Viene Curro Romero a paso de procesión por la calle Juan Pablos, entre el sol y sombra de los árboles y el otoño. Un cuarto de siglo después de su adiós de los ruedos, sigue vigente en la memoria de Sevilla. Abuelos y nietos que ni siquiera lo vieron torear profesan la fe del currismo. Y se le acercan como si no hubiera pasado el tiempo. Nadie esperaba el desenlace de aquel 22 de octubre del 2000. Curro, a sus 66 años, en la soledad de Bellasombra, su casa del Aljarafe sevillano, anunció por sorpresa que se retiraba. Más de 40 temporadas ininterrumpidas quedaron atrás. Había toreado esa mañana en un festival, mitológico ya, en La Algaba, junto a Morante de la Puebla. Y por la noche, en una entrevista en RNE con Fernández Román, Curro dijo que lo dejaba, sin más. Sin despedidas. Sin avisar a nadie, ni siquiera a su mujer, Carmen Tello. Ni a su cuadrilla. Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra forma y, sin embargo, sucedieron así, de la manera más fiel a sí mismo, a su leyenda hecha de silencios.
Veinticinco años después, el Faraón pasa por su Sevilla en silla de ruedas, a punto de cumplir 92. El pelo blanco desde la pandemia, la piel con un bronce gastado, el empaque intacto. Carmen cuenta que a Curro le da vergüenza llamar la atención por la calle. Llega a La Bodeguita Los Caracoles -su refugio gastronómico favorito- y se hace un silencio reverencial en la terraza, un respeto de paseíllo en la Maestranza. Curro (se) aparece y ya nadie puede mirar a otro sitio. Se levanta de la silla y camina hacia la puerta. Despacito. Nadie habla. En su mirada brilla un destello de optimismo por el que se asoma esa naturalidad alegre tan suya. Curro está contento cuando está rodeado de los íntimos, poquitos y buenos. Y sonríe al recordar con su gran amigo Javier Arenas anécdotas de Picoco, de Beni de Cádiz, de Carlos Herrera o de José María García. O cuando Macarena Olivencia le habla de Manolo Caracol. Y por encima de todo y de todos, cuando alguien nombra a Camarón, su alma gemela. En el año 25 d. C. (después de Curro), el mito conserva todo su universo por dentro.
Hoy el maestro -inmaculado con una guayabera de lino celeste- tiene un buen día. Acaba de superar el Covid, una neumonía, otra, que lo mantuvo hospitalizado. Sevilla entera permaneció en vilo, en vigilia de cariño. Por fin, después de muchas semanas, ha descansado: «Hoy he dormido del tirón», dice, y esboza una nueva sonrisa mientras se sienta a la mesa con toda su torería a cuestas. A la hora de comer, al icono sevillano le pueden las querencias gaditanas: queso payoyo, boquerones fritos y unas papas con chocos que quitan el sentío. Curro, como Villalón, divide el mundo en dos: Sevilla y Cádiz. Y para rematar, un sorbete de mandarina.
- Qué bien se le ve, maestro.
- La procesión va por dentro...
Y sonríe otra vez. Con ganas. Curro Romero ya no parará de sonreír en toda la entrevista. Sostiene que le gustaría «ser eterno para reírse». Y que «reírse de oreja a oreja da mucho gusto». Hasta la risa le sale de manera pausada. Curro ha ahormado con su ejemplo una nueva filosofía de la despaciosidad. Y de la elegancia sencilla. Su hemeroteca está llena de sentencias senequistas de combustión lenta y profunda. Por ejemplo: «Qué difícil es comer despacio cuando hay ganas de comer». Séneca pregonaba que la vida es larga para quien la entiende y corta para quien la dilapida. Curro ha entendido que todo hay que hacerlo siempre despacito. «Y qué difícil es», suspira...
"El miedo es perenne. Siempre está ahí, no se olvida nunca. Hay veces en que parece que no tienes miedo, pero lo tienes"
- ¿Cómo le vino el impulso de retirarse tan discretamente, sin ruido?
- Es que me daba vergüenza retirarme. Cada uno es cada uno. Tenía una pelea conmigo mismo y me decía para mis adentros: ¿hasta cuándo, Curro? Yo sabía que un día me iba a pegar una voltereta el toro y me iba a dejar, por lo menos, cojo. Quería quedarme entero y disfrutar de la vida.
- ¿Ese pensamiento es el que le hizo decir «hasta aquí»?
- Hombre, es que iba a cumplir 67 años. Y menos mal que mantenía un poquito la fuerza en las piernas, pero me parecía una locura, porque el toro tiene mucha potencia y tiene siempre la misma edad, y yo cumplía uno más cada año. Hay que ser consciente de que la vida es lo más importante. Salía a jugármela cuando me embestía un toro bravo y bueno. Y me volvía loco de contento, porque podía sentirme, afortunadamente, con esos toros. Porque con un toro que no obedece o es manso es muy difícil emocionar. Me gustaba llegar a ese punto, que es maravilloso. Me ha salido de cuando en cuando, y me gustaría haberlo repetido más. Pero ya no sería igual si lo hubiera hecho muchas veces...
- Ese día un novillo le pegó una voltereta a Morante y eso a usted le hizo pensar aún más, ¿no?
- Sí, en la plaza se te pasan muchas cosas muy rápido por la cabeza.
- Usted el toro lo veía prontísimo.
- Siempre tienes que ser muy sensible y tomar las decisiones muy rápidas, porque con un toro te dan 10 minutos para poner aquello al rojo vivo... de una forma o de otra. Y había que ser breve para no aburrir a la gente. Salían de la plaza poniéndome verde y con las venas saltadas. Emilio Romero [director del diario Pueblo] me dijo que yo era el torero que más irritaba a los públicos de España. Y yo le contesté: «¿Y no es peor aburrirlos?».
- Cuando abreviaba y mataba rápido al toro, la gente se enfadaba no por lo que había visto, sino por todo lo que había dejado de ver...
- Ahora no pasa eso. Ahora le pegan cuarenta o cincuenta pases y toca las palmas toda la plaza. Eso hace mucho daño. El aficionado bueno ha dejado de existir.
- Y usted, sin embargo, nunca se traicionó. Nunca se desvió de su concepto. Si había que ir por la calle en medio, se iba.
- A conciencia. Nunca me he traicionado, nunca.
"Seguir soñando con torear me da vida; sueño con torear bien y que la alegría que siento no se acaba nunca"
«Las cornadas a Curro se las dio el toro bueno. Él nunca se dejó coger por el toro malo», tercia Carmen Tello. «No hablemos de eso», despeja Curro, que espanta de su cabeza la imagen de las cornadas. Pero acaba cediendo poco después y argumenta que «es más fácil que te coja el bueno que el malo, porque con el malo no te das coba».
- ¿Sigue soñando con el toreo? ¿Sigue pensando en la faena perfecta?
- Soñar con torear me da vida. Me siguen viniendo cosas buenas a la cabeza y eso me da la vida. Sueño con torear bien y que la alegría que siento no se acaba nunca.
- Su sueño era poder torear toda la faena con el capote, a la verónica, claro. Con ese capotillo tan pequeño suyo.
- Claro. Yo el capote lo fui recogiendo con los años porque era muy grande. Me acoplaba muy bien. Con el capote pequeño es más fácil ajustarse. La bambaleta no es tan grande y no sacudes al toro para afuera; toreas para dentro. Tiene más exposición, y gozas más, y emocionas más. A los toros hay que acariciarlos toreando con la panza del capote.
- Cuando sueña con torear, o cuando recuerda todo lo vivido, ¿todavía siente miedo?
- El miedo es perenne. Siempre está ahí, no se olvida nunca. ¡Afortunadamente! En el hospital soñaba con vacas de todos los colores. Cuando estás toreando, el miedo pasa sobre la marcha. Hay veces que parece que no tienes miedo, pero lo tienes.
- ¿Piensa mucho en la muerte?
- La muerte siempre se está paseando por delante. Cuando toreaba y ahora, pero hay que dejarla aparcada porque si no, no se podría vivir.
- ¿Y qué le pide Curro Romero a lo que le queda de vida?
- Le pido lo más sencillo, que es tranquilidad y salud. Ahí entra todo.
- Veinticinco años después de retirarse, ¿qué legado quiere dejar?
- Lo importante son los recuerdos que he dejado a mis partidarios. Cuando se acuerden de mí, me gustaría que dijeran que fui buena gente. Lo mejor es haber sido bueno.
Un cuarto de siglo después, el Faraón de Camas ha regalado todos sus capotes y todos sus vestidos. Se ha desprendido de toda la nostalgia. «No quiero saber nada de lo pasado; yo los recuerdos los llevo guardados en un rinconcito y si hay que usarlos, se usan, pero vivo el presente, por supuesto que vivo el presente. No pienso en el pasado, ni en lo bueno ni en lo malo. Lo que me interesa es lo que pasa en el día». Lo ha regalado todo, todo... menos unos zapatos de Camarón, su gran amigo. Los compró en una subasta porque le daba pena que nadie hubiera pujado por ellos.
"No quiero saber nada del pasado; yo los recuerdos los llevo guardados en un rinconcito y si hay que usarlos, se usan"
- Camarón era un poco el Curro Romero del cante, ¿no?
- Hacíamos mucha vida. Era una persona distinta a todas. Lo conocí en La Venta de Vargas (San Fernando, Cádiz) con ocho o nueve años. Ya se sabía que iba a ser un fenómeno de la naturaleza.
- Usted ha sido un payo con un soniquete muy gitano.
- [Se le ilumina en la cara la sonrisa más grande de todas]. Los gitanos me han dado mucho cariño. Yo era uno más entre ellos y nadie se las daba de nada. He sido muy osado por cantar fandangos. Caracol, después de escucharme, me dijo: «Tú, a torear».
- Camarón y usted exprimieron la noche y la vida juntos.
- Pasamos muchas noches juntos, y no hablábamos. Noches enteras sin que hiciera falta hablar. Hablábamos muy poco y nos reíamos mucho. Yo estoy siempre deseando ver gente riéndose para que me provoque la risa a mí. Cuando te ríes estás muy sano, no te duele nada.
Volvamos ahora de Cádiz a Sevilla, rompeolas de todos los currismos. Curro se considera a sí mismo «un torero de la otra orilla», de la estirpe trianera de Belmonte, Cagancho y Curro Puya, ese espejo suyo a la verónica en la década de los 60. «Camas es Triana», remata, antes de confesar que, cuando pasa por delante de su estatua, junto a La Maestranza, le gustaría «cogerle la cara y ponerla mirando para allá». Para Camas.
- Es impresionante la devoción de esta ciudad por Curro después de haberse retirado hace 25 años. Usted es el gran amor de Sevilla.
- Es tremendo. Hay niños chicos que ni siquiera me vieron torear, y se acercan porque escucharon a sus abuelos. Y, claro, son partidarios buenos, porque los niños hacen mucho caso a los abuelos.
- ¿Es consciente de que el currismo es una fe?
- A Camarón y a mí nos han pasado unos casos... Yo no sé si llegué a contar lo que me pasó con tres enfermos que estaban sentenciados. Uno, en Almuñécar (Granada). Vinieron unos cuantos de su parte y yo dije que ya no iba a más comidas, pero el médico me dijo que le quedaban dos meses de vida y ante eso doblé y dije «claro que sí, voy». Y pasé un rato muy malo porque el enfermo me hacía reír. Y luego me llevó a su casa con su familia. Fue muy duro. Otro, en Tomares (Sevilla) y otro que se iba ya p'allá, el pobre, en Camas. Y con Camarón venían las gitanas con sus hijos bajo el brazo para que les pusiera las manos en la cabeza y él decía que no servía para eso, que se moría de pena y que por eso se dejaba ver poco. Igual que yo. Yo estaba escondido siempre en la montaña de Marbella, y no bajaba.
- Era muy feliz en Marbella como un ermitaño.
- Ojú. Solo, solo. Luego vinieron unos vecinos y ya me acorralaron. Y ya era otra cosa. Pero viví unos años magníficos cuando estaba solo, solo. La soledad era mi amiga, no me peleaba con ella. A mí me gusta estar solo y que no me conozca nadie. A veces me gustaría ser invisible, siempre lo he dicho.
- La alegría que le daba a usted cuando por la calle, en vez de pararle con un «¡hola, Curro!», le decían «¡adiós, Curro!»...
- Un día iba de paseo yo solo por Sevilla, mirando para abajo, y escuché una voz: «¡Adiós, Curro!». Y cuando levanté la cabeza, el que me lo dijo ya estaba a 10 metros de mí, y sin mirarme. Se había ido mirando para abajo también. Y yo pensé: «Oooole, ¡éste es el bueno, éste es el bueno!».
Hablemos ahora de los toreros que le han marcado en el pasado y que le interesan en el presente. Hace 25 años, en aquel festival que precipitó su retirada, Curro Romero cedió el testigo simbólico a Morante de la Puebla, que es ahora quien dice adiós por sorpresa, como cerrando un ciclo completo de la tauromaquia sevillana.
"Solo Morante sabe si volverá, pero se ha ido en el mejor momento de su carrera y con toda la fuerza de la afición"
- ¿Qué piensa sobre la retirada de Morante?
- Eso es una cosa que él ha decidido y yo no puedo pensar por él.
- ¿Usted cree que Morante volverá a los ruedos?
- Si volverá sólo lo sabe él. Eso sí, se ha ido en el mejor momento de su carrera y con toda la fuerza de la afición.
- Cuando Morante cortó el rabo en Sevilla, usted tuvo el generoso detalle de coger el teléfono y llamarlo.
- Sí, lo llamé. Y eso que no me gustan mucho los trofeos, porque si uno pincha ya no le dan las orejas. ¿Qué es lo que ha valido, entonces, la espada o los 15 ó 20 muletazos de una faena grandiosa? Y el rabo, que lo perfumen...
- Usted se considera que sólo ha sido «un hombre con estrella».
- Es que ésa es la verdad.
- ¿Qué toreros coetáneos le han llegado al alma, maestro?
- Cuatro toreros me han gustado: Pepe Luis Vázquez, Pepe Luis hijo, Rafael de Paula y, por encima de todos, Antonio Ordóñez, que tenía sus cosas, pero a mí me quería mucho. Un torero bueno es muy difícil que sea mala persona. La amargura es cosa de los mediocres.
- ¿Y de ahora? ¿En qué toreros ve Curro una continuación de su estirpe?
- Pablo Aguado tiene buenas cualidades y cuando le embiste un toro tiene cosas interesantes que me gustan mucho. Urdiales les da el medio pecho. Y Morante y Ortega también.
- Ahora la tauromaquia resiste gracias a su blindaje legal como patrimonio cultural, pero no siempre fue así. Usted, en su empeño para que los toros no dependieran del Ministerio del Interior, sino del de Cultura, se reunió con José María Aznar, que le dijo que no, que había que dejarlos como estaban.
- Me dejó mudo. Tendría que haberle contestado «¿y tú qué sabes?». Pero yo no me pongo a su altura...
- Usted no tiene maldad.
- ¿Y para qué la quiero?
- Desde ese fondo de bondad, ¿cómo ve un mundo tan acanallado como el de ahora?
- El mundo ha cambiado porque ahora la gente cree en la mentira. Todo el mundo va loco, corriendo y mirando el reloj. Este mundo está equivocado.



