Trauma número uno. Es la madrugada del 1 de enero de 1977, sus padres hace un tiempo que se han separado y el pequeño James está viendo una peli de Steve McQueen en el dormitorio que comparte con su hermano. En la habitación de al lado duerme su hermana pequeña. Un poco antes de la dos de la mañana se oye un estruendo en casa como si todo el barrio chileno de Vitacura fuera el Yang-Tsé en llamas. «Mi madre grita de una manera que no conocía», recuerda James. «Estupefacto, temblando de miedo, veo que mi hermano despierta sin entender lo que sucede. Intento calmarlo y espero que algún adulto aparezca por la puerta. No sé si mi hermana se ha despertado. Por fin aparece mi madre, bañada en lágrimas, con mi hermana. Nos pide que salgamos de la habitación porque las bombonas de gas de la cocina han estallado».
No hay sirenas, ni humo, ni fuego. Pero la mujer mete a los niños en un Fiat 600 y los saca de allí. James no descubrirá hasta varios días después que aquella madrugada de Año Nuevo no estalló ninguna bombona de gas. Su padre entró en la casa armado con una escopeta del calibre 12 y mató de un tiro al nuevo novio de su madre. «En un abrir y cerrar de ojos me convertí en el hijo de un asesino», cuenta nuestro protagonista.
Una aclaración antes de seguir. James es James Hamilton, hoy tiene 59 años y es un reconocido doctor chileno especializado en cirugía digestiva, bariátrica y robótica. Pero para esto aún falta un tiempo... Vamos antes con el segundo suceso que marcó su vida de forma irremediable.
Trauma número dos. Con su padre en la cárcel, James se convierte en el hombre de la casa siendo sólo un adolescente, pasan los años y nadie habla de lo que sucedió aquella noche del 77. James crece y decide estudiar Medicina. Con 17 años ingresa también en una influyente agrupación católica de estudiantes en una parroquia de Santiago de Chile. El sacerdote encargado de la asociación se llama Fernando Karadima, aunque pasará a las peores páginas de la historia como El Señor de los infiernos. Un día, el padre Karadima abusa sexualmente de James por primera vez. No será la última.

"Vamos hacia una impunidad absoluta, ser malote hoy tiene recompensa, es cool"
«La idea de que en mí se alojaba alguna condición oscura que provocaba una atracción maligna no dejaba de repetirse en mi mente», escribe James Hamilton. Lo hace ahora, con casi 60 años, en la página 23 de Homo exul(Debate), un ensayo a mitad camino entre el relato autobiográfico y el tratado antropológico que trata de descifrar qué explicación científica conecta sus dos grandes traumas, qué tenían en común su padre y aquel maldito cura. Y un relato que busca diagnosticar el origen del mal -si es que el mal existe como tal- viajando milenios atrás para localizar el momento exacto en el que el hombre dejó de colaborar con su prójimo para intentar aplastarle la cabeza.
Homo exul, un testimonio que el propio Hamilton regala a su familia como «un vaso roto que hoy ya puede llenarse de agua sin derramar tristeza ni resentimiento», arranca con una pregunta que sobrevuela todo el relato: «¿Por qué fui abusado?».
- ¿Ha logrado encontrar la respuesta?
- Bueno, el libro es el camino a esa respuesta y tiene mucho que ver con el efecto de desmitificar el bien y el mal como un concepto casi mitológico. El mal no va de pecados originales ni de desobediencias. No tiene nada que ver con eso. Y nunca lo vamos a solucionar si no logramos desmitificarlo. No es algo mitológico, sino biológico y evolutivo, igual que el cáncer, las enfermedades digestivas o la obesidad. Nadie duda de que por cambios de hábitos, por sedentarismo o por comer azúcares enfermamos de diabetes. Pero la gente no entiende que esos mismos cambios también nos enferman del cerebro. Porque no hay cuerpo y alma, somos uno. El libro pretende romper todos esos embrujos y espejismos.
- ¿Qué relación biológica hay entonces entre el crimen que comete su padre y el abuso que sufre usted años después?
- Desde luego no es una coincidencia. El crimen de mi padre fue muy premeditado y el trauma que provoca en uno a esa edad genera cambios epigenéticos y efectos neuronales que te hacen entrar, como fue en mi caso, en un estado de ansiedad y angustia permanente. En ese estado tus reacciones, tus decisiones y tus conexiones con otras personas están ya de base alteradas y te hacen completamente lábil y vulnerable a los depredadores.
James Hamilton responde al otro lado de la pantalla desde Chile. Tras él, asoma un fondo falso que simula un paisaje repleto de nubes. Como si se hubiera conectado a Zoom desde el mismísimo cielo.
-¿Sigue creyendo en Dios?
-¿Yo? Más que nunca.
Los abusos del padre Karadima se prolongaron durante años, incluso cuando el médico se casó y tuvo a sus primeros hijos. «Uno de los requisitos para casarme era que mi mujer también se confesara con él y lo aceptara como guía espiritual», cuenta en el libro. «Finalmente era una especie de affaire a tres».
Antes de cumplir los 40, Hamilton se derrumbó por fin. «Me invade una sensación de angustia desgarradora. Me siento un desecho, un algo, sin función ni sentido. Un desperdicio por reciclar. Me adentro en las tinieblas».
Cayó en una profunda depresión, fantaseó con quitarse la vida y se separó de su primera mujer. En 2004, Hamilton denunció por primera vez los abusos del padre Karadima ante la autoridad eclesiástica. En 2010, The New York Times publicó su testimonio y el de otras dos víctimas del párroco. Unos meses después, Karadima fue suspendido por el Vaticano, que le condenó a llevar «una vida de penitencia y oración». No fue despojado de su condición de sacerdote hasta 2018, cuando le apartó el papa Francisco. El Señor de los infiernos murió en 2021 sin haber sido condenado por la justicia chilena y Hamilton se convirtió en uno de los impulsores de la Ley de imprescriptibilidad de los delitos de abusos contra menores en su país.
"Los hombres somos biológicamente más malos, somos el gran problema de la especie humana"
- ¿Cómo encaja un personaje como Karadima en la evolución del 'Homo sapiens'?
- Encaja de manera impresionante en la figura del Homo exul (hombre exiliado). Él estaba desconectado de sí mismo completamente. Era una persona que necesitaba vivir en torno a una serie de pequeños lujos y gustos para calmar su ansiedad y con una ambición sin límites que abarcaba todos los espectros de poder, de dinero y de subyugación sexual. No tenía ningún tipo de misericordia, conexión o empatía con nadie. Y abusó de todos, espiritualmente, psicológicamente, sexualmente, o de las tres formas a la vez. Sólo buscaba su satisfacción personal para suplir las deficiencias de su estructura interna.
- ¿Usted le ha podido perdonar?
- Completamente. Si no, no podría vivir. Perdonar es mi poder. Soy yo el que me libero. Karadima fue criado de una manera completamente traumática, sin apego, con una madre realmente feroz. Ante eso no puedo enojarme, ni buscar venganza. El perdón es de uno, lo empodera a uno, y te permite seguir viviendo sanamente.
Más allá de recorrer su expiación particular, Hamilton viaja en Homo exul hasta la cima del Ausangate y a lo más profundo del Amazonas para tratar de entender las esencias del ser humano. Sin misticismo alguno, busca la explicación biológica del mal en las tesis de Darwin, en las vitaminas y hasta en el ácido úrico, en el inicio de la agricultura, el desarrollo de las nuevas ciudades, los códigos del ADN, la epigenética o la microbiota. Hasta dentro de una colmena de abejas.
"Entender por qué nos volvimos violentos ayuda a explicar que uno no es abusado ni es víctima por un problema personal, es un problema sistémico"
- ¿En qué momento se jodió el ser humano?
- Todo se empieza a joder con la alimentación y la época agrícola. Ahí se jode todo. Cuando necesitas tierras para alimentar a tu gente y cuando la gente empieza a morir de enfermedades que antes no existían, tienes que empezar a alejarte del resto, a crear ciudades y a quitarle tierras al de al lado. Se impone el estilo de vida invasor y empezamos a renunciar a las conductas que nos permitieron sobrevivir como especie.
- ¿Está el ser humano en peligro de extinción?
- Sí lo estamos. El mundo no resiste ni mayor cantidad de humanos, ni mayor cantidad de guerras, ni seguir consumiendo como hasta ahora. Porque los recursos del planeta son limitados.
- ¿Entonces no hay salvación posible?
- La hay, claro, pero requiere dejar los idealismos y requiere dejar las religiones. Tenemos que empezar a pensar que somos parte del mundo y no sus administradores. La gran maldición es creernos dueños del planeta, porque ni somos dueños ni controlamos nada. El centrismo humanista es un error gigante y mi libro es una teoría unificada que trata de explicar por qué nosotros, sobre todo los que nacemos con sexo masculino, somos un error evolutivo.
- ¿Qué nos pasa a los hombres?
- En un momento de la historia, entramos en una especie de síndrome autista, desconectamos de nosotros mismos para desconectarnos después de nuestros semejantes y de nuestro medio ambiente. Y nos volvimos violentos. Entender eso ayuda a explicar que uno no es abusado, ni es asesinado, ni es víctima de una guerra por un problema personal. Es un problema sistémico. A cualquiera que hubiese estado en mis circunstancias le habría pasado exactamente lo mismo que a mí. Y cuando te das cuenta de eso, empiezas a encontrar los mecanismos de alivio, de reparación y de solución.
- ¿Y esto no supone eximir de culpa al malo?
- No, sólo explica por qué el malo es malo. Y es porque está desconectado de sus semejantes. Aunque no lo creas, decidir entre el bien y el mal no es algo puramente cultural. Tiene que ver también con capacidades neurobiológicas. Si miras a los grandes dictadores de la historia y a los de la actualidad, todos son personas completamente desconectadas de sí mismos, de sus semejantes y del medio. No tienen respeto por el ambiente, no tienen respeto por los más débiles y no tienen respeto por sí mismos, porque se exponen a mostrar su psicopatía personal sin ningún tipo de pudor. Hoy en día los poderes del mundo están concentrados en personas que no tienen ninguna empatía emocional.
- ¿Sería muy diferente el mundo si Putin, Netanyahu o Donald Trump fueran mujeres?
- Sería enormemente diferente, porque las mujeres son mucho más empáticas que nosotros. Tienen niveles más altos de oxitocina y menos testosterona, así que son más sociables y tienen menos agresividad física, menos agresividad sexual y menos desconexión con el entorno.
"El mundo sería enormemente diferente si Putin, Netanyahu o Donald Trump fueran mujeres"
- ¿Somos los hombres biológicamente más malos?
- Hoy en día sí. Antiguamente no porque la especie requería que nosotros fuéramos cooperativos y sociales. Los machos cuidaban de sus crías. Pero hoy ya no. Por duro que parezca, el 95% de los crímenes, de las guerras, de los asesinatos o las violaciones son responsabilidad de los hombres. Ahora mismo somos el gran problema de la especie humana.
- ¿Y esto cómo se cura, doctor?
- Lo primero que tenemos que hacer es diagnosticarlo. Yo, si tengo una persona con cáncer, no le digo: 'Oiga, no hay nada que hacer'. Lo veo, lo diagnostico, lo delimito y lo opero. El problema aquí es que ni siquiera hemos identificado el cáncer.
- ¿El mal es un cáncer?
- El peor. Y curiosamente lo causamos los machos.
- ¿Ha logrado sanar el suyo?
- Yo logré entender que hay personas que están dañadas y que generan daño y he descubierto que estamos mejor y más sanos cuando tenemos conexiones sociales sanas. Nadie nos pregunta cuándo queremos nacer ni cuándo queremos morir, así que el pedazo de vida que tenemos debe tener un sentido muy poderoso. La vida es una obra de teatro a la que entramos y de la que salimos sin que nos pidan permiso. Y hay que tratar de no romper nada mientras dura. Y si se rompe, como en el arte japonés, hay que recomponerla con oro líquido.
- Usted dice que su vida es hoy un jarrón japonés...
- A eso me refiero en la dedicatoria a mi familia: "A ellos quiero dejar este vaso roto que hoy ya puede llenarse de agua sin derramar tristeza ni resentimiento".
Homo exul
Debate. 320 páginas. 19,85 euros. Puede comprarlo aquí



