Heterodoxos: diez personajes incómodos de la España del siglo XX (Editorial Debate) iba a llamarse Visto por el otro y pretendía ser un libro en el que escritores, periodistas y académicos escribieran sobre un personaje histórico de creencias, tendencias políticas... opuestas. Al final decidimos cambiar el nombre porque era difícil oponerse a el otro y ninguno se identificaba como tal. Nos dimos cuenta que lo que caracterizaba el libro es que era heterodoxos sobre heterodoxos. Yo me decidí por Besteiro.
Mártir aparece como término constante cuando se revisan las intervenciones de Julián Besteiro. Quizá porque es así como acabó sus días. Mártir de sí mismo, de los suyos y de los otros; de los enemigos y de los que se decían amigos. Al final de la guerra, cuando, atrapado en el Ministerio de Hacienda ultimaba los detalles del golpe de Segismundo Casado contra Juan Negrín, decía que creía que la psicología del mártir podía adquirirse. Pero en el proceso que montó la justicia de los vencedores, cuando el fiscal pidió que se le condenase a pena perpetua, reconoció en él un mito de la Segunda República. Él replicó, tal vez adivinando lo que le sobrevenía, que en las circunstancias desfavorables los personajes mitológicos se convierten en mártires.
Mito o mártir son las dos acepciones que admitirían derechas e izquierdas sobre Besteiro. Unos por reconocer que neutralizó las fuerzas soviéticas que se habían hecho con el Gobierno de la República al final de la guerra; otros, porque Besteiro fue una víctima del franquismo, un valiente, un mártir, un mito.
Como tal hay que verlo porque los mitos, como los hijos de puta, los asesinos, los construye la mirada del partidario y del contrario. Por mi parte, ¿por qué Besteiro es el otro? Porque ser consecuente con las ideas, ser congruente con uno mismo, no siempre es bueno cuando de lo que se trata es de hacer política. Quizá un Besteiro más ladino y cínico, menos puro, más oportunista -en resumen: más político- nos hubiera librado del desenlace cruento de 1936. Porque Besteiro nunca renegó de lo que creía, de ese socialismo que lo llevó a ser héroe y mártir, pero desistió de la lucha y entregó el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) a sus otros (y tampoco hizo más por evitar sus desmanes). Lo ideal es enemigo de lo bueno. El pragmatismo no es enemigo de lo ideal. Dicen que el error de la extrema derecha es el fanatismo, y el de la izquierda, el sectarismo. El error de las dos facciones consiste, como decía Carranza, en confundir la tolerancia con la abjuración.
En una reunión celebrada en Barcelona en 1938, en la que se discutió la situación de la República, Besteiro declaró que, «sin la participación de los comunistas, no había posibilidad de ganar la guerra», pero que, si la guerra se ganaba, España sería comunista, y «él no podía aceptar esto».
De Besteiro se pueden decir muchas cosas. Esencialmente, que fue casi tan fiel a sus ideas como a su conciencia. No era político profesional, obviamente. Ortega dijo que había votado al Frente Popular tras tachar todos los nombres menos el suyo, y Juan Ramón Jiménez afirmó que, de haber estado en el poder, la guerra se hubiera evitado. Hasta Indalecio Prieto escribió algo parecido en 1956.
Pero, para que eso hubiera sido posible, Besteiro no tenía que haber sido Besteiro, sino alguien más hambriento. Besteiro nació en 1870 y se formó en la Institución Libre de Enseñanza. Del krausismo recibió los modales, el izquierdismo político y el organicismo social. Como él reconocería, había sido «inexperiencia juvenil» lo que le hizo militar en el partido de Alejandro Lerroux, aunque para él era más bien el de su admirado profesor, Nicolás Salmerón.
En 1912 fue elegido concejal en Madrid por el PSOE, cargo que desempeñaría hasta 1936. Su conversión al socialismo fue un proceso de convicción intelectual de acuerdo con los valores aprehendidos en los ambientes krausistas.
En 1915 se celebró el 10º Congreso Ordinario del PSOE, para cuyo Comité Nacional fue elegido Besteiro, como un año antes lo había sido para la UGT. Es conveniente recordarlo, pues el partido y el sindicato fueron los organizadores de la huelga revolucionaria del 13 de agosto de 1917, en la que don Julián desempeñó un papel fundamental. Fue responsable del manifiesto más duro a favor de las movilizaciones obreras, el llamamiento de Besteiro, que no encontró el estallido social esperado.
Terminó Besteiro en la cárcel de Cartagena, aunque se le amnistió en 1918. Cuando se celebraron las elecciones, Besteiro y los demás condenados lograron ser elegidos diputados. El fracaso teórico y práctico de la huelga de 1917, así como el laborismo, le hicieron creer en la posibilidad incruenta de la revolución: «No soy partidario del trastorno por el trastorno. Las revoluciones se hacen con el corazón y la inteligencia».
En realidad, como señalan sus estudiosos, Besteiro era un hombre poco maximalista frente a los revolucionarios del PSOE que luego se hicieron con las riendas del partido. Con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera en 1923, Besteiro, al igual que otros socialistas, colaboró.
También se opuso al ingreso del partido en la III Internacional. En esa época se convirtió en líder del PSOE y de la UGT en sustitución de Pablo Iglesias, que murió en 1925. Estaría en el cargo hasta 1931, momento en que se empezaron a imponer en el PSOE las corrientes menos socialdemócratas y más próximas al comunismo y a la Unión Soviética.
Ese mismo espíritu democrático le impidió colaborar en el golpe de Estado de 1930. De algún modo, a partir de entonces, perdió pie en el PSOE en favor de Largo Caballero. Luis Araquistáin lo acusó de no ser marxista y de admirar a Franklin D. Roosevelt.
Fue presidente de las Cortes constituyentes desde 1931 a 1933, donde señaló: «Como sabéis, la Constitución no me parece perfecta». No fueron años sencillos. El 9 de junio de 1933 hubo una crisis ministerial y Alcalá-Zamora encargó a Besteiro que formara gobierno; según Saborit, se negó a hacerlo «en términos corteses».
En agosto del mismo año pronunció una conferencia titulada Los caminos del socialismo, que El Socialista se negó a publicar. «Se es más revolucionario resistiendo una de estas locuras colectivas que dejándose arrastrar por ellas».
En las elecciones de noviembre de 1933 se impusieron las derechas. De 1934 a 1936 no participó activamente en la vida del PSOE, de modo que se situó al margen del golpe revolucionario de Asturias en 1934.
Poco a poco, su figura fue quedando marginada.
Aunque Besteiro había sido elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid el 12 de abril de 1931, no pudo dedicar tiempo a su cargo en el municipio. Sin embargo, desde el día siguiente al 18 de julio de 1936 se incorporó al consistorio y empezó a participar activamente en sus actividades. Nunca quiso huir.
Durante la Guerra Civil, ignorado por todos, trató de lograr una solución pacífica al conflicto. En 1937 viajó a Londres para intentar que el Gobierno británico mediase; pero la marcha de Azaña y las derrotas militares hicieron que finalmente se decidiera a boicotear el empeño de Negrín de prolongar la guerra hasta que estallara el conflicto europeo. En 1939, Besteiro se alió con José Miaja y Segismundo Casado contra Juan Negrín. La guerra civil dentro de la Guerra Civil duró una semana y segó la vida de cientos de madrileños. Pero Franco se negó a negociar la paz. Y el socialista, como representante del Consejo Nacional de Defensa, esperó a las tropas nacionales en un ministerio el 28 de marzo de 1939 para entregar los poderes a los vencedores.
«Yo soy viejo. No tengo hijos. Estoy en el deber de morir en Madrid. Usted debe salvarse», dijo a Saborit. Su única preocupación era que no hubiera un caos como el que se formó en Barcelona tras la derrota. El 29 de marzo Besteiro ya se encontraba declarando ante un tribunal especial militar. De los pocos indicios que la acusación tenía para sustentar la adhesión del socialista a la actitud represiva de las autoridades de la Segunda República fue precisamente que se hiciera cargo del decanato de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid tras la destitución de Manuel García Morente, que salió huyendo de Madrid justo después de que Besteiro le advirtiese de que su vida corría peligro.
En sus diarios de Berlín, Morla Lynch expresa su sentir sobre el juicio: «Juzgar a Besteiro como un asesino y pedir la pena de muerte para él es ignominia que no tiene nombre».
El informe de la defensa, en el que se evidencian testimonios de la labor de Besteiro en la guerra para lograr la paz, no bastó.
Las alegaciones de Besteiro son un resumen de su trayectoria: «Hay un rasgo de mi conducta que quiero subrayar aquí. He sido absolutamente leal para todos. Yo no quisiera de verdad ser un mito. Ahora puede que sea verdad, porque yo creo que, en las circunstancias desfavorables, los personajes mitológicos se convierten en mártires, y yo las graves acusaciones que se me han dirigido las he oído con una serenidad de espíritu enorme. Ese es un bien que nadie me puede quitar».
Julián Besteiro murió el 27 de septiembre de 1940 de una afección intestinal. Su mujer solo pudo llegar a verle agonizar. Fue enterrado en el cementerio civil de Carmona, donde se le había internado tras pasar por la cárcel de Porlier y Palencia.
En una carta a su mujer desde la cárcel, una especie de testamento, afirmó que había examinado escrupulosamente su vida y que «no encontró nada que reprocharse».
Una curiosidad: el actual presidente del CIS, Tezanos, encargó un busto de él en 1990: ningún secretario de Organización del PSOE decidió que se culminara. El escultor falleció hace unos años y el molde seguía en el taller.
Nadie cuestiona la sinceridad y la pureza de Besteiro, hasta el punto de que condenó su trayectoria política, que trató de enmendar a la desesperada en 1939. Muchos dicen que su figura no encuentra acomodo en ningún partido, salvo el propio.
La vida, solía decir Besteiro, no es alegre ni triste, sino simplemente seria.
*Emilia Landaluce es la editoria de Heterodoxos: 10 personajes incómodos del siglo XX (Debate), con prólogo de Andrés Trapiello y textos de Rosa Belmonte y Arcadi Espada, entre otros
Heterodoxos: 10 personajes incómodos del siglo XX
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