Todos describen así su día a día: «Es el trabajo más bonito del mundo». ¿Qué lo hace especial? «Ayudamos a encontrar el único tratamiento que va a curar a una persona». En nuestro país hay 741 buscadores de tesoros o, dicho de una forma técnica, coordinadores de trasplantes. «Es el mayor regalo que se puede hacer», cuenta Nuria Lavid, enfermera del Hospital Universitario de Valdecilla (Santander), que forma parte de ese ejército que compone la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), el buque insignia de la sanidad pública española. Beatriz Domínguez-Gil, su directora, siempre destaca el valor que supone contar con estos profesionales sanitarios que impulsan las donaciones y que trabajan porque todo salga a tiempo y bien. «Ellos son nuestro bien más preciado, tras los donantes».
En tiempos en los que se pone en duda la vocación de los sanitarios, aquí hay un grupo de personas que han hecho de la coordinación «una forma de vida», espeta Francisco Guerrero, médico intensivista. «Cuando mi hija tenía un año y medio me dieron un busca para estar siempre localizado», recuerda. «Desde entonces, mi familia ha convivido con mi profesión y sus necesidades».
«Es muy bonito, sí, pero es muy arduo», matiza Ana Tur, anestesista. Esta coordinadora del Hospital La Fe de Valencia cuenta que «la gente no se hace cargo de las horas que lleva este proceso», un proceso que no siempre se materializa. Tur recuerda una experiencia particularmente mala, cuando una familia había hecho un gran esfuerzo para que su hijo fuera donante y tenía mucha ilusión en ello. «No se pudo concretar la donación debido a una serie de circunstancias», recuerda. «Fue duro ver a la madre llorando porque se le había quitado ese consuelo. Ella quería que su hijo viviera en otro».
«Estamos ahí para hacerle a la familia la peor pregunta en el peor momento», afirma Guerrero desde el Hospital Universitario Torrecárdenas, donde repasa situaciones especialmente duras y complicadas, como son las que involucran a niños, especialmente bebés. «Recuerdo un caso en el que los padres eran unas personas encantadoras y estuvieron por la labor de la donación», rememora el médico. «Habían sido dos gemelitas, Alejandra y Lola. Las dos cogieron una meningitis en el momento del parto, pero Lola hizo muerte cerebral y falleció». Por eso, este facultativo se pone en la piel como familiar. «Tengo una nieta de cuatro meses y de pensar en que le pasase algo similar se me ponen los pelos de punta», afirma, e incide en la empatía de estos padres: «Ahora están colaborando mucho en la promoción y difusión de la donación».

Hugo, historia de un corazón
Ser coordinador de trasplantes no solo es organizar la logística de los envíos de los órganos, hacer inventario del personal y los recursos y facilitar que todo cuadre en cada momento. No es solo eso. Lavid reivindica su papel, pero desde la satisfacción de contarlo por el impacto. «La gente se queda en que hacemos llamadas y nos acercamos a las familias a pedir los órganos». La enfermera del Valdecilla empieza con lo que podría ser la lista de la compra: «También está la valoración del órgano y la coordinación con la ONT y otros centros para ver quiénes se van a beneficiar. Empezamos con la localización del personal que tendría que intervenir en la extracción, luego está la logística, cómo vamos a llevar los órganos... Implicamos a casi toda la sociedad».
Para ella, como para Tur y Guerrero, todo tiene que estar «medido, ensayado y cronometrado», sin olvidar «la climatología, que nos puede impedir un traslado». Lavid cuenta que no solo se pasa el día pegada al móvil. «Siempre llevo papel y lápiz y si hay una mínima oportunidad de que se dé un trasplante, ya tengo en mi cabeza cómo, quién y dónde», explica. Tener esas respuestas son fruto de que nunca dejar de pensar en el trabajo: «Estoy como un móvil, trabajando en segundo plano por si acaso». Tur destaca que cuando el proceso se pone en marcha, «todo tiene que cuadrar, ir como un reloj suizo y, para ello, es vital que en todo el proceso exista una comunicación permanente».
Esta complejidad la reflejan los cada vez más frecuentes trasplantes cruzados. El año pasado fueron 17; desde que se puso el programa en marcha en 2009, un total de 359. Este tipo de donación de riñón muchas veces comienza con una donación altruista y puede llevar a cadenas largas de trasplantes de hasta cinco beneficiados, incluidos países cercanos como Portugal. Por eso, «la coordinación debe funcionar mejor que una orquesta», asegura Lavid.
Mientras un equipo vuela a otra comunidad autónoma para la extracción, el coordinador en el hospital de destino ya está preparando al receptor. El tiempo es el enemigo principal, especialmente el llamado «tiempo de isquemia»: «Son los minutos vitales desde que el órgano se extrae hasta que se implanta, de los cuales depende que el corazón vuelva a latir o el pulmón a respirar en un nuevo cuerpo», apunta Tur.
Uno de los obstáculos de la coordinación es que los equipos humanos son escasos, aunque han crecido en los últimos tiempos acorde a los esfuerzos de la ONT por cubrir las necesidades «de una población que cada vez lo requiere más y está más envejecida». Tanto Lavid desde Santander como Guerrero desde Almería son el reflejo de ese esfuerzo. «Nosotros ahora somos cinco personas: tres intensivistas y dos enfermeras. Hemos sido muchos menos. Aunque somos un hospital pequeño, hacemos muchos procesos, casi todo tipo de trasplantes, y tenemos un impacto fuera de nuestra comunidad. Siempre hemos sido pocos, pero hoy en día no nos quejamos», contextualiza la enfermera del Valdecilla, cuyo centro sale en las listas de la ONT como el centro con mayor volumen de donantes en asistolia (tras parada cardiorrespiratoria) en 2025.
"Siempre llevo papel y lápiz y si hay una mínima oportunidad de que se dé un trasplante, ya tengo en mi cabeza cómo, quién y dónde"
«Nosotros, hemos pasado de estar Charo (enfermera) y yo a sumar un intensivista y dos enfermeros», se alegra Guerrero, que sostiene que ese aumento de personal ha sido similar en el resto de las provincias andaluzas «en los últimos años». «Cada hospital se ha ido actualizando a las necesidades del número de donantes y procesos», comenta el intensivista.
Este hecho se puede ver a través de las cifras: en 2021 se realizaron 4.781 trasplantes de la mano de 542 coordinadores; en 2025 fueron 6.335 con 741. Es un aumento espectacular de más del 30% en ambos casos, y sin embargo para la ONT se queda «escaso»: el organismo es muy ambicioso y quiere salir de su zona de confort «para seguir ofreciendo una oportunidad a los pacientes», según sostenía la directora de la ONT, Beatriz Domínguez-Gil, en un seminario el pasado mes de noviembre. «Muchos coordinadores lo son a tiempo parcial, porque tienen una actividad asistencial a la que suman la actividad de trasplantes», explica Tur. Ella pone de ejemplo que su hospital, La Fe de Valencia, cuenta con una unidad propia. «Esto nos permite dedicarnos al 100%, y eso, al final, se nota».
La innovación en el campo de los trasplantes que copa titulares en los medios viene de la mano de los xenotrasplantes y de técnicas avanzadas. «Ellos son la verdadera innovación que tenemos y que debemos poner en valor», subrayaba Domínguez-Gil.
Nuestro tres protagonistas recogen el guante. «No podemos esperar que los donantes vengan a nosotros y por eso ahora somos proactivos, salimos a buscarlos», comenta la enfermera de Valdecilla. Hace décadas, la mayoría de los donantes eran jóvenes fallecidos en accidentes de tráfico; hoy, gracias a las mejoras en seguridad vial, el perfil ha cambiado radicalmente: el 60% supera los 60 años y muchos fallecen por causas cerebrovasculares. Esto ha obligado a los coordinadores a explorar nuevas fronteras, «a salir de las UCI y de las plantas habituales», confiesa Lavid. Por ejemplo, comenta Guerrero, «como jefe de servicio, a través de las reuniones de los comités hospitalarios, ya conozco qué casos tienen peor pronóstico y pasan a mi cargo. Así, tanteo candidatos».
Nuestro país ha sido pionero en la donación en asistolia: ya representa el 56% de las donaciones. Además, el uso de tecnologías punteras como las máquinas de preservación ex vivo permiten hoy «tratar órganos de personas mayores o con ciertas patologías que antes se descartaban, mejorando su función antes de ser trasplantados», incide Guerrero. El coordinador es quien evalúa y valida estos órganos, «buscando siempre el tamizaje o receptor adecuado para asegurar que cada acto de generosidad llegue a buen puerto», asegura Lavid.
A veces, las esperas son buenas. Guerrero pone de ejemplo un caso más o menos reciente. «El donante había tenido una parada cardiorrespiratoria y, al principio, los órganos estaban muy mal. Los familiares tardaron en decidirse hasta tres días si donaban o no. Cuando dieron su consentimiento, esos órganos habían mejorado enormemente». El intensivista reconoce que no presionaron a la familia. «Nunca se hace», apunta Tur. Ellos conocen bien cómo hablar con los familiares «en el peor momento». «Tras una entrevista de aproximación, tanteamos. Cuando se plantea la opción, si la respuesta es negativa, se deja estar. Lo más importante es el respeto y no invadir la intimidad», subraya la anestesista.
Guerrero recuerda que ellos siempre están ahí para las dudas. «En una ocasión empecé a hablar con una familia el viernes al mediodía. Por la tarde me llamaron a mi casa y tuve que volver. El sábado, lo mismo. El domingo igual. Finalmente, el lunes dijeron que no».
"Estamos ahí para hacerle a la familia la peor pregunta en el peor momento"
Hoy también se enfrentan al reto de los donantes planificados, no solo los altruistas, sino los que donan cuando piden la prestación de ayuda para morir. «Son casos que te permiten tener todo con tiempo, aunque encaras la donación con otra mentalidad: es una persona que dona vida en un momento en el que pide morir», comenta con emoción la enfermera. El 14% de personas fallecidas por eutanasia son donantes y desde 2021 ha sido el tratamiento curativo para 643.
A pesar de las cifras de éxito, el desafío persiste. Al cierre de 2025, más de 5.000 pacientes, incluidos 77 niños, seguían esperando un órgano. «Nuestro trabajo es llegar cada vez a más personas», expone Lavid. «Hoy día no podemos tener donantes perfectos y hemos de acoplar unos a otros. Somos conscientes de la población envejecida y también de que esa población puede tener buenos órganos, que son la única terapia válida en muchos casos», añade Tur.
Para ello, buscan vida en un amplio abanico de pacientes ya en fase terminal con enfermedades degenerativas, respiratorias u oncológicas (como el programa de donación de tumor cerebral en Murcia). «En muchos casos la patología está avanzada y es irreversible. ¿Por qué no ofertar la donación?», se pregunta la enfermera. «Tenemos que ampliar el círculo y salir de nuestro hospital si hace falta», insiste Lavid. Quizás para ello hay que dejar de ser invisibles. «No podemos dar por hecho la donación: a veces, un órgano es la única forma de salvar una vida».




