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El médico que convirtió su cáncer terminal en una asignatura de la facultad: "Soy un hombre de ciencia, pero creo en los milagros"

A Bryant Lin, profesor en Stanford, le detectaron un tumor en el pulmón con pronóstico fatal. En lugar de dejar las clases, las usa para contar a los futuros doctores su lucha en tiempo real contra la enfermedad

Bryant Lin, en la puerta de su aula en la Universidad de Stanford.
Bryant Lin, en la puerta de su aula en la Universidad de Stanford.RACHEL BUJALSKI / NYT
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El doctor Bryant Lin comenzó su clase en el aula 308 de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, a 56 kilómetros de San Francisco, con una historia personal. Su intención era explicar a una audiencia expectante, que había agotado en tiempo récord las plazas para asistir a su curso en uno de los campus más reputados del mundo, la razón por la que había decidido ser médico.

Este estadounidense de 50 años vestía camisa de cuadros azules y pantalón gris ceniza cuando, delante de sus alumnos, sacó del bolsillo una carta. «Quería darle las gracias por cuidar tan bien de mí durante mi vejez», leyó Lin en voz alta. «Me trataste como habrías tratado a tu propio padre...».

La carta se la había escrito en 2014 un paciente suyo que sufría un problema renal crónico. Lin contó que ese hombre había decidido interrumpir el tratamiento de diálisis que le mantenía malamente con vida porque a su avanzada edad consideraba que no valía la pena el sufrimiento que conllevaba. La carta se la entregó la familia dos semanas después de su muerte. Al médico le impresionó mucho que alguien que estaba viviendo sus últimas horas dedicara ese tiempo final para despedirse de él con palabras tan cariñosas.

«Esta clase es parte de esta carta, parte de lo que estoy haciendo para devolver a la comunidad lo que he recibido de ella, mientras paso por este trago y que hace que les agradezca a ustedes su presencia aquí...», dijo Bryant Lin a sus alumnos.

Aquel día de marzo de 2025 en el que hizo su presentación el doctor Lin iniciaba el curso más original y quizás más emocionante que jamás se haya impartido en una universidad. ¿En qué consistía?

Durante 10 semanas, Lin contó a los futuros médicos forjados en Stanford su batalla por sobrevivir a un cáncer de pulmón en el estadio 4 con metástasis en hígado, cerebro y huesos. Una aventura en tiempo real y a contrarreloj. Por su aula pasaría la oncóloga que le estaba tratando; se estudiarían sus analíticas y pruebas de control; se hablaría sobre el importante papel de los familiares en esta cruzada; de las mejores dietas e incluso sobre cómo enfocar espiritualmente la idea de la muerte.

«Quería usar mi experiencia para enseñar a los alumnos cómo es una enfermedad terminal», explica Lin, que tras varios intercambios de correos durante meses y retrasos por compromisos y problemas médicos por fin ha podido charlar con EL MUNDO

Ésta es la clase magistral de un superviviente que quiere enseñar a sus pares algo que no se enseña en los manuales de Medicina: entender al enfermo que no tiene curación.

Para saber más

Como ya conocemos al doctor Lin, presentemos al otro protagonista de esta historia: adenocarcinoma de pulmón con mutación en el gen EGFR. Es un tipo de cáncer pulmonar que se da en mayor medida en no fumadores. Su pronóstico es malo en el estadio 4, porque sólo uno de cada 10 de quienes lo padecen superan los cinco años de esperanza de vida. También es irónico que el tumor haya atrapado a este paciente: Lin no ha dado una calada a un cigarrillo en su vida.

Este prestigioso médico es fundador del Centro de Investigación y Educación en Salud Asiática de la Universidad de Stanford. Un lugar dedicado a predecir, prevenir y curar enfermedades que afectan desproporcionadamente a las comunidades asiáticas. Una de las más estudiadas es precisamente el cáncer de pulmón de no fumadores que padece.

El diagnóstico lo recibió el 25 de septiembre de 2024. Todo había empezado con una tos puñetera. Primero se pensó en una infección. Cuando se valoró la opción de un cáncer, Lin deseó que fuera un linfoma, uno de mejor pronóstico. Sin embargo, las pruebas eran irrefutables. «Tuve suerte porque el diagnóstico fue rápido», dice Lin. «Mi conocimiento médico en ese sentido resultó positivo, porque me permitió pasar de forma rápida por las distintas etapas del duelo descritas por Elisabeth Kübler-Ross».

El doctor Lin se refiere a las fases de negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Esa escalera del dolor que vive cada paciente oncológico. Todas se manifestaron. «Para salir de la fase depresiva propuse a mi universidad hacer este curso. Quería buscar un aspecto positivo a algo tan negativo».

Lin sonríe mucho en la entrevista. No se parece en nada al doctor House que interpretó el actor Hugh Laurie y con el que se le comparó cuando se dedicaba al diagnóstico de enfermedades peculiares. Con ese apelativo presentó a Bryant Lin el diario La Vanguardia en una entrevista publicada hace 10 años, cuando fue uno de los invitados estrella de un congreso médico celebrado en Barcelona: el doctor House de Stanford.

Hay que decir que es mucho más optimista que el House televisivo y compite sin rubor con él en inteligencia. Alumno avanzado de Matemáticas, Lin se hizo ingeniero en el MIT, profesión en la que trabajó durante unos años. Sin embargo, a él le gustaba más el contacto con los humanos que con las máquinas, así que estudió Medicina. «El sistema estadounidense en ese sentido es muy flexible y me fascinaba tener la oportunidad de conocer a todo tipo de gente: en mi consulta tuve la oportunidad de atender desde a una persona sin hogar hasta a un multimillonario».

El doctor Lin durante una clase en Stanford.
El doctor Lin durante una clase en Stanford.Rachel Buchalski (NYT)

Lin, que tiene importantes patentes de dispositivos médicos, quiere aprovechar el tiempo. Sabe ya lo que es realmente importante y lo que es superfluo. Ahora está terminando un libro que saldrá publicado en otoño en inglés. Su título: Sunshine: An Exploration of Living When You Are Dying (Una exploración de cómo vivir cuando estás muriendo).

Reconoce que se pone triste cuando ve por la calle a una pareja de ancianos, siente envidia porque sabe que no podrá hacer eso con su mujer. «Me da esperanza pensar que el nuevo tratamiento al que me estoy sometiendo aún no tiene estudios de supervivencia», dice. «En relación al futuro me resultó muy útil charlar con un neumólogo que tiene un cáncer de pulmón. Me explicó una cosa muy interesante: sólo hay que aguantar lo suficiente para llegar al siguiente tratamiento, porque la investigación no cesa».

-¿Sueña un hombre de ciencia como usted con un milagro?

-Por supuesto. No soy religioso, pero me considero alguien espiritual. Me emociona cuando alguien con fe se acuerda de mí. Un amigo estaba de viaje por España y me dijo que encendió una vela en una iglesia dedicada a mi recuperación. Otro amigo hindú me mandó unos cánticos para escuchar y cantar, están en sánscrito y no los entiendo, pero su iniciativa me emocionó. Como el judío que me contó que habían rezado por mí en su sinagoga.

Lin quiso tratar el impacto de la espiritualidad en su curso de Stanford. Un día llevó a personas que profesaban las tres fe mayoritarias (cristianismo, hinduismo e islam) para que explicaran su visión de la muerte.

-Supongo que la esperanza crece y decrece con cada análisis.

-Así es. En octubre me encontraba regular y decidí cerrar la consulta. Entonces descubrí que como paciente es fundamental dejar espacio a la esperanza. No todo pueden ser ciencia y números. Incluso en la estadística hay milagros, esas personas que se cuelan por la ventana de la mínima tasa de supervivencia en cierta manera lo son...

Bryant Lin desayunando con su mujer y sus dos hijos en su casa californiana.
Bryant Lin desayunando con su mujer y sus dos hijos en su casa californiana.Rachel Buchalski (NYT)

"He aprendido que en mi situación lo
que importa es llegar vivo al siguiente tratamiento"

Su primera línea de tratamiento duró 15 meses. Se sometió a una terapia dirigida a atacar a una mutación específica de su cáncer. La quimioterapia provocó en su cuerpo náuseas y llagas, pero los resultados resultaron prometedores. Las pruebas demostraron que los tentáculos de la enfermedad habían decrecido. Su cerebro, trufado en el primer diagnóstico con un montón de microtumores, estaba ya limpio, pero no así el resto de los órganos afectados.

No todo han sido buenas noticias. Hace unos meses Lin sufrió una tos terrible y sus pulmones se encharcaron. Salvó la crisis. «Ahora me encuentro bastante bien», reconoce.

«Me encantaría ver a mi hijo pequeño graduarse... Le quedan cuatro años y medio. Soy consciente de que es un camino complicado, pueden pasar muchas cosas, desde efectos secundarios hasta infecciones, coágulos... Con una enfermedad así hay que encontrar un equilibrio entre la esperanza y el realismo».

Según el Grupo Español de Cáncer de Pulmón (GECP), uno de cada cinco enfermos de este tipo de cáncer no es fumador, una proporción que, alertan, «se está incrementando». Pero Lin se enfrenta además a problemas que, por fortuna, no se ven en la sanidad pública española. Cuando apareció un tratamiento experimental que podía alargar su vida, su aseguradora le comunicó que no se lo iba a cubrir. Su elevado coste, cerca de un millón de dólares, fue la justificación. Lin explicó su situación en un mensaje en LinkedIn y las redes hicieron el resto.

El éxito de su peculiar curso lo había convertido en una celebridad mediática en Estados Unidos gracias a su difusión por internet, así que su reclamo se hizo viral. Recibió apoyo de médicos, pacientes y también fans. El año pasado fue elegido por los alumnos de Medicina de Stanford para dar el discurso de graduación, honor muy celebrado en los campus americanos. Todavía se recuerda el que Steve Jobsdio allí mismo en 2005. El vídeo de Lin en YouTube ya ha recibido 140.000 visitas. Lo tituló Tres esperanzas y un sueño.

A los pocos días recibió una notificación de su póliza médica: luz verde para el tratamiento.

-¿Como médico cómo hay que comportarse cuando la esperanza se acaba?

-Recuerdo a un enfermo terminal. Era alguien cercano con un cáncer parecido al mío. Fui a verle, me senté junto a su cama y le dije: «¿Sabes? No hay mucho más que podamos hacer por ti». En ese momento es cuando la esperanza pasa a convertirse en un énfasis del consuelo. Espero que ese día a mí no me llegue demasiado pronto.