- Dentro del inquietante mundo de la falsa maternidad Tiene la cara de un bebé, duerme como un bebé, respira como un bebé... pero no es un bebé
Una plaza abarrotadísima de gente bajo la premisa de una quedada therian. La muchedumbre forma un círculo y, en el centro, con suerte se distingue algo. ¿Es una persona? ¿Un niño? Supuestamente (muy supuestamente), aquello debía de ser una quedada multitudinaria. En redes dicen que hay miles. Y que están en todas partes. Aparecen en Instagram, en TikTok, en programas de televisión y, valga la redundancia, en periódicos generalistas.
"Me identifico con más de un animal: un tigre de Bengala, un dragón de mar foliado y un perro rough collie", cuenta en estas mismas páginas Roger, de 19 años, desde la otra punta del océano, en California. En redes se presenta como Confetti Stripes y se define como polytherian. Es decir, se identifica con más de un animal. "Como ocurre con otras identidades, descubrirte por completo es un proceso de toda la vida, y tus identidades pueden cambiar con el tiempo; eso es normal y está bien", añade.
Habla desde tan lejos porque, en realidad, no hay tantos therians y menos aun dispuestos a exponerse tras el despliegue mediático y la persecución más que intimidatoria que se ha cebado con ellos en los países de habla hispana. El fenómeno, en términos demográficos, es casi inexistente: no hay cifras oficiales, pero algunas estimaciones lo sitúan por debajo del 0,05% de la población.
"Se sabe de su existencia desde los años 90 en contextos virtuales, pero ahora se han hecho visibles a través de TikTok, convirtiéndose en una noticia viral", detalla María José Garrido Mayo, doctora en Antropología Social y Cultural. La etiqueta es nueva para muchos, pero la idea de fondo no lo es tanto.
La identificación simbólica con animales ha sido muy estudiada por la Antropología desde hace décadas. En distintas culturas y momentos históricos han existido creencias chamánicas y formas de chamanismo animal, donde los humanos se relacionan con lo animal como fuente de identidad, poder o pertenencia. La diferencia, apunta Garrido Mayo, es el contexto actual: una subcultura que los algoritmos y el clima de pánico moral han convertido en tendencia.
"Nunca había visto el panorama tan mal como ahora. Fuera de España, mucha gente está preocupada y asustada por que ese odio se extienda a otros países o, peor, que se difundan noticias falsas sobre nosotros", subraya Roger. Hay chavaladas convocando "cacerías" contra therians. Según cifras de la Guardia Urbana, en Barcelona se congregaron alrededor de 3.000 personas en una concentración que derivó en altercados e, incluso, en detenciones.
Precisamente allí, en el Arc de Triomf, es donde solía reunirse Kayden con sus amigos. "Hasta que todo esto estalló, el arco era conocido como El triángulo de los frikis, iba gente de estilos distintos: otakus, alternativos, emos...", cuenta. Ahora, por miedo, ha dejado de ir. "Cuando vi lo que estaba pasando, me puse a llorar", confiesa.
"Me identifico con más de un animal. Con más frecuencia, como un tigre de Bengala, un dragón de mar foliado y un rough collie"
Kayden, de 20 años, también se identifica como therian o, mejor dicho, más que una identificación literal, describe una conexión espiritual muy fuerte con las hienas. ¿Se siente literalmente un animal? No. ¿Es su criatura favorita? Tampoco del todo. ¿Entonces?
"Muchos therians cuentan que a través de los sueños ven que son un animal y, a partir de ahí, reconocen con qué especie conectan. En mi caso fue distinto. A veces tenía sueños raros con animales, pero no les daba importancia", explica. "Si iba al zoo con mi familia o con amigos podía ver animales y decir: 'Qué bonitos, me gustan'. Pero con las hienas era diferente. Las veía y pensaba: 'Hostia puta'. Las sentía de otra manera", detalla.
Roger, en cambio, lo descubrió cuando una fan de su trabajo -es dibujante- le habló de la comunidad hace alrededor de un año y medio. Al empaparse de información, empezó a ordenar gestos, intuiciones y manías. "Siempre echo las orejas hacia atrás cuando estoy molesto o cuando hay demasiado ruido; me di cuenta de que conecto sobre todo con los gatos domésticos y los grandes felinos, y simplemente entendí que... esto es quien soy", relata.
Al margen de los gestos gatunos, que dice que le acompañan desde siempre, Roger busca formas pequeñas de acercarse a esa conexión. Rituales domésticos. Cotidianos. Come, por ejemplo, alimentos que le recuerdan a sus theriotipos. No habla de comida cruda, ni mucho menos, sino de opciones seguras para una persona, como el sushi. "A veces como en un cuenco que he decorado con huellas y huesos", expresa. También lo traslada a la ropa: le gustan los tonos tierra, verdes hoja, marrones rama.
Cuando se siente lo bastante seguro, se coloca una cola de clip. También lo hace Kayden. Ahora, después de la viralización de esta práctica, le da miedo. Hace poco le gritaron por la calle. "Me llamaron 'puto animal'. Y yo pensaba: ¿pero qué he hecho yo? ¿Qué les molesta exactamente?", narra.
No todos los therians describen una conexión tan intensa como la de Roger. En su caso, él mismo lo vincula a la neurodivergencia. "Cuando a alguien le cuesta entablar relaciones sociales o sentirse comprendido, es bastante habitual que busque espacios donde se sienta seguro, donde pueda ser sin estar justificándose todo el tiempo", explica Ana Climent, psicóloga clínica y orientadora de instituto. "No es tanto querer ser otra cosa, como encontrar un lenguaje y una comunidad para encajar".
"Ojalá se entendiera que esto es básicamente un hobby que no hace daño a nadie, algo creativo, sano. Somos gente pasándolo bien"
Roger lo formula en primera persona. "Creo totalmente que está relacionado. Algo bastante común entre personas autistas es sentirse vinculadas a algo no humano, especialmente porque a muchas se las deja al margen", cuenta. "Conozco a personas autistas que conectan con animales, como yo; con robots, con personajes de series y, a veces, incluso con objetos. Para algunas personas, y desde luego para mí, eso nos ayuda a ser menos duros con nosotros mismos. A veces me digo: 'No pasa nada si necesito ayuda con algo; me siento como un animal en un mundo humano'".
Que Roger sea neurodivergente y therian no significa que toda la comunidad lo sea. Más allá de las circunstancias personales, hay una idea que se repite: dentro del grupo tienen muy claro dónde acaba el símbolo y dónde empieza la realidad. Kayden insiste: saben que no son animales, que llevan una máscara. Lo viven como una forma de expresión y de conexión, un código compartido, un juego que se parece más al cosplay [la afición por los disfraces de personajes de animación] que a una fantasía literal.
De ahí también el cruce frecuente con otra comunidad, la furry: fans de los animales antropomórficos, personajes con rasgos humanos que hablan, se visten y caminan sobre dos patas, muy comunes en películas, cómics o videojuegos. Más que una conexión íntima, como la que describen los therians, es un fandom y una subcultura creativa sostenida por el dibujo, los disfraces y la estética.
"Hay muchos jóvenes con dificultades de comunicación social y falta de estrategias para relacionarse entre iguales"
Angel, amiga de Kayden, tiene 17 años y forma parte de la subcultura furry. Llegó a este mundo por TikTok y por el aburrimiento pandémico. "Fue encontrar la comunidad en redes, informarme un poco y, básicamente, pedirles a mis padres las máscaras", cuenta. Empezó a dibujar más "en el contexto furry", no solo animales, y aquel interés se instaló.
Su primer contacto con un therian también llegó en esos meses, aunque entonces no conocía el término. "Pensaba que era gente de la comunidad furry, solo que llevaban otro tipo de máscaras", recuerda. Lo que le aparecía en el algoritmo era, sobre todo, quadrobics (cuadrupedismo), un deporte en el que se aprende a correr usando brazos y piernas.
"A mí me salían vídeos de saltos. Era muy chulo: eran súper ágiles y realmente parecía un animal. Molaba mucho", detalla. Conviene subrayar el matiz: ni ser furry ni ser therian implica practicar quadrobics. "También lo practica mucha gente que no es de la comunidad porque es un entrenamiento muy duro y, desde luego, te hace más fuerte", matiza Roger.
Con el tiempo, la curiosidad de Angel se convirtió en conversación. "Empecé a hablar con gente como si fueran amigos y me parecían personas muy majas". Y si acabó formando parte del espacio, añade, no fue por las máscaras ni por los vídeos virales. "Fue la gente, porque empecé a conocer a amigos". Para ella, aquel entorno era algo más que una estética: "Era un espacio muy bueno, muy seguro. Había mucho artista. Y la gente ahí nos entendíamos entre nosotros".
Los furries y los therians son, en gran parte, adolescentes. Están en una edad en la que buscan identidad y, a la vez, un grupo al que pertenecer. En muchos casos, apunta la antropóloga Garrido Mayo, puede ser una fase. Y subraya un matiz clave: "Ni siquiera se sienten no humanos". Para algunos, ese entorno ofrece validación en un momento de mucha inseguridad.
"Se ha creado un espejismo en los medios, difundiendo quedadas falsas, inventadas por grupos de extrema derecha para burlarse, acosarlos e incluso cazarlos"
¿Es una patología? Ana Climent, que trabaja día a día con niños, pide prudencia: "No hay estudios ni evidencia científica que permitan afirmar que ser therian responda a una enfermedad mental". Lo que sí se observa en algunos casos es un patrón: "dificultades de comunicación social y falta de estrategias para relacionarse entre iguales". "A veces se acaba conectando más con los animales que con las propias personas", señala. "No porque haya una confusión con la realidad, sino porque no se tienen entrenadas esas herramientas y se buscan otras formas de relación".
Lo cierto e innegable es que se trata de un grupo pacífico, en muchos casos formado por menores de edad que no hacen daño a nadie. Por si se lo preguntaba: tampoco sienten atracción sexual por los animales. A las expertas, les preocupa más la propagación del odio que se ha producido en los últimos días que el hecho de que las personas puedan sentir una conexión con un animal.
"Se ha creado un espejismo en los medios, difundiendo quedadas presenciales falsas, inventadas por grupos fascistas de extrema derecha para burlarse, acosarlos e incluso cazarlos", desarrolla la antropóloga. Desde la izquierda se apunta a la burbuja therian de los últimos semanas como una estrategia para desviar el foco del caso Epstein en EEUU, la última reforma laboral de Milei en Argentina o para reavivar la supuesta amenaza de la llamada ideología woke en todo el mundo. Según Garrido Mayo, no es algo nuevo: históricamente se ha utilizado el odio contra grupos minoritarios para confundir, desacreditar y convertirlos en chivos expiatorios. Para esta experta, al tratarse de un colectivo vulnerable y con escasa capacidad de defensa pública, resulta fácil culparlo de destruir los valores tradicionales, igual que ha ocurrido antes con inmigrantes, personas pobres o pensionistas.
Los therians y furries están aterradísimos con lo que está sucediendo. "Tengo ansiedad porque hay amigos míos que están en peligro. Ojalá se entendiera que esto es básicamente un hobby que no hace daño a nadie, algo creativo, sano. Somos gente pasándolo bien", dice Angel. Pide algo bastante elemental: que nadie acose a menores de edad, como lo es ella, por llevar una máscara o una cola.
En un momento en el que la palabra libertad se pronuncia tanto y para tantas cosas, ellos reclaman una versión bastante modesta: poder reunirse, disfrazarse, sin tener una muchedumbre que los linche y los culpe de todos los males habidos y por haber. "Solo queremos existir tal y como somos", remacha Roger.




