"Verano en el pueblo, 1998. De cenar alguna ensalada de tomate con pepino y un sanjacobo, en la tele está el Tiempo, que le encanta a mi abuelo y, de repente, empieza El Grand Prix. Ni se plantea la opción de cambiar de canal. Mi primo Javi y yo decidimos el color del pueblo que apoyaremos esa noche, una decisión muy importante, mientras cantamos eso de 'el programa del abuelo y del niño' a grito pelao. La abuela nos da un buen trozo de helado de corte, de esos de tres sabores, pero que saben todos igual. Después, sale al fresco con las vecinas y empieza el programa. Los Troncos Locos, Los Bebés Gigantes, La Patata Caliente… Chiquito de la calzada pegando saltos como un loco con ese globo gigante que no hace más que crecer. Nos partimos de risa en el salón de mis abuelos, lleno de tapetes, fotos de boda y comuniones. Termina el programa y nos salimos a dar vueltas a la manzana con nuestras bicicletas BH mientras seguimos cantando 'ElGrand Prix, el programa del abuelo y del niño'. Esa felicidad tranquila de cualquier verano en el pueblo. Los recuerdos se desbloquean con cosas aleatorias: una canción, un olor, un programa de televisión. Cuando estábamos grabando el programa no podía dejar de flipar con todo, la ilusión de los concursantes, el equipo y la gente que trabajaba allí, ver a Ramón García… Cuando se emitió el programa y lo vi, rompí a llorar. No podía contener las lágrimas. De repente estábamos otro día de verano viendo ElGrand Prixcon mi hermana, mis sobrinos, con mi amor y ahí estaba yo, en la tele luchando con el color amarillo que era el que solía escoger siempre. Como para no llorar".
Tal vez, haya leído esta carta y haya pensado en que podría haberla escrito usted. Realmente, es el mensaje que LalaChus le escribió a Ramón García hace ahora poco más de un año cuando la humorista y colaboradora de La Revuelta, hoy copresentadora de El Grand Prix, acudió como madrina al programa la temporada pasada.
Fue hace sólo unas semanas cuando Ramón García se atrevió a leer el emotivo mensaje. Lo hizo en la presentación de la temporada que ahora se está emitiendo, y lo hizo porque para Ramón García esta carta es El Grand Prix. Días antes de aquella presentación, Ramón García escribió a otra niña de El Grand Prix. Es la periodista que escribe estas líneas. En su llamada, el presentador sólo me dijo dos cosas: "Quiero que cuentes cómo se hace El Grand Prix porque tú sabes lo que es este programa y yo sé lo que significa para ti". Creo que cuando colgué el teléfono lloré de la emoción como lloró LalaChus el día que Ramón García le dijo que quería que ella presentase el programa junto a él. ¿Tanto puede llegar a significar un programa de televisión como para llorar por él? La respuesta es que El Grand Prix dejó de ser simplemente un programa de televisión hace mucho tiempo.
El Grand Prix son recuerdos, el olor a verano, a amigos, a abuelos que ya no están, a risas inolvidables, a juegos, a amarillo o azul -el azul es el pueblo que está más cerca del mar y el amarillo el que está más lejos-, a echarle arrojo y plantarse delante de una vaquilla -cuántos golpes habrán recibido los quintos de los pueblos por culpa de El Grand Prix-, a pueblo, sobre todo, El Grand Prix es pueblo.
Hace tres años, después de 18 olvidado por las cúpulas televisivas -nunca se le olvidó ni a Ramón García, ni a Carlo Boserman, productor del programa, ni a los niños que crecimos con él- RTVE le dio la oportunidad que en 2005 le quitaron: recuperó El Grand Prix gracias a la insistencia, casi "pesadilla", de García y de Boserman, que nunca cejaron en su empeño de que el programa volviera. ¿Y sabe qué es lo que hizo el programa? Volvió a ser más que un programa, volvió a ser memoria, la de los niños de ahora a los que escuchar la melodía de "el niño y el abuelo" les devuelve al mismo verano que devolvía a sus padres; les devuelve a las risas con sus abuelos, antes padres; les regala momentos con sus padres, los niños de entonces. Como cantaba Joan Manuel Serrat "son aquellas pequeñas cosas / Que nos dejó un tiempo de rosas / En un rincón / En un papel / O en un cajón…" o en la televisión.
Aceptamos el reto de Ramón García, el de meternos hasta la cocina en la que se cuece a fuego lento y con mucho amor El Grand Prix. Son dos días a la semana los que se ruedan cada uno de los programas, los martes y los viernes. Elegimos el viernes y llegamos coordinados telepáticamente con Ramón García. En la puerta del plató, -una nave de 2.000 metros cuadrados, pequeñita para lo que fue la de los primeros años de El Grand Prix, pero enorme si tenemos en cuenta que el primero de todos los capítulos se hizo en las instalaciones de RTVE de Prado del Rey, en la calle y sin absolutamente nada de nada-, esperan los 30 jugadores del equipo de Herencia (Ciudad Real). Los jugadores de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca) han llegado hace rato, ya han pasado por el primer stand y están sentados y colocados en los asientos del plató a la espera de que la árbitro de El Grand Prix, Asun Langa, les explique cada uno de los juegos a los que se van enfrentar cuando comience la grabación.
Una de las cosas que nos advirtió Ramón García antes de aceptar la invitación fue que íbamos a alucinar con los pueblos, que "están enloquecidos". El presentador no nos mentía. Para los herencianos como para los peñarandinos estar en El Grand Prix es "un privilegio" y "un sueño hecho realidad". "¿Nos da tiempo a hacernos una foto antes de entrar?", le pregunta una de las jugadoras a un miembro del equipo. "Sí, sí. Os la hago yo si queréis. Venga, poneros todos. Más pegaditos que si no, no salís". Dentro, otros tantos miembros del equipo -son 200 personas las que trabajan detrás de las cámaras para que el programa salga adelante- les esperan para apuntar sus DNI, sus nombres, entregarles sus camisetas y repartir qué funciones tendrá cada uno en cada juego. Ya se sabe, unos serán pingüinos, otros bebés, otros ardillas, otros… Otros simplemente jugarán sin tener que enfrascarse en ningún disfraz. Pero, seamos realistas, quien va a El Grand Prix quiere convertirse en bolo sí o sí. Sólo lo harán unos pocos privilegiados. Efectivamente, están enloquecidos. Es como si juntaras a un centenar de personas que van a disfrutar de lo que más les gusta en el mundo. Se controlan. A Dios gracias.
"Es increíble que estemos aquí", nos dice José María, jugador de Herencia, "es algo único a lo que tantos pueblos intentan venir, y hemos sido nosotros los elegidos", añade emocionado, mientras no pierde de vista a los miembros del equipo de producción que les van señalizando por dónde tienen que subir, bajar y prepararse. "Es que esto no se va a repetir en la vida", interrumpe una de sus compañeras y vecinas. "Es que tú fijate, nosotros éramos pequeños y jugábamos a esto en la calle y ahora estamos aquí", nos dice muy emocionada. Nos confiesan ambos que no se han preparado especialmente para concursar, pero que para el pueblo ha sido casi como si se fuera a jugar la final de un Mundial. Sólo hay que observar durante unos instantes al alcalde de Herencia.
Sergio García-Navas Corrales es el mayor seguidor de su pueblo. ¡Cómo tiene que ser, leñe! Cada mirada y cada gesto a los 30 jugadores de Herencia va con un ánimo implícito y explícito. Y no cuento cuando llegan los 90 vecinos restantes que harán las labores de público y de animadores. García-Navas Corrales se viene arriba con Inés Hernand, la madrina que le ha tocado. Se han juntado el hambre con las ganas de comer. Dos niños de El Grand Prix olvidándose por completo que esto es televisión y sólo con un objetivo: disfrutar, disfrutar y, si cabe, disfrutar más.
De hecho, es lo que Ramón García les dice a todos nada más llegar: "Aquí todos tranquilos, que esto es tele, pero aquí vosotros habéis venido a divertiros y a pasarlo bien. ¡Que os va a ver media España!". Por si acaso no había nervios… En el backstage los jugadores de uno y otro pueblo comparten ilusión, emociones e intercambios de ropa. Decenas de zapatillas y zapatos acumulados en un lateral, mientras las botellas de agua rulan de un lado para otro. Dentro del plató, Ramón García, LalaChus y Ángela Fernández, sustituta este año de Cristinini, rematan la faena con el director del programa, Amato Pennasilico, una leyenda de la televisión que conoce muy bien el programa y otros grandes éxitos televisivos con El gran juego de la oca. Y aunque en El Grand Prix hay una especie de improvisación constante, lo cierto es que todo es un baile perfectamente coordinado en el que nada puede fallar. Ensayan desde cómo huirá del plató principal LalaChus, hasta cómo reaccionará Wilbur a una de las bromas de Ramón García. Y como en todo programa hay un director, un jefe de producción, una realizadora, que son los que mandan, pero aquí todo el mundo tiene voz y a todo el mundo se le escucha. "¿Me vais a meter en un bolo?", dice LalaChus entre risas, pero sorprendida. Para ella sería cumplir otro sueño más. "Te pones arriba. Quitamos un bolo. Empezamos el plano obviando al bolo de oro y vamos directamente a Lala", explica García, mientras el resto intenta ver si sería posible.
Detrás de todos ellos, del ajetreo, de los jugadores de un lado para otro, de LalaChus hablando con María Fernanda, su vaquilla, el amor de su vida, detrás de las 11 cámaras que hay y muy pendiente de todo en el control, Carlo Boserman, el productor que mejor conoce las tripas de la televisión, padre de El Grand Prix y desde hace tres años también el autor, junto a García, del milagro de que el programa volviera a la televisión. Él es de observar, pero también de solucionar. Ante cualquier problema, Carlo Boserman tiene una solución. Es de la vieja escuela, pero también de la nueva, pues fue él el que ha adaptado El Grand Prix a los nuevos tiempos, a estos en los que tener una vaquilla de verdad en el programa sería ilegal; el que ha hecho que cada vez que se emite El Grand Prix los niños abandonen por un rato móviles, tablets, ordenadores y videojuegos; el que encontró en Wilbur el mejor gag para el nuevo Grand Prix; el que se fue a buscar a América a María Fernanda y el que vive como si fuera a ser el último cada grabación del programa.
En realidad, las 200 personas que trabajan en El Grand Prix lo viven así cada programa. Tal vez la carta de LalaChus es la que mejor describe lo que supone este programa para la memoria televisiva, pero es en sus trabajadores, en quienes lo hacen posible donde reside la magia de El Grand Prix. En Sara, la regidora que abraza a Ramón García antes de que comience la grabación; en David, Luque, Juanky, Pedro o Santi, algunos de los cámaras del programa; en los redactores, los que se sientan una planta más arriba de todo el frenesí, pero que hacen posible que el programa fluya en cada capítulo; en los que están pendientes de los jugadores, del público, de que un atasco que ha retrasado la llegada de los vecinos de Peñaranda de Bracamonte no desbarajuste toda la grabación y que todos lleguen y disfruten. Y luego están Ramón García, LalaChus, Ángela Fernández, Wilbur, Miguel, la vaquilla… Ellos son la cara visible de un equipo para el que El Grand Prix es un sueño hecho realidad tanto como lo es para quien participa y para quien lo ve desde casa.
"¡Vamos a por ellos!", grita Patxi Salinas, el padrino de los peñarandinos. El público enloquece. Empieza a sonar la música, la que elige Ramón García para cada uno de los preshows que hace antes de comenzar la grabación. Siempre son canciones distintas, canciones que identifican a sus compañeros y canciones con las que el presentador dispara al público. "Yo acabo agotado, pero…", pero ver sus caras, "no tiene precio".
"¡Hola a todos! Lo vais a vivir por dentro. Es una experiencia preciosa. Los dos queréis ganar, pero los dos pueblos ya habéis ganado por la proyección que os va a dar el programa. Gracias a los que eráis niños; gracias a las abuelas y a los abuelos. Y gracias, y el primer aplauso, para todo el equipo que está aquí detrás", grita Ramón García. "Enloquecidos", lo dijo y se cumplió. Presenta a Ángela, le sigue LalaChus, que entra al ritmo de Amy Winehouse. "¡Disfrutad muchísimo!", les dice la humorista, mientras la vitorean y ovacionan. Entra Wilbur: "Disfrutad de un viaje tan especial como el que a ser el de hoy. Are you ready?! ¡La caña de España!". Y entra María Fernanda. Las gradas se vienen abajo. Esto acaba de comenzar. Detrás, en lo que no se verá nunca, todo el equipo presente en el plató salta con cada canción, hacen un corrillo, se abrazan, unos siguel los pasos rítmicos de otros. "¡Un poco de alegría!", grita un espontáneo del equipo. ¿Ve como es mejor vivirlo que verlo?
Llegan las últimas advertencias, las que da Sara, la regidora: "No sale del plató hasta que no termine un juego y estemos montando el siguiente. No se sale nunca solo, siempre os acompañará alguien del equipo. Y tener paciencia y no os preocupéis que tenemos muchos árbitros que lo ven todo. ¡Disfrutad de El Grand Prix 2025!".
Mientras se graban las pruebas, como si fuera un falso directo, nadie más que público, presentadores, alcaldes, padrinos y jugadores pueden estar en el plató. Llega la primera prueba, Sergio, el alcalde de Herencia, está a tope. Carmen, la alcaldesa de Peñaranda de Bracamonte, más comedida al principio, empieza a soltarse. Ya han empezado a jugar. Salen y entran. Colocan y descolocan. Todo se monta y se desmonta en cuestión de segundos. ¿Se acuerda de ese baile perfectamente coordinado? Pues ha llegado el momento de demostrarlo. Disfrutan pese a los nervios, pese a la emoción, pese a que quieres que sea tu pueblo el que gane. ¿Y en casa? En casa usted verá esa diversión, ese disfrute, el verano, los amigos, las bicis, el pueblo… Porque El Grand Prix es tan simple y grande como eso, El Grand Prix somos nosotros.






