El pasado domingo, fuerzas especiales del Ejército mexicano abatían en las sierras de Tapalpa (Jalisco) a Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del cártel Jalisco Nueva Generación y el narcotraficante más buscado del mundo desde la detención de Chapo Guzmán y posterior encarcelación en Estados Unidos. Su muerte desató narcobloqueos y quema de vehículos en seis estados, obligó a suspender clases en Jalisco y Nayarit y convirtió Guadalajara en una ciudad fantasma. El cártel de Jalisco era considerado la tercera organización criminal más peligrosa del planeta, solo por detrás de la mafia rusa y las triadas chinas.
En realidad, el big bang del tráfico de estupefacientes en América Latina se había producido hace 45 años, en Bolivia, en una cena de cumpleaños en un hotel de Santa Cruz de la Sierra, cuando un criminal de guerra nazi le susurró al oído a un ganadero local que se estaba planeando un golpe de Estado. De aquella alianza nació el primer narco-Estado de la historia moderna. Y de aquel narco-Estado, todo lo demás.
Anochece en Los Tajibos, el hotel más exclusivo de Santa Cruz, con su piscina ovalada y sus bungalós blancos entre palmeras. Roberto Suárez acaba de cumplir 48 años. Sus invitados conversan sobre lo de siempre: la inestabilidad del país, el miedo al comunismo, el hundimiento económico. Un señor alemán comparte mesa y tragos con ellos. Klaus Altmann es un tipo sereno y educado al que todos respetan en los círculos militares y empresariales bolivianos. Al concluir la cena, reclama al anfitrión que salga un momento al jardín.
Regresan pocos minutos después. Suárez se excusa con una sonrisa. "Disculpen mi ausencia. Estaba tratando asuntos de Estado". Lo que el alemán le había susurrado en la penumbra ajardinada era la invitación del coronel Luis Arce Gómez y del general Luis García Meza para planear juntos un golpe de Estado en Bolivia. Necesitan cinco millones de dólares. Suárez acepta. Él también tenía sus planes, y para cumplirlos necesitaba contar con los militares al mando firme de la nación. Klaus Altmann Hansen era en realidad Klaus Barbie, el siniestro comandante de la Gestapo en Lyon durante la ocupación nazi, torturador, asesino de niños y uno de los criminales de guerra más buscados del siglo XX. Vivía desde hacía casi tres décadas en Bolivia con identidad falsa.
El 12 de febrero de 1980, el coronel Arce Gómez firmó un documento oficial que nombraba a Barbie teniente coronel ad honorem del Ejército boliviano. Con ello, se comprometía a prestar "servicios de orden incondicional" en materia de inteligencia y a "participar directamente en planeamientos y operaciones". Como garantía de reserva, ponía "su vida". Semanas después, y con la colaboración del mismísimo Pablo Escobar, se ejecutaría el llamado Golpe de la Cocaína, que convertiría Bolivia en el primer narco-Estado de la historia moderna.
A Pablo Escobar, Roberto Suárez lo apodaba "el pelícano" por el tamaño de su papada. Escobar, casi 20 años más joven y sin apellido ni tierra, lo llamaba a él "don Roberto" con la deferencia de un alumno ante su maestro. Se conocieron en la fiesta de cumpleaños de Suárez en Santa Cruz, en enero de 1981. Cuando los jaguares de la finca aparecieron encadenados a un árbol para no asustar a los invitados, Escobar, que apenas llevaba un rato y no hablaba con nadie, no pudo contenerse: "Ave María Purísima, don Roberto, no me voy sin que me regale dos de esos gaticos".
La esposa de Suárez no se fio de aquellos dos colombianos de mirada escurridiza que su marido le presentó como socios del "negocio agropecuario". Tenía razón. La alianza entre el primer gran rey de la cocaína boliviana y el fundador del cartel de Medellín cambiaría el mundo. Pero para entender cómo fue posible hay que retroceder un poco más, hasta la noche en que Klaus Barbie le regaló un pastor alemán a Roberto Suárez en el jardín del hotel Los Tajibos y los dos se alejaron juntos hacia la oscuridad para hablar de un golpe de Estado.
Esta es la historia que reconstruye El narco y el nazi(Pepitas de calabaza, 2026), un libro de investigación firmado por los periodistas Christian Bergmann y David López Canales, que han dedicado tres años a rastrear a los protagonistas, testigos y supervivientes de unos hechos que sucedieron en su mayoría entre 1979 y 1983, pero cuyas raíces se hunden en los crímenes de la Segunda Guerra Mundial y cuyos frutos envenenan todavía el presente. El volumen, cuenta López Canales, es el resultado de cerca de un centenar de entrevistas en Bolivia, Estados Unidos y Europa, del rastreo de archivos hasta ahora desconocidos y de una bibliografía que incluye el trabajo del historiador alemán Peter Hammerschmidt sobre Barbie y las memorias inéditas del propio Roberto Suárez.
"Esta es la primera de todas las historias de grandes narcotraficantes que se han conocido y contado. La historia del primer gran narco: Roberto Suárez. Pero también la del más desconocido. La del hombre que lideró el negocio de la cocaína en la época en la que esta conquistaba el mundo y Escobar fundaba el cártel de Medellín. Esta historia es la génesis de todo lo que llegó después", cuentan los autores en el prólogo del libro.
López Canales es autor también de ¿Una rayita? (Anagrama, 2025), un ensayo sobre el consumo desorbitado de cocaína en España. Bergmann es un periodista alemán con amplio conocimiento del mundo de la inteligencia y del período nazi. Juntos han urdido un relato que cruza géneros como la crónica histórica, el perfil periodístico y la investigación para narrar lo que ellos mismos describen como "el momento concreto de la historia en el que pasado, presente y futuro coincidieron". Y todo, "sucedió en apenas tres años, una condensación temporal que hace los acontecimientos aún más impactantes".
"Para Klaus Barbie la violencia no era solo un medio. En ella halló también un fin: el placer"
La historia, según la reconstruyen López Canales y Bergmann a partir de testimonios de la propia familia, puede resumirse así: Bolivia llevaba décadas perdiendo sus recursos. El estaño se agotaba. La economía se desmoronaba. Fue entonces cuando Roberto Suárez vio el potencial de la coca. Pero no como los colombianos, que compraban la pasta base "a precio de gallina muerta, 400 dólares el kilo". Suárez lo veía de otro modo, con la lógica del terrateniente que siempre había sido: monopolizar la producción, subir los precios, convertir la cocaína en un producto exclusivo para ricos del Norte. "Si quieren meterse mierda, que la paguen".
El plan de Suárez necesitaba dos cosas: músculo para doblegar a los colombianos y un Gobierno a su medida. Klaus Barbie le proporcionaría ambas.
Para entender cómo un criminal nazi pudo convertirse en la bisagra entre el narcotráfico, el ejército boliviano y los paramilitares neonazis europeos hay que remontarse a 1951, cuando Klaus Barbie desembarca en Latinoamérica a través de las llamadas ratlines: la red clandestina operada por el servicio de inteligencia militar estadounidense (el CIC) con la complicidad de círculos vaticanos y la Cruz Roja Internacional. Barbie no fue el único. Unos 9.000 criminales de guerra y sus colaboradores huyeron a Latinoamérica por estas rutas. En el mismo hotel de Génova en el que Barbie esperó su traslado a Argentina coincidió con Adolf Eichmann, el arquitecto logístico del Holocausto, registrado como Ricardo Klement.
El libro reconstruye con detalle la segunda vida de Barbie en Bolivia, donde obtuvo la nacionalidad en 1957 y fue tejiendo durante décadas una red de contactos con los militares y las élites políticas del país que lo haría casi inexpugnable. Su historial como jefe de la Gestapo en Lyon era escalofriante: "Más de 14.000 detenciones, 4.300 ejecuciones, incontables casos de tortura y deportaciones masivas de niños a campos de concentración. Para Barbie la violencia no era solo un medio. En ella halló también un fin: el placer". En 1944 había dado personalmente la orden de detener a los 44 niños judíos escondidos en el internado católico de Izieu y deportarlos a Auschwitz. En Bolivia, sin embargo, era simplemente don Klaus.
En las grabaciones que registró durante sus encuentros con Barbie en cafés discretos de La Paz, el periodista alemán Gerd Heidemann (el reportero estrella de la revista Stern que años después protagonizaría el mayor escándalo periodístico de la posguerra con los falsos diarios de Hitler), se escucha al Carnicero de Lyon glorificar el Tercer Reich con perfecta frialdad. Heidemann murió pocos meses después de que Bergmann y López Canales lo visitaran. En una de sus libretas había anotado una frase que Barbie le dijo en una conversación sin grabadora: "¿Sabe, señor Heidemann? Yo no creo en los seis millones de judíos gaseados. Pero le digo otra cosa: me arrepiento de cada judío que no he matado".
El ejército de Suárez
El primer pastor alemán que Barbie regaló a Suárez en aquella cena de Los Tajibos fue un ejemplar majestuoso, perfectamente adiestrado pero solo en alemán, que la familia acabó llamando Lobo. Pero el libro advierte, con precisión simbólica, que el perro no era un regalo: era una declaración de intenciones. El segundo cancerbero llegaría poco después, pero no ladraba. Respondía al nombre de Joachim Fiebelkorn.
Nacido en 1947 en Leipzig, en la Alemania Oriental, moldeado por la miseria de la posguerra, Fiebelkorn había huido al Oeste, ejercido de proxeneta y contrabandista de armas en Fráncfort, y se había alistado en la Legión Española en el Sáhara. Fue allí donde encontró su destino estético, el himno que acabaría dando nombre a su banda mercenaria en Bolivia: Soy un novio de la muerte que va a unirse en lazo fuerte con tan leal compañera. Llegó a Santa Cruz en 1978 con una colección de armas, un uniforme de las SS y banderas con esvásticas en el equipaje. Barbie lo conoció en un café de los aledaños de la plaza 24 de Septiembre. Vio en él exactamente lo que necesitaba: juventud, ira y hombres dispuestos a obedecer.
"Pensaba que hacía mucho tiempo que el mundo me había olvidado", respondió Fiebelkorn al teléfono cuando los autores de El narco y el nazi lo localizaron ya anciano en Rojales, en la costa mediterránea española, donde vivía retirado en una finca que emulaba un castillo, con torretas, almenas, cámaras de seguridad y dos águilas imperiales custodiando el portón.
Fiebelkorn organizó un cuerpo de mercenarios europeos para la seguridad de Suárez y su negocio. El núcleo duro lo formaban Manfred Kuhlmann, Rolf Grob, el ex miembro de la Gestapo Hans Stellfeld y Herbert Kopplin, soldado de las Waffen-SS en el frente ruso. A ellos se sumó Kay Gwinner, un chileno-alemán que hablaría con los compinches de Suárez en español y gestionaría el cuartel general de la banda: el restaurante Bavaria, a pocas cuadras del casco histórico de Santa Cruz.
El Bavaria merecería una película por sí solo. Fiebelkorn lo compró por 20.000 dólares al dueño libanés que se negó a poner música alemana. Al cruzar la puerta del local, con olor a chucrut y litros de cerveza, uno se encontraba en Alemania. En la zona privada, cerrada al público y custodiada por hombres armados, el realismo mágico boliviano se convertía, como describe el libro, en "surrealismo dramático": banderas con esvásticas, retratos de Hitler, prostitutas, alcohol y montañas de farlopa. Gerardo Caballero, yerno de Suárez, entró una vez con Roby, hijo mayor del narcotraficante. "Aquella mezcla entre nazismo y cocaína los hacía aún más fanáticos e impredecibles", recuerda Caballero. Los crímenes no tardaron en llegar.
El jueves 17 de julio de 1980, la periodista Marlene Berríos se preparaba para llevar a su hijo de dos años a la guardería cuando su madre la llamó por teléfono: "Hay golpe en Trinidad. Ten cuidado". Pocas horas después, en la sede de la Central Obrera Boliviana del céntrico Paseo del Prado, Marlene grabó las últimas palabras públicas de Marcelo Quiroga Santa Cruz, el intelectual y político más carismático del país, que bromeó con ella antes de entrar a la reunión en la que se condenaría el golpe. Mientras Marlene bajaba las escaleras, tres ambulancias blancas seguidas de jeeps sin matrícula llegaron a toda velocidad: decenas de hombres armados irrumpieron en el edificio, encontraron a Quiroga en las escaleras, él se revolvió, una ráfaga de ametralladora lo derribó y se lo llevaron. Nunca más apareció. Al mismo tiempo que caía el Palacio Quemado, era detenida la presidenta interina Lydia Gueiler y el general Luis García Meza asumía el poder junto a su hombre de confianza para la represión, el coronel Arce Gómez, quien resumiría el proyecto en una sola frase: "El que se mueva, se muere".
Roberto Suárez quería convertir la cocaína en un producto exclusivo para ricos del Norte: "Si quieren meterse mierda, que la paguen"
Habían nacido el primer narco-Estado de la historia moderna y la dictadura más sangrienta de Bolivia en términos proporcionales. Sus arquitectos eran un general, un coronel, un ganadero narcotraficante y un criminal de guerra nazi con rango honorario en el Ejército. Los ejecutó una red de paramilitares europeos y los legitimó (al menos con su silencio) EEUU, que según documenta el libro sabía lo que iba a ocurrir. "Lo que sí tenemos claro", explica David López Canales, "es que Washington y la CIA sabían lo que iba a suceder; que la CIA tenía informantes implicados en los hechos de los que luego renegó mintiendo, y hay conexiones y testimonios que apuntan a que Bolivia fue un ensayo general o uno de los primeros pasos de lo que después acabaría estallando como el caso Irán-Contra".
Klaus Barbie fue arrestado en 1983, extraditado a Francia y juzgado en Lyon. Murió en prisión en 1991. Roberto Suárez se entregó voluntariamente a las autoridades bolivianas en 1988 después de haber ofrecido, con la megalomanía intacta, pagar toda la deuda externa del país a cambio de que lo declararan inocente, y de haber intentado negociar su rendición directamente con Ronald Reagan. Pasó los últimos años de su vida en prisión y bajo arresto domiciliario y murió en 2000. Fiebelkorn huyó de Bolivia antes del juicio de Fráncfort, envejeció en su finca-castillo de Rojales con retratos de Franco y la Cruz de Hierro alemana en las paredes, y murió poco después de que los autores lo localizaran por teléfono. García Meza fue condenado a 30 años de prisión por crímenes de lesa humanidad. Arce Gómez, extraditado a EEUU y condenado también por narcotráfico, fue declarado culpable de crímenes contra la humanidad.
Y sin embargo... "Si miramos atrás, al momento que narramos en el libro, son casi irrisorias las cantidades de cocaína que se producían: unas 125 toneladas, según los datos de la DEA", dice López Canales. Hoy estamos entre 3.000 y 4.000 toneladas anuales. Aquellos años fueron el origen de un fenómeno que no ha dejado de multiplicarse, y por supuesto eso no sucede por generación espontánea".
Bolivia sigue en la lista de países descertificados por Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico. En el país hay 270 pistas aéreas clandestinas activas. Carteles balcánicos operan en Santa Cruz. Lo que Suárez, Barbie y Escobar pusieron en marcha se ha convertido en una economía sumergida de 150.000 millones de euros anuales. La producción mundial de cocaína se ha multiplicado por más de 20 desde entonces.
Para escribir sobre el "primer gran narco" sin convertirlo en un mito, López Canales recuerda una frase de El hombre que mató a Liberty Valance: "Cuando la leyenda se convierte en hechos, imprime la leyenda". "Nosotros no estábamos en el Oeste de Ford y teníamos que hacer lo contrario: cuando los hechos se convierten en leyenda, cuenta los hechos. O inténtalo". El narco y el nazi es ese intento. Y es, sobre todo, la historia de cómo la peor maquinaria de represión del siglo XX encontró en el narcotráfico no su tumba, sino su segunda vida. Una semilla que Barbie presumía de haber plantado y que, décadas después, nadie ha conseguido arrancar.



