He Jiankui acepta esta entrevista con una sola condición: que se le presente como el "pionero mundial de la edición genética". Desde hace unos meses no abandona su apartamento en Pekín sin la compañía de dos guardaespaldas. «Están preparando un atentado contra mí, que soy el científico más importante del planeta», asegura.
- ¿El Gobierno chino ya lo ha perdonado? ¿O simplemente ha decidido no silenciarlo, dándole libertad para hablar con periodistas, porque su trabajo sigue siendo muy útil?
- Cuando diseñé el primer bebé genéticamente modificado en 2018, recibí el apoyo del Comité Central del Partido Comunista Chino (PCCh). Todos creían que lo que hacía era más importante que Alibaba, la plataforma de comercio online de Jack Ma, y me animaron a actuar con rapidez. Me enorgullece seguir contribuyendo al éxito de la ciencia china.
- Para una gran parte comunidad científica mundial, usted sigue siendo un paria. ¿Le duele más ese rechazo o la condena judicial que recibió en China?
- Todos están celosos de mi logro histórico.
He esquiva responder directamente a las preguntas que considera más incómodas. Sabe que vive en un espacio ambiguo dentro del poder científico de China: un país que castiga públicamente los perfiles extravagantes, pero que los necesita porque son los únicos capaces de arriesgarse más allá de cualquier límite. Y él es uno de los más destacados: es el investigador que sacudió al mundo al anunciar los primeros bebés genéticamente modificados.
En secreto, He utilizó la tecnología CRISPR -las famosas «tijeras moleculares» que permiten cortar y modificar secuencias de ADN con una gran precisión- para editar embriones humanos e implantarlos en úteros. Así dio lugar al nacimiento en 2018 de dos gemelas -Lulu y Nana- y, posteriormente, de una tercera niña, Amy. El objetivo declarado era hacerlas resistentes al VIH que padecían sus padres.
Cuando el mundo todavía digería la noticia, He desapareció. Tiempo después se supo que había estado en el agujero negro de las desapariciones forzosas, la RSDL, siglas que hacen referencia a la «vigilancia residencial en un lugar designado». Se trata de un sistema carcelario extrajudicial que permite a la Policía, bajo la Ley de Procedimiento Penal, aislar hasta seis meses a personas acusadas de poner en peligro la seguridad nacional, excluyendo a los abogados del proceso. El científico reapareció en 2019 en un tribunal de Shenzhen, donde fue condenado a tres años de prisión por práctica médica ilegal, evasión deliberada de la supervisión estatal y falsificación de documentos para engañar a las autoridades reguladoras.
Apodado por los medios internacionales como el «Frankenstein de China», salió en libertad a mediados de 2022. Nada más pisar la calle, anunció que volvía a las andadas: inició varias investigaciones que involucraban la edición genética de embriones, aunque esta vez dice que los ensayos clínicos los está haciendo con ratones. «Voy a ir a una iglesia para comentar mis proyectos al sacerdote. Quiero escuchar su opinión sobre lo que estoy haciendo», comenta.
Este biofísico de 42 años vive en un apartamento de una urbanización de lujo al norte de Pekín, cerca del centro de investigación donde trabaja, respaldado por el mismo Gobierno chino que le confiscó el pasaporte para que no salga del país. Los gastos del piso los cubre un misterioso benefactor que, según algunos rumores, está conectado con el trabajo de su esposa, una empresaria biotecnológica chino-canadiense llamada Tie Ying. Ella es la fundadora de Manhattan Genomics, una empresa que investiga terapias de edición genética en embriones humanos para prevenir enfermedades hereditarias. La compañía está financiada por inversores privados, en su mayoría estadounidenses, que se mantienen en el anonimato. «China piensa que soy una espía de la CIA y EEUU piensa que soy una espía del PCCh», escribió Tie en sus redes sociales.
He, a diferencia de otros científicos chinos, mantiene todo lo contrario a un perfil discreto. Extrañamente, tiene libertad para conceder entrevistas a medios internacionales bloqueados en China y publica todo tipo de mensajes incendiarios en X. «Estoy reclutando científicos con título de doctorado para trabajar en la edición genética de embriones humanos», anunció recientemente. No muestra arrepentimiento. Al contrario: está convencido de que se adelantó a su tiempo.
- En sus redes repite que «la ética frena la innovación», una frase que alarma incluso a científicos favorables al CRISPR. ¿Tiene alguna línea roja?
- La edición genética sólo debe utilizarse para curar y prevenir enfermedades humanas, nunca para mejorar la inteligencia ni con fines militares. Me preocupa que, una vez que se legalice, la gente se apresure a recurrir a ella con fines lucrativos. En el primer caso en 2018, teníamos un equipo de investigación de 50 personas de diversos orígenes. Invertí 20 millones de yuanes (dos millones y medio de euros) en este proyecto para garantizar la seguridad y eficacia del ensayo clínico. Me inquieta que, cuando más investigadores jóvenes se apresuren a este campo, con presupuestos ilimitados, pueda ocurrir algo malo, y no sea lo mejor para los pacientes.
- Defiende que China superará a EEUU en biotecnología porque Occidente tiene miedo. ¿Cree que el liderazgo científico justifica asumir riesgos que otras sociedades no están dispuestas a aceptar?
- Por supuesto, Cristóbal Colón se arriesgó a morir, navegó hasta el oeste y descubrió el Nuevo Mundo. Las sociedades occidentales han perdido el coraje.
- Pekín ha endurecido las leyes sobre edición genética, pero también ha dejado resquicios ambiguos. ¿Le han transmitido de alguna manera hasta dónde puede llegar y hasta dónde no?
- Mi investigación cumple estrictamente con las leyes chinas y las pautas éticas internacionales.
- ¿Prefiere ser recordado como un científico incomprendido que se adelantó a su tiempo o como alguien que forzó al mundo a poner límites?
- Quiero que la gente me recuerde como Cristóbal Colón de la ciencia.
China, mientras tanto, ha apostado fuerte por liderar la biotecnología mundial. Programas estatales financian laboratorios punteros e incubadoras de startups dirigidas por científicos repatriados de EEUU. Cada avance se traduce en prestigio, recursos y poder estratégico, y los investigadores están bajo presión constante para producir resultados. En ese entorno, perfiles como el de He son tan peligrosos como necesarios: arriesgan lo que nadie más se atreve a tocar.
Para entender a He hay que ahondar en su biografía. Nació en una familia rural y pobre de la provincia de Hunan, una de las regiones del interior de China. Sus padres eran campesinos. Desde joven destacó como estudiante brillante, especialmente en ciencias. Logró una beca para estudiar Física en la Universidad de Ciencia y Tecnología de China (USTC), una de las más prestigiosas del país. Después dio el salto a Estados Unidos, donde se doctoró en Biofísica en la Universidad Rice y realizó una estancia posdoctoral en Stanford. Allí aprendió la técnica de edición genética CRISPR.
"No me importa lo que piense de mí la comunidad científica. Sólo me interesan mis pacientes y que me dejen en paz"
De regreso a China, instaló su laboratorio en Shenzhen, el Silicon Valley del gigante asiático. Según el profesor biomédico Benjamin Hurlbut, una voz importante en las discusiones sobre los riesgos de editar el genoma humano, He consultó a docenas de científicos occidentales el experimento que estaba realizando. Muchos se lo desaconsejaron.
La frontera ética era difusa, y He decidió cruzarla: en noviembre de 2018, durante la Conferencia Internacional de Edición del Genoma Humano en Hong Kong, desveló que había creado sus bebés editados y afirmó que había retocado el gen CCR5 para hacer a Lulu y Nana resistentes al VIH. El shock ético fue global, con un rechazo casi unánime de la comunidad científica. En cambio, desde Pekín, vacilaron en un principio. El Diario del Pueblo, portavoz oficial del PCCh, publicó un artículo cele-brando el «avance histórico». El texto fue eliminado poco después. Tras la condena de He, las autoridades chinas endurecieron las regulaciones, prohibiendo la implantación de embriones genéticamente modificados y reforzando las normas éticas.
- La vida de las tres niñas nacidas de sus experimentos se mantiene en el más absoluto secreto. ¿Ese silencio las protege o las convierte en un experimento permanente bajo la tutela de China?
- La información de salud de las tres niñas es secreto de estado de China, no revelaré más información públicamente (en sus redes ha respondido que las niñas «están sanas y viven con normalidad»).
- Ha dicho que sólo pedirá perdón si las niñas desarrollan problemas de salud. ¿No cree que la ausencia de datos verificables impide saber al mundo si su experimento fue realmente un éxito?
- No me importa lo que diga la comunidad científica, no necesito su aprobación. No me interesa publicar artículos en Nature. Sólo quiero que me dejen en paz. Sólo me importan los pacientes y me aseguro de que reciban terapias adecuadas y asequibles.
He explica que ahora trabaja en otro ambicioso proyecto: prevenir el Alzheimer mediante edición genética heredable. Dice que quiere imitar una mutación descubierta en Islandia, asociada a una proteína que protege de Alzheimer. La idea es introducir esa mutación en embriones para que las generaciones futuras nazcan protegidas. La motivación de este proyecto es personal: su madre padece la enfermedad y ya no lo reconoce. También está investigando la distrofia muscular de Duchenne, una enfermedad neuromuscular hereditaria. Asegura que toda la financiación que recibe procede de fondos privados, pero que el Gobierno chino está al tanto de todos sus avances y planes. «Hemos desarrollado una nueva técnica que permite modificar simultáneamente diez genes en embriones, de modo que en el futuro nuestros hijos nacerán libres de diabetes, cáncer, Alzheimer y SIDA. En 2018, modificamos el gen CCR5; los bebés que nacen son resistentes al VIH. Ahora, hemos mejorado nuestra tecnología y podemos modificar 10 genes en un embrión».
«Si todavía no entendemos la base genética de enfermedades como el Alzheimer, ¿cómo vamos a jugar con los genes de una persona?», cuestiona Alfonso Martínez Arias, investigador senior de Ciencias Experimentales y de la Salud de la Universidad Pompeu Fabra. «El caso de He fue muy impactante porque, en 2018, a nadie se le ocurrió que un científico modificara humanos cuando la técnica aún no estaba bien desarrollada. Ahora mucha gente está a favor de que se haga. Yo no veo la razón de modificar genéticamente. Cuando tienes una serie de embriones para implantar, vamos a decirlo así, porque hay una enfermedad genética en juego, tú puedes seleccionar los embriones que utilizas para eso. Si tienes en una placa 10 embriones y tienes cinco que están mal y otros cinco que están bien, puedes quedarte con los segundos».
Martínez Arias menciona que en Silicon Valley hay varios millonarios vinculados a proyectos de edición genética, aunque no apoyan -al menos en público- la creación de bebés editados. Desde Pekín, He insiste en que para sus ensayos sólo está usando monos, aunque confía en que las leyes cambien -editar embriones con fines reproductivos está prohibido o fuertemente restringido casi en todo el mundo- y pueda retomar su misión: explorar «de manera controlada y ética» los límites de esta tecnología.

