Lo que sea que le ocurrió, prendió en su mente como una chispa nada más alumbrar a su tercera hija. De repente, sin saber por qué, en el propio paritorio, aquella madre dejó de ser ella y se desconectó de la realidad. Y entonces comenzaron un pánico nuevo y un incendio profundo.
Más que dar a luz, Silvia acababa de dar a oscuridad.
"Empecé a desarrollar pánico a todo. Algo que nunca había tenido. Pánico a coger el coche, a bañarme, a comer, a cruzar un puente... No comía por miedo a ahogarme. Tenía pánico a que les pasara algo a los niños. En el parque, o jugando, o corriendo, o bebiendo... Se me venían a la cabeza imágenes de mi hija atropellada. Por eso, el único momento feliz consistía en estar sentada con los tres hijos que tenía entonces... Sin que hiciesen nada. Quietos todos".
Si el mundo ahí fuera era un campo lleno de minas, todas estaban enterradas debajo de ella. Fueron varios ingresos psiquiátricos. Entonces, aquella mujer en proceso de combustión adelgazó 25 kilos en tan solo cuatro meses y estuvo nueve meses casi sin salir de casa.
-¿Cuál fue el diagnóstico? -queremos saber.
Media la psicóloga Teresa Vallespín, quien la acompaña.
-Preferimos no darle un nombre, porque decir ese nombre no ayuda a mejorar la patología -nos explica (y comprendemos).
Así que solo diremos que se llama Silvia García, pero no le pondremos el apellido de ninguna enfermedad. Esta es la experiencia de una madre de 33 años con cuatro hijos que debutó con un problema de salud mental tras el nacimiento de la tercera y que se asomó al abismo de perder a los niños. Hasta que encontró una mano.
Si el 47% de las madres y los padres con estas patologías que carecen de apoyo acaba perdiendo la custodia de sus hijos (el 70% en el caso de las progenitoras solas), gracias al programa Más Casa Verde de la Fundación Manantial (162 familias atendidas) la retirada de los niños solo se produce en un 0,6% de los supuestos.
Y Silvia ya vuelve a reír.
Y desde febrero ha podido dejar la medicación.
Y ya no ve miedos gigantes en las habitaciones pequeñas.
Y su historia nos dice que es posible la maternidad a pesar de los dragones mentales, siempre que existan los apoyos profesionales necesarios para reducirlos a lagartijas.
Mírenla si no.
"No tuve una infancia como debiera, ni mi marido tampoco", principia Silvia. "En mi caso, mis padres se separaron cuando yo era un bebé y me crie con mis abuelos. A mis abuelos nunca les vi hablar. Nunca. Ellos solo veían programas de sucesos y de crímenes en la tele. Uno tras otro. No ponían otros programas. No veía otra cosa en la tele de niña. Nadie hablaba conmigo. Nadie. Nada... Y yo debí de crecer pensado que el mundo era eso que veía y que la crianza de los niños era esa frialdad".
"Mi padre me decía: '¡No vas a ser nadie!', '¡vas a estar sola!', '¡nadie te va a aguantar!'..."
"Se supone que mi madre estaba a cargo de mí. Pero tanto ella como su pareja tenían problemas con el alcohol... Una vez discutí con mi madre y hubo agresiones... Por eso me fui a vivir con mi padre con 11 años. Con el cambio, la cosa fue incluso a peor. Su mujer me maltrataba. Él me decía: '¡No vas a ser nadie!', '¡vas a estar sola!', '¡nadie te va a aguantar!'... Y yo, que no sabía ni quién era, me convertí en la Cenicienta de la casa".
A los 15 años nuestra protagonista se va de aquella casa invivible y a los 17 tiene su primera hija. Lo que sea que anidaba entonces en su seno no dio la cara tras aquel parto ni con el que le sucedió. Fue con el tercer nacimiento cuando lo hizo. Silvia andaba por el friso de los 30 años y algo se encendió con el mando a distancia de la cabeza. Daba miedo asomarse desde allí arriba.
"Me llegué a despedir de mi marido. De aquella etapa conservo muy pocas fotos porque todo era horrible. No solo por mi delgadez. Sino porque esa no soy yo", sigue contando. "Generé ese miedo que te contaba a que a mis hijos o a mí nos pasara algo. Un miedo también a desatenderlos. Veía que no podía criarlos. Por eso, el círculo de las relaciones se va cerrando poco a poco. También el de la familia. Todo el mundo me decía que, si seguía así me iban a quitar a los niños. Mi madre. Mi suegra. Las mamás del cole... Era como si no estuviese permitido estar mal, como si estar mal fuese una elección tuya...".
Hasta que -viendo la evolución de los acontecimientos- la psicóloga de los servicios sociales de su zona decide derivarla al programa Más Casa Verde de la Fundación Manantial.
A veces hay nombre así. Premonitorios. Certeros. Luminosos. Si la tercera acepción de manantial es "origen y principio de donde viene algo", su actual buen estado de salud debe de venir de aquel lugar.
La fundación nació hace tres décadas en el seno de unas familias que necesitaban respuestas para los suyos en el ámbito de la salud mental. Solo el año pasado, la entidad acompañó a más de 3.000 personas en su búsqueda de bienestar emocional. Con la lupa bien puesta abajo.
Lo que dice Sanidad es que, en España, uno de cada diez niños de entre seis y 16 años tiene algún tipo de desajuste de salud mental que requiere tratamiento. Lo que dicen las investigaciones es que los principales factores predictivos de estas problemas son la calidad de la crianza y el vínculo familiar durante el embarazo y los primeros cinco años de vida. La desatención en estas etapas se asocia a la depresión, a la ansiedad, a las autolesiones... Mucha materia prima averida. Mucho astillero reparador. Muchas Silvias rotas como jarrones caídos al suelo y vueltos a pegar, caídos y vueltos a pegar, caídos y vueltos a pegar.
"Las madres y padres en situación de vulnerabilidad social pueden hacerse cargo de sus hijos si cuentan con la red social necesaria"
Por ello es que la Fundación Manantial interviene especialmente preservando el vínculo entre la madre y el niño, como un modo de garantizar una mejor salud mental en los futuros adultos.
"Trabajando un vínculo sano y seguro, se puede evitar la institucionalización de los niños [tras la retirada de la custodia en estos casos] y romper con el trauma generacional que suele replicarse en estas vidas", señala Helena de Carlos, directora de comunicación de la entidad. "Lo que demuestra nuestro programa es que las madres y padres en situación de vulnerabilidad social (en especial por problemas de salud mental de los progenitores) pueden hacerse cargo de sus hijos en un entorno de seguridad si cuentan con los apoyos profesionales y la red social necesaria".
El proyecto Más Casa Verde arrancó en 2011. Silvia entró en terapia en marzo de 2022 y allí ha permanecido en creciente proceso de reconstrucción personal hasta enero de este mismo año. Con el paso del tiempo, uno de sus pensamientos recurrentes fue que no se había implicado como debiera en la crianza y educación de sus dos hijos mayores. Que no había estado a la altura emocional que se espera de una madre...
Nada más entrar, se puso manos a la obra con ella Teresa Vallespín, la psicóloga infantil que ha tratado a alguno de sus hijos y que sabe de las honduras de Silvia.
"Llegó con una angustias tremendas y unos pensamientos muy obsesivos referidos a la muerte de sus pequeños", señala. "Acompañamos a todos sus hijos en un recurso terapéutico para que pudiesen sincronizarse con ella, para que ganaran en una comunicación abierta y eficaz, para que entendieran lo que les ocurría a los otros: cambiarse las gafas y la mirada", añade. "Lo más diferencial de su proceso ha sido cómo ha sabido aprovechar la psicoterapia para revertir esa sintomatología y llegar a ejercer como una madre capaz". ¿Los datos del éxito? "En los 14 años de Más Casa Verde, solo hemos tenido una sola retirada de custodia".
Germán Peña es trabajador social en la Fundación Manantial. Ha estado codo con codo en la recuperación de nuestra protagonista.
"En su caso, es una madre que buscaba estar bien, jugar con sus hijos, todo eso que hacen las otras madres... Es un detalle muy importante", comenta Peña. "Lo importante de este proyecto es su flexibilidad, su capacidad de adaptación a las familias. Porque trabajamos con gentes de distintas características... Más que un centro, es una casa. Esto lo cuenta muy bien Silvia. Ella dice que fue lo primero que pensó nada más entrar por la puerta el primer día. Que se sintió muy cómoda. Que aquí se respira acogida. Que entraba en un hogar y no en un centro".
"Hoy puedo decir que tengo una familia que habla, se comunica, juega y se quiere"
Silvia hoy trae esa sonrisa extenuada que gastan las madres y los padres por las cosas habituales de los niños.
Atender a los cuatro a la vez como en un juego de platos chinos.
Mantener la paz, el orden y la alegría en casa.
Mediar entre una hija de tres años y uno de dos que se zurran por un peluche.
"Antes era incapaz de intervenir cuando los dos más pequeños se peleaban, les habría gritado, no habría estado bien... Ahora me meto en el medio, les calmo, les retiro el juguete de la discordia y les explico cosas como que si no pueden jugar juntos a una cosa tendrán que jugar a otra... Y ya está", cuenta. "Hoy puedo decir que tengo una familia que habla, se comunica, juega y se quiere".
Ha venido en coche a la cita. Asegura que no le gusta subirse a un autobús. Levantamos una ceja.
-¿No te gusta subirte a los autobuses?
-No, no.
-¿Por claustrofobia o algo?
Sonríe. Nos mira como si fuésemos un tanto imbéciles.
-No, hombre, no es eso... Es que me da pereza.



