El presidente de EEUU lanzó ayer desde el Despacho Oval un ataque verbal contra nuestro país impropio de una democracia aliada, asegurando que no quiere tener «nada que ver» con España, ordenando «cortar las relaciones comerciales» y definiéndola como un socio «hostil» por la negativa del Gobierno a permitirle usar las bases de Rota y Morón para su ofensiva contra Irán y por su rechazo a subir hasta el 5% del PIB el gasto en defensa. Las relaciones diplomáticas entre aliados no pueden discurrir de este modo, y es el propio Trump quien vuelve a retratarse con sus palabras.
Los excesos del presidente estadounidense y su recurso al chantaje y la descalificación no convierten en acertada la estrategia de la Moncloa. El Gobierno está en su perfecto derecho de cuestionar a Trump, pero las circunstancias actuales, indeseables para España y para Europa, exigen prudencia y realismo. El empeño de Pedro Sánchez en hacer ostentación de su discrepancia con EEUU no va en esta línea, sino en la de la temeridad.
El presidente forzó esa exhibición en la cumbre de La Haya de junio, negándose a cumplir el acuerdo económico de la OTAN, e insistió en la reunión europea sobre el futuro de la Unión celebrada en febrero en el castillo belga de Alden Biesen. Ahora, cuando la respuesta violenta del régimen sanguinario de los ayatolás ha alcanzado a nuestros aliados europeos con el ataque a una base británica en Chipre, España se ha aislado de nuevo, manteniéndose fuera del paraguas nuclear francés y del eje defensivo París-Berlín-Londres.
Reclamar el cumplimiento del derecho internacional es obligado, pero ello debe ser compatible con una respuesta estratégica de realismo que priorice la protección de los intereses nacionales; un equilibrio que el resto de los líderes europeos sí está haciendo. La singularidad de España no son sus discrepancias con Trump: la singularidad de España es la escenificación inflamada de esas discrepancias y su consiguiente soledad internacional. El hecho de que Friedrich Merz, sentado junto a Trump, no defendiese a nuestro país sino que enfatizase que es «el único» situado al margen del plan de gasto de la OTAN es muy significativo. España no solo se ha alejado de EEUU: también se ha apartado de sus aliados europeos.
La amenaza comercial expresada por Trump es incierta. EEUU no puede aplicar aranceles específicos a un país de la Unión, aunque sí puede castigar a sectores concretos críticos para nuestra economía. En cualquier caso, que la primera potencia del mundo haga un señalamiento de este alcance envía un mensaje político indudable que puede ahuyentar a potenciales inversores.
El Gobierno ha respondido afirmando que España cuenta «con los recursos necesarios para contener posibles impactos», y hoy Sánchez comparecerá desde la Moncloa. Mientras los grandes líderes europeos, a derecha e izquierda, se esfuerzan por combinar la defensa de sus valores con un pragmatismo eficaz, España pretende encabezar la oposición internacional a Trump por los intereses electorales de su presidente.
