Se conocieron de la manera más tonta, de esas que hacen pensar que Love actually no es una película -¿ha habido flechazo o sólo química?-, de las que hacen ilusión. Él se mostró especialmente simpático, seductor y hasta lanzado: pidió una forma de contacto y ella se la dio. Menos de una hora más tarde estaban charlando sobre cuándo quedar para tomar algo. Menos de una semana después, él dejó de comunicarse sin dar explicaciones y la retiró de su agenda de contactos. Desconocemos si la bloqueó porque ella tampoco le pidió ninguna aclaración.
Como el ser humano tiene especial querencia por tropezar con la misma piedra, nuestra protagonista -quizá escapando del drama previo, quizá escuchando a sus deseos, quizá ambas- decidió descargarse una aplicación de citas y anduvo unos cuantos días viendo el percal. Hasta que un señor le hizo cierta gracia y, tras varias jornadas, se animó a escribirle un mensaje al móvil que él le había dado (sin que ella lo pidiera). Pensó que no tenía mucho sentido hablar con un cuasi desconocido siendo ella aún alguien sin rostro -él ya le había mandado fotos, que ella no pidió- y envió una imagen simpática y estándar. Él no volvió a dirigirle una sola palabra y, como el anterior, la retiró de su agenda de contactos.
La mujer volvió a asumirlo con cierta normalidad, pero el cuerpo, ya saben, lleva la cuenta, y el inconsciente, más. Soltera y con ganas de pasarlo bien, había decidido bajar la guardia en un par de ocasiones y ambas habían salido fatal. ¿Cómo se sale de esta? La cuestión es que no se sale, sino que se entra en un fenómeno del que es difícil huir si se han acumulado seis o siete ghostings y un par de escenas como las anteriores: el desencanto por el que se supone que es su género complementario. La pereza hacia el hombre -sus inconsistencias, su falta de responsabilidad y de compromiso, su evitación, sus miedos-, bastante escepticismo y hasta desidia y cierto desdén.
Quizá ella comente con su amiga más íntima y ésta responda: «¡Cómo son los tíos!». Harán bromas: «Me iría mucho mejor si me gustaran las mujeres». Harán promesas: «Paso de ellos totalmente». Y con cada máxima darán fuerza a lo que hoy se conoce como heteropesimismo o incluso, heterofatalismo: la creencia de que las relaciones heterosexuales son prácticamente imposibles, que no satisfacen sino que aturden, y que no merece la pena poner esfuerzo en esa parcela de la vida. También a ellos les pasa, quizá por eso salen pitando de escenarios de seducción que ellos mismos han provocado: se muestran ansiosos, confusos y hasta evitativos. Ya nadie sabe lo que estarán pensando porque -lo dicen las estadísticas- los hombres tienen cada día menos amigos y -lo dicen los expertos- aún no han aprendido a expresar emociones con naturalidad.
Como resultado queda lo que se cuenta: cuando se cumplen 30 años del nacimiento de las citas a través de internet los encuentros hetero están siendo no sólo más complicados que nunca sino que tienden a desaparecer. Según una encuesta sobre citas en España de este septiembre, elaborada por la compañía de productos eróticos We-Vibe, la cuestión también amenaza a las relaciones presuntamente estables, que no estarían saliendo a pasárselo bien: «La tendencia es sorprendente: las parejas están descuidando sus noches de cita, lo que podría estar afectando a sus relaciones». Aparentemente -hay mucha ocultación en los relatos sexuales de cualquier ser humano- un 12% de los españoles saldría con su pareja en modo cita una vez por semana, el 33% tiene una cita al mes y el 9% no la tiene nunca.
Los encuestados aducen diversas razones para el desastre, desde la falta de recursos económicos para divertirse hasta la falta de tiempo (que dedican al cuidado de los hijos) pero entre todas ellas sobresalen un par que se mencionan también en otras investigaciones actuales: la falta de tiempo para la intimidad (33%) y un deseo desigual (26%). Las parejas no consiguen lo que la sexología llama «sinergia erótica», y los solteros que se animan a ligar tampoco (generalizando, claro).
Dice Diana Fdez. Saro, especialista en terapias de pareja, que «seducir se percibe hoy como una inversión insegura: ser el deseable puede parecer seguro -me protejo, evito el rechazo, reduzco el riesgo de ser percibido como agresor- mientras que ser seducida rara vez ofrece seguridad suficiente para abandonarse sin reservas». Y sentencia: «Cuando los mecanismos del deseo erótico se desactivan y no vamos más allá de la mera transacción, el encuentro se reduce a un intercambio hedónico cuyo resultado es objetualización, frustración y, finalmente, heteropesimismo».
El término nace en 2019 y se le debe al aún estudiante de doctorado de la Universidad de Pennsylvania (Estados Unidos) Asa Seresin, al que este periódico ha entrevistado pero, antes de entrar en el meollo -también por vergüenza torera- es importante aclarar que, este verano, el heteropesimismo ha adquirido nuevos vuelos a raíz de un artículo de Jean Garnett publicado en el periódico The New York Times. Titulado El problema de desear a los hombres, con el subtítulo «las mujeres están tan hartas de salir con hombres que el fenómeno incluso tiene un nombre: heterofatalismo», la autora se preguntaba: «¿Qué hacemos ahora con nuestro deseo?».
"Las mujeres llegan al heteropesimismo por evidencia empírica, tras muchas citas identifican un patrón que no les agrada"
El artículo arranca con una escena que ha sido tildada de «un Sexo en Nueva York postmillennial»: cuatro mujeres profesionales (hay una terapeuta, una historiadora...) se reúnen en un restaurante vegano de Manhattan y degustan el clásico hábito femenino (si esto puede decirse todavía) de poner a parir al género masculino. «Los hombres que deseo no me desean lo suficiente, no se comunican con la suficiente claridad, no se dedican a mí. Todo esto parece lo suficientemente calamitoso como para justificar un -ismo. Y si es un -ismo, el problema no puedo ser yo. Deben ser los hombres, ¿verdad? Ellos son lo que está podrido en el estado de la heterosexualidad, ¿por qué no deberíamos tener un sinónimo que lo incluya todo para nuestros pesimismos sobre ellos?», escribe Garnett.
Sobre las razones del heteropesimismo, enumera: «Pesimismo doméstico (todavía hacen menos tareas domésticas); pesimismo sobre la violencia en pareja (el feminicidio sigue siendo horriblemente cotidiano); pesimismo erótico (el clítoris y sus propiedades aún se les escapan a muchos de ellos). Y las subculturas masculinistas petulantemente orgullosas que han surgido como reacciones a estos pesimismos siguen escupiendo nuevas razones para temer, enfurecerse y quejarse de los hombres». Sin decirlo, Garnett mencionaba a los incels, varones cuyo celibato involuntario ha derivado en misoginia.
El autor del término de marras, que responde desde California, matiza: «Los incels tienden a adoptar una ideología violenta y misógina basada en la idea de que los hombres tienen derecho a acceder sexualmente a las mujeres. No existe un equivalente en cuanto a la suposición predominante de que las mujeres deberían tener acceso sexual a los hombres. Esa es la principal diferencia. Lo que los une es un sentido de esencialismo y determinismo de género: los hombres son así, las mujeres son asá».
Seresin, experto en historia de la sexualidad, considera que allá donde existe «una percepción binaria de género surgen quejas sobre las relaciones entre hombres y mujeres y la sensación de que estas relaciones son peligrosas o están condenadas al fracaso». Admite que «existe una coincidencia significativa con el amplio alcance del pensamiento misógino», pero establece diferencias: «Ahora la emancipación de las mujeres y las personas queer hace que la heterosexualidad se entienda como algo opcional; vivir como una mujer soltera o como una pareja queer está mucho más normalizado. Eso hace que las personas heterosexuales se sientan aún más escépticas sobre la heterosexualidad».
"Me he quedado esperando un mensaje, una respuesta, he sido tachada de ansiosa o de indiferente según el momento"
La psicoanalista, también estadounidense, Jamieson Webster, que acaba de publicar Sobre la respiración (Alpha Decay) y Sexo y desorganización (Ned Ediciones) apunta desde el centro de la polémica que el artículo de Garnett le gusta porque «está bien escrito y aborda un espíritu de la época: por qué las parejas son tan infelices, por qué las relaciones son tan difíciles, por qué las citas son tan horribles». Y hace un llamamiento: «Los hombres necesitan ayuda. Las mujeres, también».
Voces españolas como la de Marisol Salanova, filósofa y crítica de arte, se manifiestan «un poco a la contra»: «El heterofatalismo no es exclusivo de mujeres. Como heterosexual que lleva años soltera y tiene ex, además de amigos que cuentan sus experiencias, soy consciente de que muchos hombres heterosexuales también están cansados de las relaciones superficiales o aparatosas y de las citas exprés a través de aplicaciones, les produce el mismo hartazgo que a las mujeres». Salanova piensa que es «un problema de nuestro tiempo, casi generacional»: «Pasamos del amor romántico y las fantasías sobre medias naranjas a un exceso de información y falta de tacto que te enfrenta a la pregunta por boda, hijos y hobbies compartidos en la primera cita. Así, a bocajarro, como si fuésemos robots; conocer al otro ya no es algo espontáneo y gradual, se ha convertido en una tarea, y en ese punto es donde yo me niego y prefiero seguir sola. No de flor en flor; sola».
"Cada vez más mujeres en España tienen la percepción de que los hombres 'se están quedando atrás' y son incompatibles"
La sexóloga Ana Lombardía, autora de Hablando con ellos. La sexualidad de los hombres hetero (Anaya, 2022) y especialista en el bienestar de las parejas de We-Vibe cree que, «en los últimos años, en España, se está observando esta tendencia del heteropesisimismo en mujeres, que sienten que no encuentran hombres con los que compartir una relación afectiva y sexual puesto que tienen la percepción de que los hombres 'se están quedando atrás' y no pueden tener con ellos una relación de igualdad».
Lombardía piensa que ellas han avanzado en lo económico, lo social, lo laboral y también «han cambiado el concepto tradicional de relaciones de pareja, el lugar que ocupan en ella y lo que esperan de los compañeros». «Los hombres, en cambio, no han avanzado tanto en este territorio y se produce una gran distancia entre lo que las mujeres desean y lo que los hombres pueden ofrecer, generando una gran frustración en ellas y confusión en ellos. Además, como esta situación se mantiene en el tiempo desde hace bastante y, a pesar de que muchas mujeres expresan los cambios que necesitan de manera directa y clara, no hay avances, el pesimismo aumenta entre ellas», advierte.
Otra de las razones del avance del heterofatalismo sería el mankeeping, término acuñado por la estudiante de doctorado de la Universidad de Stanford Angélica Ferrara en un paper de 2024 titulado Teorizando sobre el mankeeping: la recesión de la amistad masculina como componente estructural de la desigualdad de género -el New York Times publicaba un artículo de Catherine Pearson sobre el asunto una semana después del de Garnett-.
'Mankeeping': el cuidado de las tareas sociales de la pareja
Para Diana Fernández Saro, al frente del gabinete Afrodisia de atención a parejas, el mankeeping -en castellano, ocuparse de las labores sociales en una pareja, como que su marido llame a su madre- «es un factor clave». «Muchas mujeres asumen la gestión emocional y logística de la relación, desde organizar la vida cotidiana hasta sostener el bienestar afectivo de su pareja. Esta carga desigual aumenta el desgaste y alimenta el heteropesimismo, porque la relación deja de ser sinérgica y se convierte en un intercambio de obligaciones y riesgos».
Lombardía insiste en que «muchas siguen asumiendo más tareas domésticas que ellos, y también la carga mental de muchas de las labores que ellos intentan asumir». Cree que «las mujeres son mucho más independientes que hace décadas, que ya no necesitan tanto ser cuidadas sino alguien con quien compartir inquietudes, proyectos, sentimientos... desde la igualdad y la horizontalidad de las relaciones». Y que «el mankeeping no es nuevo, pero ha cambiado un poco su forma y su peso es mayor que antes». «Ellas han ido cogiendo más y más responsabilidades, sin soltar ninguna de las anteriores, apunta.
Quizá por todo lo anterior, cuando al psicólogo y sexólogo Ignasi Puig Rodas se le pregunta por las causas de este desdén de ellas hacia ellos, éste se expresa con rotundidad: «La evidencia empírica. Cualquier mujer que haya pasado por seis, siete, 35 o 70 citas ha identificado un patrón de masculinidad que se repite. Y la evidencia acumulada lleva al heteropesimismo. Ojala sirva para que nos replanteemos cómo enfocamos las relaciones afectivas en el siglo XXI».
Este profesional piensa que «para entender esas relaciones hay que observar cómo son las vidas de esas personas, qué importancia dan a los vínculos y si tener una relación es un elemento más de la lista de cosas que hay que hacer». Y concluye que «llega un momento en el que las mujeres se preguntan qué les aporta ésta, si se ha convertido en una tarea más que, encima, quita energía para otras». «Se preguntan para qué les sirve, se han cuestionado ya hasta al feminismo que les decía que podían con todo, y ahora piensan: '¿Para que tengo que aguantar yo a este maromo? Yo quiero pareja y no ser la madre de mi pareja. ¿Por qué me tengo que ocupar de esta persona? ¿Se han cuestionado los hombres cis hetero su papel o siguen reivindicando el patrón de siempre? Todavía hace falta mucha faena».
Sus postulados coinciden con los Cecilia Bizzotto, sexóloga y portavoz del espacio liberal JOYClub, para quien es un error ver este asunto del heteropesimismo como una batalla de sexos porque «es un sesgo brutal pensar que el patriarcado y el machismo han beneficiado a los hombres». «No, a lo que han beneficiado es a un modelo concreto de masculinidad (igual que a un modelo específico de feminidad) que constriñe y limita a la gran mayoría de los hombres. Todos esos estereotipos de género -ser un hombre proveedor, siempre disponible sexualmente, dominante, activo,resolutivo, incapaz de sentir emociones- no son una fuente de libertad y mayor felicidad para ellos. El patriarcado no es un privilegio que se ostenta por la mera condición de ser hombre».
Otros, como la escritora Bárbara Blasco, también creen que hay un heteropesimismo rampante pero lo enmarcan en un «fatalismo a secas, una falta de esperanza en un futuro mejor que es marca de nuestro tiempo y que también alcanza a las relaciones de pareja». Y argumenta: «Hay un fatalismo económico que implica inestabilidad, no poder comprar vivienda, no poder construir un nidito de amor, lo que dificulta reproducirse, considerado habitualmente el siguiente paso en una relación, la madurez del amor, sobre todo en las relaciones heterosexuales. Y por último el impacto del feminismo, la idea extendida en las mujeres de que ya no es necesario un hombre en tu vida si resta libertad».
"El miedo cada vez mayor a la intimidad se suma la comodidad de la tecnología: si con Tinder tengo sexo casual cada vez que quiero, ¿para qué necesito una relación?"
Y en la misma línea se expresa la también escritora y poeta Luna Miguel, que resalta que «el término heteropesimismo llegue en una época de pesimismo global, con un genocidio en marcha, con una economía que no nos permite hacer la compra sin desangrarnos, con unos alquileres de mierda y el miedo a los desastres naturales». «¿Cómo no ser pesimistas?», se pregunta. «¿Cómo no pensar que eso que tanto nos dicen que podría consolarnos -una relación íntima- es otra de las cosas que en verdad nos hunde en el abismo? Creo que es bueno mostrarse descontento y frustrado, siempre y cuando eso nos lleve a querer tomar decisiones, a buscar soluciones, a ayudarnos para volver a salir a la luz -y, por qué no, a volver a disfrutar de nuestros cuerpos-», invita.
Ambas, Blasco y Miguel, conceden también la mayor. La primera dice que «cada vez hay más personas heterosexuales (más mujeres que hombres) que han renunciado a buscar pareja (no ya a encontrarla sino a buscarla siquiera) porque dicen que es demasiado complicado, porque están hartos de sufrir». Y cree que «el miedo cada vez mayor a la intimidad que se da hoy en día se suma la comodidad de la tecnología -si con Tinder tengo sexo casual cada vez que quiero, ¿para qué necesito una relación?-». La segunda opina que, aunque «a veces buscamos palabras nuevas para guerras viejas, lo que señalan estos neologismos es importante: la filósofa Ayme Román decía estos días en sus redes sociales que sirven para señalar que no podemos seguir justificando nuestro descontento».
Otra escritora, Carmen G. de la Cueva, se abre algo más en canal para argumentar: «Cómo nos vinculamos hombres y mujeres es un tema que me resulta cada vez más complejo e interesante. Después de estar 12 años en una pareja monógama, ser madre y separarme, llevo cuatro años soltera y he tenido algunas citas y romances. Me han pasado cosas parecidas a las que le han sucedido a las articulistas del NYT, he tenido momentos de frustración y hartazgo, de incomprensión, me he quedado esperando un mensaje, una respuesta, he sido tachada de ansiosa o de indiferente según el momento. No sé en qué momento pensé que necesitaba volver a poner la búsqueda amorosa en el centro de mi vida. Ahora sé que necesitaba pasar por ahí para saber lo que no quería».
Y se pregunta por los hombres: «Siento que están algo perdidos, intentando averiguar qué quieren, qué necesitan, y siento que nosotras estamos igualmente desorientadas. El mundo de las relaciones no es igual que cuando éramos adolescentes, ni siquiera es el mismo que hace 10 años. Entonces, ¿por qué deberíamos seguir esperando lo mismo? ¿Colocando en el centro de nuestras vidas esa búsqueda incansable del amor? Yo también he sentido el heterofatalismo en mi breve paso por Tinder, pero eso no me va hacer renunciar a los hombres de mi vida ni a los que estén por venir».



