A mediados de 2021, cuando un famoso empresario y un científico de Harvard anunciaron su intención de devolver a la vida a los mamuts lanudos, desaparecidos de la faz de la Tierra hace unos 4.000 años, nadie les tomó demasiado en serio. Justo tres años después, Ben Lamm y George Church, fundadores de la empresa estadounidense Colossal, están convencidos de que podrán cumplir su palabra muy pronto: antes de 2028. «Vivimos un periodo de eclosión tecnológica que nos permite ser optimistas», cuenta durante una entrevista por videoconferencia Lamm, quien hace seis años creó también una empresa de inteligencia artificial, Hypergiant Industries, con multitud de aplicaciones en el campo de la biodiversidad y la defensa. «En muy poco tiempo hemos pasado de leer genomas a poder ensamblarlos gracias a la ingeniería CRISPR [una revolucionaria técnica de edición genética]».
Al frente del llamado equipo Woolly Mammoth se encuentra la bióloga Eriona Hysolli, quien acaba de dar un paso crucial para lograr su objetivo: convertir células de elefantes asiáticos modernos en células madre con el potencial de transformarse en todos los tipos de células distintas (las llamadas iPSC). Al combinarlas con ADN extraído de ejemplares de mamuts que han permanecido congelados durante milenios en el permafrost obtendrán un embrión con los rasgos (pelo largo, colmillos curvos, depósitos de grasa y un cráneo en forma de cúpula) del Mammuthus primigenius.«Esto tendrá beneficios no sólo en terreno de la desextinción, sino también en el ámbito de la conservación», explica la científica. «No debemos olvidar que las tres especies existentes de elefantes se encuentran amenazadas en este momento. Además, devolver a los mamuts lanudos a su hábitat original en el Ártico nos permitiría frenar los efectos del calentamiento global por la compactación de nieve de las pisadas y la reducción de la vegetación arbustiva, lo cual evitaría que el permafrost se derritiera, liberando al aire grandes cantidades de CO2», argumenta.
Entre los miembros del comité científico asesor de Colossal figura el español Tomàs Marquès-Bonet, uno de los mayores especialistas en genética de primates y ADN antiguo. «Nosotros investigamos con grandes simios y hacemos genética de conservación. Y aunque todo el mundo habla del mamut, lo que Hysolli y su equipo pretenden es averiguar cómo usar la ciencia para evitar la extinción de especies y, en el caso de que ya se hayan extinguido, determinar si se pueden recuperar», resume el investigador ICREA y catedrático en la Universitat Pompeu Fabra.
Marquès-Bonet considera, no obstante, que «hay mucha confusión» sobre esta iniciativa. «Tengo que explicarlo mucho porque no se ve la foto completa del proyecto, que va mucho más allá de recuperar al mamut», señala. «Yo, como muchos otros científicos, albergo ciertas reservas. Mi opinión personal es que ahora lo que se está haciendo es explorar los límites de la tecnología para preservar la biodiversidad, hasta dónde podemos llegar, y para mí esto es correcto, porque por el camino no sólo aprendemos de biología, sino también se desarrollan tecnologías».
Según explica José Yravedra Sainz de los Terreros, catedrático de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), «los mamuts fueron unos animales muy abundantes que se alimentaban principalmente de hierba». Y en la Península Ibérica, aunque parezca sorprendente, también vivieron varias especies a lo largo del Pleistoceno: el Mammuthus meridionalis (adaptado a medios abiertos a un clima templado), el Mammuthus trogontherii (mamut de la estepa) y el Mammuthus primigenius (adaptado a vivir en medios fríos y abiertos), que es el que se pretende recuperar ahora.
El profesor español acaba de publicar una investigación que demuestra que los homínidos que vivían en la Península consumían carne de mamut hace 1,2 millones de años. En su estudio analiza los restos de una hembra de Mammuthus meridionalis de 60 años que murió de forma natural, y que fue encontrada en el yacimiento de Fuente Nueva 3 en Orce (Granada). «En aquella época el ambiente en esta zona era parecido al de la sabana africana actual», explica Yravedra, que precisa que, «en la Península, los mamuts desaparecieron al final del Paleolítico superior, hace entre 10.000 y 20.000 años».
En Europa campaban a sus anchas desde los Pirineos hasta Siberia: «Prueba de ello son los yacimientos de Ucrania, Polonia, Austria o Bélgica en los que se han hallado muchos restos. Y del mamut se aprovechaba todo. En zonas de tundra con poco material constructivo hay cabañas circulares hechas con sus huesos que cubrían con pieles. Y en yacimientos recientes de Ucrania, de hace 20.000 o 30.000 años, se consumía su carne. En zonas muy frías, un mamut de siete u ocho toneladas podía alimentar a un grupo durante un invierno. También se usaba el marfil y los excrementos de mamut como combustible vegetal para calentarse».
Aunque el mamut comparte el 99,6% de los genes con el elefante asiático, su pariente filogenético más cercano, el resultado del cruce de Colossal nunca será una fotocopia exacta, sino una especie de híbrido con ADN moderno, por lo que algunos se han aventurado a llamarlo mamofonte. «No es una denominación adecuada, pues nuestro objetivo es recuperar los fenotipos centrales que están presentes en esta especie, que comparte infraestructura genética con los elefantes asiáticos, quienes por cierto están más próximos a los mamuts que a sus parientes africanos», precisa Hysolli. «Mucha gente se piensa que la desextinción es una forma de clonación, pero no es así. Nuestras técnicas avanzadas de modificación genética están dirigidas a la conservación. Así, por ejemplo, trabajamos para erradicar el herpesvirus endoteliotrópico (EEHV) que afecta a más del 20% de las crías de elefante asiático y que produce una muerte horriblemente dolorosa».
Gracias a esas técnicas han podido lograr ese avance que consideran crucial para su plan: convertir células de elefante normales en células madre con el potencial de transformarse en todos los tipos de células distintas. «Es un logro muy importante y estamos muy contentos porque a día de hoy nadie había conseguido obtener células madre de elefantes», valora Marquès-Bonet. «Hasta ahora no había sido posible porque su ADN tiene una serie de copias que hacen que la tecnología estándar usada para crear células madre en humanos no funcione con ellos». El elefante, explica, «es un animal enorme con muchas más células que nosotros» y, «pese a ello, casi no desarrolla cáncer, lo cual resulta verdaderamente alucinante. En ese sentido, el mérito de Colossal no se puede cuestionar».
A continuación, el científico español enumera una serie de pasos a modo de hoja de ruta para devolver a la vida al mamut: «Una vez conseguidas las células madre de elefante, con la técnica de edición genética CRISPR, se modifica el ADN para introducirle las mutaciones que están en el genoma del mamut y no del elefante. Cuando obtienes células madre de elefante a las que le has cambiado ciertas regiones para que se parezcan al mamut, puedes transformarlo en un espermatozoide, un óvulo o un potencial embrión que se puede implantar en un animal vivo emparentado, si es compatible, que es algo que aún no sabemos».
De ahí que Colossal haya puesto también en marcha un proyecto para desarrollar una incubadora. «Dar a luz a una cría sana requerirá tiempo, trabajo y esfuerzo, pero pronto estaremos en condiciones de implantar un primer embrión en un sustituto de elefante, que deberá completar un período de gestación de 22 meses», sostiene la jefa de ciencias biológicas del área Woolly Mammoth. «Nuestro objetivo no es otro que el de crear mamuts sanos que en el futuro puedan ser liberados en su hábitat original».
Asimismo, descarta la posibilidad de que el nuevo mamut del siglo XXI pueda convertirse en una especie invasora con impacto negativo para la flora y fauna autóctona del Ártico. «No estamos hablando de un pequeño mamífero que se pudiera reproducir sin control, sino de una megafauna perfectamente rastreable. Por supuesto, requerirá cuidados y adaptación. Pero en Colossal no especulamos con escenarios diferentes al de una manada sana en un ambiente adecuado que responda no sólo a una necesidad biológica, sino también a una urgencia medioambiental».
Si todo sale según el plan, los primeros ejemplares nacerían por gestación en hembras de elefante asiático a través de una nueva técnica de reproducción asistida utilizada ensayada recientemente en el proyecto de recuperación del rinoceronte blanco. «Contamos con la tecnología, la experiencia y la motivación para ir superando cada fase con éxito», dice.
A Yravedra la resurrección del mamut le resulta interesante desde el punto de vista científico, aunque le suscita también algunas dudas éticas. «Son animales que vivieron en un momento determinado y traerlos de vuelta plantea muchas cuestiones. ¿Cómo van a influir en el ecosistema? ¿Vamos a tenerlos viviendo en libertad, en granjas o en grandes reservas? Yo considero que a la naturaleza hay que dejarla seguir su curso. Otra cosa es hacer programas para recuperar especies que se están extinguiendo por la acción del hombre, porque no les dejamos vivir en sus hábitats», argumenta.
Desde el punto de vista climático, el mamut lanudo podría sobrevivir en bastantes regiones, como toda la zona de Siberia o Polonia. «Quizás en la zona de Escandinavia», sugiere Yravedra, quien se pregunta «hasta qué punto en esos sitios va a haber terreno para que vivan. «Hablamos de animales que comen grandes cantidades de hierba. Es un problema que ocurre ya con poblaciones de elefantes que se están recuperando. Porque no puedes tener a un mamut en un jardín...».
Marquès-Bonet se muestra igualmente cauto respecto a los plazos que se ha marcado Colossal. «Sobre el papel es correcto, pero en la práctica es un proceso extremadamente complicado», admite. Y en el caso de conseguirse, ¿cómo y quién decidirá qué especies ex-tintas habría que resucitar a partir de entonces? Tenemos la obligación de hacer todo lo posible para preservar la biodiversidad. Ésa debe ser la prioridad».
Para la fase de aprendizaje de estas técnicas de recuperación, Colossal ha elegido al mamut y al dodo, una especie de ave gigante no voladora que se extinguió a finales del siglo XVIII. ¿La razón? «Son mamíferos absolutamente icónicos en el mundo del ADN antiguo y potencialmente, sobre el papel, reúnen las características para que pueda hacerse», explica Marquès-Bonet. En lo que respecta al hábitat de los mamuts que nazcan en el marco de este proyecto, el investigador de la Universitat Pompeu Fabra considera que, cuando llegue el momento, «habrá que abrir un gran debate, entre la comunidad científica y en la sociedad, para determinar si es algo aceptable ética y ecológicamente».
La desextinción está culturalmente asociada a la fascinación por los dinosaurios y el impacto que generó el estreno de Jurassic Park en 1993. Sin embargo, éstos desaparecieron sin dejar material genético recuperable. «Incluso en regiones atemperadas como Atapuerca, obtener ADN de hace cientos de miles años es casi una misión imposible», sostiene Marquès-Bonet. «El récord mundial en este campo pertenece, precisamente, al ADN de un mamut siberiano de hace dos millones de años, toda una hazaña que se consiguió gracias a la estabilidad del ejemplar a temperaturas bajo cero».
Sí es posible, sin embargo, recuperar proteínas más antiguas, y de hecho el equipo de Marquès-Bonet colideró la secuenciación de las proteínas del Gigantopithecus blacki,un simio extinto emparentado con el orangután, de casi dos millones de antigüedad. Todo un logro.
Hysolli, por su parte, no da cancha el debate jurásico. «Los dinosaurios no están en nuestros planes, pero puestos a imaginar, ¿por qué no visualizamos un Par-que Pleistoceno, un Parque del Outback australiano o del Parque Dodo de Mauricio? Hay muchas especies allí fuera que necesitan nuestra ayuda».
Según las cifras que maneja Colossal, 30.000 especies se extinguen de media cada año. "A veces, hasta 55.000, es decir, 150 al día, tres cada ahora... En el transcurso de esta conversación, la ola de pérdida biológica ha seguido avanzando imparablemente. ¿A qué estamos esperando?». Y añade: «La buena noticia es que los resultados de nuestras investigaciones nos ofrecen un gran margen de maniobra, no sólo en el ámbito de la desextinción. Nuestros avances en genética tendrán también aplicaciones en la lucha contra enfermedades en humanos, como el cáncer».
Ya se ha demostrado, por ejemplo, que la proteína P53 de los elefantes desempeña un papel clave en la regulación de los mecanismos de reparación del ADN y suprime el crecimiento celular incontrolado. «Ahora que se habla tanto de la Sexta Extinción Masiva», dice, «deberíamos asumir que la recuperación y conservación de especies puede salvarnos también a nosotros».






