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El hallazgo casual de un documento de alto secreto en un puesto de la madrileña Cuesta de Moyano introdujo a Andrés Trapiello en una minuciosa investigación sobre el atentado perpetrado por un comando comunista en una sede de Falange en el Madrid de posguerra. El resultado fue la gran crónica Madrid, 1945. La noche de los Cuatro Caminos. Ahora el escritor leonés retoma aquel suceso, que cambió la política española, pero como escenario de una novela, Me piden que regrese (Destino). Se trata de una trepidante aventura en un Madrid poblado por seres rotos que intentan olvidar, donde conviven la miseria y la ostentación, el silencio y las tertulias, el perdón y la venganza. Pero, sobre todo, es una historia de amor. Y un sueño cumplido de Trapiello: «Siempre he querido escribir esa novela de las dos Españas».

Chaves Nogales: ahora o nunca
- Tenemos un mismo suceso real tratado desde la ficción y desde la crónica. En el prólogo de 'Madrid 1945', escribía: «Hice lo correcto resistiéndome a las sirenas que me aconsejaban transformar esta crónica en una novela». ¿Por qué ahora da el salto a la ficción?
- Madrid 1945 solo podía ser la crónica de un hecho. Era esencial que no se filtrara ni un átomo de ficción que pudiera contaminar la historia, que el lector supiera que cuando se le dice que el Partido Comunista gratificaba con una suma de dinero a los guerrilleros del maquis por cada asesinato, por cada atraco, supiera, digo, que eso es verdad. El trabajo de Madrid 1945 llegó hasta donde yo podía llevarlo, con los testimonios de los supervivientes, los archivos, los procesos... Era el momento de llenar los vacíos que habían quedado.
- ¿Qué quiere decir?
- Que la novela me permite contar cosas que en la crónica quedan deshiladas. La historia deja siempre mil lagunas, que a menudo la vuelven incomprensible, absurda. Porque la realidad no tiene sentido, y la ficción permite buscarlo. Nuestras vidas no tienen argumento; eso es jurisdicción de la novela. La novela actúa, sobre todo, en las lagunas. En la vasija rota e incompleta que es la realidad, la novela es esa masa de arcilla que suple los trozos que faltan hasta restituirle su forma original, que a veces es solo aproximada o ideal.
- ¿Qué se había quedado fuera de la crónica?
- Para empezar, la mitad de Madrid, el Madrid de los vencedores, de la gente común que trataba de rehacer su vida, que iba a los bailes, al cine, que intentaba olvidar la guerra y vivir de espaldas a la política. El Madrid de los diplomáticos y de los espías que observaban desapasionadamente el drama de España. Y ese es el trabajo de la novela: ordenar sin restricciones la realidad. Con entera libertad.
- De hecho, esta novela sumerge en la posguerra y en la propia guerra mejor que un libro de Historia o que una crónica.
- La ficción no se opone nunca a lo real, lo completa. Por eso decimos que don Quijote es más real que Cervantes, o que Fabrizio del Dongo nos es más cercano que algunos parientes. De la crónica o de la historia quedan fuera los sentimientos, y en la novela es al contrario. La irracionalidad del amor hace más comprensible la irracionalidad histórica. Si lo pensamos bien, El Quijote, La cartuja de Parma o Guerra y paz son novelas de amor. Y eso he tratado de hacer: una novela de amor y de aventuras. Una historia de amor absoluto de dos personas que, contra todo pronóstico social, político o personal se encuentran y deciden amarse.
"No es posible que solo haya buenos en una parte y malos en la otra. Conocemos los crímenes de un lado y de otro"
- 'Madrid 1945' es una crónica que se lee como una novela y 'Me piden que regrese' es una novela que tiene mucho de crónica, con personajes reales, hechos históricos. ¿Le ha sido fácil delimitar los dos ámbitos?
- Los hechos que se cuentan en Madrid 1945 pasan aquí a ser una especie de marco, de escenario de la época. Lo fascinante de una novela es que te invita constantemente a saltarte las normas. La crónica te exige ser riguroso con los hechos históricos. En cambio en la ficción, los hechos los creas tú. Lo que no puedes hacer es suplir con ficción los hechos reales, o servirte de personajes reales para propósitos espurios, ideológicos. Eso es una indecencia.
- Ahí entra en juego la honestidad del autor.
- Eso es lo más importante. Todos los escritores, desde Tolstoi, pasando por Balzac, Galdós y Stendhal, apoyan sus novelas en la realidad. Las ciudades son reales, el marco temporal también. A veces aparecen figuras históricas, trasuntos casi literales, pero no les hacen decir o hacer cosas que en la realidad no dijeron ni hicieron. Cuando Tolstoi saca a sus generales, se ha mirado antes las actas notariales donde dejaron por escrito sus opiniones y usa sus palabras reales. Aquí, cuando en un momento determinado Franco dice «vienen por nosotros», es porque Franco lo dijo, refiriéndose a los americanos y a los ingleses: es un testimonio que he recogido de diarios y testigos de la época. Los hechos históricos son intocables: puedes acompañarte de ellos para dar verosimilitud a una ficción, pero con un enorme respeto.
- He estado buscando en Google algunos personajes para ver si eran reales o no.
- Miedo me das.
- ¿Sabe que Custodio Castro es un futbolista portugués?
- ¡No lo sabía! (risas).
- ¿La protagonista, Sol Neville, existió? No la he encontrado.
- Es una pregunta bonita. ¿A ti qué te parece?
- Al principio estaba convencida de que sí, luego lo descarté; después pensé que es una mezcla de personajes reales... Al final, como cita a la familia Baroja y las cartas, ya no sé qué pensar. Si no lo quiere decir, lo dejamos así.
- Lo dejamos así. Sobre todo porque tampoco conviene... A mí me gustan los libros con indecibilidad, es decir, que no puedes decidir si es real o si es ficción.
- Sol y Benjamín, la pareja protagonista, vienen de mundos opuestos pero comparten un espíritu libre. Encarnan la España de los sin bando en un contexto de fanatismo. Ese es un universo que siempre le ha atraído.
- Sí, exactamente. Siempre he querido escribir esa novela de las dos Españas, para un lector desprejuiciado, y también libre. No una novela equidistante, sino una novela en la que todos los españoles se puedan mirar y entender lo que estuvo bien y lo que estuvo mal. Los trabajos de Historia, por serios y exigentes que sean, no siempre consiguen poner de acuerdo a las gentes. Sin embargo la novela es el verdadero lugar de la reconciliación... La lectura es un acto de intimidad, un recinto sagrado en el que el lector está a salvo.
"La monarquía parlamentaria ha cumplido con creces cualquiera de las aspiraciones de la Segunda República"
- ¿Encontró alguna referencia literaria de la época que fuera en esa línea?
- No. He leído mucho de la guerra, de antes y después, y nunca encontré una novela que explicara todo esto desde todos los puntos de vista. Las novelas clásicas de la posguerra, desde La colmena hasta Nada, Entre visillos, las de Luis Romero, por supuesto Foxá... cuentan detalles concretos de la Historia de una manera muy partidista. La mayor sorpresa cuando estaba escribiendo esta novela fue la aparición del Diario de posguerra de Cansinos Assens, que cuenta la época de un burgués mejor que La colmena. Cansinos hace que la realidad luzca casi como una ficción, de puro irreal que es. Como cuando se tropieza un día en Gran Vía con una cuerda de presos. He tomado prestada esa escena. Ese tipo de detalles los he encontrado, más que en la literatura, en los periódicos, en las crónicas, en las cartas, donde la gente los desliza casi sin ningún valor literario.
- La descripción del Madrid de esos años es impresionante: la gente, la ropa, los ambientes... ¿Cuáles han sido sus fuentes esenciales? ¿Y cuánto hay de sus paseos por el Rastro?
- Bueno, hay mucho paseo por el Rastro, obviamente, pero también mucho paseo por la hemeroteca. He visto muchísimos periódicos. Esta novela es la que menos me ha costado escribir (me cuesta mucho escribir en general, cualquier cosa, desde un artículo a un poema), porque esa época y ese decorado los conozco bien, he vuelto mil veces a ellos. Los años 30 y 40 del siglo pasado y Madrid son como de mi familia.
- Me interesa el trabajo con el lenguaje. Está muy cuidado, no hay anacronismos y sí expresiones que han caído en desuso, como ser de la cáscara amarga, o ponerse en relaciones...
- Sí, para eso me ha servido sobre todo la literatura mala. He leído muchísimas novelas de la época, de Carmen de Icaza, de Fórmica, de Luis Romero, de Pombo Angulo... Esas expresiones -me gusta un horror, o llamar a un chaval granuja- estaban en el habla común. Hoy ningún chico diría a una chica que es muy sugestiva, eso estaba en el lenguaje de las novelas y del cine, que la gente imitaba. Es un trabajo que he disfrutado, porque me gustan mucho las palabras.
- Al leer 'Me piden que regrese' resulta más desalentador ver cómo hoy se desentierra el guerracivilismo.
- En parte es el sectarismo y en parte es la ignorancia, y sobre todo un malentendido, y es que, después de la Guerra Civil, el bando perdedor asumió que no tenía ninguna responsabilidad civil, moral, política en el desastre. Que con la derrota y el exilio ya habían pagado. Y el bando de los ganadores pensaba que, por el hecho de haberla ganado, no tenía tampoco que dar ninguna cuenta de todos los desmanes. No es posible, porque conocemos los crímenes de un lado y de otro, que solo haya buenos en una parte y malos en la otra.
- Y que se idealice la Segunda República, los preámbulos del desastre.
- Esta es una de las grandes milongas. Esta monarquía parlamentaria ha cumplido con creces cualquiera de las aspiraciones de la República. El problema es que una parte, los nietos de los vencidos -ya no hablamos de los hijos-, consideran que su causa era más justa que la otra y encuentran intolerable haber perdido, y pretenden ganar definitivamente esa guerra de hace 80 años. Para eso necesitan reescribir la Historia, presentarse como sujetos de un momento histórico luminoso y borrar todos sus delitos. Es decir, los delitos que se cometieron en mi campo fueron causados por incontrolados y nadie es responsable, y los delitos del bando opuesto fueron deliberados y sistemáticos, y los otros son responsables a perpetuidad. Esto no encaja y por eso en la novela los dos protagonistas, que son víctimas, están dispuestos a ver que el dolor del otro es tan grande y tan injusto como el propio. La Transición la hacen nuestros padres porque saben perfectamente qué es lo que ocurrió, y llegaron a un acuerdo.
- Es también columnista y se ha implicado en el activismo cívico, en defensa de los valores constitucionales. ¿Cuál es su estado de ánimo ante la situación española actual?
- Cuando llegas a los 70 miras las cosas con una cierta distancia, aunque en este momento mi estado de ánimo es de desolación, y sobre todo de incomprensión... no acabo de entender cómo Pedro Sánchez, que está mintiendo desde que ha accedido al poder, mantiene su intención de voto. Mintió ya a su Ejecutiva metiendo votos en una urna; mintió a las autoridades académicas con una tesis falsa y lleva seis años de mentiras sistemáticas en todos y cada uno de los asuntos que ha tratado... Si este no fuera un país de cabreros, este hombre estaba ya en la sentina del barco. Cuando ves lo de su señora, los escándalos, me digo: esto no puede estar pasando.
- La sensación de irrealidad.
- Esa es la sensación que yo tengo, de irrealidad. Pero sé que esto se acabará resolviendo antes pronto que tarde. Sánchez, y Zapatero se han aliado con los que quieren destruir ese proyecto común que es la nación española. Por eso, el principal cometido que tenemos todos, a mi modo de ver, es echar a este hombre. Tratan de meter miedo: es que va a venir la extrema derecha. Bueno, pues ya vendrá la extrema derecha y san dios bendito. Y ya veremos qué hacemos si son muy malos. Pero lo primordial es que esto se termine cuanto antes.
Me piden que regrese
Editorial Destino. 366 páginas. 21,76 euros. Puede comprarlo aquí


