Visitar museos, lo sabe todo el mundo, es de izquierdas. Igual que asistir a conciertos o a festivales de música indie. También ver debates o programas de ciencia en la tele. Hacer gimnasia también es bastante progre, como ir en bicicleta, ser vegetariano o utilizar el transporte público. El flamenco, sin embargo, es de derechas de toda la vida, igual que la música latina, el boxeo, los deportes de motor, ver entrevistas o actuaciones en televisión y organizar comidas con la familia los fines de semana.
Sí, vale, todo suena a tópico trasnochado, pero es lo que subrayan los últimos estudios sociológicos. Que la lealtad es más de derechas y el cuidado más de izquierdas. Que ser del Real Madrid es de derechas y ser del Barça, de izquierdas. E incluso que hacer el amor es de derechas y follar, de izquierdas.
Básicamente, que todo hoy, desde un programa en prime time al sexo pasando por la Vuelta ciclista a España, está profundamente contagiado por nuestra ideología. Y que la polarización en España es tan salvaje que todas las etiquetas posibles han quedado atrapadas, retorcidas y exprimidas en una única y gigantesca grieta: rojos frente fachas.
«La política ha empezado a acapararlo todo», alerta el sociólogo Luis Miller, experto en polarización. «Empieza a funcionar como un paraguas bajo el que todo lo que hacemos parece tener un contenido político, todo tiene un contenido simbólico».
Miller, científico titular del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC y autor del ensayo Polarizados. La política que nos divide (Deusto), es también responsable de un estudio dentro del proyecto NORPOL, financiado por la Agencia Estatal de Investigación. Su investigación desvela que la ideología ya se ha convertido en la identidad dominante en la sociedad española por encima de la religión, los roles de género, la etnia, el ecologismo, la región, la educación... e incluso el fútbol. Todo lo vemos hoy a través del prisma político y todo está contaminado y encajonado por esa visión.
-¿Ahora mismo quién genera más sentimientos encontrados en nuestro país: Pedro Sánchez o Vinicius?
-Uff, es difícil... Pero yo estoy completamente seguro de que Pedro Sánchez. Su figura llega más y, aunque el fútbol todavía genera grandes pasiones entre muchísima gente, el conocimiento y la presencia de Sánchez ha conseguido estar muy por encima de la de cualquier ídolo deportivo.

"El juego de la crispación tiene consecuencias reales y en Valencia se han visto como nunca"

Cómo la política del odio nos ha convertido en el país más polarizado del mundo
La investigación de Miller revela que las identidades políticas provocan hoy reacciones más extremas que ninguna otra categoría y que nada nos cabrea o excita tanto como un cara a cara entre Sánchez y Feijóo, un discurso de Isabel Díaz Ayuso, una bravata de Santiago Abascal o el último tuit de Rufián. «La media de los sentimientos hacia nuestro partido se sitúa en 80 puntos sobre 100, la más alta entre los sentimientos positivos en cualquier asunto, mientras que la media de los sentimientos hacia el partido que más odiamos baja de los 10, la más baja entre los sentimientos negativos», explica.
El único consuelo es que el caso español no es una excepción. Un estudio en Países Bajos concluyó en 2021 que la antipatía que generaban los partidarios de otras formaciones políticas ya era mayor que el rechazo que podían provocar los roles de género o los refugiados. Y en EEUU, aún sobrecogidos por el asesinato del activista ultraCharlie Kirk, se han publicado decenas de trabajos que revelan que la animadversión entre demócratas y republicanos ha alcanzado los niveles más altos en décadas, llegando a infectar aspectos de la vida cotidiana que, a priori, poco tienen que ver con la política.
Un estudio de National Bureau of Economic Research, publicado en enero de este año, reveló a partir del análisis de los datos de 180 millones de votantes americanos que la segregación entre demócratas y republicanos se ha incrementado sostenidamente desde 2008 hasta 2020 en todos los niveles geográficos: desde distritos electorales hasta barrios. Es decir, que los demócratas viven cada vez más en zonas de demócratas y los republicanos buscan piso rodeados de otros republicanos.
Los demócratas y los republicanos viven en mundos diferentes, se titulaba en 2021 un artículo de The Harvard Gazette que ya advertía sobre este fenómeno. «Incluso dentro de un mismo barrio, demócratas y republicanos se están distanciando un poco», avisaba el profesor de Ciencias Sociales Ryan Enos en aquel texto. «Es un nivel de segregación casi antinatural dadas las similitudes que suelen compartir las personas del mismo barrio y podría indicar que algo muy perjudicial está sucediendo», añadía. Según un análisis del propio Enos publicado en Nature Human Behaviour, el 10% de los demócratas que viven en ciudades grandes como Nueva York se cruza en su barrio con un republicano sólo una de cada 10 veces. Y los republicanos en zonas rurales sufren una segregación similar.
"La política ha empezado a acapararlo todo. Funciona como un paraguas bajo el que todo lo que hacemos parece tener un contenido político"
Las burbujas, además, cada vez son más grandes. En los últimos años se han lanzado varias aplicaciones americanas para ligar dirigidas sólo a conservadores o sólo a progresistas e, igual que aquí decimos que el madridismo es un poco de derechas o el tofu bastante de izquierdas, en Estados Unidos tienen clarísimo que los coches todoterreno son muy republicanos y el café con leche es algo profundamente demócrata.
La expresión latte liberal, por ejemplo, se ha popularizado en los últimos tiempos al otro lado del Atlántico para despreciar los gustos de los votantes de centroizquierda. Según la definición satírica de la página web Urban Dictionary, loslatte liberal son «aquellos que no tienen nada mejor que hacer que unirse a causas de moda y se sientan a tomar café diluido de Starbucks a un precio excesivo mientras lamentan la difícil situación de los pobres».
¿En qué momento la ideología se nos coló hasta en el vaso de frapuccino?
«En España tenemos una historia importantísima de identificación con la política», recuerda el sociólogo Xavier Coller, autor de La teatralización de la política en España (Catarata), un ensayo en el que radiografía la escenificación del conflicto político en nuestro país y la menos visible, pero real, esfera de cooperación parlamentaria entre adversarios que ha quedado sepultada por el espectáculo. «Aquí hemos tenido a los carlistas, los liberales, los absolutistas, los conservadores, los republicanos, los rojos, los nacionales... Tenemos un pasado histórico sobre el que ahora se ha reconstruido, potenciado y multiplicado este fenómeno de la política como vector identitario a través de unos medios de comunicación que ponen el foco en los personajes de la política, pero poco en las políticas reales y sus consecuencias».
El resultado, según los datos de una encuesta de DB40 que maneja Coller y tal y como anticipaba Miller, es que el 60% de los ciudadanos españoles ya se identifican «mucho» o «bastante» con el partido al que votan. Casi tanto como los propios parlamentarios (un 70%), que no dejan de exprimir la dopamina política.
«Las tertulias televisivas y las noticias cada vez más políticas replican ese punto de atracción que tiene escuchar a dos políticos que a todas horas se están lanzando golpes dialécticos, insultos, chascarrillos, insidias, zascas, sospechas e insinuaciones como si fueran dos púgiles en un cuadrilátero», resume Coller.
En un rincón del ring están los fans del indie, de David Broncano y La revuelta, los que van en bici y, claro, votan a la izquierda. En el otro, los de la música latina, los que se parten con los chistes de Trancas y Barrancas y no se pierden la comilona del domingo, los que les gusta la fruta y odian visceralmente a Perro Sanxe. Cada uno en su trinchera.
Ese arrebato tribal es lo que el psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt llama «el interruptor de la colmena», un botón que antes activaba sobre todo la religión o el deporte y, ahora cada vez más, la política. Los movimientos políticos modernos funcionan casi como sectas: marchas, cantos, símbolos, enemigos compartidos... Todo eso activa el dichoso interruptor y convierte la política en el nuevo Barça-Madrid: una experiencia emocional y comunitaria más que racional. Un sentimiento de comunidad que nos lleva a ponernos la bufanda y buscar refugio en nuestra grada de feligreses. «La mayoría de la gente es moderada, pero no está en las redes sociales y ni siquiera vota. Son como materia oscura política», explica Haidt. «Los que acaparan ahora el debate son los activistas, los que votan en las primarias, los extremistas».
Y, al parecer, lo han asaltado todo sin que sepamos muy bien cuándo empezó la metástasis. «Algunos autores dicen que es a partir de mayo del 68 cuando se produce una caída de los sistemas de valores tradicionales: la familia o las creencias religiosas dejan de servir como paraguas y la revolución cultural y la posterior llegada de la digitalización dejan un vacío que la política partidista se encarga de ocupar», amplía Miller. «La política se ha dedicado a resignificar muchas cosas que antes estaban ligadas a cuestiones religiosas o culturales». Sus tentáculos se han extendido más allá de los despachos ministeriales o los pasillos del Congreso. Miller, que lleva años alertando sobre los riesgos de la polarización extrema en nuestro país, se ha sumergido ahora en explorar los impactos de esa división en nuestra vida diaria. En su artículo La polarización cotidiana en España, publicado en Revista de Occidente, el sociólogo analiza cómo la sociedad española se ha ido fragmentando en grupos sociales con creencias, preferencias e intereses distintos que los partidos han ido exacerbando y explotado estratégicamente. También se pregunta si las divisiones partidistas, aparentemente irreconciliables, que vemos cada día en los medios, se han filtrado o no a nuestra rutina.
"Vivimos en un ambiente preelectoral continuo. Todo se aprovecha políticamente y lo vemos en conciertos, bodas, bautizos y comuniones"
«En nuestro día a día vivimos en burbujas, rodeados de personas que son y piensan como nosotros», escribe Miller. «Esto refuerza las otras formas de polarización, ideológica y afectiva, generando un círculo vicioso donde nuestra vida social y nuestras creencias y posicionamientos políticos se refuerzan mutuamente. La división entre personas y grupos con distinta afinidad partidista trasciende lo ideológico o emocional y alcanza cuestiones como los gustos, los estilos de vida y los lugares de residencia».
«Vivimos en un ambiente preelectoral continuo y esto hace que la política esté siempre en primera línea y genere más sentimientos encontrados en cualquier ámbito», comparte Coller. «Todo se aprovecha hoy políticamente y lo vemos en festivales de música, conciertos, bodas, bautizos y comuniones...».
El pasado mes de julio el cantante y DJ catalán Juan Magán animó al público de uno de sus conciertos en un festival de Madrid a insultar a Pedro Sánchez. «La canción del verano», lo llamó. Días después, el guitarrista de Mago de Oz interrumpió una actuación en Asturias para cagarse en los muertos del presidente -tal cual- por «robarnos la cocaína y las putas» y el rapero El Jincho se sumó a los ataques al presidente del Gobierno desde un concierto en Valencia.
En agosto, la Liga denunció cánticos contra el también líder del PSOE en un partido del Betis en el estadio de La Cartuja y hace sólo unos días se viralizó en redes sociales el vídeo de una boda en la que uno de los invitados, desde el altar, rogaba a Dios por España y añadía: «Para que la guardes de todo peligro y la fortalezcas frente a la adversidad, preserves la unidad de la nación y guíes a los españoles al resplandor de tu luz y ya, si puedes, nos cambies de presidente».
Risas en la catedral.
El boicot a la etapa final de la Vuelta ciclista a España en Madrid por parte de activistas propalestinos y la posterior batalla entre partidos es el último episodio de la sobrepolitización de todos los escenarios.
¿Queda algún espacio libre de politización en nuestro país? «Hay efectos que sí aparecen en otros países que yo no he encontrado en España: por ejemplo, el consumo en nuestro país no está tan politizado», aclara Luis Miller. «Salvo algo muy específico, como la comida orgánica, que está muy ligada al ecologismo y eso todavía divide muchísimo en España entre izquierdas y derechas, las cuestiones del comer generan pocas divisiones aquí. En nuestro país las diferencias se encuentran más en el terreno cultural, de valores, sentimental o emocional. Ahí las diferencias sí son tremendas».
Según sus estimaciones, los votantes de derechas creen más en el amor para toda la vida y en la existencia de tu media naranja. Y los de izquierdas destacan por desvincular relaciones afectivas y sexuales y por ser los que más creen en el poliamor.
Está hiperpolitización de nuestra existencia, incluso en la cama, provoca, según Miller, una sociedad definitivamente «más aburrida». «Si no nos mezclamos con otros por cuestiones ideológicas o politizadas, nuestra vida es mucho más pobre y más pequeña», lamenta. «Hoy se producen menos intercambios porque cualquier cosa que enseñas de ti mismo ya denota tu ideología».
«Lo ideal es encontrar un equilibrio entre el conflicto político, que es normal y es sano siempre y cuando se exprese por unos canales educados, corteses, no exentos de tensión, pero sin llegar al insulto y sin pasar ciertas líneas rojas y el solapamiento en algunos temas que generanmenos diferencias», expone Xavier Coller, empeñado en subrayar que en nuestro país, más allá de la bronca y el ruido ensordecedor, existe una «política invisible» en la que se tejen pactos y consensos que apenas sale en los medios.
"Pedro Sánchez genera ahora mismo más sentimientos enfrentados que Vinicius, está muy por encima de cualquier ídolo deportivo"
Según sus estimaciones, en la actual legislatura se han aprobado 23 leyes en España. En un tercio de los casos, las iniciativas salieron adelante sin ningún voto en contra. «A pesar de que se percibe el parlamento como un área de conflicto, la aprobación de leyes genera el mismo o más consenso que en etapas recientes», explica Coller.
El problema es que eso no genera demasiados titulares y difícilmente será trending topic en un momento en el que la polarización no deja de crecer, la desafección paradójicamente se dispara y la sociedad está enfermando de política. Literalmente.
Una investigación publicada en 2023 en la Asociación Estadounidense de Psicología demostró el impacto que la sobreinformación política tenía en nuestra salud mental y cómo su influencia se había colado en nuestra vida diaria. «La política ya no es algo que solo afecta a la gente cada cuatro años, sino que parece impregnar la vida cotidiana», aseguraba entonces el doctor Brett Q. Ford, profesor adjunto de Psicología en la Universidad de Toronto y uno de los responsables de aquel estudio.
Para calibrar esa influencia, su equipo realizó varios experimentos. Primero pidió a distintas muestras políticamente diversas de estadounidenses que respondieran una serie de preguntas cada noche durante varias semanas sobre el evento político en el que más habían pensado ese día, las emociones que sentían como respuesta, cómo manejaban esas emociones, su bienestar psicológico y físico general en ese momento y qué motivaciones políticas les generaba el sucesos en cuestión. Luego expusieron a un grupo mayor de votantes a fragmentos de noticias políticas de los programas de mayor audiencia en Estados Unidos. Y finalmente pidieron a los participantes que probaran diversas estrategias de regulación emocional mientras veían cada vídeo.
Los resultados sugerían que sí, la política puede perjudicar seriamente nuestra salud.
«La política moderna -sus controversias cotidianas, su incivilidad y su ineptitud- supone una carga emocional constante para los estadounidenses», explicó Matthew Feinberg, coautor del artículo y profesor de comportamiento organizacional en la Escuela de Administración Rotman de la Universidad de Toronto. «Es importante que las personas cuenten con diversas herramientas para gestionar el estrés crónico de la política cotidiana, a la vez que mantienen la motivación para participar en ella cuando sea necesario».
¿Acabaremos muriendo si no de politiquismo? «En algún punto se producirá un colapso de esta burbuja informativa porque no seremos capaces de tragar más política», sostiene Miller. «Y entonces la esperanza es que exista la suficiente creatividad como para poder introducir temas no políticos que capten nuestra atención».
Aunque sea otra vez un partido de fútbol... o una noche de sexo sin ideología.


