Si crees que nadie te dará una oportunidad debido a tu pasado, si cada vez que te ves en el espejo te dices "ay pobrecito de mí" (y vuelves a la cama porque no hay mayor víctima que tú), si consideras que no vas a poder jugar la partida porque la mala vida te marcó todas las cartas; entonces deberías conocer la caída y remontada del peleador Fernando Contreras.
Que a lo mejor no es la historia del boxeador filipino Manny Pacquiao -pongamos-, que creció en mitad de la pobreza y la violencia extremas cerca de la selva, que vio cómo su padre se comía a su perro y que de niño se marchó de casa, acabó en Manila y durmió en un ring, para luego acabar siendo el único campeón del mundo que lo ha hecho en ocho categorías de peso distintas.
Pero que sí es la vida de un tipo que sufría palizas de niño y cayó en la depresión, que acabó en la cárcel por tratar de meter casi cuatro kilos de cocaína en España y que -al salir de la prisión en 2017- acabó en la indigencia sin tener un sitio adonde ir... Para luego acabar dando clases de boxeo a la jet set de este país.
Podríamos haber escrito: Fernando Contreras, entrenador de la elite financiera. O Fernando Contreras, entrenador personal en el gimnasio David Lloyd de la calle Serrano, el más pijo de todo Madrid. O Fernando Contreras, el hombre que enseña a boxear a directores de corporaciones bancarias cuya identidad no podemos revelar, a hijos con ilustres apellidos compuestos que ocupan portadas de revistas, a políticos del PP, a ingenieros de estadios de fútbol, a premiados publicistas, a conocidos actores.
Pero hemos escrito peleador junto a su nombre y primer apellido por una sencilla razón: peleador viene del verbo pelear.
Que lo suyo sería eso lo supo desde muy pequeño.
El hijo único por parte de madre de una pareja que se acabó separando se crio en Las Minas de Baruta, un barrio popular de Caracas. En la calle se jugaba al béisbol y sobre todo a malos y buenos. Nuestro chico era de los segundos. Así que, en aquella geografía brava, Fernando -poca cosa entonces- no sabía dónde meterse.
"Me crie con mujeres y yo no era como otros chicos. Muchos me quitaban la pelota, me acosaban, me pegaban y me hacían llorar. La calle en Las Minas era así. O dabas o te daban. Una vez que me noquearon, hasta mi tía me quiso pegar... Me decía: '¡Tienes que aprender a defenderte!, ¡tienes que ser varoncito!'... Por eso empecé con los deportes de contacto. Tendría ocho años o así. Se me daba bien. Yo solo quería que dejaran de robarme y de pegarme. Y poco a poco, a base de ir dándome con todos, me fui ganando el respeto".
De niño, karate. De adolescente, boxeo, full contact, kick boxing... Fernando cuenta que desarrolló un lado oscuro, que se le daba bastante bien estudiar (iba a hacer Química), pero que era "muy dicotómico": "La parte mala, la parte violenta por la falta de la figura paterna, iba creciendo y creciendo. Siempre estaba ahí. Yo no estaba bien estructurado emocionalmente".
Con poco más de 20 años, decide trasladarse a España con su novia italovenezolana, que a la sazón tiene una hermana en Valencia. Emprende en los deportes de contacto, se forma, es muy bueno en lo suyo. Una vida nueva. Acaso el cielo de una boda, piensa él. Pero ella le deja y Fernando tiene que volver solo a Caracas.
"Soy muy creyente, pero los milagros solo aparecen cuando te activas"
"Había ido a España feliz con anillos de matrimonio. Y regresaba a mi país sin mi pareja y destrozado. Estaba muy abatido. Allí empezó la debacle económica. Me metí en un negocio de batidos y aquello no fue bien. Mi madre enfermó y caí en una depresión".
Suena un gong.
Fernando es un adulto que no sabe ni por dónde se anda.
Está a punto de empezar el primer de los tres combates.
(...)
Fernando Contreras vs. La Droga.
"Yo era como una gacela debilitada en un documental de animales y los que se me acercaron a proponerme aquel negocio eran los depredadores", apura Fernando un café en el bar Jema, que es lo más parecido al Jimmy's Corner neoyorquino (es un decir) en el barrio de Lucero.
"Las deudas no paraban de aumentar. Ellos ya me conocían. Entonces vino el ofrecimiento. Te dicen: 'Tú tienes muy buena pinta, has sido empresario, hablás inglés...'. Y te pican: 'Mira, Fulanito se compró un coche con lo que se sacó de un viaje. Menganito se compró una parcela...'. Te lo empiezan a vender así".
Y él compra, claro.
Estamos en el aeropuerto de Barajas en 2010. Nuestro hombre acaba de aterrizar. En su maleta van 3,747 kilogramos de cocaína procedentes de Caracas. El valor de mercado del producto es de 317.212 euros, dirán los agentes después del decomiso. Lo que a él le dicen las hienas y los coyotes es que cobrará 20.000.
"La Guardia Civil debió de notar algo porque se acercó a preguntarme si estaba esperando a alguien, si necesitaba ayuda... Yo disimulaba mirando el móvil. Me quedé bloqueado. Entonces me dijeron: '¿Nos puede acompañar por aquí?'. Fue un 16 de junio. Me acuerdo porque jugaba la selección española de fútbol en el Mundial de Sudáfrica. En el mismo momento en que España perdía contra Suiza 0-1 en su début, yo entraba a los calabozos de Plaza de Castilla... Cuando se lo dije a mi madre y tranqué el teléfono, las piernas se me vinieron abajo. Igual que cuando recibes un gancho al hígado".
Fernando Contreras vs. La Cárcel.
Después de su paso por Soto del Real, donde recuerda que al caer la noche se ponía a llorar, el reo fue trasladado a la prisión de Navalcarnero para cumplir su condena de seis años y un día.
"En el módulo V [el más peligroso de todos], contacté con el niño que fui, aquella época en que tuve que defenderme por instinto", dice. "Y me convertí en una especie de Morgan Freeman en Cadena perpetua: conseguía de todo. A todos".
En la cárcel, nuestro Freeman blanco hace deporte y estudia hasta 3º de Filología Inglesa, pero también acaba en aislamiento tras serle incautados tres móviles; tiene que darse de hostias y -cada vez más creyente- las bendice; comparte espacio con asesinos y butroneros; termina de compañero de habitación con un marroquí que lo quiere matar y de compañero de atletismo con un hijo de Ruiz-Mateos.
"Yo pienso que mides a una sociedad por su sistema penitenciario. Y el sistema español funciona si lo comparamos con el de América Latina", lanza un inesperado alegato de defensa del modelo carcelario. "La reinserción es complicada, pero posible. Se puede salir de la mierda. Yo soy un producto de eso".
Y el tipo tiene una condicional y logra entrar a dar clases en el elitista Reebok Sport Club.
Y el tipo tiene otra salida y acude a una convención de fitness en Boadilla del Monte.
"Allí conocí a una chica llamada Arancha. Tuvimos una relación muy bonita. Cuando debía volver a la cárcel... Le dije que me iba porque tenía un viaje a Canarias".
Fernando Contreras vs. Fernando Contreras.
Hasta que salió definitivamente de la cárcel en 2017, con la férrea convicción de no volver a entrar por aquella puerta que dejaba atrás: ahí fuera, el hombre hacia dentro se enfrentó al hombre hacia fuera.
"Estuve en estado de indigencia, no tenía para comer ni para vestirme... Me aseaba en los baños públicos de Legazpi y una vez, incluso, llegué a una comisaría, la de Chamberí, y me quedé en la sala de espera porque no tenía otro lugar donde dormir".
Cree que fue por entonces cuando tocó fondo. La ONG se llama En Paz, fue su cable a tierra y con aquel calambre ascendente arrancó su nueva singladura.
"Mucha gente dice: 'Soy un pobrecito y la sociedad no me quiere'. Eso no está bien"
Entonces el hombre que a la sazón pesaba 64 kilos -un wélter de toda la vida- se puso a repartir currículos por todos los gimnasios de Madrid igual que otros buzonean publicidad de Telepizza. Abrías aquel documento, leías su formación y no te entraban dudas. Artista marcial. Profesional del fitness. Entrenador. Emprendedor en el sector de los deportes de contacto. Cocreador del método exclusivo de entrenamiento Fit Combat...
"Todos los conocidos me decían 'Te van a echar', 'Te van a deportar', 'Vas a tener que ser Tyson para que te contraten', y yo me decía que no, que no, y allá que iba... Tenía fe a pesar de contar con todo en contra... La fe es creer lo que no ves. Y yo soy muy creyente... Hoy mi lema es Fe más obras igual a milagro. Porque los milagros solo aparecen cuando te activas", reflexiona. "Hay mucha gente que va por ahí diciendo soy un pobrecito y la sociedad no me quiere... Pero yo pienso que eso no está bien. Que hay que asumir lo hecho y avanzar. Hacer inventario de ti mismo, ver lo que hiciste mal y tirar hacia delante".
Y aquí lo tienen hoy.
Te enseña la agenda semanal de entrenamientos personales y podemos verificar que este hombre que ya ronda los 85 kilos -un peso crucero de toda la vida- es de los que trabaja 12 horas al día y muchas veces hasta los fines de semana. Que tiene unos contactos más propios de un Florentino Pérez que de un entrenador de boxeo. Que las gentes de la jet le llaman "campeón". O "crack". O "maestro".
Cuánto orgullo siente de lo que tiene ahora. Qué igualitario es un ring. Qué desprejuiciado es el boxeo.
(...)
Hay un epílogo con el tam-tam de fondo de unos puños golpeando acompasadamente a los sacos.
Puños grandes que han roto pladures. Puños pequeños que se han cerrado de rabia. Puños que han echado pulsos. Puños que no tienen ni una marca. Puños que las tienen todas.
Es el último lunes de noviembre y la clase bulle. Fernando ha venido con su familia igual que quien va a misa.
A este gimnasio de Jero García donde hacemos las fotos y donde hay una decena de posibles reportajes saltando a la comba, vienen las gentes rotas del barrio de Lucero lo mismo que las luciérnagas acuden a la luz. Solo que lo hacen con un halo de oscuridad. Que si una chica con un ala rota abusada por su padre que quiere desfogarse haciendo guantes. Que si algunos chicos de vuelo corto en libertad vigilada que lo mismo. Que si jóvenes con problemas de salud mental, aliquebrados, que hacen sombra con el insomnio. Que si un político de aleteo alto que ha perdido el asalto de una votación parlamentaria.
Todo eso lo hemos visto.
Más que una fundación, aquí lo que hay es un bestiario desgarrado en pantalones cortos.
"Vino con la autoestima por los suelos y con mucha necesidad de cariño", recuerda Jero, ex boxeador, entrenador, formador contra la violencia escolar, todo, pongan ustedes lo que quieran, qué se yo. "No me quiso contar nada... Pero aquí estas cosas se acaban sabiendo".
En efecto, a los pocos días de aparecer por allí, un compañero de saco lo reconoció. Y a la semana siguiente, otro... Igual que pita la ropa en los arcos de seguridad cuando no quitas la alarma que lleva grapada, así sonaba Fernando al entrar o salir.
"Entonces a Jero le conté. A Jero no le iba a mentir. Ya no podía seguir así. Al final se lo dije: 'Mira, es que estuve privado de libertad'. Él ni se inmutó. Me preguntó al instante: '¿A quién mataste?'. Y yo: 'No mate a nadie, campeón... Fue un delito contra la salud pública'. Así que me sonrió, se ajustó la gorra y me soltó, así como hace él: '¡Pues bienvenido a la tribu, tío, ponte los guantes y dale!'".
Y se puso sus Leone de 14 onzas. Y le dio. Un día. Y otro. Y otro más. Y, desde entonces, el peleador que espera un segundo hijo que se llamará Hermes -nombre de dios- no para de darle a sus demonios.




