En aquel aulario donde muchos bebés no acababan de dejar el pañal, Javier blandía con llamativa madurez el lapicero. Tanto era así que una mañana, con párvula caligrafía, escribió en una hoja todos y cada uno de los nombres de los niños de su clase. Cuando la maestra presenció aquel acontecimiento insólito, decidió -entre el asombro y la emoción- llamar con urgencia a los padres del crío.
-¿Vosotros le habéis enseñado a leer y a escribir?
-No.
-Pues lo está haciendo solo.
Todas las jornadas, las clases comenzaban de la misma manera: con uno de los niños garabateando a su manera su nombre en la pizarra.
Podía ser eso. Si Javier tenía una memoria prodigiosa, es probable que de alguna manera recordase los nombres que otros habían ido escribiendo y los hubiera copiado. En cambio, si Javier era capaz de asignar cada grafía al sonido de cada letra, es que -a sus dos años y pico- sabía escribir y estábamos ante un suceso extraordinario.
Así que la maestra le puso una prueba definitiva para despejar cualquier duda. Decidió pedirle algo nuevo para comprobar el alcance de aquella inteligencia: le pidió que escribiera un nombre que nunca se había puesto en aquella pizarra. Uno nunca leído por ese niño. Un nombre trampa.
El de ella misma.
-Escribe mi nombre.
Y Javier agarró el lapicero y no dudó: "Mireya [por Mireia]".
La escena recuerda un poco a aquella otra que aparece en la película original de Superman (1978), en la que un bebé llamado Clark Kent levanta un camión como quien sostiene una pluma.
Habrá otras escenas de cine que les iremos contando después (no se me impacienten con los superpoderes). Pero valga este primer episodio de los nombres y los pañales para compartir la historia de una mente extraordinaria propiedad de un peculiar adolescente español.
Se llama Javier, nada más que se apellida Martínez, solo cuenta con 17 años, es más joven que Lamine Yamal y nadie habla de su talento precoz, pero ostenta el tipo más elevado existente de alta capacidad: es superdotado. Promocionó directamente de 3º a 5º de Primaria; saltó sin freno de 2º a 4º de ESO; y esta semana acaba de terminar el segundo grado de Matemáticas y Física -con las mejores calificaciones posibles- en la prestigiosa Universidad de Edimburgo (Escocia)... sin necesidad de haber realizado el primer curso.
Segunda escena de película.
Nos la cuenta Eva Pinel, economista de formación, madre de Javier y de otros tres.
"Cuando tenía ocho años, vino un día a casa y vi que le pasaba algo. Le pregunté. 'Es que me pasa una cosa...'. '¿El qué, hijo?'. 'Que cuando la profe hace una pregunta siempre me sé la respuesta... Y, aunque levanto la mano, no siempre me pregunta a mí'. 'Es normal, Javier'. 'He decidido que voy a levantar la mano una de cada cinco veces... Creo que, si la levanto una de cada cinco veces, a lo mejor sí que me pregunta a mí'".
(...)
Pulsa uno. La buena noticia es que tienes un chico con una inteligencia desbordante.
Pulsa dos. La mala noticia es que tienes un chico con una inteligencia desbordante. Porque el sistema orilla lo diferente, porque trata de domarlo, porque a veces les cuesta encajar con la planicie del mundo, o con uno mismo, o con las expectativas, o con esa acelerada sala de máquinas que es su cerebro inquieto.
En el caso de Javier, pulsamos uno. Una y otra vez. Una y otra vez.
El bebé que, con menos de tres años, ponía nombre a todos los compañeros de clase (y hasta a su maestra) con escritura especular (invirtiendo algunas letras), hoy también es un joven de lo más normal en muchas otras cosas.
Vale que toca el piano muy solemnemente, pero también hace el gamba con Melendi.
Vale que cuando tiene que estudiar no está para nadie, pero cuando toca fiesta está para todos.
Vale que estudió chino, pero también tiene mucha lengua.
A aquella primera evaluación a edad temprana, le sucedió otra con seis años: sus padres querían estar seguros de las capacidades de Javier. Confirmado.
Así que el niño crecía mostrando rotundas habilidades aquí y allá, haciendo preguntas desconcertantes sobre esto y sobre lo otro, revolviendo un puzle y rehaciéndolo en un santiamén como por ensalmo.
"Desde muy niño demostró un equilibrio emocional como pocos"
"La buena noticia, en su caso, era el nivel de madurez", señala Eva, la madre. "Desde muy niño mostró un equilibrio emocional como pocos. Es verdad que llamaba la atención su nivel de rendimiento, su rapidez, su capacidad de interrelacionar ideas y de anticipar, su inagotable curiosidad por cualquier cosa... Pero sobre todo siempre nos ha llamado la atención su estabilidad emocional. Desde muy pequeño ha sido como si tuvieses un adulto delante".
Desde bien chiquito, esa mente sabuesa siempre hacía gala de una actividad inusual.
La inquietud en casa fue que aquello tuviera algunas consecuencias que no son infrecuentes en los niños como él. Por ejemplo, somatizar. Por ejemplo, desarrollar trastornos de conducta. Por ejemplo, la inadaptación. Por ejemplo, el insomnio.
Sabe bien de lo que habla Eva Pinel. No solo por su naturaleza de madre de cuatro hijos con alta capacidad. También por su condición de patrona fundadora de Indifferent Minds, una fundación que ayuda a normalizar la vida de estos chicos.
"Siendo niño, le mandábamos a la cama pronto y le apagábamos la luz, a lo mejor luego pasaba yo por su habitación a eso de las doce para darle un beso mientras dormía y Javier seguía despierto. '¿Pero qué haces?', le decía. Y él: 'Mamá, no me duermo porque estoy pensando en mis cosas'... No, no es que estuviese preocupado; es que estaba ocupado. Su cerebro siempre lo está".
Así que no solo fueron tempraneros el piano, la guitarra, el chino, el alemán, el francés o el tenis. También lo fue el autocuidado: con siete años, vieron que le iría bien hacer 'mindfulness'.
Tercera escena de película.
Una que recuerda -dicho sea con toda la distancia- al episodio de Jesús hablando con los doctores en el templo.
"Los profesores flipaban con Javier. Aprendía a una velocidad pasmosa. Los conceptos sencillos los adaptaba rápidamente. Sacaba todo 10, aunque en casa nunca les hicimos mucho caso a las notas... Recuerdo lo que pasó en aquel primero de Bachillerato internacional. Había un profesor de Informática que debutaba con esa materia en ese curso. Eran una decena de alumnos y no se enteraban muy bien... Un día, Javier me reconoció lo que estaba haciendo al volver a casa: 'Mamá, les estoy dando clases particulares online de Informática por las tardes a mis compañeros'. Ese es Javier".
(...)
A pesar de la etiqueta, todos y cada uno de los 51.000 alumnos -según el Ministerio- catalogados con alta capacidad en nuestro país tienen una historia distinta. Los hay que fracasan estrepitosamente en los estudios y los hay que tienden a ocultar su inteligencia superior. Los hay que son un imán para el acoso escolar y los hay que van como la seda. Los expertos calculan que el 90% de este tipo de talentos no está identificado como tal. En un sistema que no está preparado para absorber excelencia, muchos acaban fuera de España.
"Lo más llamativo de su inteligencia es la sensibilidad con las personas, la ha tenido desde niño. Con siete años jugaba con críos de dos y hablaba con un adulto de 37. Y en ambas situaciones encontraba su conexión", sostiene Ignacio, su padre. "Toda diversidad necesita una atención específica. Y más cuando hablamos de niños. En su vulnerabilidad y en su potencialidad. Aquí se les trata de quitar de en medio".
Pero regresemos con Javier, que no puede ser más extraordinario ni más normal.
Habría que haberlo visto llegar a Edimburgo con su maleta a los 16 años, la némesis de Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí. Porque aquel iba por Madrid en los 60 con una gallina en una cesta y Javier -otro Martínez bien distinto- llegaba este curso a la capital escocesa sin conocer absolutamente a nadie y con una aquilatada madurez.
Hablamos con Javier al fin, quien nos ha tenido en barbecho unas semanas a la espera de acabar sus exámenes universitarios de mayo (y hace muy bien). Porque lo primero es lo primero: necesita la nota más alta en todas y cada una de las asignaturas para poder optar a su próximo objetivo. Esto es, un máster de élite en Matemáticas en Cambridge: el 'Part III of the Mathematical Tripos'.
Es hermoso ser joven: al principio de nuestros mensajes por WhatsApp, Javier se esmeraba en poner todos los acentos y signos ortográficos. En los penúltimos, ya no solo no pone ninguno, sino que empieza con los emoticonos. En el último, nos manda un audio.
-¿De qué asignatura era el último examen que acabas de hacer?
-De Física de la materia.
-¿Y qué tal te ha salido?
-Increíble [suelta un taco].
-¿Y qué vas a hacer esta tarde?
-Ya toca bar con amigos.
"Nunca me he sentido raro. Imagina a un niño repelente en una película. Ese niño puede callarse alguna vez, no molestar a los demás hablando siempre, mostrar respeto".
En la residencia universitaria en la que comparte cena y desayuno con 2.000 jóvenes (la comida va por cuenta de cada cual), el 90% de los alumnos es de primer curso. Pero ninguno tan retoño como él. Si no pudo entrar en el Imperial College de Londres no fue por las notas, sino porque no admitían a menores de edad.
-Aquí no soy consciente de que todos me sacan dos o tres años. En el instituto no se me olvidaba, porque las diferencias físicas eran muy evidentes. Ahora ya no tanto.
Cuando no estudia (y estudia mucho: en los primeros parciales, obtuvo la mayor calificación en cuatro de las cinco materias), el chico amante del baloncesto nos cuenta que le gusta jugar a las cartas con amigos, charlar con ellos, hacerse unos pubs.
A veces es demasiado tranquilo, y eso es bueno. A veces es demasiado tranquilo, y eso es malo.
-¿Por qué?
-Por ejemplo, en el semestre pasado disfruté mucho, pero creo que no sabía muy bien hacer los exámenes (sic)... Me refiero a que no había optimizado el modo de hacerlos. Estaba tan tranquilo durante el examen que, muchas veces, me quedaba sin tiempo para seguir contestando.
-¿Alguien te ha hecho sentir raro alguna vez?
-No, no. Nunca me he sentido raro. Imagina a un niño repelente en una película. Ese niño puede callarse alguna vez, no molestar a los demás hablando siempre, mostrar respeto a los otros.
El curso que viene, tiene pensado dejar la residencia y compartir piso con dos compañeros amigos, uno de origen griego y otro de origen indio. Ahora le ha dado por las finanzas, reconoce, y alguien tiembla en Wall Street. Aunque en su cerebro todo sea relativo, claro: "Es útil, me parece interesante, pero no sé si es lo más interesante".
-¿Qué se te da mal? -le preguntamos para finalizar.
-Dar entrevistas -contesta rapidísimo, se ríe, ya nos está vacilando.
-¿Algo más?
-Bueno... ¡Me tiro bastante comida a la camiseta! No me doy ni cuenta... Luego agacho la cabeza, veo el círculo de grasa y me digo: "¡¡Mierda!! ¡¿Pero cómo ha llegado eso ahí?!".


