Es sábado por la noche y la cita tiene lugar en Boondoggle's, un bar de carretera frecuentado por astronautas de la NASA y lugareños, donde disfrutar de unas pizzas y cervezas al más puro estilo de Texas. A ese primer reencuentro en meses con mi compañero Pablo Álvarez Fernández se nos unen varios colegas de promoción. Sophie Adenot, francesa, es la primera astronauta de carrera que volará a la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés) en 2026, seguida del belga Raphaël Liégeois.
También está presente el suizo Marco Sieber, compañero de piso, de andanzas y de entrenamiento de Pablo. Ambos están a la espera, junto con la británica Rosemary Coogan (que permanece en Colonia), de que el director general de la Agencia Espacial Europea (ESA), Josef Aschbacher (El DG), les asigne una misión.
No saben cuándo ocurrirá, pero tendrá lugar antes de 2030, fecha prevista para la jubilación de la mayor obra de ingeniería espacial jamás construida. Ese mismo día acaba de aterrizar en Houston para recibir entrenamiento el polaco Sawosz Uznaski, astronauta en la reserva y miembro de la tripulación de la Axiom Mission 4 (Ax4), que participará en una misión de corta duración en 2025. Casualmente, empieza a sonar de fondo Rocketman, de Elton John.
"¿Y si nos cogen a los dos?", me preguntaba Pablo medio en broma hace justo dos años. "Eso es casi imposible. Tendremos suerte si finalmente un español lo consigue", respondía yo.
España solo había contado con un astronauta en la ESA, Pedro Duque. Treinta años después de su selección en 1992, Pablo Álvarez Fernández y Sara García Alonso fantaseaban con recoger el testigo, ambos convencidos de que sería otro el que lo lograría. Recordábamos esa conversación en París, dos días antes de que la ESA hiciera el gran anuncio de los nuevos astronautas europeos en el Grand Palais Éphémère, ante los ministros de Ciencia de los 22 estados miembros. Diecisiete afortunados conseguimos superar los casi 18 meses de pruebas del intenso proceso de selección: la promoción de 2022.
La ESA nombró a cinco astronautas de carrera, que empezarían su entrenamiento básico de forma inminente, para llevar a cabo las cinco misiones tripuladas de larga duración a la Estación Espacial que la agencia tenía garantizadas. Además, nos nombró a 12 reservistas, que mantendríamos nuestros puestos de trabajo, a la espera de una oportunidad para participar en una misión espacial de corta duración, que tendría lugar de forma complementaria a las de los astronautas de carrera.
El 23 de noviembre de 2022, a estos dos leoneses, que no acababan de creerse que hubieran llegado hasta allí, nos colgaron la capa de superhéroes que cambiaría nuestras vidas. Nuestros caminos empezaron unidos, como compañeros de aventuras. Perder el anonimato, conceder infinidad de entrevistas o impartir conferencias delante de cientos de personas resultó relativamente fácil precisamente porque íbamos de la mano. Nuestra complicidad jugaba a nuestro favor. Pocos meses después, nuestros caminos se separaron. Pablo, como candidato a astronauta de carrera y ya trabajador oficial de la ESA, se trasladó al Centro Europeo de Astronautas en Colonia (Alemania) para empezar su formación básica.
Tras cursar todo tipo de asignaturas científicas y técnicas, recibir entrenamiento de supervivencia en frío y agua, sentir todo el peso de la gravedad dando vueltas en la centrifugadora y el efecto de su ausencia dando volteretas en los vuelos parabólicos, nuestro flamante candidato desplegó sus alas, graduándose como astronauta en abril de 2024. Le dejaron poco tiempo de celebración, dado que en mayo cruzó el charco para continuar con el entrenamiento y profundizar en las caminatas espaciales o EVAs [extravehicular activities] en otro emplazamiento de ensueño, el Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston (EEUU). Aquí, en mitad del ardiente agosto tejano, nos encontramos de nuevo.
Son los Astronaut Days [días del astronauta] en el Centro Espacial, por lo que miles de turistas recorren el emblemático museo para hacerse fotos, pedir autógrafos e incluso desayunar con algunos astronautas que se prodigan con sus monos azules. Pablo y yo paseamos entre la multitud como dos visitantes más, contando anécdotas dentro del módulo de entrenamiento del Skylab, entusiasmándonos con el módulo de mando del Apolo 17 y del Mercury 9, haciéndonos fotos delante de las réplicas del Rover (vehículo robótico). Como si nada hubiera cambiado desde aquel primer encuentro en el que rompimos el hielo durante el proceso de selección. Pero algo ha cambiado.
"¿Vamos a ver la ISS?", me pregunta. Le paso el brazo por el hombro y le respondo: "Espero que dentro de muy poco me digas eso en serio". A la risa le sigue un silencio de incredulidad ante la verosimilitud de la frase.
Visitamos la réplica de un transbordador espacial a lomos del Boeing 747 original modificado para su transporte y el ingeniero aeronáutico que conocí en 2021 sale a la luz. Me habla de los sistemas de soporte del avión y las placas seriadas del escudo de protección térmica. El tren turístico nos acerca al Rocket Park, para asombrarnos con el descomunal Saturno V, el cohete más alto, pesado y potente jamás volado. A medida que avanzamos por las etapas del lanzador, comentamos cómo el cohete se desacopló por fases para conseguir llevar con éxito la nave Apolo y el módulo de aterrizaje a la Luna. Da vértigo pensar que en alguna fase de nuestras carreras estaremos en la última etapa de uno similar que nos lleve con éxito al espacio.
De momento, nos montamos de nuevo en el trenecito para llegar al Edificio 9, que alberga maquetas a escala 1:1 de la mayoría de los módulos presurizados de la ISS y de naves espaciales. Aquí, es el astronauta el que toma el control dado que, aunque ahora va de incógnito viendo las instalaciones desde la barrera, Pablo se lanza al ruedo a diario. Es en ese recinto donde realiza numerosos entrenamientos y se familiariza con los sistemas de la estación. De vuelta en el museo, me resulta fascinante verle de pie, apoyado junto a una vitrina que expone en su interior un traje espacial sabiendo que, hace pocos días, él ha estado dentro de uno.
"Es muy difícil meterse en un traje espacial. Es como nacer, pero al revés". Me cuenta sus sensaciones mientras me muestra el vídeo del acontecimiento. Pocos objetos son tan icónicos como un traje espacial y, para aquellos que han crecido con imágenes de los astronautas del programa Apolo en la Luna grabándose en su retina, meterse en esta mini nave espacial con forma humana es un sueño. Un fino caparazón blanco capaz de proteger los frágiles y perecederos cuerpos humanos del ambiente más hostil imaginable, donde la radiación, las temperaturas extremas y la ausencia de aire y presión atmosférica nos destruirían en minutos. En el vídeo, se escucha al astronauta de la ESA de la promoción de 2009, Luca Parmitano, gritar "And you're born!" ["¡Y has nacido!"], cuando la cabeza de Pablo asoma por el tronco articulado. Y es que Pablo ha nacido para esto. Pocos días después será el astronauta novato el que ayude al veterano a introducirse en el traje espacial, para un entrenamiento en piscina.
Aunque se siguen usando los mismos 18 trajes que se fabricaron en los años 80, estrenar uno de los uniformes oficiales de la NASA es la primera de un sinfín de primeras experiencias que nuestro astronauta está viviendo. "Son tantas cosas que no sabría decir cuál es la que más me ha gustado". Recuerda la primera vez que sintió lo que será el empuje de un cohete a su espalda durante un lanzamiento, con cuenta atrás incluida, simulado en una centrifugadora que sometió su cuerpo a seis veces la fuerza de la gravedad. O la primera vez que sintió lo que es flotar y se preguntó "¿Quién ha apagado las leyes de la física?", en los 22 segundos de ingravidez dentro del avión A310 ZeroG durante las maniobras parabólicas. O la primera vez que manejó el brazo robótico Canadarm con el que tendrá que operar en tareas de ensamblaje y mantenimiento de la ISS, simulado con realidad virtual.
Pablo está recibiendo una instrucción completa y compleja. Tiene la agenda organizada durante los próximos meses y un horario de clases prácticas por bloques que empieza a las 8:00 y acaba a las 17:00, tras lo cual se va a entrenar al gimnasio. Las siete horas de diferencia con España dificultan la comunicación con sus seres queridos y la concentración de actividades dificulta la conciliación.
Las agencias meteorológicas clasifican el clima estival de Houston de bochornoso, opresivo e insoportable (según la humedad); no es infrecuente que un huracán azote Texas dejando a la población sin suministro eléctrico durante días (y, por tanto, sin aire acondicionado); y el coche no es opcional, ya que cualquier conato de paseo es inviable (ni siquiera hay aceras o pasos de peatones).
Sin embargo, un rasgo característico de los astronautas es la adaptabilidad. Incluso al implacable calor y la particular idiosincrasia tejana se le puede sacar el lado amable. Nos vamos de compras a Cavender's, en busca de un sombrero vaquero, y a una tienda de deportes, en busca de unas zapatillas de correr. Una prueba gráfica de Pablo vestido al estilo sureño asistiendo a una fiesta de temática espacial (en la que todo el mundo iba disfrazado de astronauta) demuestra que se ha adaptado perfectamente a la vida en Houston.
El lunes, entre la clase de preparación para emergencias por fugas de amonio y la de emergencias por despresurización, me recoge para una visita privada al Laboratorio de Flotabilidad Neutra (NBL, por sus siglas en inglés), la gran piscina donde los astronautas entrenan para las caminatas espaciales. A pesar de estar dentro del recinto de la NASA, nos desplazamos en coche por los 10 kilómetros que la separan del Edificio 9.
Conduciendo por el Space Center Boulevard, me fijo en un edificio sin ventanas. Es el Centro de Control de Misión, o Houston, donde llamarías en caso de tener un problema o si eres el Major Tom en plena odisea espacial. Son algunos de los 100 edificios construidos que forman parte del complejo del Centro Espacial Johnson. Paseando libremente por las 660 hectáreas de extensión se observan multitud de ciervos en libertad y no es difícil avistar ardillas, aves de todo tipo, serpientes y a Meco (por Main engine cut-off), el caimán residente de la NASA.
Llegamos al aparcamiento del NBL, donde los astronautas que se van a poner el traje y el empleado del mes tienen un sitio reservado más cerca de la puerta. Al ver la piscina con la ISS sumergida me quedo sin aliento. Impresiona tanto visualizar los módulos a tamaño real rodeados de agua que imaginarlos suspendidos en el vacío inmenso del espacio exterior resulta sobrecogedor.
Exactamente tres días antes, Pablo ha hecho su primera inmersión en la piscina con el traje de astronauta. Bajo la atenta mirada de 45 personas, entre buzos, ingenieros, técnicos, socorristas, monitores y otros colegas astronautas, Pablo ha sido el primer astronauta de la promoción de la ESA de 2022 en hacer un simulacro de EVA y todos los espectadores coinciden en que se ha lucido.
Las clases de buceo recibidas durante su año de formación básica en la piscina de Colonia le han preparado para dejar el listón muy alto entre los americanos. Tres días después sigue recibiendo felicitaciones y sigue descubriendo partes de su cuerpo doloridas por el esfuerzo y la entrega puesta en esas cinco horas bajo el agua. Es la primera de las nueve inmersiones que realizará durante esta estancia en Houston. Las últimas serán evaluadas y pueden marcar la diferencia entre hacer un paseo espacial o no. Pero no me cabe la menor duda de que nuestro astronauta cumplirá ese sueño.
Mientras me explica los pormenores y protocolos del entrenamiento, Pablo no pierde la sonrisa que le caracteriza, pero se le ve más serio, consciente de su responsabilidad y su papel. Consciente de que se está preparando para asuntos críticos que entrañan riesgos. Como recordatorio de los peligros y homenaje eterno, tanto el Edificio 9 como el NBL tienen en sus paredes parches de los transbordadores Challenger y Columbia (la misión STS-107) y del Apolo 1. El primero se destruyó en 1986, segundos después del despegue, por un fallo en un O-ring en el cohete y el segundo se desintegró en la reentrada a la atmósfera, debido a daños en el ala. En ambos casos, los siete astronautas a bordo fallecieron. La primera de las misiones Apolo no llegó a salir de la Tierra, ya que, en enero de 1967, un incendio en la cápsula durante una prueba mató a los astronautas Gus Grissom, Ed White y Roger B. Chaffee.
En julio de 2013, durante un EVA, el propio Luca Parmitano sufrió una fuga de agua en su casco que casi lo asfixia, obligando a un regreso urgente a la Estación Espacial. El astronauta europeo de la clase de 2009 es muy reconocido y respetado en Houston. Se está convirtiendo en un gran apoyo para Pablo y el resto de los astronautas de la nueva generación.
Sin embargo, el mejor lugar donde apreciar la evolución de las distintas generaciones de astronautas es en Frenchie's Italian Cuisine, un pequeño restaurante situado cerca del Centro Espacial Johnson cuyas paredes, casi 50 años después de su apertura, se han quedado sin espacio para colgar más fotos dedicadas y regalos de astronautas. Por allí han pasado desde astronautas de las misiones Apolo hasta las más recientes promociones de la NASA. Con dos de estos astronautas veteranos alternamos por la tarde. Son auténticos cowboys del espacio. Los que tenían the right stuff [lo que hay que tener] en una época en la que el camino para convertirse en astronauta casi siempre pasaba por ser piloto de pruebas.
Comparten consejos y confidencias con nosotros. Nos cuentan cómo practicaban con los T-38, los aviones que dan la bienvenida a los visitantes en la entrada del Centro Espacial. Dominar estos cohetes blancos suponía interiorizar valiosas lecciones, como la toma de decisiones rápidas, la comunicación y la preparación para situaciones difíciles. Sin embargo, a medida que se va dando el relevo generacional, el concepto de lo que hay que tener también se ha ido remplazando. La parte física ha perdido importancia en favor de la psicológica. La parte más épica queda para el recuerdo, asociada a nombres como Yuri Gagarin o John Glenn, dejando paso a un enfoque multidisciplinar que busca desarrollar proyectos complejos y científicos durante las misiones espaciales.
Apuramos las consumiciones y las anécdotas y cada uno emprende su rumbo. Pablo y yo nos abrazamos en el aparcamiento del bar sin certezas de cuándo y dónde nos volveremos a ver. Nuestros caminos se separan de nuevo, pero discurren en paralelo, conectados por un lazo que siempre nos mantendrá unidos. Pablo estará en Houston hasta diciembre y después volverá a Europa para seguir formándose. Aprenderá a pilotar aviones y aportará su visión de ingeniero en diversos proyectos. En algún momento le asignarán una misión de larga duración y se centrará en el entrenamiento específico para la misma. Pasará seis meses en la Estación Espacial donde, con bastante seguridad, realizará una caminata espacial. En los más de 25 años que le quedan de servicio activo en la ESA, probablemente tendrá más misiones espaciales, puede que alguna a la Luna.
Por mi parte, seguiré aprendiendo y actuando como embajadora de la ciencia y del espacio. Es posible que en algún momento me asignen una misión de corta duración promovida por España y deje temporalmente mi trabajo de investigadora para centrarme en el entrenamiento específico para la misma. Pasaré dos semanas en la Estación Espacial donde, con bastante seguridad, realizaré experimentos científicos. En todos los años que forme parte de la reserva de astronautas de la ESA, puede que surjan más misiones espaciales, cuando nuevas estaciones sustituyan a la ISS. En el espacio no hay certezas.
Pero en lo que respecta a los astronautas españoles, los vínculos no albergan duda. Nos une el cariño y la tierra. Nos une el deseo de representar a nuestro país y a Europa en el espacio. Nos une el compromiso por proteger nuestra canica azul. Nos une el seguir siempre hacia delante, "con los pies en la tierra y la mirada en el cielo".
*Sara García Alonso es astronauta reservista de la ESA y biotecnóloga en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO).








