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Así afronta Europa el nuevo año: palabras de paz en las cancillerías y guerra en el horizonte

El reto de Europa volverá a ser la Defensa por las provocaciones rusas y un enfrentamiento que no cesa, con el telón de fondo de la presión de Trump

Así afronta Europa el nuevo año: palabras de paz en las cancillerías y guerra en el horizonte
FOTOGRAFÍA: GETTY IMAGES
Actualizado

La Defensa seguirá siendo una cuestión vital en Europa en 2026. Más allá de lo que finalmente ocurra con la posible paz en Ucrania, los servicios de inteligencia de Alemania o Países Bajos ya han adelantado que Rusia está en disposición de atacar a un país de la OTAN. A la Unión Europea, por lo tanto. Y que lo hará en un periodo de dos a cuatro años.

Desde la OTAN, el propio secretario general, Mark Rutte, también ha apuntado de manera clara en las últimas semanas que los países de la Alianza son "el próximo objetivo de Rusia". "Ya estamos en la línea de fuego. Nos enfrentamos a un conflicto a la escala de la guerra que padecieron nuestros abuelos y bisabuelos", añadió hace unos días desde Berlín. Y Blaise Metreweli, directora del MI6 británico, que es probablemente el servicio de inteligencia más importante de Europa, apuntaba recientemente que el régimen de Vladimir Putin es "agresivo, expansionista y revisionista" y que la primera línea de combate está "en todas partes".

Las advertencias son, en definitiva, numerosísimas y se están acelerando en las últimas semanas al tiempo que las conversaciones de paz aparentemente avanzan en Ucrania. Porque lo que se considera en Europa es que Rusia no puede mantener dos conflictos abiertos al mismo tiempo, y que si finalmente hay un acuerdo con Kiev, se dará un tiempo para rearmarse, dar un cierto descanso a sus tropas e iniciar un nuevo ataque.

Todo esto puede parecer muy lejano de España, y es posible que se observe como algo casi ajeno. Pero no es así en ningún caso, en primer lugar porque el país forma parte de la OTAN y eso supone un compromiso. Pero, además, desde la Comisión Europea se intenta hacer mucha pedagogía sobre las implicaciones del avance ruso. Evidentemente, es bastante improbable que Rusia ataque directamente a Madrid a pesar de que Rutte ya ha dicho en más de una ocasión que un misil lanzado por Putin tardaría apenas unos minutos más en llegar a la capital española que a Vilna, por ejemplo. Pero el comisario de Seguridad y Espacio, Andrius Kubilius, ya ha apuntado en más de una ocasión en este periódico que en una situación de guerra híbrida, las injerencias pueden llegar de muchas maneras. Con drones sobre los aeropuertos españoles, al igual que ya ha sucedido en Bruselas o Copenhague, afectando así de manera directa al importante sector del turismo. Y en Bruselas también son muchos los que recuerdan la intervención de Rusia en el procés de Cataluña.

Hay también quien señala desde algunos ámbitos políticos que en todo ello hay una parte de excusa para favorecer a la industria militar y, por supuesto, a Estados Unidos. Desde luego que la economía estadounidense se verá beneficiada por el proceso de rearme europeo, y en la decisión de la Administración Trump de dejar de apoyar militarmente a Europa hay un interés económico. Ellos son los que tienen la tecnología militar más avanzada y con mayor capacidad de producción. Pero eso no hace menos cierta la amenaza de Rusia.

Por eso, 2026 debe ser un año en el que los países de la UE avancen en su proceso de rearme, y eso incluye a España. El Gobierno de Pedro Sánchez ha elevado el gasto militar hasta el 2,1% del Producto Interior Bruto (PIB), cifra que le debería bastar para superar el examen de capacidades que va a llevar a cabo la OTAN durante el primer semestre de 2026. Pero para el siguiente ya no está en absoluto tan claro que con esa inversión sea suficiente. De hecho, en la Alianza afirman que no, y que el Ejecutivo tendrá que elevar su inversión.

En Ucrania, escenario de la mayor guerra en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, nadie espera que las conversaciones de paz entre EEUU y Rusia alcancen ningún acuerdo. La gran mayoría de los ucranianos, según una encuesta reciente, cree que la guerra seguirá al menos durante 2026, tal es la desconfianza absoluta que existe sobre todo lo que firme Vladimir Putin o sus promesas de paz.

El conflicto de Ucrania entra en su cuarto año con escasas esperanzas en las actuales conversaciones, mientras el reto de los países europeos será avanzar en su rearme

Tras casi cuatro años de invasión, en los que los ejércitos avanzaron sobre todo durante los primeros meses de guerra, el agotamiento es total. Rusia ha conquistado el 1% de Ucrania en todo 2025, un logro pírrico conseguido a base de decenas de miles de bajas, especialmente en el frente de Pokrovsk, una ciudad que Moscú trata de conquistar desde 2024 y donde aún resisten los ucranianos en el norte de la urbe.

El campo de batalla se ha convertido en rampa de experimentación de nuevos terrores militares, casi todos robotizados, que han convertido el frente en el más mortífero del siglo XXI. Drones espía, kamikaze, bombarderos, minadores, logísticos y hasta lanzallamas, todos ellos dirigidos desde sótanos a varios kilómetros de la línea de contacto están revolucionando la guerra como lo hizo el descubrimiento de la pólvora en la China del siglo IX. El primer ejército que sea capaz de aplicar la inteligencia artificial a sus máquinas para hacerlas aún más autónomas y más letales, no sólo dará un paso de gigante en la defensa de las posiciones militares, sino que abanderará la industria de Defensa durante años.

Para muchos analistas, el riesgo de contagio bélico a otro país de la OTAN es alto si se dan estas dos cuestiones: Trump se olvida definitivamente de Europa como aliado y se desentiende de su defensa, y un parón (aunque sea precario) en la guerra de Ucrania permite a Rusia recomponer sus maltrechas fuerzas, cuyas bajas superan el millón desde 2022, incluyendo todo el viejo arsenal soviético de blindados, quemado en los caminos de Ucrania.

Pero, si se dan esas dos cuestiones, el Kremlin puede acometer alguna provocación en los países bálticos que, de no obtener respuesta, se convertiría en el final de la Alianza. Por esa razón, los expertos insisten en que Rusia no busca una guerra abierta con Europa, que podría perder si los principales aliados unen sus fuerzas, pero sí una operación híbrida que comprometa un territorio pequeño en alguna zona gris.

Lo que está de momento sobre la mesa es un fin negociado que aún parece lejano. En el fondo, Vladimir Putin no tiene aún los incentivos para detenerse, porque sabe que puede sacrificar muchos más soldados en su objetivo de conseguir algo a lo que poder llamar victoria.