Imagínese por un momento una metrópolis vibrante de más de un millón de habitantes, una ciudad bulliciosa donde el concepto de basura es prácticamente desconocido y la economía circular no es una teoría de vanguardia, sino una realidad cotidiana. En sus calles, el reciclaje alcanza cotas de sofisticación que hoy nos parecerían ciencia ficción: las telas de algodón se reutilizan hasta la extenuación, pasando de ser elegantes kimonos a ropa de estar por casa, luego pañales, después trapos de limpieza y, finalmente, combustible cuya ceniza también se aprovecha. Los samuráis, lejos de la guerra, se ganan la vida reparando viejos paraguas bajo un estricto código de honor y los desechos humanos no son un problema sanitario, sino un activo tan valioso que los agricultores compiten y pagan por vaciar las letrinas de los ciudadanos para fertilizar sus campos. No estamos hablando de una utopía futurista diseñada por una inteligencia artificial, sino del Japón del periodo Edo en el siglo XVIII, una civilización que logró prosperar durante dos siglos en un aislamiento casi total, regenerando sus bosques y viviendo dentro de los límites ecológicos del planeta gracias a una cultura de la restricción y el ingenio que hemos olvidado por completo.
Este fascinante episodio es solo una de las muchas lecciones olvidadas que recupera Roman Krznaric (Sídney, 1970) en su nuevo y provocador ensayo, Historia para el mañana: mirar al pasado para caminar hacia el futuro (Capitán Swing). Krznaric, uno de los filósofos más influyentes de la actualidad y autor del aclamado El buen antepasado, nos desafía a romper con la obsesión ciega por la novedad tecnológica de Silicon Valley. Su tesis es tan contraintuitiva como impactante: para sobrevivir a las crisis existenciales del siglo XXI, desde la emergencia climática hasta la desigualdad extrema y los riesgos de la IA, no debemos mirar hacia Marte, sino hacia atrás, a los últimos mil años de experiencia humana.
El diagnóstico de Krznaric es severo: padecemos una miopía temporal. «El problema es que vivimos bajo la tiranía del ahora», dice el pensador, describiendo una patología social donde los políticos son «incapaces de ver más allá del último tuit» y de la encuesta electoral más reciente, mientras que las empresas se ciegan ante cualquier horizonte que supere el próximo informe trimestral. Es un escenario de parálisis global donde las naciones discuten en mesas de conferencias «mientras el planeta arde y las especies desaparecen», y nosotros, como individuos, contribuimos al problema hipnotizados por las pantallas, pulsando compulsivamente el botón de «comprar ahora». Vivimos, en definitiva, en «una era de cortoplacismo crónico».
Para el filósofo, este sesgo no es nuevo, sino que tiene raíces profundas que se remontan a la invención del reloj mecánico en la Italia del siglo XIII. Esta mecanización del tiempo se aceleró hasta tal punto que, hacia 1800, las manecillas de los segundos ya eran omnipresentes, imponiendo el concepto del tiempo de reloj. Sumado este al «hiperindividualismo de la economía», la urgencia nos llevó a obsesionarnos con el precio de mercado actual.
Sin embargo, Krznaric se revuelve contra la idea de que la salvación vendrá exclusivamente de la mano de Silicon Valley. «El sector tecnológico también tiene mucho que responder», advierte, criticando la narrativa que sitúa todas las soluciones en el porvenir. Su propuesta es conducir mirando el retrovisor, no solo para ver los accidentes del pasado (el colonialismo, las dictaduras), sino para rescatar lo que funcionó. «A menudo pensamos que la historia avanza mediante la innovación tecnológica», reflexiona, citando la máquina de vapor y el iPhone.
"Sé que bloquear carreteras molesta a la gente que intenta ir a trabajar, pero nuestra falta de acción enfurecerá aun más a las generaciones futuras"
Krznaric reivindica con igual fuerza la «innovación social»: desde los sindicatos del siglo XIX luchando por la jornada laboral de ocho horas hasta la gestión comunal de recursos del Tribunal de las Aguas de Valencia. Es aquí donde el samurái del periodo Edo cobra vida en el imaginario de Krznaric, no como una reliquia, sino como un agente de cambio contemporáneo. Si ese guerrero japonés apareciera hoy en un centro comercial durante el frenesí de un black friday, no desenvainaría su katana ante el despilfarro. «Me gustaría creer que el samurái nos diría en el centro comercial: 'Trae tu teléfono, te lo arreglaré. No necesitas uno nuevo'», ilustrael autor, proponiendo la creación de una edonomía moderna.
Para lograr esa economía circular, no hace falta una dictadura militar como la de los shogunes, sino «una regulación sensata» que obligue a las tecnológicas a vender dispositivos reparables y reciclables. Porque, como nos recuerda la historia a través de figuras como Mozart o Rafa Nadal, la creatividad no necesita un lienzo infinito: «La innovación puede surgir dentro de unos límites... El sector tecnológico odia los límites, pero eso es una falacia histórica», concluye.
Krznaric no escribe desde la torre de marfil. A pesar de confesar que no es «un radical por naturaleza» y que su hábitat natural es estar «rodeado de libros», el mundo contemporáneo lo ha empujado a la acción directa. «Me he encontrado bloqueando carreteras frente al Parlamento en Londres con mi hija adolescente», relata. Esta incomodidad deliberada no es un capricho, sino una respuesta ética ante la inacción gubernamental frente a la emergencia ecológica. «Sé que bloquear carreteras molesta a la gente que intenta ir a trabajar, pero nuestra falta de acción enfurecerá aun más a las generaciones futuras». Ser molesto hoy es, en su opinión, la única forma viable de ejercer la responsabilidad histórica: «No se me ocurre una mejor manera de ser un buen antepasado».
Su justificación para la desobediencia civil hunde sus raíces, una vez más, en el pasado. «Las estrategias de la industria de los combustibles fósiles son muy similares a las de los propietarios de plantaciones de esclavos», dice. Ambos grupos de poder compartían el mantra del miedo al colapso económico para defender una transición lenta, dilatada durante décadas. «Ya es demasiado tarde y demasiado arriesgado dejar estos problemas a la hornalla baja del gradualismo».
La historia enseña que el cambio transformador rápido requiere o una crisis devastadora o movimientos sociales que «amplifican la sensación de crisis». Confiar en que las corporaciones nos salven mediante el «crecimiento verde» sería, en sus palabras, «una locura». «No voy a arriesgar el futuro de mis hijos con esa esperanza». Pero si el clima es una bomba de relojería, la tecnología es un avión en pleno vuelo sin piloto. Al abordar los desafíos de las redes sociales y la inteligencia artificial, Krznaric evita el catastrofismo de lo inédito y prefiere la analogía histórica de la imprenta. Aquel invento no solo democratizó el saber, sino que facilitó manuales para la caza de brujas y guerras religiosas. Hoy, la oscuridad digital plantea retos similares, pero acelerados. Citando al especialista en ética tecnológica Tristan Harris, Krznaric ilustra nuestra precariedad actual: «Hemos despegado en el avión de la IA y estamos tratando de desarrollar los protocolos de seguridad y de aterrizaje mientras ya estamos en el aire. Eso es una locura».
El filósofo alerta sobre señales que ya parpadean en el tablero de control: inteligencias artificiales que fingen ser humanos o desarrollan «estrategias de chantaje para mantenerse operativas», según un «casi instinto de supervivencia darwiniano, simulado». El problema de fondo, lamenta, es la reactividad humana: «Tendemos a reaccionar bien solo después de que ha ocurrido la crisis». Y mientras que la emergencia climática al menos ha logrado movilizar a la gente, la amenaza de la IA carece aún de esa resistencia visceral. «Es mucho más difícil visualizar sus peligros», advierte, temiendo que crucemos puntos de no retorno antes de despertar.
"La innovación puede surgir dentro de unos límites... El sector tecnológico odia los límites, pero eso es una falacia histórica"
Esta visión crítica se extiende a la estructura misma de nuestra sociedad. Ante el temor de un futuro distópico donde una élite tecnológica se apropie de la riqueza y huya a Marte dejando una Tierra calcinada, Krznaric no ofrece paños calientes. Asegura que vivimos en una «era de aceleración» donde los ideólogos de Silicon Valley nos empujan al precipicio. Para contrarrestar este fatalismo, el filósofo propone una reinvención radical de la política que paradójicamente implica volver a sus orígenes: la democracia ateniense y el sorteo de los cargos públicos.
Aunque la idea de confiar el gobierno a ciudadanos elegidos al azar suene inquietante frente a la supuesta pericia de los políticos profesionales, Krznaric se basa en la experiencia empírica.«Hace años me invitaron a hablar en una Asamblea Ciudadana en Irlanda sobre la pérdida de biodiversidad», recuerda. Lo que encontró allí no fue el caos, sino una inteligencia colectiva sorprendente que unía a granjeros, enfermeras y anarquistas. «Al cabo de un par de horas, estaban haciendo preguntas increíblemente inteligentes a los ecólogos y abogados», relata, subrayando cómo esa experiencia desafió sus propios prejuicios sobre la capacidad de la gente común para la gobernanza.
Para Krznaric, el sistema actual de democracia representativa es una herramienta obsoleta, «diseñada para los siglos XVIII y XIX», incapaz de lidiar con problemas del siglo XXI como la inteligencia artificial o la emergencia climática. Al final, frente al colapso y la desigualdad, Krznaric nos receta una dosis de «esperanza radical», un concepto alejado del optimismo ingenuo. Su «píldora de emergencia» contra la desesperación es la memoria de que la convivencia es posible incluso en tiempos oscuros.
Si pudiera viajar en el tiempo, el filósofo elegiría la Córdoba del año 1000, no porque fuera perfecta, sino «como recordatorio de que el choque de civilizaciones no es inevitable». Esa es la tesis final de su obra: la historia no es un ejercicio de nostalgia, sino la prueba fehaciente de que «las cosas no tienen por qué ser como son».
«No tenemos que inventar utopías; las verdaderas utopías yacen en el pasado, en lo que ya hemos hecho», concluye Krznaric, invitándonos a ver la historia como «una semilla bajo la nieve esperando florecer» para navegar las turbulencias de nuestra era.



