Sitúense un momento en el mes de julio de 1962. Brasil está a punto de ganar su segundo Mundial de fútbol pese a la lesión de Pelé. Golean 3-1 a Checoslovaquia en el Estadio Nacional de Santiago de Chile. En las radios de todo el mundo suena I Can't Stop Loving You de Ray Charles y faltan sólo unos días para que un ama de llaves llamada Eunice Murray encuentre el cadáver de Marilyn Monroe en el dormitorio de su casa de Los Ángeles. La Guerra de Vietnam se asoma a su fase más cruenta y en España arranca el noveno Gobierno nacional presidido por Franco. Justo el día 23 de ese mismo mes, un chaval llamado Miguel Rafael Martos Sánchez, algo canijo y vestido con un traje oscuro de señor mayor, arrasa en el Festival Internacional de la Canción de Benidorm con la canción Llevan.
Han pasado más de 60 años y todo ha cambiado desde entonces. Todo salvo él. Nada es como era, pero aquel tipo algo canijo sigue arrasando sobre el escenario como si fuera inmune al paso del tiempo. Hoy no viste traje oscuro, sino una camisa floreada que dentro de un rato se cambiará por otra más floreada todavía. Ha escondido alguna arruga bajo un poco de maquillaje, camina despacio sobre unas zapatillas blancas de deporte y charla con algo de dificultad después de un susto de salud morrocotudo, pero él sigue siendo aquel. Miguel Rafael Martos Sánchez es Raphael, igual que Pelé ya era Pelé en el Mundial del 62. Porque a veces las leyendas no necesitan más que un nombre.
«Nunca he querido ser otra cosa que no sea Raphael», reivindica a sus 82 años recién cumplidos. Rodeado de instrumentos otra vez.
Hace justo seis meses, el cantante sufrió un accidente cerebrovascular mientras grababa un especial navideño para La revuelta de David Broncano. Salió del Teatro Príncipe Gran Vía de Madrid por su propio pie hasta las ambulancias que le esperaban en la puerta, fue ingresado con pronóstico reservado y diagnosticado después con un linfoma cerebral que le obligó a cancelar todos sus compromisos, incluyendo los conciertos que tenía previstos por América en las primeras semanas de 2025.
Más de uno se puso a teclear su obituario como si los mitos fueran mortales. ¡Já! Y a Raphael le da la risa. «No es mi tiempo aún», avisa. Esta noche vuelve a los escenarios en el Teatro Romano de Mérida.
Raphael está de vuelta. Digan lo que digan los demás.
- Lo primero de todo. ¿Cómo está?
- Muy bien. Milagrosamente bien.
- ¿Es un milagro que usted esté hoy aquí?
- Hombre, es que ha sido algo difícil de llevar. Pero ya está todo bien... Los médicos están felices y yo más.
- ¿Le ha quedado alguna secuela del accidente?
- Cuando los médicos me dejan salir de casa y, mucho más, subir al escenario, es que las cosas están claras.
- ¿Qué recuerda hoy de aquel día de diciembre?
- No recuerdo nada especial. Yo estaba tranquilo y lo único que te puedo decir es que no perdí el sentido en ningún momento. O sea, yo me estaba dando cuenta de todo y por eso no entendía lo que me pasaba. Nunca perdí el conocimiento y fui asimilando cada cosa que iba produciéndose. El presentador me hablaba y yo lo entendía, pero me era imposible contestarle. No pude darme cuenta de mucho más porque todo duró lo que tardaron en llevarme al hospital. Y ya allí estaba como en casa. Tengo una fe ciega en mis médicos. Pero no ya por esta vez, sino toda mi vida. Siempre han resuelto muy bien todo lo que me ha pasado.
- ¿Ha sentido miedo?
- No, miedo no. Quizás porque al principio no era consciente de lo que estaba pasando. Cuando tuve que someterme a mi trasplante, por ejemplo, sí era consciente de la gravedad. Sabía a lo que iba desde muchos meses antes, en qué consistía el trasplante y por qué era necesario. Y sólo tuvimos que esperar hasta encontrar al donante. Esta vez todo ha sido sorpresivo.
La salud de Raphael se quebró de forma seria por primera vez hace ahora 40 años. Una hepatitis provocada -según él mismo confesó después- por el abuso del alcohol en los minibares de los hoteles le obligó a someterse a un trasplante de hígado en 2003. Tras su recuperación, el artista anunció que empezaba «una segunda vida». Hoy ya marcha, como mínimo, por la tercera.
- ¿Cuántas le quedan?
- Yo tendré las que hayan escrito que tenga. Ni más ni menos. Pero todo lo que me quede voy a procurar aprovecharlo haciendo lo que siempre he hecho: hacer muy feliz a la gente que vive conmigo y ser fiel a mi familia con un ojo, o los dos, puestos en el público que tanto me ha ayudado. A veces, hasta sin saberlo. Al final, se diga como se diga, se trata siempre de lo mismo. Todo se resume en que no te encuentras bien y esa situación hay que resolverla. Cuánto menos grave sea, pues mejor. Pero siempre se trata de resolverlo. Y ahí el miedo no sirve de nada. La palabra no es miedo.
- ¿Cuál es entonces la palabra?
- Pues este es un problema que se presenta y tú lo que tienes que hacer es ser un colaborador. Es lo que yo siento. Yo intento colaborar siempre con los médicos que tengo delante, que ya me conocen de sobra. Siempre les digo lo mismo cuando me empiezan a explicar su trabajo. Les corto y les digo: «Ustedes saben perfectamente qué es lo que tienen que hacer. Cuanto antes lo hagan, mejor».
- ¿Llegó a pensar en algún momento: 'Hasta aquí hemos llegado'?
- No, no, no. No es mi tiempo aún.
- ¿Cómo han sido estos seis meses?
- Pues de recuperación. Todas estas cosas tienen su tiempo y por muchas prisas que uno tenga, todo requiere tiempo. Ha sido una batalla resuelta día a día.
- Y más rápido de lo esperado, ¿no?
- Sí. Los médicos siempre me dicen que asimilo rapidísimo los tratamientos. Soy buen paciente. Nunca he dado problemas, soy apto para todo y convierto las medicinas en mis aliadas.
- ¿Ha podido desconectar de su profesión durante este tiempo?
- No, eso es imposible. La música vive conmigo. La música y mi familia me han acompañado siempre.
- ¿Y hay algo que le haya sorprendido de usted mismo durante estos meses?
- No sé... Yo soy una persona muy serena para todas estas cosas. Por supuesto, te molesta que te esté pasando algo así, pero lo importante es que lo arreglen y yo siempre he creído que era posible.
- ¿Ha llegado a dudar de si podría volver a subir a un escenario?
- No, pero porque eso no puede ser. Es imposible. Una persona que nace artista es artista constantemente.
- No sé si es usted creyente o si es muy espiritual, pero ya ha tenido unas cuantas experiencias cercanas a la muerte...
- Sí, sí. En mi caso, o crees o crees. Alguien me tiene que estar cuidando seguro.
- ¿Y esto le ha dejado alguna huella emocional? Más allá de las físicas, ¿qué cicatrices deja estar tan cerca de la muerte?
- Es que yo nunca pensé en esa palabra tan rotunda: la muerte. No, no es eso. Yo pensé que tenía un problema y que tenía que resolverlo. Yo siempre me repito lo mismo: sigue luchando por tus sueños hasta el final.
- ¿Hay algo que vaya a cambiar a partir de ahora?
- ¿Qué voy a cambiar yo? Hago lo que me gusta y creo que no me sale mal...
"Nunca pensé en algo tan rotundo como la muerte. A los médicos sólos les dije: 'Ustedes saben lo que tienen que hacer, cuanto antes mejor'"
Hace ya unas semanas que Raphael volvió a agarrar el micrófono. A hacer lo de tooooooda la vida. Se refugió en la sede de la Sociedad de Artistas, Intérpretes o Ejecutantes (AIE), en Madrid, y ha vuelto a ensayar la gira que dejó en el aire en diciembre del año pasado. Nos citamos con él en un estudio enorme en la segunda planta del edificio. Luis Cobos, presidente de la AIE, aparece un rato antes para asegurarse de que todo está en orden. La habitación tiene un escenario con un piano de cola, teclados, percusiones e instrumentos de viento y cuerda repartidos por todo el espacio. Le acompaña una decena de músicos. En el centro de la sala, hay una mesa con un sándwich mixto que Raphael no ha tocado aún, un folio con el setlist de su primer recital y una pantalla que funciona como una suerte de karaoke para que el artista no pierda el hilo de alguna de sus más de mil canciones.
Desde hace seis décadas largas, Raphael ha grabado casi un disco al año, ha girado por todo el mundo, ha cantado en español, en italiano, en francés, en alemán, en inglés y hasta en japonés y ha asaltado todos los mercados posibles. Tiene más de 300 discos de oro, medio centenar de platino e incluso uno de uranio por vender más 50 millones de copias, un récord que comparte con Queen, AC/DC, U2 y Michael Jackson.
Cualquier otro se habría sentado a acariciar diplomas, contar billetes y dar de comer a las palomas, pero Raphael no quiere ni oír hablar de la jubilación. Ni siquiera soporta que le llamen abuelo. Hasta sus nietos le llaman Raphael.
«Mi gran noche está todavía por llegar», reivindica hoy. «Yo sigo aprendiendo mucho. Igual llega un momento en mi vida en el que ya lo sabré todo, pero de momento aún siento que me quedan cosas por aprender. Si no sintiera eso, no estaría aquí».
Durante casi una hora de charla, Raphael parece a ratos cansado. A veces se despista o le cuesta encontrar la palabra adecuada. Cuando deja de hablar y empieza a cantar, cualquier duda se esfuma. Normalmente, Raphael ensaya sentado. Hoy se ha subido al escenario.
- ¿Cuánto lo ha echado de menos?
- Cuando estoy con la familia, no echo nada de menos los escenarios. Pero cuando ellos no están, mucho.
- ¿Está nervioso de cara al regreso de este domingo?
- Me provoca respeto, pero eso siempre me ha pasado. Subir a un escenario siempre provoca respeto. Pero yo sé que es un lugar en el que me desenvuelvo muy bien. Estoy deseando que llegue el momento.
- ¿Cómo ha sido volver a cantar?
- Pues fue en este mismo estudio que tantas veces me ha escuchado.
- Y qué canción eligió para volver?
- Canté el concierto entero. Pero no te diré la primera, déjame que sorprenda al público. Sí te diré que me sentí muy cómodo, muy seguro. Vino mi hijo más pequeño a ver qué tal y salió encantado.
- Después de cerca de 80 álbumes, decenas de giras y dios sabe cuántos conciertos, ¿nunca se ha cansado?
- Hombre, alguna vez me canso, claro. Pero eso tiene un arreglo. Me acuesto, duermo y descanso. Y al día siguiente sigo.
- ¿Y nunca ha tenido una crisis de fe con la música?
- No, no, no, para nada. No puedo permitirme esos lujos. Yo elegí mi camino y he luchado por él. Estaría bueno que ahora renegase de lo que he hecho. Estoy contento y pretendo seguir contento mucho tiempo.
- ¿Y si los médicos le hubiesen dicho que no puede volver a cantar?
- No me pueden decir eso. Saben que no me pueden decir eso, porque no me iba a sentir bien. Y los médicos saben perfectamente cómo soy.
"Me queda mucho por hacer y por renovar. No puedo pensar que ya lo he hecho todo porque mi carrera no ha terminado. No me voy a ir todavía"
- ¿Qué sería Raphael si no fuera Raphael?
- Pues sería un extraño. Nunca he pensado en ser otra cosa que no fuera ser artista. Seguro que pensé otras cosas de niño, pero en serio nunca. Nunca he dejado de querer esta carrera.
- ¿Y cómo ha conseguido que el público tampoco se canse de usted? ¿Cómo se sobrevive en esta profesión atravesando generaciones, modas, estilos, públicos...?
- Pues no lo sé. Es verdad lo que dices, pero el porqué no lo sé. Eso sólo lo saben ellos: el público. Yo sólo sé que estas cosas sin arte y sin fe son complicadas de conseguir, porque es cierto que las modas cambian, los gustos cambian y el público también. Pero conmigo no es así, no funciona así. Siento que es una suerte enorme sentirme tan deseado. Es muy bonito porque es más lo que me quieren que lo que me admiran.
- ¿Y cuál es la fórmula secreta?
- Debe de haber muchas formas, pero yo solo sé una, que es la fe en mí mismo y en el trabajo que hago.
La fórmula, desde luego, funciona. ¿Saben aquello de que una ardilla podría cruzar España saltando de árbol en árbol? Pues si la dichosa ardilla tuviera un tocadiscos -o una cuenta en Spotify- podría recorrer también la historia de nuestro país saltando de canción en canción de Raphael. No enumeraremos ahora sus grandes éxitos porque el papel está caro, pero su música es la banda sonora de este país desde que Brasil apenas tenía un Mundial en su palmarés.
- ¿Cómo se ve España desde el escenario? ¿Cuánto ha cambiado el país desde aquella primera vez?
- Hombre, hay cosas que sí han cambiado, claro. Otras no tanto. Pero en general creo que no hemos cambiado demasiado. Desde donde yo lo veo, las cosas siempre son más bonitas. Fuera de los escenarios es otra cosa. Creo que el mundo no está tan mal como a veces llegamos a pensar, pero tampoco podemos creer que no hay de qué preocuparse. Hay muchos problemas, desde luego, pero estoy seguro de que todo se va a ir arreglando. Quizás no tan rápido como debería ser, pero todo se irá arreglando. Yo creo mucho en la gente joven. Lo harán a su manera, pero lo harán.
- ¿Es usted una persona nostálgica?
- No. ¿He dicho algo que te suene a eso? Porque sería un imbécil. Yo no soy nostálgico del pasado porque sigo haciendo lo mismo que cuando tenía 20 años. Lamentablemente ya no me siento como entonces, pero tampoco estoy tan mal.
- ¿Cree que un cantante como Raphael triunfaría hoy con 20 años?
- Seguro que sí. Y creo que conectaría totalmente con el público de hoy en día. Porque a mí la gente joven no me falta nunca, están en todos mis conciertos.
- ¿Se imagina cantando hoy reguetón, por ejemplo?
- Esa ya sería otra historieta. Pero yo he colaborado con artistas de todo tipo y, además, encantado de hacerlo. Afortunadamente, nunca he tenido que hacer algo que no me guste.
- ¿Volverá a grabar un disco?
- Sí, antes de que termine este año. El qué lo sé, pero el cuándo no lo tengo claro aún. Más o menos en octubre.
- ¿Y el qué se puede saber?
- No, porque estoy entre tres cosas...
- ¿Qué música escucha Raphael en casa?
- Escucho de todo. Desde la música sinfónica, que me enloquece, al flamenco. Me considero parte de toda la música, siempre y cuando sea buena.
- ¿Qué le diría hoy al Raphael de los inicios?
- Le diría: 'Ves como no te iba a ser tan difícil... No tengas miedo que te lo vas a pasar bandera'.
- ¿Alguna vez imaginó una carrera como la suya?
- No, claro, antes todo era más difícil. Ahora lo tenéis muy fácil... Pero yo no me arrepiento de nada. Seguro que podría haber hecho cosas de manera diferente, pero al final me quedo al 100% con todo lo que hice.
- ¿Y qué le pide al futuro?
- Seguir con la misma ilusión hasta el final. Me queda mucho por hacer y por renovar. Es muy importante renovarse siempre. Yo no puedo pensar que ya lo he hecho todo, aunque sea verdad. Porque mi carrera no ha terminado. Yo no me voy a ir todavía.
- ¿Cómo se convive con la condición de mito?
- No lo sé, porque yo no soy eso. Tengo una idea de cómo me ve la gente, pero yo no vivo en ese plan... Yo soy un chico normal que vive en familia, que es muy fanático de sus amigos de toda la vida, que lo que más le gusta de este mundo es un escenario y, si me aprietas, dos escenarios y que tiene la inmensa suerte de poder realizar sus sueños a diario.
- ¿Qué tiene el escenario que es tan adictivo?
- Yo no sé para los demás. Yo te puedo hablar por mí y a mí lo que más me gusta es el escenario. No te puedo explicar lo que me aporta porque no tiene explicación. Pero nada es comparable a eso. Grabar es estupendo porque dejas algo que se queda ahí para siempre, pero no es lo mismo. En la grabación hay mucho truco, pero actuar es un momento único. Hay que disfrutarlo porque mañana no se sabe. Yo espero que me quede lo más posible, pero sé que el final está escrito. Eso sí, lo que más me fastidiaría, para variar, es no poder volver a salir al escenario.
- ¿Es usted de esos artistas que sueñan con morir en el escenario?
- No, no, no. Eso no es bonito. Yo sería incapaz de darle ese disgusto a la gente y a mi familia. Ahora... sentirme mal de repente en un teatro y que me dé tiempo a volver a casa y morirme tranquilo no estaría mal, ¿no?





