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Atrapado durante el apagón en el tren de las conspiranoias: "¡Esto ha sido Putin! Aunque estando por medio Pedro Sánchez..."

Igual que los bulos circulan seis veces más rápidos que la información real por culpa de las redes sociales, según los últimos estudios científicos, podemos añadir que incluso en un tren sin datos en los móviles la desinformación también corre a alta velocidad

Atrapado durante el apagón en el tren de las conspiranoias: "¡Esto ha sido Putin! Aunque estando por medio Pedro Sánchez..."
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A las 12:40 alguien recibe un mensaje de WhatsApp en la cafetería del tren Yrio que hace el trayecto entre la estación de Atocha, en Madrid, y la de Santa Justa, en Sevilla. La llegada estaba prevista a las 13:13. "Se ha ido la luz en todo Madrid", dice el texto.

Apenas unos segundos después, la cafetera deja de funcionar. "Lo sentimos, pero ya no hay sándwiches calientes", avisa el camarero. No ha pasado ni un minuto y el tren se detiene en mitad de ninguna parte. Según la última imagen de Google Maps antes de que se esfumara también la cobertura, estábamos junto al municipio de Mesas de Guadalora, a unos 45 kilómetros de Córdoba y a aproximadamente 90 de Sevilla.

Alguien dice entonces que si la luz se había ido en todo Madrid y también en algún sitio en ninguna parte junto a Mesas del Guadalora es que algo gordo estaba pasando. "Esto ha sido Putin", bromeaban dos señores andaluces apurando una cerveza, todavía fresca, en el bar del tren, a la altura del coche 3. "Aunque estando por medio Pedro Sánchez, podemos esperarnos cualquier cosa".

Para saber más

Poco después de la una de la tarde, anuncian por megafonía que por una avería eléctrica "en todo el país" estaremos detenidos en la vía por tiempo indefinido. Una señora amaga con entrar en pánico, hasta que una azafata trata de tranquilizarla. "No se preocupe, señora, porque tenemos comida en la cafetería y de momento funciona el aire acondicionado".

Es decir la palabra "acondicionado" y se oye un sonido como si se hubiera apagado la central nuclear de Cofrentes, parpadea la luz que recorre el techo de los vagones como en las pelis de miedo... y adiós al aire acondicionado.

Un estudio demostró hace unos años, cuando empezaron a proliferar las fake news en todo el planeta, que los bulos se difundían a una velocidad seis veces mayor que la información veraz por culpa de las redes sociales. Quizás no eran seis veces más exactamente, pero aquí, dentro de un tren varado y sin cobertura junto a Mesas de Guadalora, no funciona Google para contrastarlo. Nos disculparán pero el caso es que el estudio decía que las trolas volaban. Hoy podemos añadir que no hacen falta redes sociales, que incluso en un tren sin datos, la desinformación corre a alta velocidad.

A la 13.10, y sin conexión con el exterior, una señora dice que la luz se ha ido también en Portugal. Y un caballero asegura que están a oscuras en Francia, Alemania y Londres. A las 13.17 el pasaje, sudando ya como pollos, ha concluido que estamos ante un ciberataque. "Esto tiene toda la pinta de ser una tormenta solar", sentencia una joven fotógrafa.

A las 13.20 alguien notifica de forma casi confidencial que en el espacio que hay entre el vagón 5 y el 6 corre un poco de aire y además hay algo de cobertura. La zona se masifica mientras van entrando alertas de los medios y algún que otro WhatsApp de la familia. "Dile a mamá que compre velas cuando llegue a casa", susurra una chica.

A las 13.50 los miembros de la tripulación del tren anuncian que vamos a ser evacuados y que habrá que caminar unos 300 metros por las vías hasta una pequeña estación de Adif. Siete minutos después nos mandan de vuelta a nuestros asientos.

El calor ya es asfixiante en mitad de un campo de lo que parecen naranjos. Aunque quizás son mandarinas. Una joven embarazada pasea de un vagón a otro abanicándose con el billete. En su camiseta se puede leer Good Vibes (buenas vibraciones). Un bebé llora salvajemente y un joven ofrece una baraja de cartas por si alguien se aburre de conjeturas. Luego analiza qué ventanal podría reventar si la cosa se alarga.

Dos señoras muy simpáticas, una de Venezuela y la otra de Argentina, dicen que para sufrir un apagón como este se habrían quedado en sus países. Que para esto no vinieron a España.

Y otro señor, que por el acento parece chileno pero quizás también es argentino, ha concluido, como si el vagón 5 fuera el plató de Ferreras, que esto ha sido el ejército ruso que ha cortado los cables submarinos que van por el norte de Europa.

A estas alturas y cuando la cobertura vuelve a pender de un hilo en el único rincón donde corre el aire, José Antonio se ha convertido en la única fuente fiable del tren.

José Antonio es un ingeniero de Huelva que trabaja en Sevilla para una importante compañía del sector eléctrico que prefiere no mencionar por si las moscas. Admite que no tiene la menor idea de lo que puede haber pasado (se agradece que alguien reconozca no saber nada en el tren de la conspiranoia), pero nos avisa de que esto "puede ser cuestión de horas e incluso de días".

Por lo que sea, la señora de Venezuela le pregunta a la chica embarazada si se encuentra bien.

"Es que esto no ha pasado en la vida y arrancar una central después de un apagón tan grande es un pepino. Si además es un ciberataque y no una avería, más complicado todavía", explica José Antonio, que viene de Madrid porque estuvo el domingo corriendo la maratón y cuando le han dicho que había que caminar 300 metros bajo el sol por las vías del tren casi se echa a llorar.

"Dad gracias que estabais aquí cerca, porque hay dos trenes parados más lejos y no pueden salir", nos consuelan

Camino de la cafetería, donde conseguir una Coca-Cola fría se ha convertido en un desafío a la altura del papel higiénico de la pandemia, charlan dos jóvenes andaluces.

- ¿Sabes que este fin de semana era la Feria de la Gamba en Punta Umbría?

- Pues las que sobraron se van a poner malas.

Lo único que funciona en todo el tren es el datáfono del bar. "Fíjate que ya puede colapsar el planeta que los bancos siguen ganando", resume un hombre. Y el vagón no rompe a aplaudir porque aquí la gente ya ha empezado a ahorrar energías como si esto fuera la sociedad de la nieve pero a 40 grados.

A las 14.20 una azafata nos informa, megáfono mediante, de que ya han conseguido una escalera que parece de juguete y que podemos abandonar el tren por los coches 2, 4 y 6.

Caminamos bajo el sol pegados al tren hasta la base de mantenimiento del AVE en Hornachuelo. Aquí nos geolocalizan por primera vez. Estamos justo a 95 kilómetros de la capital andaluza. "Dad gracias que estabais aquí cerca, porque hay dos trenes parados más lejos y no pueden salir", nos consuelan.

Aquí hay agua, una máquina de refrescos que solo funciona con monedas y en la que hay una pegatina con una lata que dice "Vota PSOE". Humor ferroviario, muy rollo Óscar Puente. También hay luz gracias a unos generadores. Suficiente para cargar el móvil en el baño y mandar una crónica al periódico.

Uno de los últimos en llegar a nuestro refugio es un señor con bastón que camina tan pancho por las vías sorteando pedruscos como si estuviera de romería. "Ya les he dicho que me avisen, no sea que me pase de Sevilla andando".