LÍDERES
Entrevista no vista

Rappel: "Le puse las cartas a Franco y se le llenaron los ojos de lágrimas. Me dijo que lo había hecho el hombre más feliz"

A efectos de éxito, da igual creer o no a quien se dedica a adivinar la suerte de los demás. A él, ya les advierto, no le preocupa. Y por eso ha fascinado a reyes y a siervos. Publica 'El futuro es ayer' (Roca Editorial), buen título para sus memorias. «¿Qué signo eres?», pregunta el vidente...

El modisto y futurólogo Rappel.
El modisto y futurólogo Rappel.José Aymá
Actualizado

Soy Libra.
Para este año, los signos de aire son los mejores, vais a tener mucha suerte. No quiere decir que te vaya a tocar la lotería, ¡ojalá! Me refiero a que en cosas que tú haces vas a notar una mejoría. O a que ese cambio en el que llevas tiempo pensando saldrá bien: comprarte una casa, un coche...
Uno es escéptico por profesión, Rappel.
Me parece muy bien.
¿Le preocupa que le crean? ¿O le ha preocupado?
Para nada. Vamos a ver, yo empecé en la forma adivinatoria como una especie de juego. De niño decía cosas que luego ocurrían, y mi madre... Imagínate que yo decía: "Esa señora va a estar pronto en un hospital". Y ella, que esto la ponía muy nerviosa, me contestaba: "Lo dijo Blas, punto redondo".
He leído que, tras sus consultas, siempre recomienda una oración, encender una vela... ¿No es pagano a lo que usted se dedica?
Es una forma adivinatoria. Son prácticas que... A ver, Jesucristo no enseñó a echar las cartas, ya lo sabemos. Esto mezcla la intuición, la premonición, la videncia... Y eso lo llevas dentro. Yo a la gente la dejo seca sin cartas.
¿Cómo?
De repente entra unas señora, se sienta, estoy barajando la baraja y le digo: "Vas por tu segundo matrimonio y ahora estás con un hombre muy rico que no te quiere mucho". Y la señora... O viene una de Coruña y le suelto: "Vienes de una ciudad de mar muy bonita, pero estás de La Coruña hasta el coño". Y la gente... En fin. Ya sabes que lo que decidió que me dedicase a esta profesión fue la muerte de mi hijo. Fue un golpe de videncia. Todo había sido normal, el embarazo, el parto... El niño había sido precioso. Parecía alemán, un niño nórdico, blanco, pelo rubio... Un angelito. Y al día siguiente, con mis suegros y mis padres en la habitación, mi mujer en la cama y el niño en la cunita, me apoyé en la cuna, mirando al niño, y me dice mi suegra: "Se te va a caer la baba". Y le dije: "No, lo estoy mirando tanto porque lo que vamos a llorar por este niño". "Parece que le estás echando mal de ojo al niño", me respondió. "Pero qué dices, cómo le voy a echar mal de ojo a mi hijo, si ni sé...".
Lo cuenta con mucha... normalidad. ¿Lo vivió así?
No, era mi hijo. En ese momento le hubiera dado un bofetón a mi suegra. "El niño se nos va a morir dentro de un año", les dije. "Pero si está perfecto", decían. A los dos días le dio un derrame cerebral, se le complicó con una hidrocefalia y luego con una meningitis purulenta.
Alguien... alguien que ha vivido lo que narra, ¿de qué desconfía? ¿De qué desconfía un hombre que entrega el futuro a la premonición?
De todo y de nada, porque yo soy muy creyente. Yo pienso que hay un ser superior que de alguna manera nos marca la vida. Soy muy creyente, muy practicante. Mira, mi padre fue uno de los fundadores de la Adoración Nocturna en España, iba a hacer las vigilias al Santísimo. Mi abuela, la madre de mi padre, fue monja. Lo llevo en los genes. Y la madre de mi padre murió con 29 años de un ataque al corazón cenando en el Hotel Palace en Madrid. Estaba ella hospedada con su marido y el niño, le habían dado de cenar y, al volver a la habitación, la señora se puso gravísima. Y ahí se quedó, el abuelo con el niño de tres años. Quiero decir que en mi familia siempre hemos sido muy religiosos. Creo que hay una vida más allá. De hecho, he tenido experiencias paranormales. La que más me impactó fue en México: se me apareció el espíritu de Howard Hughes. Yo ya estaba trabajando en el Florida y fui a Acapulco en busca de artistas. A mí siempre me ha gustado dormir con una lucecita, no porque me dé miedo, sólo por eso, porque me gusta. Y además duermo desnudo. En estas, me levanto por la noche, voy al lavado y ahí estaba: un señor con un bigotito fino, delgado, canoso. Y yo ahí, en pelotas. No me decía nada, sólo me hacía gestos. Hasta que me le digo: "Ya me estoy dando cuenta de que usted es un espíritu". Se sonrió. Y tras un buen rato, desaparece, dejando un olor a rosas... Al día siguiente voy al despacho del director del hotel y ¡veo a Howard Hughes en el cuadro! No sabía que era él. Resulta que no se sabe bien cómo murió.
Lo que sí sabe es que aquí hay mucha vida. La tienda de telas, el taller de moda, el Florida Park...
En el Florida Park me contrataron para llevar las relaciones públicas. Me daban cien mil pesetas. Que, pensé en el momento en el que me lo ofrecieron, tampoco era para tanto. Hasta que me dicen: "Hombre, cien mil pesetas al mes no las gana cualquiera". "¿Al mes?, empiezo mañana".
¿Y qué hizo al día siguiente? Nunca había recibido tanto dinero junto.
Pues nos fuimos a un viaje a la Costa Brava con mis suegros. Era un matrimonio mayor, humilde... Él era restaurador de muebles antiguos, un gran restaurador, pero vivía muy modestamente. Y ella no había tenido ocasión nunca de conocer el mar. Fuimos en un 600, que era el coche que tenía entonces. Ese coche era especial. Cuando cumplí 18 años, me saqué el carne a la primera. Y entonces mi padre compró un 1500, que en aquellos momentos era como si sacaras un Rolls Royce a la calle. Era un coche para toda la familia, mis padres, mis hermanas... Yo quería uno para mi y fui a una tienda que me había dicho mi prima. Me atendió el delegado de la SEAT. Y había un 600 verde, que no era un verde normal, era un verde como verde esmeralda y me hicieron un precio baratísimo. Cogí el coche y lo llevé a un tapicero y por dentro le puse una tela escocesa: el techo, la guantera, el volante... Mira, con ese coche fui a todas las fiestas de Marbella. Y no se me olvida el día que llevé a Cristina Onassis. La fui a buscar al hotel porque su ilusión en Marbella era comer pescaditos fritos y, claro, en su hotel pues le darían de todo menos pescaditos fritos. Nos compramos un paquete de chanquetes y Coca-Cola. Ella se podría tomar como 30 Coca-Colas al día. Total, la voy a buscar, por la parte de atrás del hotel para que no la vieran los periodistas y al ver el coche dice: "Me considero un bombón. Ahora sí soy un bombón porque estoy dentro de un estuche de bombones".
Le fascina la noche, le fascina el lujo, le fascina la alta sociedad.
Sí, sí... El mundo de la noche lo viví muy intensamente. Cuando tenía la casa de moda, las clientas me invitaban a estrenos, a las recepciones en embajadas, a las puestas de largo de la alta sociedad... Porque ahora la sociedad ha cambiado mucho, pero antes, cuando una niña cumplía 15 o 16 años, se la presentaba en sociedad. Se le hacía un traje de noche y yo me he hinchado a hacer trajes de puesta de largo... Así que imagínate: si la duquesa de Osuna tenía una casa con unos jardines, pues allí se celebraba la fiesta... ¿Que no tenía tantos posibles? Se hacía en el Palace, en el Ritz... Puestas de largo, peticiones de mano... Se hacían muchísimas. Ahora no, que la mayoría de chicas ya van preñadas y pedir la mano es una cursilada. O sea: mi agenda estaba repleta de vida social. Y vas a una fiesta y conoces a fulanita, y vas a otra y conoces a fulanito... O de repente me invitaban a su casa para enseñarme sus posesiones, un collar que querían que viese... Era todo muy interesante y casi todo pasaba o a final de la tarde o por la noche. En Marbellatiré... La primera vez que fui, me invitó Antonio El Bailarín. Desde el primer día, fiestas y fiestas y fiestas. Por el día en la piscina, todos bañándonos en pelotas, y por la noche... En el mundo de la noche me metí mucho. Por eso conocí a tantos artistas. Y te movías en un ambiente que era todo lujo.
¿Podría haber sobrevivido sin alguna de esas tres... debilidades?
Hombre... El lujo iba encadenado a la fiesta que yo vivía. Nosotros en casa éramos una familia normal.
Hombre, Rappel, normal normal...
Normal, sí, para nuestro estatus. No éramos de la alta sociedad, pero digamos que no estábamos mal. En mi casa siempre ha habido dos personas de servicio, no teníamos chofer, conducía yo o mi padre, que también se acabó sacando el carné. Nosotros siempre hemos tenido casa en Barcelona. Mi abuelo y mi tío montaron allí su negocio de pieles, sombreros y joyas. En Madrid eran Los Payá, pero en Barcelona no quedaba muy comercial y fue cuando montaron el Rappel, que es el nombre de mi padre, Rafael; el apellido, Payá; y peletería. Rappel. En aquellos años antes de la guerra, Barcelona tenía más importancia dentro de la moda que Madrid, porque al estar cerca de la frontera era si cabía más cosmopolita, más internacional. Las señoras importantes de Barcelona eran muy presumidas y alardeaban mucho de su poder. Tenían fábricas, tenían industrias, bodegas... Nunca he visto desfilar tantos trajes maravillosos como en el Liceo de Barcelona y en el Festival de Cine de San Sebastián. Fui el año que invitaron a Sophia Loren, porque la mujer del director era íntima amiga mía y clienta. "Te tienes que hacer como 20 trajes de noche", me decía.
El índice onomástico de su biografía es un mareo. Vincula su vida a grandes nombres.
Porque son imágenes. Es como si alguien habla de Rappel, ¿de qué va a hablar? De mis túnicas, de mis joyas, de mis coches... He tenido los coches más espectaculares de Madrid. Tuve una limousine... Cuando estaba en Tómbola, la tele me pagaba un garaje para la limousine. Y cuando acabábamos el programa, nos íbamos todos a tomar unas copas: Lydia Lozano, Karmele...
Echo de menos al Rey Emérito en ese índice onomástico.
No he querido hablar del Rey Emérito. Tengo una foto con él preciosa presidiendo mi despacho... A mí la imagen del Rey me da mucho respeto. Le tengo cariño y he sido muy amigo de su madre, la condesa de Barcelona, a la que le llegué a hacer las batas de casa. He estado en su casa en Puerta de Hierro, estuve en Estoril...
Se está escaqueando, lo veo venir, que cuenta muy bien historias.
El Rey, el Rey... Nos hemos visto en sitios, pero siempre de manera muy correcta. Si yo he tenido una consulta con Su Majestad no la voy a hacer pública, porque no voy a revelar ni por quién preguntaba ni por quién tenía interés él...
De Franco sí que habla.
Le tiré las cartas y le leí la mano. "¿Se puede preguntar por alguien?", me dijo, "porque yo ya soy muy mayor, me queda poco, y no me importa mucho mi futuro. Pero quiero que esté bien mi familia. Tengo mucho interés por mis dos nietos mayores: Maricarmen y Fran". Estábamos en un despacho al que se accedía tras unas paredes tapizadas. Estaba llena de libros, de novelas, hasta arriba. Me preguntó por su nieto porque decía que tenía un problema muy grande. Le eché las cartas y vi que estaba muy malito. Me dijo que tenía un problema de corazón muy grave y que su padre, cardiólogo, lo estaba tratando. Y me dijo: "Lo peor que me podría pasar en la vida es que yo viese la muerte de ese niño". Así que puse las cartas y le dije que, por ahora, no se iba a morir. "¿Se va a hacer mayor y se va a casar?", preguntó. "Pues claro que se va a casar. Y va a ser padre". En ese momento, a Franco se le llenaron los ojos de lágrimas: "¿Va a ser padre?". Después quiso saber sobre Maricarmen: "Es una lagartija, muy inquieta. ¿Va a tener una vida estable?". Le dije que sí, que iba a hacer una boda preciosa, que iba a ser madre... Y, fíjate, me dice: "Esta niña seguro que se casa más de una vez". Le contesté que tendría dos o tres parejas, pero estables. Me dijo que lo había hecho el hombre más feliz. Cuando estábamos hablando del niño, se fue a la ventana, corrió el visillo, e iba el niño en un tacatá. "No puede correr", decía. Fue muy entrañable aquella entrevista. "¿Cuánto le debo?", me preguntó al final. Evidentemente, nada. Pero le solté que el día en que yo escribiese mis memorias contaría este capítulo. Y aquí está. Conmigo fue un señor. Y su mujer, doña Carmen, que dicen que no pagaba, a mí siempre me pagaba.
¿Qué relación mantenía con la dictadura?
No tenía ninguna. Simplemente tenía una tienda de telas única en Madrid y toda la sociedad que quería tejidos de calidad compraba allí, incluida la esposa del Caudillo y gran parte de las esposas del Gobierno... Pura relación comercial, nada de política. Fui muy amigo de la hermana de Franco, pero amiga de juergas sin más, sin entrar en política.

LA PREGUNTA IMPERTINENTE

R. Fue una clienta. Estábamos los dos en el despacho y me propuso que por qué no me acostaba con ella. Que con el cuerpo que ella tenía que cómo no la querían los hombres. Que era merecedora de que un tipo importante se acostase con ella. Se empezó a desnudar y le dije: "Por favor, gracias por lo de importante pero no me voy a acostar contigo, no me voy a cepillar a ninguna clienta". Se molestó y le dije: "Es que estás confundida. Yo puedo echarte las cartas, podemos tomar un cafecito, pero echar un polvo... Esto no es un puticlub".