Cuando el sacerdote supo de su existencia en 2019, eran poco menos que cinco insectitos a los que nadie hacía caso en la escuela: aquellos niños abandonados a su mala suerte estaban al fondo de la clase, cucarachas pisoteables por el delito de lesa humanidad de ser ciegos.
Es la mala suerte de ser invidente en un país como Níger, donde estos niños están malditos y hasta acaban desaparecidos porque traen mala suerte.
Es la mala suerte de no ver en África por culpa de la oncocercosis (la segunda causa principal de ceguera infecciosa en el mundo): una enfermedad parasitaria crónica causada por la picadura de una mosca cuyas larvas acaban migrando a la cabeza y destrozando el nervio óptico.
Mala suerte la del niño que tiene calor y se zambulle en el río Níger. Mala suerte la del chaval que se hace el muerto en las aguas infestadas y le pica un bicho. Mala suerte la de terminar al fondo de la clase como un pescado que ya solo es raspa.
Y también buena suerte.
La buena suerte de que -en esa clase remota de la población de Gaya- apareciera él a preguntar por los niños. A decirles hágase la luz. Como si fuera el ojo de un Sauron bueno.
Se llama Rafael Marco, tiene 81 años, anda cojo, se disculpa por el trancazo, es un sacerdote de la Sociedad de Misiones Africanas, lleva medio siglo vinculado al continente negro en diferentes misiones y no está ciego. Sino justo lo contrario.
El sacerdote ha visto cosas que nadie debería ver (ya lo hemos dicho): los niños invidentes que son caballodeatilados por el olvido y la superstición en Níger.
O cosas peores: una despiadada versión del Ratón Pérez en Benín, donde "un bebé que empieza a echar los dientes de arriba en vez de los de abajo es considerado maldito -nos cuenta Rafael-. Entonces es sacrificado o entregado a una etnia de pastores, donde es explotado como esclavo".
Esta es la singladura de un hombre que ha ido encendiendo luces. La historia de un centenar de niños que vivían en plena oscuridad y la de un sacerdote que se cruzó en sus vidas para darle a un interruptor.
(...)
Al principio, la cosa pintaba regular.
No hablamos ahora de estos niños negros, sino de aquel chiquillo blanco.
A la sazón, en la España rural de los 50, el ancho mundo de Rafael era el de la localidad de Sádaba (Zaragoza). El mayor de tres hermanos repartía su tiempo entre ayudar a su padre en el campo, ir a la escuela y perpetrar cierta actividad trabuquera y poco santa.
"Era un chico rebelde, trasto, sí...", concede. "Iba con otros a romper las bombillas del pueblo, especialmente las que había en el lavadero donde iban las mujeres... También robábamos huevos que luego vendíamos a la retalera: con el dinero que sacábamos, comprábamos tabaco".
Hasta aquí, la única infancia feliz de toda esta historia.
En una familia poco religiosa, Rafael cuenta que no hacía más que fijarse en los más pobres del pueblo. Y de aquella observación, le nació una curiosidad. Y de aquella necesidad, le acabó llegando una forma de estar en la vida. Siempre hacia fuera. Siempre hacia abajo.
A los 13 años, ingresa en el seminario de Zaragoza. Conserva en la retina una imagen que le impactó: una diapositiva de la vida cotidiana en algún lugar del continente negro que aquel misionero que fue a darles una charla les proyectó a los jóvenes correligionarios. Se dijo: allí quiero estar yo. Y así acabaría siendo.
Utilizando un símil futbolero, Rafael eligió vestir la humilde camiseta de la Sociedad de Misiones Africanas, que se caracterizaba/caracteriza por un juego horizontal y colectivo donde la alineación poco menos que la hacían los propios jugadores, "una familia de misioneros sacerdotes y seglares" la suya. Un equipo caracterizado "por su sencillez, por su poco arrobamiento por la institución, por su vida apostólica".
Comienza los estudios de Filosofía, Teología y Sociología en Francia. Es zarandeado por el mayo del 68: "Empezamos a pasar todo por ese filtro: los principios sociales, la manera de hacer de nuestros predecesores...".
Se ordena sacerdote en París en 1970.
Y entonces ya sí: África.
Año 2019. Misión de los religiosos en Gaya (Níger), 45.000 habitantes.
"Nos hablaron de aquellos niños unas monjas que sabían de su existencia. Fui a verlos. Estaban en una escuela supuestamente inclusiva para chavales con problemas, pero nadie se ocupaba de ellos", comienza el sacerdote. "Eran cinco chicos ciegos. Los tenían al fondo de la clase como si fueran muebles. El maestro se ocupaba de todos los demás, pero no de ellos".
"Ser un niño ciego en Níger no es como serlo aquí. Son atados a una mesa o un poste cuando los padres van al campo... Allí son considerados malditos por la familia, el origen de todas las desgracias, las malas cosechas, las enfermedades, las disputas... Por eso son relegados y condenados a ser desatendidos. Algunos incluso acaban desaparecidos. Pero eso no se dice".
De tal manera que los hermanos de la Sociedad de Misiones Africanas se ponen a sudar la camiseta y salen a jugar al ataque en otra de esas finalísimas que nadie verá nunca por televisión.
El objetivo con Los Cinco de Rafael es que vayan a una escuela donde aprendan cosas de verdad. Que puedan comer. Que tengan transporte para ir a estudiar. Así que alquilan una casa y les ponen un profesor. Se corre la voz por la comarca y van apareciendo más y más niños ciegos, como escapados de oscuras prisiones. Donde había cinco niños, ahora hay 15. Donde había 15, pasa a haber 30. Reciben clases de diferentes materias, de música, de artesanía, de bordado, de braille y, sobre todo, se les enseña a ser autónomos en un entorno que les es especialmente hostil.
Y aquí estamos ahora, seis años después del comienzo de aquella quimera: un centenar de jóvenes repartidos entre Dosa y Gaya que no pueden ver, pero que al fin tienen los ojos abiertos.
"Se despierta en ellos una energía y un ansia de saber asombrosos. Pasan de estar encerrados en sí mismos y temerosos de todo a que se les ilumine la cara solo porque les pones la mano encima. Entonces sonríen y hasta te llaman por tu nombre, algo que antes era impensable".
"Si en una primera etapa, los padres te entregan a sus hijos encantados para que te hagas cargo de ellos, a medida que van siendo más independientes, a medida que aprenden a leer, a desplazarse, a poder ir solos a hacer sus necesidades... sus familias los van acogiendo de nuevo".
La última vez que el sacerdote estuvo en Níger fue en octubre y el permiso de estancia que tenía no le ha sido renovado. Son las cosas de ejercer en un país con 28 millones de habitantes donde no hay nada más que 30.000 católicos.
En su comunidad, cada domingo se arraciman entre 200 y 300 creyentes para darse calor y celebrar lo que les une. Juntos, las han visto de todos los colores. Con dos hitos que lo cambiaron todo. Uno, cuenta, fue la muerte del coronel Gadafi (2011): "Toda la zona se desestabilizó y vivimos una transformación muy rápida, porque él hacía de muro contra el yihadismo". Otro, el atentado en la revista Charlie Hebdo (2015): "Hubo manifestaciones violentas, se quemaron iglesias, hubo religiosos heridos, un compañero fue secuestrado y estuvo más de dos años cautivo...".
Así es su trabajo en uno de los cinco países más pobres del mundo, donde las hambrunas son tan frecuentes como los partos: la tasa de fecundidad es de casi siete hijos por mujer en edad fértil. "Porque así, al menos, se aseguran de que alguno sobrevivirá".
"Recuerdo cuando era más joven e íbamos a evangelizar a determinadas áreas complicadas de Benín. Los curas mayores nos decían: 'No vayáis, no vayáis porque esa zona está toda islamizada'. Pero íbamos igual... Al final, pasado el tiempo, después del trabajo realizado, les preguntamos a los locales por los cambios vividos después de conformar una comunidad cristiana. Ellos nos decían: 'Antes, cuando teníamos un bebé y los primeros dientes eran los de arriba, lo tirábamos al río; ahora, somos capaces de acogerlo'... Es que seguir a Cristo supone un cambio radical".
La paradoja es que los niños no ven, pero el sacerdote nos invita a verlos aunque estemos a 2.700 kilómetros de Níger.
"Tendrías que verlos...", insiste por tercera o cuarta vez. "Son niños que se transforman a poco que les des. Pasan de estar hechos un ovillo a aprender muy rápido y a interesarse por todo. Se les desarrolla una capacidad de ilusionarse...".
Hablamos de su cojera, de la gripe que le tiene aliquebrado, de su infancia en el pueblo, de estos días que va a pasar en Zaragoza con hermanos y sobrinos, de la temporada tan difícil que tiene por delante la Sociedad de Misiones Africanas (Fútbol Club)...
No se piensen que allá, en su misión de Níger, la celebración de estas fiestas son muy diferentes a las de acá.
Qué va.
Olviden el despilfarro de luces. Olviden la orgía consumista. Olviden la lotería. Olviden la sobrealimentación. Olviden las aglomeraciones. Olviden el amigo invisible de las oficinas. Olviden incluso hasta las oficinas.
Por lo demás, todo es lo mismo.
O sea, una comunidad de locos de Cristo en torno a una mesa, todos juntos, más o menos solos (nada más que el 0,1% de la población es católica), comiendo asado a oscuras después de haber asado un par de corderos. "Con esperanza", dice.
Lo diferencial -eso sí- es la forma de agradecer de la gente.
Cuando al sacerdote le preguntamos por lo más hermoso que le han dicho en su largo desempeño en uno de los países más pobres del mundo, sonríe y nos responde:
-Si tienes un momento, voy a por una cosa y lo ves tú.
Se levanta, va por el pasillo arrastrando su maltrecha pierna, regresa al cabo de unos minutos: es un marco en cuyo interior hay una fotografía con una dedicatoria impresa. En la imagen, hay decenas de críos. El único blanco es él. Nos la ofrece. El texto está en francés.
-Léalo usted mejor -le pedimos.
-Me da mucha vergüenza... No le he enseñado esto a nadie.
-Lea, por favor.
Baja la cabeza como un buen alumno, toma aire, frunce el ceño y empieza a leer en voz alta aquello por primera vez.
Y, mientras lo hace, la barbilla le tiembla como una gelatina recién puesta en un plato.
Ustedes van a leer lo que viene a continuación en menos de un minuto. Pero al sacerdote de 81 años le lleva algo más de tiempo llegar hasta el final. Hace pausas y toma aire después de cada frase. Avanza con dificultad. Es como si el amigo invisible de la barbilla trémula sintiera algo duro en la garganta.
-"Querido padre Rafael. No vemos su rastro, pero sentimos su corazón. No vemos el camino que nos ha trazado, pero caminamos sobre él cada día, guiados por la luz que has sembrado en nosotros [pausa]. Antes, muchos nos sentíamos olvidados. El silencio, el miedo, la soledad eran nuestra vida cotidiana, pero viniste con palabras de amor y gestos sencillos pero poderosos. Sobre todo, con un sueño: el de vernos crecer y aprender [pausa]. Gracias a ti y al proyecto Kaari yan ma dumi [traducido de la lengua songhai: Que la luz permanezca] tenemos una mano que nos guía y, sobre todo, la certeza de que se cuenta con nosotros [pausa]. Padre Rafael, por todo lo que has hecho, por tu paciencia, tu valor y tu amor, sencillamente decimos gracias".



