Sylvester Stallone se vanagloria de ser la persona en el mundo que más balas de fogueo ha disparado. Una pirotecnia que más de una vez le ha dado algún susto. El último lo vivió en el rodaje de Los mercenarios, cuando le explotó por accidente una pistola enfundada. Lo curioso es que el actor que ha matado a 794 tipos en pantalla y coloca a Donald Trump a la altura de George Washington resulta ser un firme defensor del control de armas en Estados Unidos.
El encuentro es por videoconferencia. Stallone aparece trajeado sobre un fondo artificial que parece de un videojuego de los años 90 para conceder la única entrevista que va a dar a un medio europeo. Tramitarla ha requerido más de un año. El primer intento se hizo cuando el actor protagonizóLa familia Stallone, programa en el que se adentró de forma sorpresiva en el universo de los realities al estilo Soy Georgina desvelando las intimidades de su entorno. En el último momento canceló la entrevista. Ahora sí ha aceptado hablar con el fin de promocionar la tercera temporada de Tulsa King, la serie de SkyShowtime en la que interpreta a Dwight El general Manfredi, un veterano gánster que levanta un imperio criminal en Oklahoma.
Tulsa King supone varias novedades en su carrera. Una es un papel con mucho humor y otra es que, por fin, la estrella interpreta a alguien cercano a su edad biológica: 79 años. "Por mucho que me guste Rocky, sé que ya no puedo hacerlo", dice señalándose. "Cuando dejé de boxear, se acabó la mitad de su historia y en cuanto a Rambo, nadie me creería si lo interpreto. Pero tengo la edad perfecta para hacer de Manfredi y nunca me he sentido tan cómodo actuando".
Tanto, que el personaje de Stallone acepta en uno de los primeros capítulos de la serie que una amante se quedé en shock, cuando le confiesa los años que tiene después de tener sexo con ella .
-¿Hacer de mafioso italoamericano en Tulsa King es su venganza por haber sido rechazado como extra en El padrino cuando era joven?
-Necesitaban a 300 extras para la secuencia inicial de la boda y no me aceptaron porque decían que no parecía italiano. ¿Yo? ¡No puedo parecer más italiano! Soy más italiano que la pizza. ¿Acaso parezco sueco?
-¿Se lo reprochó a Coppola cuando triunfó?
-¡Por supuesto que lo hice!
El Manfredi de Tulsa King puede ser la despedida definitiva de Stallone, el actor cuya filmografía de 50 películas ha recaudado 3.000 millones de dólares. Alguien que en cada una de las últimas cinco décadas puede presumir de tener al menos un número 1 en taquilla (en esta última fue como doblador del Rey Tiburón de El escuadrón suicida). Al concluir la anterior temporada ya había lanzado un amago de jubilación, al menos como actor.
"Estaba fundido y al acabar, pensé: 'Ya está, hasta aquí hemos llegado'", dice. "No me veía capaz de hacerlo mejor y de sorprender de nuevo al espectador, temía que continuar fuera un error. Hasta que pensé si estaba loco... A veces en la vida sólo tienes una oportunidad de disfrutar de un éxito así y que este se produzca a mi edad, no es suerte, es un milagro".
Stallone, según desveló Hollywood Reporter, tiene fama de intervencionista en los proyectos en los que participa, especialmente en la escritura. No hay que olvidar que, en 1977, ganó el Oscar a Mejor Guion por Rocky. No desmiente que retoque líneas de sus diálogos de la serie: "Siempre necesito estar involucrado, aunque sea entre bastidores. Enseñar a otros actores, observar la mecánica de un rodaje, seguir el proceso de escritura... Si hay algo que he aprendido es que los actores de hoy en día que empiezan no sólo deben aprender a interpretar, deben aprender a ser cineastas".
Michael Sylvester Gardenzio Stallone resultó ser un milagro acaecido en 1946 en Nueva York. Un milagro porque sus probabilidades de supervivencia cuando su madre dio a luz eran muy reducidas. Ante las complicaciones del parto, el médico usó con muy poca pericia un fórceps que cortaría por accidente un nervio de la cara del recién nacido. Esta primera bofetada de la vida dejó al futuro Sylvester Stallone una parálisis facial que, con el tiempo, ha forjado su identidad actoral: una sonrisa torcida y una forma de hablar en la que arrastra las palabras.
Sus inicios en el cine fueron muy duros. Sobrevivió con papeles de medio pelo y tuvo incluso alguna experiencia en el porno light para pagar facturas. Por eso se puso a escribir. Cuando ofreció a la industria su guion de Rocky tenía 136 dólares en la cuenta, una amenaza de desahucio de su casero y su perro se había ido a vivir a casa de un amigo porque no tenía con qué alimentarlo.
En esa angustiosa situación se vio que Stallone era algo más que un joven actor que trataba de abrirse camino. Demostró una enorme personalidad cuando, vista su situación, rechazó una oferta de 350.000 dólares por el guion. Hollywood quería su texto, pero no le quería a él en la pantalla. Fue tajante: Rocky Balboa sólo podía ser Sylvester Stallone.
La película se rodó sólo en 28 días con un presupuesto ínfimo, sin pagar por los permisos de las localizaciones y con público de la calle haciendo de extras. Su éxito fue estratosférico, con una decena de nominaciones a los Oscar, dos para Stallone. Daba comienzo a una franquicia incombustible de seis películas y un montón de spin offs que todavía colea. Sin embargo, en realidad, Stallone no manda sobre Rocky.
Así lo hizo público el actor en Instagram, cuando en 2022 lanzó a sus fans un mensaje de frustración. Stallone reclamaba un dulce entierro para su personaje más querido. Lo hizo a raíz de una película sobre Iván Drago, el mítico antagonista soviético de Rocky interpretado con Dolph Lundgren, que se había anunciado sin contar con su aprobación. "Devuélvanme mis derechos, chupasangres", escribió en la red social en referencia a los productores.
--¿Cómo sería Rocky en 2025?
--Creo que estaría algo decepcionado con el mundo. Aunque es un tipo duro, no le gusta el conflicto. Estos tiempos son dramáticos, no felices. Así que no encajaría demasiado bien.
Aunque la reputación actoral de Stallone siempre ha sido objeto de memes, su triunfo con Rocky auguraba una carrera mucho más prestigiada, más allá de cachas Planet Hollywood de blockbusters que se consolida en los 80. Conviene recordar que Roger Ebert, el crítico cinematográfico más influyente de EEUU durante décadas, llegó incluso a catalogar al Stallone boxeador de cara triste como un posible "nuevo Marlon Brando". No hay duda de que Ebert se columpió -y eso que Brando hizo también muchos bodrios-, si atendemos a que Stallone ha sido nominado 10 veces a los premios Razzie, los anti Oscar que reconocen lo peor de la industria cada año.
Nadie puede negar, ni él mismo, que en su filmografía hay truños fabulosos. La crítica y el público todavía no se han recuperado del impacto de verle en versión comedia en, por ejemplo, ¡Alto! O mi madre dispara (1992) o en Juez Dredd (1995), película en la que lo mejor que se puede decir de Stallone es que llevaba casco. Pero también es cierto que nunca se le ha reconocido como merece su notable talento dramático: desde su policía sordo de Cop Land (1997) hasta sus Rocky Balboa más golpeados por la vida. Stallone era sin duda mucho más dotado como actor que sus rivales en el cine de acciónArnold Schwarzenegger, Jean-Claude Van Damme y Steven Seagal.
Lo cachondo de la carrera de Stallone no es lo que ha hecho, sino lo que no ha hecho. De haber tenido otro agente es posible que hubiera cambiado la historia del cine, no sabemos si para bien. Es conocido por su mal ojo rechazando los papeles protagonistas de películas como Instinto Básico, Superman, Límite 48 horas, Superdetective en Hollywood,Jungla de Cristal y... sí, esto es muy fuerte, Pretty Woman.
Tras una difícil entrada en el siglo, con la trágica muerte de un hijo, Stallone regresó a su género más prolífico con una desigual saga que escribió y dirigió él mismo y que le reconcilió con la taquilla. Usó hábilmente la jugada de la nostalgia en Los mercenarios incorporando a otras viejas glorias del género para resucitar el cine de disparos a quemarropa y nudillos ensangrentados.
Así que hasta un Stallone artítrico es mucho Stallone. A este hombre la cultura pop y la memoria sentimental de cuarentones y más allá le deben muchas cosas. Tan sólo unos ejemplos:
Su grito en Rocky llamando a Adrian (Talia Shire) con un ojo morado y un tono de voz cercano a anuncio de medicamento contra la congestión nasal es la mayor declaración de amor de la clase trabajadora que vio la historia. De la subida de escaleras sonando Eye of the Tiger no hablamos porque cuando se ve esa escena cualquiera se siente capaz de aprobar la oposición a Abogado del Estado o de ligarse a la guapa del instituto.
En un deporte tan polarizado como el fútbol Stallone hace que cualquier aficionado vitoree su ortopédica parada a un penalti injusto lanzado por los nazis en Evasión o victoria (1981). Stallone es tan Stallone que hizo creer a mi generación que echar un pulso era un deporte en Yo, el halcón (1987).
"Yo busco la evasión, que la gente se siente en una butaca y se deje llevar a un nuevo mundo"
Su John Rambo siempre sintió las piernas -a pesar de la popular imitación de Santiago Urrialde en los años 90- y nos dejó esa descripción de personaje tan de Félix Rodríguez de la Fuente: "Un hombre que está entrenado para ignorar el dolor, las condiciones climatológicas, vivir de lo que da la tierra y comer cosas que harían vomitar a una cabra".
El agente macarra Mario Cobretti, protagonista de Cobra, es la única persona junto a los Erasmus italianos que visitan Madrid capaz de llevar gafas de sol de noche. Sin olvidar su policía yuppie e intelectual (claro, llevaba gafas de ver) de Tango y Cash, cinta del género injustamente olvidada.
Stallone es el Al Pacino de las palomitas con esteroides (le pillaron en 2007 en una aduana con unos viales con hormonas del crecimiento que en el destino eran ilegales) de un cine que ya no existe. Alguien que sólo piensa en el público y al que la crítica le importa poco. Por eso se le pregunta por la tentación que siempre ha existido por ideologizar a los grandes iconos que ha interpretado. El mejor ejemplo es Rambo, a quien el presidente Ronald Reagan definió como supuesto "votante republicano" y símbolo de la América neoconservadora.
"Cuando se dijo eso, yo lo negué", dice Stallone. "Y no sólo con Rambo. Si te fijas Rocky nunca habló de dinero ni de política, nunca quiso incluir una opinión al respecto en su personaje. Cuando peleaba, otros boxeadores hablaban de los millones que ganaban, cinco, diez... pero a él las cifras no le importaban. Su fuerza no estaba en el dinero, sino en competir con el corazón".
Stallone lo deja claro, da igual lo que él diga o cómo se le considere, sus personajes son sagrados. "Odio hacer películas con carga ideológica. Aunque pueda parecerlo, esa nunca es mi intención, créeme, porque lanzar estos mensajes empañan el objetivo de lo que creo que debe ser una película: aventura y entretenimiento. Yo busco la evasión, que la gente se siente en una butaca y se deje llevar a un nuevo mundo".
Pero Stallone es mucho más que sus personajes. Su 'neutralidad' no ha impedido haber aceptado el nombramiento de embajador especial en el "muy problemático" Hollywood por el presidente Trump. Como si Hollywood fuera una embajada en Rabat, Madrid o Ulán Bator, el cargo hay que reconocer que tiene mucha testosterona: lo comparte con otros machos del cine como Jon Voight y Mel Gibson. Por supuesto, sin pegar ningún tiro de verdad. Sólo de fogueo.




