Es un gesto que hacemos a diario. Mecánico. Abrimos la nevera y cogemos algo que, gracias a la refrigeración, no se ha echado a perder. Quizá eso que cojamos sea una cerveza, sin saber que gracias precisamente a esta bebida alcohólica hoy disponemos de un electrodoméstico esencial en el hogar. La nevera es nieta de un aparato diseñado por Carl von Linde y la cervecera muniquesa Spaten en 1873 para mantener su producción fría.
Es sólo uno de los múltiples ejemplos que Jonny Garrett, periodista, cineasta y podcaster experto en cerveza describe en su último libro: El sentido de la birra (Ned Ediciones). Un volumen que no es sólo una recopilación de inventos e hitos históricos relacionados con esta bebida, sino un tratado sobre «cómo la cerveza nos hizo a nosotros».
Hablar de cerveza es hacerlo de algo más que una bebida o una forma de «diversión», cuenta Garrett por videollamada desde Inglaterra. «Dependíamos de ella para sobrevivir: era alta en calorías, segura de beber y se podía almacenar», explica. «Esto fue importante desde hace 13.000 años y hasta hace unos 200», añade. «Era el líquido más potable del mundo», resume. Esa virtud la convirtió en un «alimento vital» para quienes trabajaron en la construcción de las pirámides de Egipto, por ejemplo.
«Sin la elaboración de cerveza como proyecto de ingeniería y desafío arquitectónico, y sin la cerveza como moneda y parte de la dieta diaria, es posible que las pirámides nunca se hubieran construido», sostiene Garrett. Cada trabajador de esta megaconstrucción recibía cuatro litros de cerveza de baja graduación alcohólica al día. Así consta así en los registros de costes y en los hallazgos de las tumbas de varios de estos obreros.
Además de moneda de pago y alimento básico, la cerveza también ha tenido un papel fundamental en elavance de la Medicina. Los estudios de Pasteur sobre cómo los microorganismos afectan a la calidad del vino y la cerveza permitieron crear el proceso de pasteurización. Inspirado en esos estudios, Joseph Lister, un cirujano británico, aplicó lavados de ácido en las heridas de sus pacientes. Consiguió evitar que miles de lesiones se infectaran. «Si no se hubiera dado ese salto de la cerveza a la humanidad, millones de personas habrían muerto», sostiene Garrett.
Su relevancia es casi tan antigua como su propia existencia, y a menudo ha sido apreciada como «un regalo de los dioses». En la época moderna fue sustento físico y económico de las comunidades religiosas. Hoy todavía hay unos pocos monasterios que fabrican y venden su propia cerveza para sufragar parte de sus gastos. Uno de ellos, ubicado en Bélgica, elaboró la que durante años fue considerada mejor cerveza del mundo, la Westvleteren 12, que hace justo 20 años provocó colas kilométricas en este pueblo flamenco para conseguir una botella.
La política tampoco es ajena a la espuma de la cerveza. «Nunca pueden separarse una de otra», advierte Garrett. «Ha estado en el meollo de la civilización desde su creación».
Guillermo IV de Baviera aprobó en 1516 una ley, todavía vigente, para controlar la calidad y suministro de la cerveza -y de paso asegurar el suministro y precio bajo del trigo, clave para elaborar el pan- conocida como Reinheitsgebot o Ley de Pureza. Además, estados como el de Baviera fundaron cervecerías propias, como la Weihenstephan o la Hofbräuhaus. En una cervecería Adolf Hitler dio varios de sus discursos, uno de los cuales le llevó a la cárcel en 1923, donde escribió Mi lucha.
El líder del partido nazi era abstemio, subraya Garrett, aunque «entendió lo manejables que eran las hordas de bebedores». «Resulta fácil exagerar el papel de las cervecerías y la cerveza en el ascenso de Hitler», abunda el periodista inglés, «pero se trató de un factor que sería ingenuo ignorar». Las cervecerías sirvieron al futuro caudillo del III Reich «de escenario, y la cerveza fue un imán, un narcótico y un nexo social que le facilitó mucho el trabajo».
En el Palacio de Westminster, sede de las dos cámaras del Parlamento británico, había a principios de la década de los 2000 más de 20 pubs y restaurantes, algunos con nombres tan sugerentes como The Churchill Room, The Debate o The Strangers, donde buena parte de los parlamentarios esperaban para votar las leyes.
Con el paso de los siglos, el rol de la cerveza cambió casi a la par que lo hacía la sociedad. «Durante el período previo a la Revolución Industrial, la producción se trasladó de los hogares y los monasterios a las fábricas, la escasez de alimentos dejó de ser un problema, los ingresos disponibles eran más comunes y se formaron los pubs y bares que conocemos hoy en día», relata Garrett. Pasó de «ser parte de la dieta» a un producto que «disfrutamos cuando tenemos tiempo y dinero».
Lo que sí puede afectar a esta bebida es el cierre de locales. El pub británico, y por tanto la cerveza, es un punto «extraordinario para crear comunidad y evitar la soledad, uno de los mayores asesinos de la sociedad moderna», argumenta. «Si esos lugares no pueden vender cerveza, esas comunidades se desvanecen».
La birra también puede ayudar a luchar contra el calentamiento global o el cáncer. O, mejor dicho, uno de sus ingredientes básicos: la levadura. «Los científicos pueden aprender sobre el metabolismo de las células cancerosas estudiando la levadura de cerveza», desarrolla.
Sea como fuere, esta bebida ha estado presente, en mayor o menor medida, en todas las civilizaciones desde hace miles de años. Aunque hoy sólo sirva de excusa para quedar con los colegas. O, como confiesa Garrett entre risas, para escribir un libro que demostrara a su hija «lo que la cerveza había aportado al mundo».


