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La lingüista que resuelve crímenes con una única palabra: "La gente cree que hablo lenguas muertas o que me comunico con los muertos"

Sheila Queralt es fundadora del primer laboratorio privado de lingüística forense de España. Ayuda a la Policía, ejerce de perita judicial y acepta casos que van desde el bullying, los plagios literarios y el acoso a famosos en internet hasta 'estafas del amor'

Shelia Queralt, en la Biblioteca Pública de Lleida.
Shelia Queralt, en la Biblioteca Pública de Lleida.
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Helena Jubany, una bibliotecaria de 27 años, fue asesinada el 2 de septiembre de 2001 al ser arrojada desde la terraza de un edificio de Sabadell donde vivían Santiago Laiglesia y su pareja, Montserrat Careta. Su cuerpo fue hallado desnudo y con quemaduras. La posterior investigación demostró que la víctima había sido drogada con benzodiacepinas y que llevaba tiempo recibiendo mensajes anónimos inquietantes.

El 12 de febrero de 2002, Careta fue detenida como sospechosa del crimen y presunta autora de las notas. En la cárcel, se quitó la vida y dejó una nota de suicidio en la que proclamaba su inocencia. Tres años más tarde, a pesar de que había varios sospechosos más -todos ellos miembros de un grupo de excursionistas de Sabadell al que pertenecía la víctima- el juez archivó el caso por falta de pruebas.

Ya en 2017, la doctora Sheila Queralt realizó una investigación científica junto a la estudiante Roser Giménez que consistía en comparar los anónimos recibidos por la mujer asesinada con diversos escritos de Careta. En su informe verificaron que había muchas variables que no coincidían: por ejemplo, las notas contenían expresiones en catalán como «et farem un truc» (forma coloquial catalana de «llamar por teléfono») que la acusada no utilizaba en sus escritos: ella empleaba la expresión «telefonear». Además, los escritos contenían puntuaciones, recursos morfológicos y estrategias comunicativas muy diferentes a la huella escrita de Careta.

Tras reabrirse la causa, hace apenas un par de semanas una jueza decretó prisión provisional sin fianza para la pareja de la difunta mujer, Santiago Laiglesia, que se convirtió en principal sospechoso del crimen. Además, un amigo suyo, Xavier J., está siendo investigado como presunto autor de los mensajes.

La lengua, junto a otras pruebas forenses, había sido crucial para dar un vuelco al caso.

Para saber más

El asesinato de Helena Jubany es tan sólo una de las investigaciones del historial de Sheila Queralt (Balaguer, Lleida, 1987), quien sin haber cumplido los 40 se ha convertido ya en un referente internacional de la lingüística forense. Hablamos de una pujante disciplina que aplica el análisis del lenguaje oral y escrito a la resolución de problemas legales. «La sintaxis puede demostrar la inocencia o la culpabilidad de una persona», afirma con plena convicción en una cafetería de Lleida.

Queralt es la directora del primer y único laboratorio privado de lingüística forense fundado en España. Su empresa trabaja para todo tipo de clientes y colabora con fuerzas policiales, además de ejercer de perito judicial. La labor de su equipo, formado por cuatro lingüistas, incluye atribuciones de autoría, identificaciones de voz, análisis de grabaciones, detección de plagio, construcción de perfiles y evaluación de ambigüedades o alteraciones en documentos. A todo esto se añade una complejidad muy reciente en su labor: las máquinas. Cada vez más criminales utilizan la inteligencia artificial para manipular identidades y testimonios en vídeos y grabaciones.

«Las palabras son muy importantes, igual pueden decir cosas hermosas como ser un testimonio del delito», dice la experta. «Cuando tú amenazas, usas palabras; cuando tú sobornas, usas palabras; cuando tú manipulas, usas palabras... Nosotros lo que hacemos es analizarlas para ayudar a que se haga justicia».

Esta forense del verbo y la palabra estudia desde contratos mercantiles a novelas de cientos de páginas, pasando por conversaciones de WhatsApp, mensajes de Instagram o vídeos de YouTube. Es capaz de reconocer el sexo, el nivel de estudios e incluso la profesión de una persona simplemente leyendo un texto suyo. Un trabajo cada vez más importante en el ámbito policial, reforzado a lo largo de este siglo por el éxito de grandes lingüístas forenses, como su amigo James R. Fitzgerald, autor del perfil criminal que dio como resultado el arresto y la condena del matemático Ted Kacynski, el temible terrorista Unabomber.

«En el laboratorio cogemos los casos judiciales más por interés profesional o motivos éticos que por rentabilidad económica», apunta Queralt. En ese sentido, uno de los más mediáticos ha sido el de Óscar Sánchez, el español condenado en Italia por narcotráfico que se pasó en la cárcel más de 600 días por un error de identidad. La razón de esta injustucia fue el informe de un perito informático que afirmaba que su voz se escuchaba en una grabación inculpatoria.

«La familia se puso en contacto conmigo», recuerda Queralt. «La apelación fue muy exigente y el juez exigió distintos informes periciales para aceptar que no era la voz de Sánchez y que los delincuentes hablaban un tipo de español muy diferente al suyo».

El uso de software especializado es muy común en las fuerzas policiales para detectar voces. Queralt defiende su utilidad, pero no es infalible: considera imprescindible el factor humano. «Uno sólo debe peritar sus lenguas nativas: el lenguaje está lleno de innumerables matices que no detecta una máquina».

En manos de esta especialista, un acento particular, una falta de ortografía o incluso una coma en un determinado contexto puede aportar tanta claridad sobre la autoría de un crimen como un casquillo de bala o un pelo encontrado en un lavabo.

La mayoría de los casos que investiga Queralt se centran en problemas particulares, que no ponen en juego la libertad o la condena de un individuo. Hay muchas más cosas, entre ellas el dinero. Así lo demostró su análisis de un artículo de un convenio colectivo en un tribunal de Badajoz: gracias a su informe lingüístico, unos trabajadores que habían sido despedidos de forma improcedente recibieron una indeminación que sumó los 1,8 millones de euros.

A pesar de su importancia, los detectives de las palabras son todavía grandes desconocidos. Lo sabe bien ella, que cuando sale de su ambiente asiste a las caras de extrañeza de cualquier incauto que le pregunta a qué se dedica. «Es muy habitual que la gente crea que mi trabajo consiste en hablar lenguas muertas o, peor aún, interpretar lo que dicen los muertos», dice entre risas. Entre los muchos talentos de Queralt, que se sepa, todavía no está el espiritismo.

Ella atiende a todo tipo de clientes. Padres que quieren saber quién acosa a su hijo en el colegio. Víctimas de violencia de género que son amenazadas por sus parejas. Actrices famosas hostigadas en Instagram. Editoriales que quieren detectar si uno de sus manuscritos es un plagio... También acuden a ella consumidores que se pelean con aseguradoras por la interpretación de una cláusula de un contrato o damnificados de los estafadores del amor que, además de autoestima, han perdidosu dinero. Toda frase e intención es susceptible de ser estudiada por Queralt. Hasta una pregunta de examen incorrectamente redactada puede acabar siendo impugnada por un opositor.

«La política tiene siempre mucho de sospechas lingüisticas», le decimos. «¿Le han consultado por la tesis de Pedro Sánchez, el máster de Pablo Casado o quizás las grabaciones del comisario Villarejo?».

Queralt se ríe. Tan sólo reconoce que en una ocasión le ofrecieron analizar unas grabaciones «complejas» con fines políticos, pero dice que rechazó la oferta. «No me interesan esos temas».

El negocio de SQ-Lingüistas Forenses en realidad comenzó como un ejercicio de supervivencia. «No pensaba que iba a tener tanto futuro: prueba de ello es que no me pensé mucho el nombre de la empresa», cuenta Quiralt. Todo su equipo salió del mundo académico, ya que trabajaba en el laboratorio universitario de la Universidad Pompeu Fabra, uno de los referentes mundiales de la disciplina. «Al fallecer nuestra mentora, Mª Teresa Turell, la universidad decidió retirar la financiación y fue clausurado, así que nos quedamos sin trabajo».

Empezaron como despacho de investigadores privados en un coworking en el barrio barcelonés de Poblenou, pero la pandemia fue disgregando a sus miembros y estableciendo una rutina basada en el teletrabajo. «Sólo necesito un ordenador y una mesa», reconoce Queralt. Ella dejó la gran ciudad para regresar a Balaguer, su pueblo natal, en la comarca ilerdense de La Noguera, desde donde estudia y contacta con clientes por videoconferencia.

Un acento, un deje o una falta de ortografía puede resolver un caso igual que un casquillo de bala o un pelo con ADN

-¿Gana mucho dinero con las palabras?

-En los temas judiciales este trabajo no está bien pagado, pero en el ámbito privado sí. No se cobra por horas, sino por proyectos. El precio depende de la complejidad del caso, de las horas que exige y de las dificultades de las pruebas forenses. Lo que sí te puedo decir es que como lingüista gano mucho más que si me hubiera dedicado a escribir un diccionario.

La lista de reconocimientos de Queralt en su campo es notable. En 2023 la Sociedad Española de Criminología y Ciencias Forenses le otorgó la insignia de plata. En 2021 obtuvo el premio Vidocq-QdC de la Sociedad Española de Criminología y Ciencias Forenses junto a Roser Giménez. También recibió el Premio Europeo de Tecnología e Innovación y fue candidata al Premio Princesa de Girona en la categoría de Investigación Científica. Es además autora de varios libros dedicados a su trabajo, como Soy lingüista, lingüista forense (Ed. Pie de página) y Atrapados por la lengua (Larousse).

Para ella lo más fascinante de su trabajo se esconde en la flexibilidad de las palabras. «El lenguaje, al contrario que una huella digital o el ADN, se modifica todo el tiempo y de forma inconsciente», dice.

No habla igual alguien en Córdoba que en Málaga, aunque ambos sean andaluces. Nuestro trabajo, dónde vives o con quién te relacionas influye tanto en el vocabulario como en la sintaxis. El lenguaje se moldea y es contaminado sin descanso. Y el contexto nos dice mucho de él. «Tú no hablas igual con tu hermano que con un jefe, no proyectas igual la voz, no usas con tu abuela neologismos en inglés», explica la lingüista, quien pone un ejemplo de todos estos cambios que nunca percibimos: «Cuando vas a mandar un mensaje, hasta el dispositivo influye en tu forma de redactar. Es probable que usando WhatsApp en el móvil reflejes la risa mandando un emoji, pero con la misma aplicación en el ordenador lo hagas escribiendo un 'ja, ja, ja'».

-¿Cómo funciona el ego cuando escribimos?

-Es importante. Piense en los anónimos o en las estafas. Cuando alguien te quiere estafar, lo que intenta es aparentar que tiene un nivel de lenguaje más elevado. Es algo curioso. Te das cuenta con el uso de adverbios. Al estafador le encantan los «sutilmente», los «cordialmente...».

Nuestra lingüista está atenta a todo. Nunca sabe qué le puede demandar un cliente que contacta con ella. Como aquel marido que le pidió que investigara el sonido de los orgasmos que había grabado cuando tenía sexo con su mujer: quería saber si ella los fingía.