebosa alegría, se pasa de enérgico y necesita descargar, se mueve por la embriaguez que da la música. Sin embargo, hubo un día en que Edith Eger bailó para sobrevivir. En mitad del horror de Auschwitz, una joven judía húngara de apenas 16 años se imaginaba sobre el escenario de la Ópera de Budapest para olvidar que, en realidad, se movía para entretener a su verdugo. Por primera vez, su danza no fue una actuación sino una súplica silenciosa por seguir existiendo. Aquel momento sellaría su futuro, que, décadas después, la llevaría a escribir un bestseller mundial La bailarina de Auschwitz (2018), en el que recorría una vida marcada por las ganas de aprovecharla.
En aquel libro compartió su historia con el mundo: la de una joven y prometedora gimnasta y bailarina judía de Hungría que fantasea con los Juegos Olímpicos hasta que su destino se trunca cuando, en 1943, su vida da un giro trágico al ser deportada con su familia a Auschwitz. Allí Edith tuvo que sufrir la muerte de sus padres en las cámaras de gas, pero ella logró sobrevivir tras una performance de danza clásica junto a su hermana ante El Ángel de la Muerte: Josef Mengele, el siniestro médico de las SS.
Como a él le gustaba el arte, las salvó a ellas, y le dio a Edith un trozo de pan que eligió compartir con sus compañeras. Sin saberlo, ese día volvió a nacer dos veces. Más tarde, cuando realizaba el camino de Mauthausen a Gunskirchen, otro de los campos de exterminio, le fallaron las fuerzas y esas amigas con las que compartió el pan la llevaron a cuestas, impidiendo así que la fusilaran. Finalmente, tras la liberación, huyó a la antigua Checoslovaquia para después migrar a Estados Unidos en 1949 y reinventarse como psicóloga especializada en trastorno por estrés postraumático.
Ahora, a sus 97 años, Edith -o Edie, como la llama cariñosamente su nieto Jordan, que la acompaña- publica de la mano de Planeta una nueva versión del fenómeno global. Una edición Young Adult para acercar a los más jóvenes de entre los jóvenes "la historia que ha emocionado a millones de lectores", como reza su portada. La autora dedica el libro a las cinco generaciones de su familia: sus padres, hermanas, hijos, nietos y bisnietos. Eso, asegura ella, la creación de esa familia que surgió de su supervivencia, es su especie de venganza personal y la prueba de que "el sufrimiento te puede hacer mejor y más fuerte". Su resiliencia es su revancha. Se casó joven y tuvo a su primera hija con solo 19 años, poco después de su paso por Auschwitz. Un éxito personal que celebra Edith: "Agité mi puño hacia Dios, sí", bromea.
Al hilo de esta nueva edición para jóvenes adultos, Edith destaca que los adolescentes son los más curiosos por el tema -más aún que sus padres- y que ella disfruta mucho hablando con ellos: "Sienten curiosidad por saber qué pasó y qué sangre llevan". A ellos los contrapone a ese reducto de "supremacistas blancos", dice, que aún hoy pueblan América: "Es negación, delirio y, sobre todo, mienten diciendo que no recuerdan nada", en referencia a quienes niegan el Holocausto. Además, Edith siente una conexión especial con las nuevas generaciones porque ella tenía solo 16 años cuando entró en el campo de concentración, con las mismas preocupaciones propias de la adolescencia: "Siempre quería hablar con una chica que se había casado, para preguntarle de qué iba eso del sexo", recuerda sin pudor.
Tras su huida, su vida se asentó al llegar a Estados Unidos, y allí inició su carrera como psicóloga tratando el trastorno por estrés postraumático, después de un tiempo aislada, "escondida", por no saber hablar inglés: "Todo lo que decía era okay, okay, okay".
El camino no fue fácil. El odio no terminó el día de la liberación. Edith recuerda el recorrido que realizaron cuando por fin fueron libres, desde Auschwitz hasta Viena: "Los niños nos escupían y nos llamaban judíos malos y apestosos. Eran muy antisemitas".
En Estados Unidos también vio la discriminación hacia los ciudadanos afroamericanos. Cuenta que, cuando llegó, la falta de dominio de la lengua hizo que no entendiera por qué el cartel de uno de los servicios indicaba de color. Una vez, cuando se disponía a entrar por esa puerta, una mujer blanca fue tras ella y le aclaró que ese no era su lugar. En ese momento, Edith reconoció en otros el mismo sufrimiento que le trajo a ella el prejuicio.
Pero en su camino también encontró buenos amigos. En Estados Unidos conoció al legendario Viktor Frankl, el autor austriaco de El hombre en busca de sentido (1946) y superviviente de varios campos de concentración, entre ellos Auschwitz. Él se convertiría en uno de sus mentores. De su relación guarda un buen recuerdo: "Algunas personas son lo que hacen, y creo que eso encajaría con Viktor Frankl. Fue muy bueno conmigo". Esa "amistad" y la filosofía de vida de Frankl le impulsó también en parte a Edith a escribir el resto de sus libros: The Choice (2017), The Gift (2020) y En Auschwitz no había Prozac (2020).
Edith recuerda especialmente una anécdota cuando asistió con su hija a una conferencia de Frankl: "Se pasaba la mayor parte del tiempo hablando en alemán con sus colegas. Y yo le di mi charla al respecto para que se callara y tratara con la gente de Kansas City, porque habían ahorrado su dinero sólo para estar ahí con él. 'Deja ya ese asunto del alemán'". Tanto Edith como su nieto destacan la franqueza de la autora: "Los húngaros y los judíos son muy directos por naturaleza. Dicen lo que piensan", afirma su nieto Jordan. "Nadie maldice como un húngaro", añade Edith.
Además, a sus casi 98 años de edad, Edith afirma sentirse "más joven que nunca en mi vida. Dejé de lado la necesidad de la aprobación de los demás". Incluso flirtea con un nuevo libro al hacer balance de sus vivencias: "Tal y como yo lo veo, pasara lo que pasara, lo superé: yo salí de Auschwitz. Creo que ese sería un buen título para mi próximo libro".
Nuevo libro o no, la realidad es que Edith ya cuenta con sus cuatro libros publicados, con los que intenta ayudar a personas de todos los rincones del mundo a mejorar su calidad de vida a pesar de los eventos traumáticos que les hayan marcado. La autora destaca que la solución está siempre dentro de nosotros: "Me gustaría que la gente supiera que muchas veces nos pasan cosas para las que nunca estuvimos preparados, así que tenemos que encontrar la respuesta en nuestro interior".
En su caso, en los peores momentos fue en gran medida su fe la que la mantuvo con esperanza. Incluso fue sensible con sus verdugos: "Recé, recé, recé y recé por mis nazis, para que no tuvieran la necesidad de asesinar a tanta gente". En otras ocasiones, Edith ha manifestado su opinión de que no le corresponde a ella perdonar a los nazis, sino encontrar el nazi en su interior, ya que sostiene que "todos tenemos un Hitler dentro, al igual que hay Madres Teresas". "El odio solo engendra más odio", concluye Edith.
Ella considera que es en los momentos más duros económicamente cuando emergen las voces que propagan esos discursos de odio. Los verdugos de hoy día, al igual que quienes instauraron el miedo en ella y asesinaron a sus padres, "no nacieron así", afirma: "Les enseñaron a odiar. Nosotros tenemos la capacidad de cambiarlo todo cambiando nuestra forma de pensar". Sin embargo, Edith decide ver el vaso medio lleno frente a la complicada situación global: "Si vas al aeropuerto y te sientas, verás que hay muchos besos. Hay muchos abrazos y muchos llantos. Muchos sentimientos se sienten abiertamente". "Pasara lo que pasara", explica Edith, "aprendemos de ello y a no volver a hacerlo y cambiarlo por otra cosa".
De su experiencia aprendió otras mil lecciones valiosas a la hora de enfrentar un hecho traumático. Una de las más importantes, considera, fue "sentir el sentimiento, en lugar de hablar del sentimiento". Sin duda su imaginación y su capacidad para evadirse fueron claves en su historia: "Frente a Mengele yo me imaginaba en la Ópera de Budapest, bailando Romeo y Julieta. Ese era mi fuerte". Ante todo, pide que nadie sienta pena por ella: "No busco simpatía, pero practico la empatía. La empatía es ese poder dentro de mí que dice que no importa lo que pasara, no me quité la vida", sostiene Edith, con una aversión por dulcificar su relato que le otorgan la edad y las raíces.
También su fortaleza mental para liberarse de su carga fue clave, como dice, para llegar al día de hoy. "La culpa queda en el pasado: lo que podría o debería haber hecho, y por qué no me di cuenta. Y el futuro... no sé qué va a pasar. Así que vivo en el presente tanto como puedo, vivo en algo que puedo controlar. Eso es lo que me hace tener 97 años y medio". Edith cuenta que siempre ha tratado de no sentir odio ni necesitar venganza: "Sólo siento pena por esa gente. Yo no tengo tiempo para odiar. Si odiara, seguiría siendo prisionera".
Es por eso que en La bailarina de Auschwitz, Edith diferencia mucho entre víctimas y supervivientes, y tiene muy claro que quiere ser tratada como lo segundo, y que nadie sienta lástima por ella. "No quiero que me vean como a una víctima. Pero fui una víctima, así que no se trata de quién soy, sino de lo que me hicieron". Edith se muestra crítica con esas víctimas que "siempre encuentran a quién culpar", y ella no cree que su vida la haya definido lo que le pasó en Auschwitz: "Estoy aquí ahora. Lo logré, así que no digo '¿por qué yo?, digo '¿ahora qué?".
Al preguntarle por su parte más profesional y si también usó las terapias con sus pacientes para sentirse mejor ella misma, Edith no tiene una respuesta clara, pero sí admite que ha usado su experiencia para ayudar: "Comento cosas como: 'me pregunto si...' Y sigo preguntándomelo hasta que me dan lo que quiero. Ya sabes, bastante manipulador, pero funciona". En cualquier caso, Edith nos impulsa a que, si hemos experimentado algún tipo de trauma, como ella tratemos de descubrir cómo podemos ayudar a otros con esa experiencia.
Transformar ese odio que volcaron en ella en amor para ayudar es, según cuenta, otra de las moralejas más grandes que le trajo su experiencia: "el amor y el miedo son las dos cosas que estoy examinando todo el tiempo, todos los días, con todo el mundo", y asegura que esos dos estados no pueden coexistir. Y, citando al psicólogo Rollo May, defiende que lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia: "y yo prefiero ser odiada que pasada por alto", zanja Edith. Precisamente sobre el amor, en los agradecimientos del libro, Edith dice, sobre su marido: "cuando nació nuestro primer nieto, Béla dijo: "Tres generaciones, esa es la mejor venganza contra Hitler".
Después de todo, incluso fue capaz de regresar al lugar que tanto dolor le causó: "Volví a Auschwitz, y me alegro de haberlo hecho", aunque zanja que no lo hará de nuevo. Y tras ello, a Edith el mejor consejo que se le ocurre para quienes han pasado por experiencias traumáticas es: "no pasa nada por llorar. Lo que sale de tu cuerpo no te enferma. Lo que se queda dentro, sí". Y ella lo tiene claro: "Yo no tengo que cargar con lo que pasó. Por eso tienes un libro aquí". Un mensaje que, aún a sus casi 98 años, Edith entrega con la fuerza de quien no solo sobrevivió, sino que eligió transformar el dolor en legado.
La bailarina de Auschwitz
Ediciones Planeta. 206 páginas. 17 euros. Puede comprarlo aquí


