Coges al azar a un estudiante de 15 años sobresaliente de Singapur y luego a otro desastroso de Uzbekistán. Los mezclas con una batidora gigante -es un decir, no se asusten-, agitas bien y voilà: ya tienes un perfecto espécimen de mediocridad. El alumno ni fu ni fa, el alumno del montón, el alumno de cinco raspado... O sea, el alumno español tal y como sale representado en los últimos informes PISA.
Esos indomesticables rankings de la OCDE son como la prueba del algodón: desenmascaran el verdadero nivel educativo de cada país. Singapur, Japón o Corea del Sur, con un modelo de enseñanza basado en la exigencia, copan el podio formativo y exportan a los futuros líderes del mundo global. Mientras tanto, España o Francia, en la zona media de la tabla, prefieren educar al alumno normalillo, no sea que alguno destaque y deje en evidencia a los demás.
Escandalizada por esta situación, la prestigiosa periodista francesa Sophie Coignard ha escrito La tiranía de la mediocridad. Por qué debemos salvar el mérito, que ahora se publica en España (Ed. Deusto). Su ensayo deja claro desde el título su intención de entrar en liza con La tiranía del mérito de Michael J. Sandel, el prestigioso profesor de Harvard que abandera a quienes creen que el sistema basado en la excelencia como motor de cambio está trucado. La escritora gala no rehúye subirse al ring para combatirle la idea.
Desde Valencia, donde pasa unos días de asueto, la editorialista del semanario Le Point reconoce por Zoom el impacto que le causó leer al norteamericano: "Para mí, el libro de Sandel fue un shock. Yo, modesta periodista, pensaba para mí: 'Este señor debería ser un modelo a seguir para quienes creen en el mérito, porque sin ser hijo de se convirtió en una estrella mundial del rock de la filosofía política'. Sin embargo, dice que el mérito esconde una especie de tiranía. Yo respeto su punto de vista, pero no me convence".

"La mediocridad es más tiránica que el mérito"

Por qué los mediocres dominan el mundo
Para Coignard el mérito como forma de ascenso social es una de las conquistas de la Revolución Francesa y, por tanto, un valor irrenunciable. "Sandel es americano y yo francesa, de un país que ha sido durante siglos una monarquía absoluta, un sistema donde el nacimiento era lo único que determinaba tu vida. Un estadounidense no puede entender que ser el piloto de tu propia vida suponga un progreso para los europeos".
-Dígame, esta "joya unificadora", como usted llama en su libro al mérito... ¿Por qué tiene tantos y tan poderosos enemigos?
-Porque mucha gente, incluido Sandel, pero también gran cantidad de intelectuales en Francia, están convencidos de que el mérito es una especie de coartada para ocultar privilegios. Y es mentira... una mentira absoluta.
Coignard rememora durante la entrevista el episodio que la impulsó a activarse en este tema. Durante la presidencia de François Hollande, su ministra de Educación Nacional decidió eliminar la ayuda que recibían algunos estudiantes franceses por su excelencia y la periodista montó en cólera.
"Gran cantidad de intelectuales están convencidos de que el mérito es una especie de coartada para ocultar privilegios. Y es una mentira absoluta"
"Por este indignante tema decidí escribir el libro y ponerme a investigar", confiesa. "Eran becas de 1.800 euros al año para bachilleres de familias modestas con calificación de matrícula de honor. Para ellos marcaba la diferencia, gracias a esta humilde dotación podían centrarse en sus estudios. Muchos de estos chicos me decían: 'Yo quiero ir a la universidad, pero no puedo si tengo que compaginarlo con trabajar en un McDonalds'. A mí esta injusticia me impactó mucho".
¿El argumento de quienes habían tomado aquella decisión? La igualdad, claro. Pero una igualdad hermanada con la injusticia: "Me dijeron que preferían dar más a más gente, un resumen de su visión del mundo y la educación. Para ellos, si eres alguien que lo hace mejor no tienes derecho a más: tienes que compartirlo con quienes se han esforzado menos".
Coignard no puede entender que desde un gobierno de izquierdas se dejara en la estacada a los alumnos más brillantes y también más pobres, a quienes finalmente se les recortó la ayuda a la mitad. Pero en su libro atiza a todos: "Jean-Michel Blanquer, que permaneció cinco años en el Ministerio de Educación con Emmanuel Macron, no encontró el momento de restaurar estas becas a su monto anterior".
Además de criticar los desprecios económicos a la excelencia, donde incluye la paupérrima remuneración que reciben los maestros franceses, Coignard también carga contra los pedagogos empeñados en bajar el listón de la enseñanza. Son los que sustituyen clásicos como Rojo y negro por cómics de Astérix, los que promueven el aprendizaje de la gramática con folletos de electrodomésticos, o los que eliminan el latín y el griego de los programas.
A estos inquisidores de la excelencia los tilda de "Pol Pot, de poca monta", en alusión al líder de los Jemeres Rojos camboyanos que tanto se ensañó con los intelectuales. "Muchos profesores están de acuerdo con estos pedagogos, ese es el problema", dice en la entrevista. ¿El resultado? Un happycole que prioriza las "competencias" y las "habilidades sociales" y relega el conocimiento. Mejor todos con orejas de burro.
Frente a los métodos de los sumos sacerdotes de la pedagogía, contrapone la valentía contestataria de algunos mártires del mérito: "Marc Le Bris, antiguo director de escuela y maestro, continuó enseñando gramática, conjugación y ortografía cuando la institución educativa recomendaba acabar con estos elitistas métodos del pasado. Obtuvo cada año unos resultados formidables. Todos sus alumnos salían de su clase con sólidos conocimientos básicos, pero fue boicoteado por la jerarquía por insubordinación".
Coignard no pretende tampoco que se saque el látigo ni llegar a los extremos de Corea del Sur, un país triunfador en los rankings pero demasiado severo con sus estudiantes: "Viendo cómo es el día a día de un estudiante coreano, la verdad es que no querría ese tipo de presión extrema para nuestros alumnos. La virtud quizá esté en un punto intermedio entre el sistema francés y el coreano. Y en comprender que negar la competencia entre los estudiantes no anula la existencia de la competencia en la vida: antes o después tendrás que enfrentarte a ella".
Desde nuestro lado de los Pirineos, el filósofo y pedagogo navarro Gregorio Luri observa con sana envidia el nivel de los alumnos asiáticos en los rankings: "Mucho cuidado con reírnos de ellos, porque es como reírte del empollón de la clase: corres el riesgo de tener que ir a pedirle trabajo dentro de unos año", advierte por teléfono.
Luri, que ha sido maestro de Primaria y profesor universitario, también rechaza los ataques de Sandel al mérito: "Siendo imperfecta, la de la meritocracia es una de las causas más nobles que tenemos. El objetivo es ver cómo fortalecemos su nobleza y vamos reduciendo sus imperfecciones. ¿Queremos o no queremos a los mejores en los puestos de responsabilidad? ¡Yo, sí! Seré muy raro, pero si voy al dentista intento buscar al mejor y si tengo que comer en un restaurante, también. Olvidar la aspiración a lo mejor supone iluminar con luces falsas lo que solo es mediocre".
-¿Y esa mediocridad puede asociarse a la escuela española?
-Hay comunidades autónomas que tienen al 33% de sus alumnos en los dos niveles inferiores de PISA, así que la respuesta solo puede ser que sí. Y fíjate cómo está la media de España, un 28% de los estudiantes no tiene competencias mínimas y son incapaces de comprender un texto complejo. Obviamente la escuela está siendo una fábrica de mediocres.
-El objetivo, dicen, es buscar una mayor igualdad...
-Sí, nos jactamos de tener un sistema equitativo. Pero claro, esa equidad puede ser solo una ilusión estadística. Es decir, si en un país todos los alumnos tienen un tres, tienes la máxima equidad, ¿verdad? Yo prefiero tener una equidad de nueve y no una de tres.
"Seré muy raro, pero si voy al dentista intento buscar al mejor y si tengo que comer en un restaurante, también"
Además, Luri impugna la mayor. Es decir, que bajando el nivel se construya una sociedad más justa: "¿Crees que rebajando las exigencias salen beneficiados los más pobres? Pues te equivocas, eso incrementa las diferencias. Fíjate lo que pasa en España: en la escuela nadie suspende porque no se le puede decir a ningún niño que vaya atrás. Pues después resulta que los que pueden permitírselo buscan ese plus de conocimiento que el colegio no ofrece en el mercado privado, con clases extraescolares".
"¿Cómo te vas a resignar a que tus hijos sean unos mediocres?", se pregunta Luri. Para él, la pretensión de convertir a los niños en la mejor versión posible de sí mismos no es un planteamiento elitista: "Me encontré el otro día a un taxista que, al saber que yo trato estos temas, me dijo: 'En la escuela nos dicen a los padres que los conocimientos no son importantes. Pero yo sé por mi trabajo que sí lo son. O sea, que mientras pueda les pagaré a mis hijos un profesor particular'. Pues eso, puro sentido común".
Luri, reivindica el pundonor -"una maravillosa palabra que tiene el castellano"- no tanto como el camino hacia el triunfo, sino hacia la mejora, tal y como inculcan los buenos maestros: "Hay siempre un mundo de posibilidades abiertas ante nosotros y los que provenimos de familias muy humildes estaremos siempre agradecidos al profesor que no se conformó con que hiciéramos nada por debajo de nuestras capacidades".
Este navarro también reniega de la alabanza indiscriminada: "No hay nada más humillante para un niño que un elogio que él sabe inmerecido. Dos palmadas en la espalda y todos somos campeones, ¿no? Pues ese niño sabe mejor que nadie que el campeón es el de al lado, el que ha hecho el esfuerzo".
Una de esas campeonas es la leonesa Carmen González: un 10 de media en bachillerato, un 9,8 en la Selectividad, Premio Nacional durante la carrera y doctora por la Universidad de Salamanca. A sus 28 años, ha visto recompensada su dedicación con una plaza de profesora de Lingüística en el mismo centro universitario donde estudió.
"Siempre se me ha transmitido, a través del ejemplo de mis padres, que la tenacidad es importante y el esfuerzo un valor crucial, que se llega más lejos con él que con la inteligencia. Y también que el ascensor social no está roto del todo, que uno si se esfuerza, independientemente de dónde provenga, puede llegar a trabajar en lo suyo: hay que transmitirle optimismo a los jóvenes", destaca esta doble licenciada en Filología Hispánica y Filosofía procedente de una familia de clase media.
-¿Cómo valora usted los ataques que recibe el mérito?
-Pues con pena, la verdad... Esa idea de que en la cúspide intelectual están los que siempre lo han tenido más fácil no me parece un buen análisis. Hay personas que nacen con todas las comodidades y, sin embargo, no forman parte de esa élite. ¿Por qué? Porque no todo se compra con dinero. Y al revés, hay gente procedente de entornos humildes que lo consigue gracias a la educación pública y al trabajo.
-¿Por qué entonces tanta inquina?
-Ahora mismo hay una asociación entre el esfuerzo o el sacrificio con ciertas posturas liberales o conservadoras, y en muchas ocasiones es justo al contrario. La educación, el esfuerzo, o incluso el camino hacia la excelencia, son herramientas emancipadoras. Históricamente ha sido así frente a los privilegios de nacimiento.
"Ahora hay una asociación entre el esfuerzo o el sacrificio con ciertas posturas conservadoras, y en muchas ocasiones es justo al contrario"
Carmen González, además de su trabajo como profesora, colabora con La Facultad Invisible, una organización apolítica que reúne a premios nacionales de distintas especialidades. "Uno de nuestros objetivos es reflexionar sobre los problemas que detectamos a nivel educativo, tanto en Secundaria como en las universidades, para proponer soluciones", explica esta joven profesora.
¿Y qué ve ella? De entrada, una bajada de nivel en las pruebas de acceso a la universidad. Hace 10 años estaba haciendo la Selectividad y ahora se encarga de corregir los exámenes, por eso puede comparar. "En Castilla y León el examen se ha simplificado mucho", se asombra.
Además, percibe graves carencias en los alumnos que se incorporan desde el instituto a sus clases: "Más que las faltas de ortografía, lo grave es el déficit de comprensión lectora o sus dificultades a la hora de expresarse...Alguien con estas limitaciones se condena a sufrir todo tipo de engaños en un mundo donde cada vez es más difícil distinguir la mentira de la verdad".
La leonesa también critica que al profesor se le exija explicar en informes los resultados que obtienen los estudiantes: "¿Por qué tengo yo que justificar que una persona saque un 10 o un cuatro? Yo no tengo la explicación. El sistema está muy preocupado por los números: cuánta gente no suspende o cuánta gente no abandona. Y en lugar de ir a las causas profundas, se intenta cambiar los filtros o maquillarlos para que en lo cuantitativo fracase menos gente... Es como no hacer controles de alcoholemia. Eso no quiere decir que la gente no beba, ¿no?".
También puede considerarse como a un hijo de la meritocracia a Álvaro Santana-Acuña, doctor en Sociología por Harvard y profesor en esta mítica institución: "En Estados Unidos el mérito funciona, el trabajo duro. En mi caso soy profesor titular y dudo que en España lo hubiera conseguido".
-¿Cómo entiendes tú entonces el ataque de Sandel hacia el mérito? Creo que él te ha llegado a dar clase en Harvard...
-Sí, ha sido profesor mío... El discurso de la meritocracia lo que ha provocado es que todos nos creamos que podemos ser Zuckerberg, LeBron James o Oprah Winfrey, cuando en realidad esas posiciones son muy escasas y en la base social cada vez somos más personas. Y ahí es donde creo que Sandel tiene su punto, cuando dice que el resultado es un sentimiento de resentimiento y una basculación hacia posiciones radicales por parte de esa clase media que se había tragado ese cuento.
"El discurso de la meritocracia ha provocado que todos nos creamos Zuckerberg o LeBron James, cuando esas posiciones son muy escasas"
Y luego, también influye el ambiente: "El contexto amplio donde puedes entender a Sandel es el de las autoconfesiones culpables de muchos de mis estudiantes rubios, de ojos azules y de clase media que vienen a clase y dicen: 'Es que yo tengo una posición de privilegio'... Sienten que su estatus de preeminencia es fruto de la explotación del otro".
-Pero... ¿Se creen eso de verdad?
-Fíjate, recuerdo haber hablado con inmigrantes que, a base de mucho esfuerzo, han subido en la escala social e incluso comprado mansiones de varios millones de dólares. Y ellos, decirme: 'Amigo, yo soy un privilegiado'. Yo les llevaba la contraria, les trataba de convencer de que son producto de sus propios méritos. Y ellos, perplejos: han comprado por completo el discurso.
¿Qué hay que decirle entonces a los jóvenes? ¿Qué no se esfuercen? Santana-Acuña no cree que a los jóvenes haya que transmitirles esa idea, pero en línea con su directora de tesis, Michèle Lamont, apuesta por un pequeño cambio de mentalidad: "Quizá, como plantea ella, no hay que revisar el mérito, sino la autoestima. Tenemos que aprender a ver a los otros más allá de categorías y eso implica ver más allá, reconocer la humanidad de las personas".
La receta que ofrece Sophie Coignard, la autora de La tiranía de la mediocridad coincide en parte con su diagnóstico. Su idea del "mérito bien templado", además de un guiño a la excelencia de J.S. Bath, implica recalibrar los valores de una sociedad que premia en exceso al trader multimillonario de la banca y margina, tanto en prestigio como en sueldo, a las enfermeras de los hospitales o los buenos maestros.
-¿En qué consiste su idea del mérito, Sophie?
-Incluye el talento y el esfuerzo, pero también la utilidad para la comunidad. Esa sería la mezcla perfecta.
-¿Ha conocido a alguien así?
-Uno de los chicos que perdió su beca al mérito. Sus padres no podían pagarle la universidad porque eran muy pobres, una familia con cinco hijos. Era la ayuda o tener que emplearse en un fast food, algo difícil de compaginar con los estudios. El chico, enrabietado, creó una asociación y llevó a juicio a los responsables. Gracias a eso, las becas pudieron mantenerse en parte. Así que, con 18 años, me parece que personifica bien lo que es el mérito. Se esforzó, fue imaginativo, no dudo en contratar a un abogado y luchar contra un ministro... ¡Me impresionó!
Como impresiona un gol por toda la escuadra o un filete servido en su punto perfecto. Piénselo: nadie admira a un futbolista que se conforma con un cinco raspado en un regate, ni al cocinero que sirve sus platos al estilo ni fu ni fa. Nadie quiere que le hagan una operación ramplona a corazón abierto, ni que el piloto de avión sea a una medianía en el arte de aterrizar.
¿Y al niño en el cole? Venga, va, vale... con que no suspenda...
La tiranía de la mediocridad: Por qué debemos salvar el mérito, de Sophie Coignard, sale a la venta el 24 de enero (Ed. Deusto). Puede comprarlo aquí


