- David Rieff: "Judith Butler es uno de los grandes fraudes de nuestro tiempo, pero hay clones suyos en Madrid, París..."
- Giuliano da Empoli: "Los populistas como Trump y los magnates como Musk comparten su odio al sistema, la democracia y las viejas formas de autoridad"
En el primer capítulo del Génesis bíblico se halla una frase que ha marcado el pensamiento humano desde hace milenios: "Creced y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra". Según el polifacético e influyente historiador y ensayista Philipp Blom (Hamburgo, 1970), este es uno de los principales orígenes de uno de nuestros grandes errores como especie, la idea de dominación del mundo que nos rodea, que en el presente está llevando a la extinción a la vida en la forma en que la conocemos.
"Aunque este es nuestro referente más popular, esta idea no es cristiana ni judía, procede de la antigua Mesopotamia y de las primeras civilizaciones. Y es rastreable también en la cultura grecolatina y, más cerca en el tiempo, en los valores de la Ilustración, que en su afán de destruir la religión convirtieron la idea de salvación cristiana, esa fe en un futuro siempre mejor, en nuestra actual idea de progreso. Un cambio tan sutil que por eso fue masivamente aceptado", sostiene el historiador, autor de ensayos que reflexionan sobre el pensamiento occidental como Años de vértigo y La fractura y de otros enjundiosos libros sobre ecologismo del pasado y del futuro como El motín de la naturaleza y Lo que está en juego.
"El problema es que todas estas cosmovisiones del mundo comparten el desprecio por la naturaleza, la idea de someterla. Una idea que nos está llevando a la autodestrucción", afirma rotundo el escritor, que en La tierra sometida (Anagrama) explora este conflictivo vínculo entre la humanidad y la naturaleza desde la antigüedad hasta nuestros días adviertiendo del peligro de "nuestra arrogancia, que tras siglos de considerar al hombre como la criatura elegida de Dios y amo y señor de la naturaleza, debe desaparecer. O lo haremos nostros".
- Cada libro que escribe es más sombrío, ¿es posible concienciar al mundo del peligro de la catástrofe climática o ya no hay solución?
- Es curioso, porque, de hecho, mi último libro [de momento sólo en alemán] trata sobre la esperanza. Después de una conferencia, siempre hay algún joven me pregunta si hay alguna posibilidad de futuro. Y no es fácil dar una respuesta en dos minutos, porque se trata de una cuestión genuina y compleja. Así que le respondo algo parecido a esto: "No podemos fingir que todo saldrá bien, porque no es cierto. Pero sí podemos afirmar que la vida merece ser vivida, y que nuestra especie ha atravesado otras catástrofes, encontrando solidaridad y belleza en medio del caos. El ocaso que vivimos es rápido y brutal, pero también puede ser el comienzo de algo distinto: una nueva manera de estar en el mundo, más acorde con lo que sabemos hoy sobre la naturaleza".
- En este nuevo ensayo recorre la historia de la sumisión de la naturaleza desde el Paleolítico hasta hoy. ¿Hay alguna esperanza de liberarse de esta obsesión por el dominio o es parte de nuestro ADN?
- La mayoría de culturas antiguas eran animistas: concebían la naturaleza como un conjunto de fuerzas y presencias con las que había que negociar. No era una relación idílica, pero sí reconocían que formaban parte del mismo sistema. La gran ruptura llega en Oriente Medio, cuando surge la idea de dominar la naturaleza, algo ligado al poder político y religioso. Basta recordar a Gilgamesh talando los cedros del Líbano para demostrar su grandeza. Esa noción de supremacía marcó después a la tradición judeocristiana, a la Ilustración y al capitalismo moderno. Pero no, no está en nuestro ADN. Es un constructo cultural. Y si fue aprendido, también puede desaprenderse. El reto es pensar de nuevo en sistemas: comprender que un bosque no es solo la suma de árboles, sino un organismo interconectado. Ese cambio de mirada ya lo sugiere la ciencia contemporánea.
- Ya Montaigne condenó la arrogancia humana, que "quiere poner el cielo bajo sus pies". ¿Cree que el racionalismo fue demasiado optimista con el hombre? ¿Vivimos hoy el fin de las ideas que surgieron en la Ilustración?
- La Ilustración quiso emanciparnos de la religión, pero heredó su esquema de dominio: el hombre separado de la naturaleza. La confianza ciega en la Razón produjo enormes avances, pero también una visión instrumental del mundo y de nosotros mismos. Hoy, las tecnologías digitales acentúan un problema nuevo: ofrecen resultados inmediatos y nos privan del proceso de aprendizaje, de la transformación personal. Eso debilita nuestra libertad. Si ya no somos capaces de perseverar, de educarnos, de participar activamente en la democracia, la Ilustración se vacía de sentido. Quizá estemos entrando en otra etapa cultural, todavía difusa. Pero eso, además de generar incertidumbre, también es muy excitante.
"La confianza ciega en la Razón produjo enormes avances, pero también una visión instrumental del mundo y de nosotros mismos"
- Como dice en el libro, podemos imaginar muchas cosas, pero no un mundo sin humanos. ¿Realmente es posible nuestra extinción? ¿Qué puede acabar con el hombre: la guerra, una pandemia o directamente nuestro desprecio por la naturaleza?
- Sí, la extinción es posible, y cada día que pasa más. Todas las especies humanas menos una ya desaparecieron. El Homo sapiens no es inmortal, aunque muchos se empeñen en creerlo. En cuanto a las causas... puede ser una guerra nuclear, una pandemia o la propia crisis climática, sí. Pero la historia nos demuestra que los seres humanos sabemos reinventarnos en circunstancias extremas. Lo esencial es reconocer que estamos dentro de un sistema natural: cada acción nuestra altera la constelación completa. Es decir, dañar la naturaleza es un acto suicida que nos daña a nosotros también. Si no hallamos un equilibrio, el sistema desaparecerá y nos llevará con él.
- Usted es historiador. Si la pretensión de dominio de la humanidad ha llevado al planeta al borde del abismo, ¿no deberíamos contar la historia mundial de un modo diferente a como se hacía antes?
- Sin duda. La narrativa tradicional, centrada en reyes, conquistas y progreso tecnológico, invisibiliza nuestra relación con el medio. Necesitamos contar la historia como el relato de una cohabitación con otras especies, de éxitos y fracasos ecológicos. Y asumir que la crisis actual no es un accidente, sino el resultado de siglos de pensamiento basado en la superioridad humana.
"La extinción es posible, cada día que pasa más. Todas las especies humanas menos una ya desaparecieron, el ‘Homo sapiens’ no es inmortal, aunque muchos se empeñen en creerlo"
- En este sentido, existe una antigua división entre ciencia y literatura. En el mundo actual, cada vez más interconectado, ¿es posible entender qué significa ser humano sin el concurso de ambas vertientes del saber, de las Ciencias y las Artes?
- Por supuesto que no, es un gran error. La ciencia nos ofrece datos y modelos, pero también necesitamos imaginación, metáforas, relatos que nos permitan comprender nuestra experiencia. El conocimiento indígena o el arte aportan perspectivas que la ciencia no capta. Sólo combinando esas miradas podemos construir una comprensión más plena y menos violenta de lo que somos.
- Hoy en día vemos que muchos políticos vierten mentiras contra la ciencia más básica... ¿Cómo influirá en nuestro futuro el actual descrédito de la ciencia?
- Esto es algo gravísimo. Socava la confianza en el conocimiento que necesitamos para afrontar desafíos globales. Me resisto a citar a su presidente, pero en Estados Unidos, por ejemplo, se han desmantelado laboratorios y programas de investigación. Eso no se recupera de un día para otro: se pierden décadas de experiencia acumulada. Además, en la sociedad actual el descrédito de la ciencia se mezcla con la desafección hacia unas élites que la población percibe como arrogantes. Eso la convierte en blanco fácil de la desconfianza y el populismo.
- Y, como apunta, todo se retroalimenta, ¿con el declive de la democracia, disminuye la posibilidad de corregir el cambio climático?
- Eso y muchas cosas más. La democracia requiere ciudadanos activos, educados y perseverantes. Si nos resignamos a delegar todo en algoritmos y tecnócratas, la democracia se vacía, y con ella la capacidad de emprender transformaciones colectivas como la transición ecológica. Sin participación cívica no habrá soluciones sostenibles.
- Hablando de tecnología, ¿es posible redirigir la revolución tecnológica para que sea compatible con la emergencia ecológica y para que sus beneficios sean para toda la sociedad?
- Como todo, sí, es posible, pero exige decidir dónde necesitamos realmente la tecnología y dónde no. No toda innovación nos hace más felices ni más libres. El problema es que el desarrollo actual está guiado por intereses de poder y beneficio, no por el bien común. Reorientarlo implicaría replantear el capitalismo tal y como lo conocemos. Un debate que habrá que abrir algún día, pero de momento...
"La historia demuestra que los seres humanos no podemos predecir el futuro, pero también que sí podemos inventarlo"
- Justamente, ¿es posible salvarnos en una sociedad en la que imperan esos ideales del capitalismo: el individualismo, el materialismo, el beneficio...?
- Sinceramente, pienso que no. Si seguimos con esa lógica, sólo aceleraremos la destrucción. Necesitamos otro modelo de convivencia que dé prioridad a la solidaridad con otras especies y con nuestro propio ecosistema. Eso no significa volver al pasado, sino crear una nueva cultura, apoyada en la ciencia, las artes y un sentido renovado de comunidad.
- Otro rasgo del presente son las utopías del transhumanismo y la idea de que los humanos suban sus datos cerebrales a la nube, separándolos aún más de los contextos naturales. ¿Cuál es la consecuencia de esta vida digital y por qué debemos "enredarnos" en la naturaleza, como defiende?
- El transhumanismo es una negación de nuestra condición biológica. Soñar con vivir 300 años en la nube es olvidar que somos cuerpos, simbiosis de millones de células humanas y no humanas. Alejarnos más de la naturaleza solo aumentará nuestra soledad y nuestras tensiones. "Enredarnos" con la naturaleza no es un gesto romántico, es reconocer que dependemos de ella y que cada externalidad nos afecta de vuelta.
- Entonces, en resumen, ¿es posible cambiar hoy nuestra manera de pensar sobre el cambio climático o al final de la historia está la derrota del ser humano y su extinción?
- No hay destino inevitable. Sí, la situación es crítica y nuestra capacidad de destrucción es inédita en la historia. Pero también somos capaces de imaginar y construir sociedades distintas. La clave está en exigirnos más, en no conformarnos con el cinismo de que "todo está perdido". El futuro dependerá de si somos capaces de vernos de nuevo como parte de un sistema vivo y actuar en consecuencia. Por decirlo de forma concisa y optimista: la historia demuestra que los seres humanos no podemos predecir el futuro, pero también que sí podemos inventarlo.


